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De ballenas y hombres

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El animal infinito

La ballena es un animal de difícil asimilación para el hombre. De proporciones escandalosamente inhumanas, difícil de ver, habitante de regiones marítimas aun hoy parcamente conocidas, con un cuerpo más aprovechable que el del cerdo para industrias que van de la alimentación a la perfumería, de hábitos que denotan una inteligencia estimable, asociada desde siempre al mito, la ballena despierta fascinación, empatía y codicia (no en ese orden), lo que ha dado lugar a la preocupante escasez actual de ejemplares de las distintas clases de esta especie, pero también ha engendrado un libro tan informado, ameno y lleno de amor por el objeto estudiado como Leviatán o la ballena, de Philip Hoare (Ático Libros).

Desde antiguo los hombres han mirado el mar con miedo y deseo. Una superficie aterradoramente inmensa, poblada de alimento y de monstruos colosales. Una frontera tras las que se ocultan tesoros fuera de toda imaginación y enemigos en número incalculable. Los pueblos costeros pronto aprendieron a venerar y temer las aguas desde las que no se avistaba la costa. La ambición y el valor se aliaron para abrir rutas comerciales por las que se movían mercancías tanto más deseables por cuanto nunca habían sido vistas. Los hombres de colores diferentes, culturas indescifrables y religiones primitivas despertaban curiosidad, temor y desprecio. Los pescadores se adentraban cada vez más lejos en el océano a la caza de bestias que parecían supervivientes de un mundo legendario y muy, muy viejo.

El desarrollo de la pesca ballenera y los ejemplares extraviados que varaban en alguna playa fueron completando poco a poco la imprecisa imagen que se tenía de estos animales. Su reducido esqueleto en comparación con la hipertrofiada masa craneal, la enorme cantidad de alimento que requieren, la sensibilidad de su piel, la ardiente temperatura de su cuerpo, su comportamiento fundamentalmente social (especialmente en caso de sufrir un ataque)… A pesar de la creciente información recopilada, las ballenas siguen deparando grandes sorpresas al investigador, como en la datación de su edad. A partir de puntas de lanza esquimales halladas en el cuerpo de algunas ballenas, se ha deducido que hay que calcular la edad potencial de los cetáceos muy al alza, pudiendo alcanzar varias centurias.

Estos hallazgos no han borrado el carácter semimitológico de las ballenas, que las emparenta en nuestro imaginario con bestias abisales aun menos conocidas, como la serpiente de mar y el calamar gigante. Este improbable ser de dos corazones aparece en viejas narraciones como el temible kraken, enzarzado en luchas titánicas con el cachalote.

Nueva Inglaterra versus Las ballenas

Una de las primeras cosas que hicieron los peregrinos al desembarcar del Mayflower fue construir naves adecuadas y lanzarse a arponear ballenas. Los colonos de Nueva Inglaterra desarrollaron una industria sumamente próspera, pues el cuerpo de la ballena demostró ser explotable en su integridad: el esperma de la cabeza daba luz en las farolas de las grandes ciudades, el aceite era un lubricante insuperable, la carne se consideraba una delicia e incluso de entre los excrementos se sacaba el ámbar gris, muy apreciado hasta hoy en la perfumería. Un sueño para los nuevos dueños de Norteamérica, religiosamente capitalistas. Desde la isla parcialmente balleniforme de Nantucket se fletaban miles de balleneros que peinaban las aguas de todo el globo en busca del codiciado esperma. En uno de esos barcos viajaba el futuro escritor Herman Melville.

Como tantos norteamericanos (o presuntos norteamericanos: la pesca de la ballena estuvo ligada con crueldad a esclavos y extranjeros, especialmente caboverdianos), Melville se embarcó en busca de dinero y aventuras. A su regreso a tierra firme cobró fama con su primer libro, Taipi. Un edén caníbal, en el que narraba su encuentro con los caníbales de las islas Marquesas. Sus siguientes obras fueron recibidas con indiferencia por lo que decidió escribir una obra simple y comercial que le diese beneficios. Conoció entonces a uno de los mayores escritores de Estados Unidos, Nathaniel Hawthorne, encuentro que dio un vuelco radical a los propósitos de Melville. Tomó el manuscrito que había estado redactando a disgusto y perfiló la brumosa historia de un capitán cegado por el odio hacia una fantasmal ballena blanca, un ser de maldad sin límites e imposible de cazar. Melville convirtió su libro en un extravagante manual de la pesca de la ballena, saqueando las bibliotecas en busca de referencias sobre el tema. Incluyó digresiones sobre el arte de la caza, los pueblos que se dedican a ella, las características de un barco ballenero, el despiece del animal… Moby Dick causó perplejidad e incomprensión cuando fue publicada, y ciertamente parece la obra de un loco. Ha suscitado miles de interpretaciones distintas (recuerdo que en un libro de Rodrigo Fresán se decía que la ballena blanca es una metáfora de la adicción a la cocaína) y causa un poco de temor reverencial acercarse a sus páginas de aliento bíblico, obsesivas y febriles.

 Hoare, Tabucchi y las Azores

Leviatán o la ballena es un mamotreto de 500 páginas que mezcla de forma irresistible los recuerdos personales con todo tipo de informaciones concernientes a las ballenas: desde los distintos tipos que existen (y, dentro de cada tipo, sus peculiaridades físicas, su presencia en diversos documentos, los datos de su caza) hasta las apasionadas investigaciones de los naturalistas que dedicaron su vida a describirlas y catalogarlas, como Thomas Beale y William Scoresby Jr. Philip Hoare da noticia de la preocupante escalada ballenera que, a partir del s. XIX y llegando al extremo en el XX, ha mermado de manera drástica el número de ballenas, llevándolas a un paso de la extinción. Las vedas son ignoradas sistemáticamente por algunos países (especialmente Japón, Rusia y Noruega) en función de sus intereses.

En los últimos capítulos, Hoare nos cuenta su viaje a las islas Azores para nadar junto a las criaturas que tanto ama. Y este viaje lo emparenta con una obra que no sé si conoce (no aparece citada en la bibliografía): Dama de Porto Pim, de Antonio Tabucchi. El gran escritor italiano compone una obra mixta y muy personal, mezclando relatos de ficción con una crónica de la pesca de la ballena o, incluso, una pequeña biografía del poeta Antero de Quental. Mientras que Hoare se desliza junto a las ballenas, Tabucchi contempla de cerca cómo vuela el arpón. Ambos son libros complementarios, testimonios de una honda fascinación hacia el mar y sus criaturas.

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3 Comentarios

  1. No hay duda de que el libro de Hoare es todo lo que comentas: bien informado e interesante, pero en mi humilde opinión creo que a veces peca de cierta laxitud que le hace perder fuelle. Me explico: creo que su estilo (el de Hoare escribiendo) no es tan sólido como para mantener el pulso de la (a veces) gran carga emocional que arrastra la obra, y por ello en ocasiones la historia decae y hace que pierdas cierto interés en lo que te está contando.

    No creo que el libro esté sobrevalorado, ya que constituye todo un hallazgo para quien tiene la suerte de tropezar con él, pero sí creo que en las críticas que se han hecho del mismo (todas tremendamente elogiosas) falta un poco de mordiente respecto al manejo del autor con el lenguaje, para mí un punto débil de «Leviatán».

    • Interesante reflexión. Sí que hay algo de lo que dices, y tal vez se note más tras la lectura de otro gran prosista (como es el caso de Tabucchi) que sirva como contraste. Aunque yo diría que, en general, el autor consigue un estilo fluido y versátil, algo importante para hacer que leas 500 páginas sobre ballenas. Y las transiciones entre literatura, historia y autobiografía están bien logradas. Queda imaginar cómo hubiese sido este libro en manos de un gran estilista/excéntrico como Sterne o Cabrera Infante.

      Gracias por comentar y un saludo!

  2. Interesante ejercicio imaginativo el que planteas con C.Infante y Sterne… Y, desde luego, coincido contigo en los logros de Hoare; ya daría yo un brazo por ser capaz de escribir un tocho tan entretenido como el suyo.

    Por cierto, aprovecho para felicitaros por el pedazo de revista que es JotDown desde una posición de sana envidia periodística. Saludos de vuelta!

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