El árbol de la vida

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Hay dos formas de enfocar la vida: por la vía de la naturaleza y por la vía moral.

Es esta dualidad que Malick nos explica en el prólogo y con la que juega durante todo el film. Dos horas de montaje entremezclado en el que las imágenes roban el protagonismo a la escasa narración y a los casi inexistentes diálogos.

Un hombre atrapado en su oficina que muchos años después de la muerte de su hermano sigue sin superar tal atroz suceso. Ahí, en su prisión, recuerda una infancia en la que su estricto padre, la vía moral, prácticamente les hacía la vida imposible con una educación opresiva y castigos excesivos. Mientras tanto, su madre, la vía natural, se pasaba los atardeceres acariciando mariposas, durmiendo en el césped o jugando al escondite con sus hijos.

Y es en el presente cuando el personaje de Sean Penn ve en sí mismo a su padre reflejado y cuando recuerda a su madre idealizada flotando en el aire o descansando eternamente en su tumba de cristal. Al reconocer que desde el accidente que le costó la vida a su hermano no ha sido capaz de seguir el camino que quería, es cuando sueña con dejar la vía moral y volver a la natural, reencontrándose con todos los que quedaron atrás. Y así, pese a todo, pese al dolor del individuo, el universo sigue su curso: galaxias que nacen, supernovas, lugares jamás vistos por el hombre. En la Tierra los mares fluyen, los dinosaurios mueren, las medusas nadan. Y es que cuando desaparezcamos, queramos o no, el universo no va a inmutarse.

Vemos aquí el prototipo de película que merece ganar en Cannes: la que arriesga. Pausada, soporífera por momentos, caótica en el montaje y por encima de todo esto, preciosa. Aunque cierto es que aún no soy capaz de decidir si a la película le sobran veinte minutos  o le faltan otras dos horas. Unas imágenes vivas que hacen sentir frescor al ver una manguera regando los tobillos de la protagonista o el olor a tierra al ver a Brad Pitt arrancando malas hierbas. Y, cómo no, el uso que Malick siempre hace de la luz. Esos encuadres en los que acierta de pleno sabiendo transmitirnos sentimiento sólo con la fotografía. Como en Malas tierras, cuando Sissy Spacek veía las luces de Cheyenne desde la oscuridad del desierto y entonces supo que no estaba dispuesta a dejarlo todo atrás. O cuando aquel soldado de La delgada línea roja intentaba olvidar el horror recordando a su esposa balanceándose en un columpio. De elegir una escena, de El árbol de la vida me quedo con un hermano mayor blandiendo una lámpara, apuntando a su hermano pequeño. Un inocente juego de niños muy familiar retratado perfectamente en apenas un minuto.

Dos irregulares horas de poema visual que bien merecen la pena ver en pantalla grande.

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4 comentarios

  1. Corle

    A mí también se me quedó grabada a fuego la escena del columpio en «La delgada línea roja».

  2. fat elpho

    Hay cosas inexplicables en este loco mundo: una de ellas es la inexplicable canonización de este señor.

  3. Fundamentar el lenguaje cinematográfico en la transmisión de ideas, emociones y sentimientos,principalmente, mediante imágenes es pedir al espectador un ejercicio mayor de abstracción. Personalmente, existen momentos de descripción de fenómenos naturales que podrían acortarse o aligerarse, aunque descubro un potente efecto visual en cómo nos muestra instantes de vida en la infancia de los hermanos con sus padres que son maravillosos y emotivos.

    Gracias al autor por su visión.

  4. Una vez al año algún cine debería proyectarla, como un tributo a la vida, la naturaleza y la humanidad

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