A spanish film: usos y abusos del espectador susceptible

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En No tengas miedo, Michelle Jenner interpreta a una chica que ha sido víctima de abusos sexuales en el seno de su propia familia. Una temática peliaguda que Montxo Armendáriz trató con delicadeza y que, por ese mismo tratamiento delicado, no hizo brotar las ampollas del escándalo. Pero, ¿qué ocurre cuando estos asuntos son presentados sin el más mínimo atisbo de precaución e incluso con la intención flagrante de escandalizar?

El director del festival de Sitges, Ángel Sala, tuvo que declarar ante el juez a causa de que en dicho festival se proyectase la polémica película A Serbian film. Para quienes no estén en antecedentes: A Serbian film narra una espiral creciente y disparatada de aberraciones sexuales que incluyen el sexo con menores, y cuando digo con menores no me refiero a lolitas adolescentes, sino incluso a bebés. Sí, como suena. Pero detengámonos aquí: hemos dicho que el film narra, no que muestra. De hecho, Sala ha tenido que defenderse enseñando al juzgado el making off de la película para dejar patente que no se usaron niños en la simulación de actos sexuales durante el rodaje, sino muñecos y que, por tanto y como responsable del evento, no puede ser imputado por exhibición de pornografía infantil. Este argumento de defensa resultaba más que evidente para cualquiera que haya visto la película, pero aun así el director de un festival ha terminado viéndoselas y deseándoselas ante un tribunal. En España y en pleno siglo XXI. Y no es el único festival, ni mucho menos, que ha proyectado esta película en el mundo (incluyendo el sur de los Estados Unidos), pero probablemente sea el único cuyo responsable se ha encontrado repentinamente envuelto en una imputación penal.

A Serbian film es un film atroz. Su objetivo palmario es el de epatar salvajemente al espectador con la mayor retahíla de barbaridades concebible. A quien escribe estas líneas le pareció un artefacto burdo y francamente innecesario. Un intento sonrojante de llamar la atención mediante el escándalo. Puedo entender a quien se sintiera ofendido o soliviantado tras contemplar semejante disparate, porque también yo me sentí soliviantado. Pero, aun con eso, ¿podemos considerarlo pornografía infantil? ¿Debería ser prohibido? ¿Es justo que el festival de Sitges se vea en problemas por su causa? Veámoslo con otro ejemplo.

Ciudadano X, o cómo sí filmar una película escabrosa con estilo.

Ciudadano X fue —esta vez sí— una magnifica película que giraba en torno a la persecución y captura de Andrei Chikatilo, el tristemente célebre carnicero de Rostov. La temática de Ciudadano X no era menos truculenta que la de A Serbian film y, para colmo, estaba basada en hechos reales. Chikatilo —y lo siento por quien esté comiendo mientras lee esto— se dedicaba a violar niños arrancándoles los genitales a mordiscos, sacándoles los ojos y asesinándolos después de manera infinitamente cruel. Pero a nadie se le ocurrió intentar prohibir la película o procesar a los responsables de los festivales en los que se proyectaba. Todo el mundo tuvo claro que el metraje no mostraba, sino que sugería, esas aberraciones. Lo hacía con elegancia y contención, dosificando los momentos truculentos para lograr un buen balance entre hacer al espectador partícipe del horror y el no forzarle a vomitar. Cualquiera que haya tenido ocasión de verla estará de acuerdo en que Ciudadano X era una película dura, pero muy bien realizada y, francamente, digna de recomendación.

Con la horrenda película serbia no sucede lo mismo: no es ni digna ni recomendable. Pero… es ficción y nada más que ficción. Técnicamente hablando, no muestra muchos más horrores que Ciudadano X; es más chabacana, más estúpida, más inmoral en sus presupuestos. Pero tampoco vemos en ella a actores menores de edad involucrados en escenas truculentas. En Ciudadano X teníamos claro que los niños del film no eran más que actores y que ninguno era violado o asesinado en la realidad. En A Serbian film también lo tenemos claro, así que, ¿dónde está la diferencia?

La diferencia radica en que algunos espectadores no saben distinguir lo que a ellos les repugna de lo que resulta o no permisible. En el mundo de la ficción siempre han existido obras capaces de producir esa repugnancia. La literatura del Marqués de Sade o de Guillaume Apollinaire contiene barbaridades semejantes a las de A Serbian film, pero no vemos a ningún editor ante un juez por haber publicado Las ciento veinte jornadas de Sodoma o Las once mil vergas. La ficción es ficción. ¿Vamos a empezar a prohibir toda aquella ficción que nos resulta desagradable? Yo a duras penas logré terminar de ver Mártires, una muy buena película francesa que, sin embargo, es el único film de ficción que ha puesto mi aguante psicológico realmente a prueba: me hundió el día, literalmente. Me resulta un film muy desagradable. Pero, ¿se me ocurriría sugerir que sea prohibido sólo porque yo no soporto su proyección? ¿Qué hay de ilegal en Mártires? ¿Se maltrató a las actrices protagonistas durante el rodaje? ¿Se hace apología de la violencia y se incita al espectador a imitar lo que ve en pantalla? No, nada de eso. Es simplemente una película que sobrepasa el umbral de mi resistencia como espectador, pero no quebranta ninguna ley básica y no tengo derecho a querer impedir que otros espectadores la vean, si es que quieren que les hundan el día también. Sería como querer prohibir No tengas miedo sólo porque a alguien le parece intolerable que un padre abuse sexualmente de su hija: pues bien, esas cosas, desgraciadamente, ocurren en la vida real y son efectivamente intolerables en esa misma vida real, pero no ocurren de verdad en ésta ni en ninguna otra película. En el cine los actores simulan la realidad y están en su perfecto derecho de hacerlo, por insoportable que esa simulación de la realidad se nos antoje. Hay una gran diferencia entre la ocurrencia de un hecho y la simulación de ese mismo hecho. Esto, que puede parecer una tonta obviedad y que no debería ser necesario aclarar, es lo que ha puesto al director del festival de Sitges ante el estrado de un juez. Así que no todo el mundo parece tenerlo tan claro.

El protagonista de A Serbian film, escenificando con expresiones faciales la profundidad intelectual del film.

Quizá va siendo hora de empezar a preguntarse si no estamos yendo demasiado lejos con la mojigatería y las ansias de que nada nos perturbe ni nos moleste. La forma de combatir una lacra social es investigando y actuando directamente sobre sus causas reales, no prohibiendo la ficción que se hace eco —con mejor o peor gusto— de esa misma lacra. No tengas miedo, Ciudadano X, Mystic river o Lolita pueden reflejar realidades perturbadoras con elegancia. A Serbian film refleja realidades perturbadoras sin elegancia, incluso sin dignidad. Pero también es ficción: en su caso, mala, pobre y molesta, pero ficción al fin y al cabo. Cuesta entender qué hace el director del festival de Sitges defendiéndose en un tribunal como si hubiese cometido algún crimen, como si hubiese algún motivo para que su nombre apareciese en el mismo titular injustamente asociado a la infausta etiqueta exhibición de pornografía infantil. Es más: el propio hecho es incluso más indignante que la película que ha provocado el escándalo. Quizá la próxima vez que nos sentemos en la sesiones de proyección de un festival cinematográfico debamos empezar a mirar por encima del hombro, no sea que en la fila posterior esté tomando notas, en pro de la protección paternalista de la ciudadanía bienpensante, el mismísimo senador McCarthy.

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