Una ciudad, un tranvía: Lyon

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La Presqu’île es una península contenida por los ríos Ródano y Saona, que confluyen por el lado sur, y delimitada al norte por la ladera de la meseta de la Croix Rousse. Ahí está el Lyon dibujado por Jacques Tardi en 120, Rue de la Gare, trazado con esa contenida grandilocuencia y republicana elegancia que viste y en cierta manera unifica los centros administrativos y comerciales de las grandes ciudades francesas.

Al otro lado del Saona está el Vieux Lyon, barrio al que las calzadas empedradas y los palacios renacentistas confieren, por contraste, un aire inesperadamente italianizante. Al atardecer los turistas deambulan hambrientos por sus callejuelas en busca de un bouchon donde devorar una andouillette o cualquier otra de las contundentes especialidades locales tras la jornada de compras en la orilla opuesta. Como muchos no pasarán aquí más de un día y una noche, víctimas del virus de la ansiedad coleccionista que los llevará a seguir viaje hasta la siguiente ciudad que ordene la guía para poder tachar cuantos nombres puedan de la lista del “ya he estado”, para ellos la Croix Rousse no será más que el telón de fondo de una bonita foto que hay que tomar desde los muelles del Saona.

En la Place des Terreaux, en el extremo norte de la Presqu’Île, nos subimos al trolebús 6, que sigue casi exactamente el trazado de una línea de tranvía que funcionó entre 1912 y 1948, y tal como vamos ascendiendo por la ladera de la Croix Rousse se nos hace evidente que estamos penetrando en un territorio que nada tiene que ver con los barrios que hemos dejado abajo y al otro lado del Saona. El trolebús va trepando a través de una especie de república independiente marcada arquitectónica y demográficamente por su pasado fabril (centro de la industria de la seda, aquí se dieron los primeros levantamientos obreros de Francia en el siglo XIX), y además de regalarnos la espectacular visión de las ruinas del anfiteatro romano y apabullarnos con la sonoridad del nombre de la parada llamada Tables Claudiennes (por la calle homónima, pues allí se encontraron las famosas tablas), nos lleva a través de un barrio tan plenamente consciente de su singularidad que sus habitantes montaron en cólera y se movilizaron cuando en los años noventa hubo un intento de convertir “su” trolebús en una línea de microbuses. Las paredes saturadas de carteles y graffiti, así como los establecimientos peculiares tales como teatros independientes y asociaciones culturales que conviven con tiendas de barrio, restaurantes y bares, dan fe de que aquí hay otras formas de vida detrás de las fachadas. Vislumbramos entradas a laberínticas traboules, menos glamourosas que las del Vieux Lyon pero más sugerentes, pasamos por apacibles plazas arboladas llenas de gente tomando el aperitivo en las terrazas, y finalmente llegamos a la meseta, Le Plateau. Aquí, en la Place de la Croix Rousse, termina el recorrido; al bajar, ante el trolebús detenido en su terminal, intentamos imaginar cómo hubiera sido este viaje si hubiéramos llegado aquí arriba en el tranvía que dejó de existir en 1948. La imagen de los actuales tranvías de Lyon, que hemos dejado abajo, entre la Presqu’Île y la orilla izquierda del Ródano y que por ello parecen tan lejanos no sólo en el espacio sino también en el tiempo, interfiere con nuestro ensueño, de manera que para prolongar nuestro estado de atemporal perplejidad no nos quedará otro remedio que acercarnos al cine Saint Denis, en la Grande Rue de la Croix Rousse, barracón de los años veinte todavía en funcionamiento, y al salir, antes de volver a ras de suelo, hacer una parada en la casa madre de la pastelería Bouillet (Lyon-Tokio, podemos leer en las bolsas) y llevarnos una caja de exquisitos macarons que sin duda cumplirán con su papel de suspendernos unos centímetros por encima de la realidad.

En la Place de la Croix Rousse hay una estación de metro de la línea C, la única línea de metro de cremallera del mundo. Si entramos y cogemos un tren en dirección Hotel de Ville volveremos al punto de origen, y si a medida que vamos bajando hacemos una combinación mental de los raíles de éste con el trole y los cables eléctricos de nuestro trolebús, habremos dado forma a una especie de imagen deconstruida del espíritu del desaparecido tranvía, imagen que aunque virtual será de la mayor utilidad para justificar la inclusión de este texto en la sección correspondiente.

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5 comentarios

  1. Don Donald, puedo sugerirle que retitule a partir de ahora su aún incipiente pero ya magna serie de ciudades tranviarias como Un ciudad, una tranvía?

    Ald. (evenworst)

    • Donald Worst

      Si consideramos que Hong Kong no es estrictamente «una ciudad» y que aquí hablo de un tranvía que no existe (dos entregas y vamos en picado), preveo en un futuro no muy lejano mutaciones todavía más radicales que la que usted propone, más en la línea de «una pedanía, un borrico» o incluso «un polígono, una amoto».

  2. Don Donald, gracias por su respuesta, que ya está atesorada entre mis más preciadas posesiones.

    “Una pedanía, un borrico” es un título que yo no me habría atrevido a proponer, a pesar de que se me ocurrió antes que a usted. Pero no lo digo por menospreciar su aportación, sólo que el concepto de pedanía es algo sobre lo que llevo reflexionando toda mi vida adulta, y sobre el que lamento decir que no he llegado a conclusión válida alguna.

    Sobre los borricos, sin embargo, sé más. Uno de ellos me lanzó desde sus lomos al suelo de la provincia de Almería en una fecha tan lejana como la mitad de los sesenta, y aunque sigo considerando a los borricos como las grandes personas que son (lo cortés no quita lo valiente), es obvio que no me he recuperado del todo de la caída.

    “Un polígono, una amoto”, sintagma disparado por usted como un flechazo, cuenta con mi aprobación. Ahora bien, ¿cómo podría trasladar usted la verdad del sintagma a sus escritos? ¿Desplazándose en una motocicleta por los polígonos del mundo, o bien declinando la oferta para continuar la serie desde la comodidad de los asientos de un tranvía?

    Ald. (evenworst)

  3. Antonio

    Voy a seguir esta serie muy de cerca, es original y muy interesante. Espero con muchas ganas la siguiente entrega, señor Worst.

    A.

  4. rene olmedo

    me encanta y que tranvia mas hermoso me gustaria que aqui en santiago chile volvieran los tranvias ylos trolebuses para que se terminara la contaminacion felicito a las autoridades de su pais por poner los tranvias como medio de trasmporte el cual NO CONTAMINA los felicito

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