A estas alturas de la vida no resulta extraño que el más pardo de la clase, al escuchar las palabras “mil novecientos setenta y siete” establezca las dos, puede que tres conexiones sinápticas necesarias para relacionar este señalado año y la “revolución” musical de la segunda mitad del siglo veinte, el punk británico. Un vocablo que es como un coágulo de nostalgia y socorrida seña de autenticidad para todos aquellos que lo vivieron y aún más para aquellos que en aquel entonces, como el arriba firmante, todavía flotábamos en los testículos de nuestros padres. La historia rockera es moñas y propensa al sentimentalismo, qué le vamos a hacer. No basta con haber elevado a la condición de hito cultural los tejemanejes impúdicos de Malcom McLaren, ese preboste de la mercadotecnia y antiguo proveedor de artículos sadomaso, hay que crear una identidad colectiva para la chavalería disfuncional y hacer de sus no muy brillantes protagonistas poco menos que vástagos de Zaratrusta. Al fin y al cabo la historia está para dejarse adornar. No le quitemos a pesar de toda la absurda fanfarria mediática (que aún hoy los acólitos del culto mitómano pintan como si hubiese sido la tercera guerra mundial) su estatus anfetamínico. Tuvo, además de efectos devastadores en la psique de la juventud, repercusiones positivas. Veamos algunas.
Lo que quedó del banquete
La deflagración punk dejó la escena musical hecha unos zorros: jodidos, fracasados, acusados de prostituirse a la industria o directamente criando malvas. La vanguardia revolucionaria tenía que rehacer sus filas, armarse y volver a la carga. El en principio heterogéneo crisol punkarra devino dogma y militancia; en menos que se apaga una cerilla aquello se llenó de gamberros con peinados mohawk y skinheads de los malos. De las cenizas de aquel furioso akelarre de violencia nocturna, lujuria, feísmo y drogas duras surgió una generación inspirada en el espíritu primigenio de la marca: abandono del virtuosismo como vía para la creación musical, paulatina simplificación del sonido, visceralidad entendida como inmediatez, urgencia compositiva, etc. Lo que diferenciaba a estos músicos de sus antecesores era una renuncia implícita a la corriente madre, dejando de lado los factores estéticos e ideológicos (que no eran tantos hasta la canonización de Sid Vicious, Steve Ignorant o Joe Strummer) para centrarse en la creación de sonidos frescos. Dejarse de revoluciones de chichinabo y hacer música, vaya, todo esto con independencia de que algunas bandas (ahí están Gang of Four) tuviesen un marcado carácter político. A este complejo de nuevas formaciones se le dio el nombre de post-punk, y no cabe duda de que si alguna vocación animaba sus grabaciones era la de que ahí había cabida para todo: el funk-punk de los mencionados Gang of Four (algunos reconocerán uno de sus temas en un reciente anuncio para la wii) y The Pop Group, el pop surrealista de The Blue Orchids, el experimentalismo de Wire y Mekons… entre tanta maraña no tardaron en imponerse nuevos “ismos”, y es entonces cuando aparecen palabros rarunos para cada joven promesa: after-punk, Goth, coldwave, New-wave, power-pop y otros.
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hay una pequeña errata: es June of 44, no June of 77.
y creo que se puede decir mucho acerca de la relevancia de Fugazi
june of 77, fugazi irrelevantes, 4AD un sello americano…un artículo realmente riguroso, sí señor. y lo de la multiplicación de detractores de slint, pues bueno, es cuestión de gustos…
Coincido con Pijus Magnificus, un artículo muy poco riguroso. Ilustrarlo con una imagen de Rough Trade y Stiff (ambos sellos ingleses), no mencionar a los Minutemen entre lo más grande de SST, ni a los Replacements y Twin Tone, ni a Matador donde empezaron Pavement y Yo la Tengo, o destacar de los Mekons su «experimentalismo» cuando incorporaron el country y el folk al punk….
Respecto a las ultimas preguntas del articulo, creo que el rock independiente en USA ha decaido y mucho, ahora a cualquier cosa le llaman rock independiente. Ha sido tan absorbido por el mainstream que de independiente ya no tiene nada.