La importancia de llamarse Federer

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Roger Federer. Fotografía: Cordon Press.

¿Cómo de grande es Roger Federer? Eso es casi como preguntar cómo de grande es el Universo. Los aficionados al tenis que hemos tenido la suerte de ser sus contemporáneos sabemos que hemos sido testigos de una aparición prácticamente sobrenatural. Ha sido, en muchos aspectos, un campeón de ciencia ficción.

Hace una década, en el año 2001, un suizo de diecinueve años eliminaba al todopoderoso Pete Sampras en Wimbledon: el estadounidense era el vigente e insultantemente indiscutible campeón de la Meca del tenis: había ganado siete ediciones en los ocho años anteriores. Aquel fue el primer y único partido que enfrentaba a Sampras con Federer y terminó con una victoria simbólica del jovencísimo Roger, que fue eliminado más tarde del torneo a su vez, pero que con los años terminaría derribando el casi intocable record de catorce títulos del Grand Slam de Sampras. Naturalmente, todo el mundo se dio cuenta de que Roger Federer era un campeón en ciernes, pero nadie sabía exactamente cuán lejos podría llegar. En los vestuarios y pasillos de los torneos sus colegas de profesión ya hablaban abiertamente de él como «un genio». En la prensa, en cambio, se solía señalar su inestabilidad emocional como un posible freno a su evolución tenística. Pero Federer maduró y cuando lo hizo dejó en ridículo incluso las previsiones más osadas sobre su prometedor futuro. Durante los mágicos cuatro años de la Era Federer —entre 2004 y 2007— ganó ¡once títulos del Grand Slam! (los mismos que Björn Borg en toda su carrera). Tuvo una racha de diez grandes finales consecutivas, de las que sólo perdió un par contra Rafael Nadal en París. En esos cuatro años se apuntó otros tantos torneos de Wimbledon seguidos… y también cuatro consecutivos del U.S. Open. Digámoslo de este modo: durante el cenit de su reinado, podía decirse que, en lo que al tenis respecta, Roger Federer era como Dios.

Pero es que, además, estaba su juego: es su manera de jugar, y no sólo sus números, la que le va a convertir en un referente universal y definitivo del tenis. Desde que se inauguró la era ATP en 1972 ha habido unos cuantos colosos del tenis, pero por un motivo u otro, ninguno consiguió convertirse en la piedra angular de lo que el tenis debería ser. Veamos por qué: repasando a los gigantes del pasado nos haremos una mejor idea de qué hace de Federer un campeón único.

Los gigantes de la era ATP: ellos no eran Federer

¿Por qué ninguno de los antiguos campeones se convirtió en un referente universal? Pues por tan diversos motivos como diferentes eran ellos entre sí: Rod Laver podría quizá haber sido un gran referente, pero hay poco material audiovisual de sus mejores años (en los que, para colmo, jugó en un tenis de élite dividido en dos mundos: el profesional y el amateur) y era difícil que nuevas generaciones pudiesen moldear su tenis en torno a Laver… no hablemos ya de campeones anteriores de quienes no existen ni filmaciones. De alguien como Björn Borg, en cambio, sí hay abundante material y además tuvo las cualidades necesarias para ser una gran estrella en su época (en Wimbledon aún recuerdan la histeria que despertaban sus greñas de rockero), pero el tenis de Borg era demasiado heterodoxo como para crear una amplia escuela en torno a él. De hecho, han pasado muchos años hasta que ha surgido otro campeón cuyo estilo puede calificarse de borgiano: Rafa Nadal.

Otros grandes campeones sufren el problema de haber perfeccionado un estilo de tenis, el saque-volea, que hoy en día es apenas practicado por un menguante puñado de tenistas. El estilo de John McEnroe o Boris Becker podía resultar espectacular, pero actualmente se considera «pasado de moda» y muy raramente es el estilo fundamental de juego de los jugadores de de élite. Además, alguien como McEnroe se apoyaba de tal manera en su genial inspiración y en su capacidad de improvisación que difícilmente se le podría intentar imitar: al igual que Borg, es el tipo de jugador que no puede crear una verdadera escuela debido a su heterodoxia. La mencionada obsolescencia del saque-volea ha afectado también al legado del gran Pete Sampras, con el añadido de que su manera de jugar —a menudo intentando ganar por la mínima y apoyándose considerablemente en su indestructible saque— unida a su falta de carisma le impidieron conectar con una amplia base de fans entregados, entre los que (no lo olvidemos) siempre hay futuros tenistas que están eligiendo a sus ídolos para moldear su juego en torno a ellos.

Jugadores como Jimmy Connors o Ivan Lendl, en cambio, sí fueron claros precursores del tipo de tenis que se juega en la actualidad. Ambos ganaron una buena cantidad de títulos y la influencia de su juego es visible aún hoy, pero tenían un serio problema: sus personalidades no gustaban al público ni a la prensa. Connors, especialmente, era un ejemplo de combatividad y capacidad de lucha pero su actitud sobre la pista podía llegar a tener bastante más mala sangre que incluso la de su odiado John McEnroe. Buena parte del público, incluso en los Estados Unidos, detestaba a Connors y no sin razón. La actitud de Ivan Lendl no era tan mala, de hecho era un tenista correcto y nadie le podía reprochar malos comportamientos, pero su frialdad y su forma robótica de jugar le privaban también del afecto de los aficionados. Tal era así, que la importante revista Sports Illustrated llegó a dedicarle una portada con el malévolo titular «El campeón que no le importa a nadie». Incluso hoy sigue siendo uno de los grandes del tenis más injustamente infravalorados.

…y entonces llegó Él

Federer quizá no tenga la imagen de Borg o el carisma de McEnroe, pero tiene prácticamente todo lo demás que un tenista podría aspirar a tener. En toda la era ATP no ha habido ningún otro jugador que domine tantos y tan variados golpes y técnicas como el suizo. Combina la eficacia de Pete Sampras con la solidez de Lendl, la creatividad inagotable de McEnroe y la elegancia de Stefan Edberg. Puede jugar saque-volea, puede jugar un tenis plano y agresivo de pista rápida y puede jugar un tenis con topspin de tierra batida, todo ello con idéntica naturalidad.

Ahora que está empezando lentamente a declinar es cuando la gente se da cuenta de lo mucho que vamos a echar de menos al mejor Roger Federer. Nadal es grande, pero ha tenido la suerte o la desgracia de que varios de sus mejores años coincidiesen con los del suizo y sin esa rivalidad directa ya no parece el mismo Nadal. No lo decimos como crítica, al contrario: los grandes se necesitan unos a otros, como Borg necesitaba a un McEnroe o Sampras necesitaba a un Agassi. Y sí, Novak Djokovic es muy bueno, por momentos avasallador, pero difícilmente puede alcanzar con su tenis siquiera una fracción de la magnificencia mayestática de Federer. Hay grandes jugadores que en un buen día hacen que uno salte de su asiento dos o tres veces durante un set, pero Federer podía lograrlo seis, siete, ocho veces durante un set. En sus mejores años el suizo dejó tantos golpes geniales dignos de la videoteca como varios de los otros grandes campeones combinados. Parecía que no había nada que Roger Federer no pudiese hacer.

No es extraño que en la prensa especializada la explosión de Federer causara una conmoción sin precedentes. El suizo no tuvo la inmediata repercusión popular de Borg o Becker, pero en el mundillo del tenis se contemplaban sus hazañas con infinito asombro. ¿Cómo era posible que alguien pudiera jugar al tenis así? Muchos recordamos aún la divertida reacción de Andy Roddick tras ver cómo Federer le ganaba un punto gracias a una derecha acrobática, ejecutada en pleno salto —desde prácticamente las gradas—, para devolver una bola alta que parecía inalcanzable. Tras el alucinógeno golpe, el norteamericano lanzó su raqueta a la pista del suizo y pasó al otro lado de la red como diciendo: «esto es absurdo, me niego a seguir jugando contra este tipo». Incluso de sus rivales lograba constantes gestos de pasmo. Y, cómo no, hemos podido escuchar a locutores de televisión lanzando toda clase de exclamaciones exaltadas a voz en grito —en español, en francés, en inglés, en alemán, en árabe, en japonés— o riendo incrédulos a pleno pulmón cuando Federer hacía una de aquellas cosas imposibles.

Roger y Rafa: una rivalidad para la historia

Nadie es perfecto y Federer no es una excepción, aparte del ominoso bolso dorado que lució en Wimbledon o del hilarante anuncio de su perfume RF, queremos decir. Rafael Nadal fue quien se encargó de explotar las pocas imperfecciones del suizo y de recordarnos que también Federer es humano, lo cual sólo ayuda a engrandecer más su figura. Aunque con los años han terminado siendo amigos y mostrando un profundo respeto mutuo (respeto que por ejemplo Federer no siente por Djokovic o que Nadal tampoco siente por Robin Soderling), lo cierto es que a Roger le costó bastante digerir el surgimiento de Nadal como rival. El suizo llegó a dejarse llevar por algunas de las críticas —infundadas— que cierta prensa vertía sobre el juego del español y dijo del tenis de Nadal que era «unidimensional». La antipatía inicial de Federer por Nadal era más que patente, pero el mallorquín respondía adoptando una actitud humilde y hablando maravillas de Federer siempre que podía. Así, mientras Rafa le torturaba sobre las pistas lanzando pesadísimas pelotas con topspin infernal al revés del suizo, se ganaba su corazoncito fuera de ellas. Hoy, Federer y Nadal se gustan y se admiran mutuamente, algo que nunca pudo decirse de McEnroe y Connors (o de cualquier jugador y Connors) o de la emponzoñada rivalidad entre Sampras y Agassi.

Federer fue tan dominante durante su propia era que sin sus partidos contra Nadal —y muy especialmente las sobrecogedoras finales de Wimbledon 2007 y 2008— su carrera hubiese carecido de grandes clímax emocionales. Cuando siempre gana el mismo, la tensión de la competición se desvanece, pero el público pudo gozar el cosquilleo de la incertidumbre cuando ambos tenistas se enfrentaban. No era lo mismo ver a Federer perder un partido contra su máximo rival que verle perder dos veces seguidas con el argentino Guillermo Cañas. Lo de Cañas era anecdótico y lo de Nadal, sin embargo, suponía jugarse cada vez el balance psicológico de la rivalidad para determinar el futuro inmediato del tenis y el lugar de cada uno de ellos en la historia. Cuando en el futuro se hable del tenista más grande de todos los tiempos se tendrá que unir su nombre al de nuestro Nadal, que fue el único capaz de sacarle los colores durante su imperio. Del mismo modo, claro, Nadal ha necesitado a Federer para probar hasta dónde llegaba su talento. No sólo en las famosas finales de Wimbledon, sino demostrando cuán abrumador era su dominio sobre la arcilla con aquella humillante paliza al suizo (un increíble 6-1, 6-0, 6-3) en la final de Roland Garros de 2008. Ambos jugadores han evitado que el otro ganase aún más títulos, pero para bien: cada uno ha contribuido a construir la leyenda del otro.

Crónica de una desesperación anunciada

Roger Federer, como cualquier otro jugador, terminará retirándose del tenis. Sucederá tarde o temprano. Pero incluso aunque ya no estemos viendo su mejor versión, será un momento duro para el sibarita tenístico. Nos sentiremos como un niño que acaba de comerse su postre preferido pero sabe que no va a poder repetir. Será como la Gran Depresión del tenis, que sólo podrá empeorar el día que también se retire Rafael Nadal.

El miedo a estar huérfanos de Federer ha hecho que, durante años, no hayan sido pocos quienes han intentando encontrar a su sucesor en cualquier parte, a veces bordeando la ridiculez. Recordamos aún los inicios del francés Richard Gasquet, un buen jugador del que algunos incautos se empeñaron en decir que sería un digno heredero del suizo (y aún estábamos gozando del Rogerde los mejores años). Como el tiempo ha demostrado, no basta con tener un estético revés a una mano para que le puedan comparar a uno con el más grande. Son los excesos de la desesperación anticipada, el deseo de cerrar la herida antes de que sea abierta. La moraleja: cualquier cosa, por absurda que resulte, antes que afrontar la idea de que tarde o temprano no habrá más partidos de Federer.

Cuando eso suceda, tendremos al menos su legado: a partir de él sí puede crearse una escuela de juego. Obviamente su talento le pertenece únicamente a él, pero muchos de sus golpes y tácticas pueden ser usados como modelo. Hay infinitos detalles que aprender e imitar de un jugador así, porque es tan versátil y completo que puede inspirar a cualquier tipo de tenista. A partir del mismo día en que se retire, Roger Federer será —si no lo es ya— la piedra de toque para cualquier profesional del tenis. Ha establecido el listón, el estilo y el repertorio de recursos. Es el nuevo molde para forjar el tenis del futuro, el nuevo temario de toda escuela y el nuevo manual de referencia para todo aquel que aspire a perfeccionar el difícil arte de la raqueta, además de una inagotable fuente de inspiración estética. A partir de ese día, Roger Federer será sinónimo de «tenis». Esa es, más que ninguna otra, la importancia de llamarse Federer.

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5 comentarios

  1. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | ¡Alarma, es Novak Djokovic!

  2. Este chico ve dioses por todas partes…

  3. Pingback: Marea Federizare | Tikitaka

  4. Pingback: Marea Federizare

  5. Ricardo

    Gran artículo. Poco se puede añadir.
    Soy un gran admirador de Federer. Todos los que jugamos al tenis regularmente, es nuestra referencia.
    Diría de él que es al tenis lo que Michael Jordan fue al baloncesto. El mejor que ha habido y que habrá nunca.

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