Waterloo: la batalla que Napoleón pudo ganar (y II)

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Waterloo Campo de Batalla

Cae la tarde sobre las inmediaciones de Waterloo, en la víspera de la gran batalla. El destino de Europa está en juego sobre la campiña belga. Será la culminación de los fabulosos Cien Días, tres meses en los que Napoleón Bonaparte pasó de apearse de una barca en una playa del sur de Francia, sin corona ni ejército, a poner la Historia patas arriba por segunda vez. Porque es la segunda vez durante su extraordinaria biografía en que asciende desde la nada hasta lo más alto; ya lo perdió todo una vez y ahora vuelve a jugárselo a una sola carta. La batalla que todavía no tiene nombre —será el Duque de Wellington quien tiempo después la bautice como “batalla de Waterloo”, entre otras cosas porque era un nombre fácil de pronunciar para los británicos— es la batalla en la que Napoleón se juega su destino, y con él, el destino de Francia y de todo el continente. Si vence, habrá vuelto a asombrar al mundo y sus enemigos temblarán una vez más ante la sola mención de su nombre. Pero si pierde ya no habrá más oportunidades para él.

La Belle Alliance
Posada «La Belle Alliance», desde donde Napoleón dirigió su última batalla.

Napoleón está sentado en la habitación de una posada de la zona, La Belle Alliance, que está usando como cuartel general. Observa los mapas esperanzado y celebra lo que parece una inminente victoria con una cena junto a su Estado Mayor. Lo tiene todo a su favor. Ha dado una de sus legendarias muestras de inspiración y, como decíamos en la primera parte de este relato, ha conseguido lo imposible separando a sus dos ejércitos adversarios, el británico de Wellington y el prusiano del general Blücher. Además ha encerrado a Wellington en una trampa. Si el ataque francés sale bien y las tropas británicas se desmoralizan e intentan una inútil retirada a través del bosque que tienen a sus espaldas, serán presa fácil para los franceses. Un bosque siempre impide un repliegue organizado; si Napoleón gana, Wellington ya no tendrá un ejército con el que regresar a las Islas Británicas.

Mientras el Emperador de Francia celebra el éxito de su arriesgado plan, Wellington, en su tienda de campaña, se lamenta con amargura: “el maldito Bonaparte me ha tendido una trampa”. La Alianza europea que intenta frenar a Napoleón en su asombroso retorno pende de un hilo. Si Wellington es vencido en Waterloo, Bonaparte se girará hacia el ejército prusiano de Blücher y lo destruirá sin duda. Cuando Inglaterra y Prusia hayan sido vencidas de manera casi incomprensible, en solo tres días, por un único ejército y sin ayuda externa, Austria y Rusia se sentirán inseguras y querrán firmar la paz. Tal vez se rindan. Dependiendo de lo que ocurra en las horas siguientes, la Europa del futuro será una, o será otra muy distinta.

Como queriendo subrayar la solemne trascendencia del momento y anticipando un réquiem por los soldados que van a morir, al caer la noche los cielos descargan una tremenda tormenta sobre la campiña belga. Empieza a llover sobre Waterloo.

El diluvio

Waterloo Lluvia
Fotografía del campo de batalla de Waterloo, durante un día lluvioso. Puede observarse cómo el agua tiende a acumularse en el compacto terreno. Un mal sitio donde pasar la noche al raso.

Va a ser la batalla más grande que el mundo haya visto hasta entonces. Nunca antes se habían juntado tantos soldados en un espacio tan reducido. Unos doscientos mil combatientes, entre británicos y franceses, acampan en sus respectivas posiciones. Para todos ellos va a ser una noche muy dura. Cuando empieza a llover a cántaros —una lluvia fría y desagradable que se cala hasta los huesos—, los soldados descubren que en aquella zona apenas hay lugares donde refugiarse. Los más afortunados ocupan los escasos edificios existentes, como algunas granjas, arrancando puertas y ventanas para encender una fogata con la que calentarse. Otros fabrican un símil de camastro con ramas, si es que pueden hacerse con ellas, y con suerte conseguirán que permanezca más o menos seco para poder dormir sobre él. Está lloviendo tanto que el torrente de agua que recorre el suelo llega casi hasta los tobillos. Algún incauto hay que, quizá por agotamiento, decide tenderse a dormir sobre el mismo suelo sin que parezca importarle el empaparse. Es así como algunos desgraciados terminan muriendo de hipotermia tras permanecer más tiempo del debido en contacto con el agua fría. Sin embargo, la mayoría de las tropas han de permanecer en pie, cubriéndose de la lluvia con sus abrigos y resignándose a pasar la noche en una vigilia forzosa. Los jinetes de la caballería, por su parte, intentan dormir medio erguidos, colgándose con un brazo del estribo de sus corceles para no caer al suelo.

No solamente es un problema buscar refugio, también la comida escasea. Ninguno de los dos bandos ha podido traer suministros suficientes para tantas tropas. Se saquean todas las granjas del lugar y se sacrifica todo el ganado disponible, pero con eso apenas comerá una pequeña minoría de soldados. Los demás se alimentarán con lo que queda de sus raciones o con lo poco que los comandantes consiguen repartir: algo de pan, algunas galletas, quizá con suerte algo de carne. Muchos han de conformarse con calentar una especie de sopa en la que añaden ron, coñac, ginebra o algo de café, si es que todavía llevan algo de eso encima. Para la mayor parte de los soldados que tomarán parte en la batalla más famosa de todos los tiempos, la noche anterior fue sinónimo de frío, insomnio y un hambre que intentaban acallar bebiéndose su ración de alcohol.

Napoleon
Napoleon, enfermo de diversos achaques, no pudo descansar antes de la batalla.

El propio Napoleón Bonaparte pasa una mala noche. Evidentemente el Emperador podría haber dormido cómodamente en su cuartel general improvisado, la posada Belle Alliance, pero la salud le hace una mala jugada. No es demasiado mayor, tiene cuarenta y seis años, los mismos que Wellington. Pero mientras el general inglés está en plena forma, Napoleón sufre diversos achaques y una cistitis que le impide descansar durante la noche previa a la batalla. Esto tendrá su parte de influencia en el curso de los acontecimientos que están por venir.

La lluvia convertirá la noche en una experiencia muy desagradable para las tropas pero también marcará el futuro desarrollo de la batalla. Aunque al amanecer ya ha dejado de llover, el suelo está completamente embarrado. En teoría es el momento propicio para que los franceses ataquen, pero las pesadas piezas de su artillería no pueden maniobrar en el fango y además las balas de cañón resultarían poco efectivas. En aquella época los proyectiles no eran explosivos y causaban el mayor daño al enemigo cuando rebotaban varias veces sobre el suelo seco, llevándose a varios soldados por delante. En el barro, como es lógico, las balas no rebotarán. En ese terreno húmedo incluso los caballos tienen problemas para mantener su posición.

Napoleón vacila. El suelo mojado recomienda no atacar de inmediato, pero la posibilidad, por remota que sea, de que los prusianos de Blücher regresen y se presenten en Waterloo para apoyar a Wellington parece recomendar la prisa, el finiquitar la batalla cuanto antes. Hay que tomar una decisión. Al final Napoleón decide confiar en que el mariscal Grouchy, a quien ha enviado con parte de sus tropas para detener el regreso de Blücher, esté cumpliendo con su cometido y los prusianos no consigan regresar. En vez de atacar al amanecer, esperará a que el sol seque el terreno. Esto supone retrasar varias horas el inicio de la batalla. Bonaparte aún no tiene forma de saberlo, porque no recibe noticias de lo que pueda estar ocurriendo entre Grouchy y Blücher, pero esta decisión terminará resultando fatídica.

Ante la inesperada calma del amanecer y viendo que pese a la costumbre establecida la batalla no se inicia con la salida del sol, los soldados de ambos bandos tratan de dormir como pueden, intentando recuperarse de aquella infernal noche de frío y lluvia que ha minado sus fuerzas. Hacia las once y media de la mañana, aunque el suelo no está seco por completo, Napoleón decide que sería demasiado arriesgado seguir esperando más y da por fin la orden de atacar. Las tropas francesas avanzan contra el enemigo. Ha comenzado la que entonces era la batalla más grande de todos los tiempos.

Waterloo Film
Espectacular plano aéreo de la película «Waterloo» (1970) mostrando la carga de la caballería francesa contra los inmóviles cuadros de infantería británicos.

Sembrando el terror

El frente de la batalla estaba dividido en tres partes y Napoleón sabía que no resultaría fácil romper las líneas inglesas. En el extremo izquierdo había un edificio fortificado, la «granja de Hougoumont”, que resultaba ideal como plaza defensiva para los británicos. En el extremo derecho había otra granja que los hombres de Wellington podían usar también como eficaz defensa. En la parte central del frente no había edificios, pero las tropas británicas podían ocultarse, al menos en parte, gracias a la elevación del terreno. En resumen, buenas posiciones de defensa para los británicos en los tres sectores del frente; cosa ideal para el general Wellington, conocido no tanto por su imaginación táctica como por sus buenas técnicas defensivas. Algunos acusaban a Wellington de ser demasiado conservador, de carecer de la creatividad y arrojo que Napoleón sí tenía, pero el general inglés se había enfrentado varias veces a las tropas francesas que ocupaban España y había salido invicto, sin perder una sola batalla. No iba a ser tarea fácil vencerlo, pues, ni siquiera para todo un Napoleón.

De hecho, el asalto inicial de los franceses no consiguió romper las líneas inglesas en ninguno de los tres sectores del frente, aunque sí se consiguió, sobre todo en la parte central, algo que Napoleón siempre perseguía: la ventaja psicológica frente al enemigo.

Hougoumont
Los franceses lanzaron un fallido —por poco— asalto a la granja de Hougoumont.

En el centro del frente la infantería británica aguardaba el ataque en formación de “cuadros”. En aquella época, los cuadros eran inmunes a los asaltos de la caballería. Los soldados formaban cuadrados cuyos lados estaban erizados de bayonetas, barrera que en condiciones normales ningún jinete podía atravesar. Aquel tipo de formación podía resistir a la caballería, pero tenía el inconveniente de ser inmóvil. Los cuadros apenas podían avanzar o retroceder, ya que al moverse se descoordinarían, deshaciéndose y volviéndose de inmediato vulnerables a las cargas de los caballos, lo cual podía terminar en desastre. Así pues, los cuadros estaban obligados a resistir a la caballería enemiga sin poder contraatacar. Aún presentaban otra desventaja, porque los cuadros hacían que el frente fuese discontinuo. Entre un cuadro y otro existían pasillos que la caballería enemiga podía atravesar casi con total libertad, hasta llegar a la retaguardia británica. Lo cual no servía para mucho, tácticamente hablando, pero sí conseguían minar la moral de los soldados británicos que veían a los jinetes franceses campando a sus anchas. Los hombres de Wellington se estremecían cuando contemplaban a los imponentes coraceros franceses cabalgando entre sus líneas. Más aún cuando el propio Wellington, que estaba inspeccionando la zona a caballo, fue sorprendido por uno de esos asaltos y tuvo que refugiarse en el centro de uno de los cuadros para evitar que los jinetes franceses le diesen caza.

Algún coracero llegaba al punto de pasearse ante las líneas británicas, con actitud provocadora, como desafiando a quien se sintiera capaz de derribarlo de un disparo. Y no lo derribaban. Excepto las carabinas de los francotiradores, más caras y fabricadas especialmente para ese fin, los rifles regulares de aquella época no eran demasiado precisos, así que aquellas bravuconadas podían salirle bien a los jinetes. Cosa que, claro está, tenía un efecto demoledor sobre el ánimo de los adversarios. Un ejemplo registrado por testigos se produjo cuando un tirador británico asomó la cabeza y vio uno de aquellos gestos de chulería; empezó a seguir con su arma el movimiento del jinete francés, que lo miraba desafiante desde su caballo. El inglés disparó y la bala silbó muy cerca del coracero, a lo que este exclamó sonriendo “Fils de putain!”, aunque sin salir huyendo. No se podía esperar mucho más de aquellas primitivas carabinas.

Así pues, aunque la caballería francesa no estaba consiguiendo ningún resultado real desde un punto de vista táctico, sí ponía a prueba la entereza y la disciplina de los hombres de Wellington.

Artilleria
Napoleón, de niño, no acudió a un colegio normal sino a una academia militar donde se convirtió en el mayor experto en artillería de su tiempo. Gracias a ello, sus cañones eran los más avanzados y precisos.

Algo similar ocurría con el efecto anímico que producía el incesante bombardeo de la temida artillería napoleónica. Los británicos, como decimos, estaban resguardados por una elevación del terreno y además el suelo húmedo impedía que las balas rebotaran para causar el mayor daño posible. Aun así, el intenso cañoneo provocaba el horror. Aunque las bajas causadas eran relativamente pocas y la probabilidad real de ser alcanzado por un disparo directo de la artillería era escasa —más cuestión de mala suerte que otra cosa—, el contemplar de vez en cuando cómo un compañero era partido en dos por la bala de un cañón, o cómo uno de sus brazos o piernas desaparecía de repente, no era algo que ayudase a mantener la calma a un soldado, sobre todo si era inexperto. Los cuadros de infantería británicos estaban atravesando un auténtico calvario psicológico. Si algo estaba poniendo  el sector central del frente inglés al borde de la derrota no era el efecto de los cañones y la caballería sobre su número total de fuerzas, que seguían casi intactas, sino el maltrecho estado de sus nervios. Para colmo, la artillería británica no ayudaba. La orden de Wellington para sus cañones era la de mantener a raya a la caballería e infantería francesas, pero los artilleros británicos empezaron a desobedecer esa directriz para intentar defenderse de los certeros “regalitos” que les llegaban desde los cañones franceses. La artillería napoleónica estaba demostrando por qué era tan temida; ya que no podían ver a la infantería inglesa, oculta tras la elevación (les disparaba a ciegas), decidieron apuntar también a los cañones ingleses, que estaban mucho más lejos… pero a quienes sí podían ver. Al comprobar la increíble puntería de los proyectiles franceses, los artilleros de Wellington llegaban incluso a considerar la idea de huir cada vez que un disparo enemigo hacía volar por los aires alguno de sus propios cañones. En algún momento habían estado a punto de huir y su propia caballería, a la que Wellington mantenía en reserva, había tenido que obligarlos a permanecer en su sitio a punta de sable.

No solamente en la parte central del frente estaban los nervios aliados siendo sometidos a una dura prueba. Incluso en los flancos, cuyos edificios eran un punto defensivo ideal donde el ejército francés se daba de bruces, los británicos se estremecían gracias a la tácticas francesas. Por ejemplo, el uso de cócteles Molotov. También se sentían acongojados cada vez que los muy eficaces miembros del cuerpo de francotiradores francés (los tirailleurs, otra de las unidades de élite napoleónicas) abatían a un inglés. El objetivo principal de los tirailleurs, que permanecían ocultos entre la maleza o en cualquier otro escondite, eran los oficiales. Pero no desaprovechaban la ocasión y disparaban también a cualquier soldado que cometiese el error de hacerse visible. Los rifles de los tirailleurs eran muy costosos de producir, y no cualquier individuo tenía la preparación necesaria para usarlos, pero aunque no fuesen numerosos, los francotiradores de Napoleón eran tan certeros como su artillería.

Mariscal Ney
El impetuoso mariscal Ney, que comandó la caballería francesa en Waterloo.

Al poco de comenzar la batalla se estaba produciendo un empate táctico. Las tropas británicas no estaban sufriendo ningún ataque realmente eficaz, pero su ánimo estaba flaqueando y además su artillería estaba descoordinada e ignoraba las órdenes iniciales de su general. Los británicos no estaban perdiendo sobre el mapa, pero estaban siendo derrotados en sus espíritus. La apabullante seguridad en sí mismo del ejército francés había llevado la batalla hasta un punto de inflexión emocional donde, quizá, solamente se necesitaba un último empuje para derribar la resistencia inglesa. Es posible que si en aquel momento hubiese entrado en acción lo mejor de la infantería francesa —la Guardia Imperial, que a diferencia de la caballería sí podría haber destruido los inmóviles cuadros de la infantería enemiga—, las líneas británicas en la parte central del frente se hubiesen venido abajo, lo cual hubiese significado el final de la batalla y el triunfo de Napoleón en Waterloo.

El mariscal Ney, que por una vez estaba viendo lo que sucedía frente con mayor claridad que Napoleón, empezó a enviar mensajes desesperados al Emperador, pidiendo la inmediata intervención de la Guardia Imperial para desbaratar aquellos cuadros de infantería que se mostraban muy nerviosos, pero a los que la caballería nada podía hacer salvo meter miedo. Aquel era el “momentum”, el instante preciso en que Napoleón había ganado muchas batallas no tanto sobre el mapa sino sobre las mentes y espíritus de sus adversarios. Había que aprovechar la situación psicológica, había que actuar, había que terminar de hundir los ánimos del enemigo. Pero no sucedió nada. La Guardia Imperial siguió descansando en la retaguardia. Por primera vez en su carrera y por motivos en realidad ajenos a la batalla, Napoleón no actuó y se limitó a esperar.

La oportunidad perdida

En sus años de máxima gloria Napoleón siempre había dirigido las batallas en primera línea, al contrario que muchos de sus rivales, aristócratas o generales de la vieja escuela que seguían la acción desde la distancia con un catalejo o mirando un mapa en la seguridad de la retaguardia. En todas sus batallas anteriores Bonaparte había cabalgado de un lado a otro del frente, arriesgándose a recibir algún disparo, sí, pero pudiendo ver con sus propios ojos y muy de cerca lo que estaba ocurriendo en cada momento. Gracias a aquella actitud temeraria y a su desprecio hacia los peligros que implicaba dejarse ver en el fragor de la primera línea, había detectado muchas veces el instante propicio en el que debía tomar una decisión audaz y provocar un giro definitivo en el combate. Pero el Napoleón de Waterloo ya no era el mismo Napoleón de sus deslumbrantes victorias del pasado. Físicamente enfermo y habiendo sufrido dolores durante toda la noche, se ausentó del campo de batalla e hizo lo que habían hecho tantos de los generales a quienes había derrotado antes: dirigir la batalla sin estar metido en ella. Quizá por esa razón no vio lo que el mariscal Ney, en primera línea, sí estaba viendo. Que había llegado el “ahora o nunca”, el instante en que tenía que jugarse el todo por el todo, lanzar la Guardia Imperial para terminar de quebrar el ánimo inglés.

Napoleon
La inacción de un achacoso Napoleón le hizo perder una valiosa oportunidad.

Como tenía que ocurrir, el momento de flaqueza británica empezó a diluirse cuando Napoleón, ausente, no hizo nada para aprovecharlo. Con el transcurso de las horas, los soldados de Wellington se dieron cuenta de que la caballería que tanto les había impresionado no estaba haciendo un gran daño. Se dieron cuenta de que la artillería no estaba matando a tantos de los suyos. Se dieron cuenta de que la infantería francesa no estaba avanzando por el centro ni ganando terreno por los flancos. Los cuadros de infantería británicos recobraron la presencia de ánimo. Incluso sus artilleros se tranquilizaron y recuperaron la moral. Todo esto era algo que nunca hubiese sucedido con un Napoleón más joven y sano que hubiese podido leer los rostros y las actitudes de los soldados. Pero el Napoleón joven ya no existía; el actual Emperador estaba sentado en La Belle Alliance, dolorido, dirigiendo sobre un mapa una batalla de la que no formaba parte.

El mariscal Ney estaba fuera de sí por la inacción de Napoleón, dándose cuenta de que los británicos estaban recuperando el ánimo. Creyó además que los suyos estaban iniciando una especie de retirada, porque malinterpretó unos movimientos en la retaguardia; tan propensocomo era a pensar más bien poco, se sintió ofuscado y ordenó una oleada definitiva de cargas de la caballería contra los cuadros de Wellington. La carga masiva de sus coraceros fue absolutamente espectacular, como recordarían más tarde los testigos: el suelo temblaba a causa de las pisadas de los caballos, se levantaba una tremenda nube de polvo a su paso… era una visión temible para el enemigo. Pero estas cargas incesantes no sirvieron para nada excepto para dejar a la caballería agotada. A aquellas alturas de la batalla los infantes británicos ya habían aprendido que una carga en solitario de la caballería era inútil, así que no flaquearon, se mantuvieron firmes y bien preparados. La infantería y la artillería británicas crearon una letal cortina de fuego y masacraron a los jinetes franceses, que estaban avanzando sin cuidado (esto es, en masa, ofreciendo un blanco fácil, pues ni siquiera había que apuntar para darle a alguno de ellos). El temperamental impulso del mariscal Ney terminó en un completo desastre. Los relucientes coraceros fueron diezmados carga tras carga, hasta que los caballos no daban más de sí. Napoleón se quedó sin su caballería. El momento decisivo de la batalla de Waterloo había pasado ante sus narices.

Mientras en la parte central la caballería napoleónica se consumía en avances inefectivos y suicidas, comenzaron a suceder cosas extrañas en otros lugares de la batalla. En el extremo derecho del frente, donde se seguía combatiendo con ahínco por defender cada edificio y cada muro de las granjas, un oficial británico vio algo inusual a través de su catalejo. En la distancia había tropas francesas, distinguibles por sus uniformes azules, que parecían estar disparándose entre ellas. ¿Qué estaba ocurriendo? El inglés no daba crédito a sus ojos y se preguntó si había estallado una revuelta entre las tropas de Napoleón. Quizá existía un grupo de soldados que eran todavía fieles a la monarquía borbónica y habían decidido rebelarse contra su general. Asombrado por lo que veía, el oficial británico le pasó al catalejo a su superior, quien también quedó completamente anonadado por la escena.

Pronto entendieron lo que estaba ocurriendo. Algunos de los uniformes azules que veían eran, en efecto, de los soldados franceses. Pero otros eran los uniformes también azules del ejército prusiano, del que no habían tenido noticia durante toda la jornada. El general Blücher, sin previo aviso, acababa de llegar al campo de batalla de Waterloo. Ahora eran dos contra uno. Napoleón estaba perdido.

El canto del cisne de la Guardia Imperial

Blucher
El anciano general prusiano Blücher, cuya determinación fue fundamental para el curso de la batalla y cuya intervención ayudó a salvar a Wellington.

Napoleón y Wellington habían estado combatiendo sin saber qué sucedía con los prusianos en la distancia. Como vimos antes, Bonaparte había enviado parte de sus tropas, comandadas por el mariscal Grouchy, para interponerse en el camino de Blücher. Pero Grouchy había fracasado en su intento de bloquear al general prusiano, quien se había limitado a rodearlo, engañándolo con una astuta maniobra y poniéndose más cerca que él del campo de batalla. A partir de aquel instante, un confuso Grouchy se vio obligado a perseguir a un enemigo al que no sabía muy bien dónde buscar.

Sabedor de que el destino de Europa podía depender de que llegase a tiempo para socorrer a Wellington, Blücher impuso un tremendo ritmo de marcha a sus tropas. Hubo que sortear toda clase de obstáculos naturales, porque además del terreno irregular, la lluvia de la noche anterior había convertido el trayecto en una carrera de obstáculos: suelo embarrado, malos caminos, numerosas vaguadas y torrentes de agua donde los que los pesadísimos cañones tenían que ser subidos a pulso por los soldados. Exigiendo aquellos esfuerzos titánicos a lo suyos, Blücher logró la considerable hazaña de recorrer a toda velocidad la distancia que le separaba del campo de batalla para llegar junto a Wellington antes del final de la batalla. Los prusianos aparecieron por sorpresa en el ala derecha del frente francés mientras Grouchy los seguía persiguiendo sin encontrarlos.

Para Napoleón, que no esperaba la llegada de Blücher, y menos tan pronto, esto fue un golpe demoledor. Los prusianos tomaron el pueblo de Plancenoit, situado en un flanco de la posición francesa. Plancenoit era como la puerta para entrar en la mismísima retaguardia del Emperador. Los soldados prusianos se apostaron en las casas del pueblo y de repente las espaldas del frente francés estaban en serio peligro de sufrir un asalto letal. Fue entonces cuando Bonaparte, viéndose al límite, se dio cuenta de que no podía seguir esperando. Llamó a la Vieja Guardia, el escuadrón más veterano dentro de la Guardia Imperial. La élite dentro de la élite. Los soldados de la Vieja Guardia se levantaron de su descanso y comenzaron la marcha hacia Plancenoit. Entraron en las calles del pueblo caminando con lentitud y disciplina, sin mostrar el más mínimo indicio de temor, sin retroceder un solo paso, enfrentándose a tiros con cualquier enemigo que se cruzase en su camino. Su determinación, su presencia de ánimo, su habilidad en combate y el halo legendario que los rodeaba terminaron causando el pánico entre los soldados prusianos, aunque estos estaban apostados en posición ventajosa. Haciendo gala de su fama, la élite napoleónica hizo huir a los prusianos, que tenían la retaguardia de Napoleón a tiro de piedra pero abandonaron la aldea. Plancenoit volvió a quedar en manos francesas. Una vez más la Vieja Guardia había demostrado por qué se la consideraba el mejor cuerpo de infantería de su tiempo. Pero aquel sería su último momento de gloria. Los prusianos se rehicieron; siendo conscientes de que eran muy superiores en número, volvieron a asaltar el pueblo. Pese a la feroz resistencia de los gloriosos hombres de confianza de Napoleón, estos empezaron a sufrir las consecuencias de la aplastante inferioridad numérica.

Mientras, allá en la parte central del frente, donde la caballería de Ney se había agotado sin efecto, Napoleón por fin envió al combate al resto de la Guardia Imperial. Pero era ya más que demasiado tarde. Es verdad que sus Guardias avanzaron impasibles ante la lluvia de balas enemigas, abriéndose paso entre una niebla de humo y pólvora, tan serenos e imponentes como de costumbre. Aunque veían el centro del frente inglés descubierto, con la artillería al fondo, sabían que la infantería no es un blanco tan fácil para los cañones como la caballería y continuaron avanzando en línea con toda la intención de avasallar al enemigo y provocar su retirada. Esta vez, sin embargo, fue del otro lado donde Wellington había tendido las trampas.

Gracias a la inacción anterior de Bonaparte, el general inglés había tenido tiempo más que suficiente para recomponerse y elaborar una táctica defensiva demoledora. Un regimiento de Guardias Británicos se había tumbado en el suelo, aprovechando la inclinación del terreno para esconderse de la visión del enemigo. Cuando la Guardia Imperial estaba a distancia de tiro, se pusieron en pie y dispararon por sorpresa, diezmando a la famosa infantería de élite francesa. A continuación Wellington ordenó el ataque de su propia caballería, hasta entonces en reserva, contra la Guardia Imperial napoleónica. Apabullada por las circunstancias, la Guardia retrocedió por primera vez en toda su historia. Desde su formación, recordemos, jamás habían dado un paso atrás en combate. Y se retiraron con dignidad, pero se retiraron. La noticia de la retirada de la Guardia recorrió todo el frente, alentando a los aliados y haciendo cundir el desánimo entre las demás tropas napoleónicas. Las líneas francesas empezaron a descomponerse, mientras los británicos avanzaban por primera vez en toda la jornada, apoyados por los prusianos que acababan de llegar. Pronto quedó claro que no había ya recursos para detener a los aliados, así que el orden desapareció en el ejército napoleónico y los británicos se adentraron en las líneas enemigas hasta presentarse donde estaba el propio Napoleón, que se vio obligado a escapar de manera apresurada, dejando atrás sus pertenencias; entre ellas varios carros en los que había escondido bolsas repletas de diamantes, que constituían parte de su fortuna, y que fueron depredadas por los soldados británicos. Por todo el frente, pues, los soldados franceses huían a toda prisa.

La batalla de Waterloo había terminado y Napoleón Bonaparte había perdido. Y ahora, ¿qué iba a suceder?

Tras la batalla

Los muertos y los heridos sembraban el terreno hasta donde alcanzaba la vista. El olor a sangre se mezclaba con el de la pólvora. Una repentina calma, rota por los gritos de dolor y los llantos de agonía de los heridos, siguió a la retirada francesa.

Entre las tropas aliadas se procedió al saqueo de los soldados muertos y heridos. Los soldados solían llevar consigo su paga y los botines en metálico que hubiesen podido conseguir durante la campaña, lo cual solía consistir en una pequeña bolsa de monedas de oro o plata. Quienes rapiñaban a los caídos, por cierto, no hacían distinciones entre amigos y enemigos. Un oficial inglés herido en combate, tendido en el suelo, vio cómo un soldado alemán —hasta ese momento su aliado— robaba no solo a los franceses, sino también a los ingleses heridos. Si se movían o protestaban, los mataba a punta de bayoneta aunque acabasen de luchar en su mismo bando. El oficial se hizo el muerto confiando en no ser descubierto, hasta que oyó a unos soldados ingleses pasar. Les avisó de lo que estaba ocurriendo y los soldados ingleses prendieron al aliado alemán, degollándolo allí mismo. Como se ve, cuando había carroña de por medio, las amistades de la batalla podían desaparecer con suma rapidez. Varios supervivientes de Waterloo recordaron más tarde con horror escenas semejantes de rapiña indiscriminada y avaricia sangrienta.

Turner
«Waterloo tras la batalla», de Joseph Turner.

En cuanto al lado francés, hoy conocemos la batalla de Waterloo como el final de la carrera militar de Napoleón, pero en aquel mismo momento sus soldados no pensaron lo mismo. Esto puede resultar sorprendente, pero para las tropas francesas aquella batalla, aunque hubiese sido una gran derrota, era solo una batalla más en una campaña que no consideraban terminada. De hecho, durante los días siguientes, tras haber huido de la persecución inicial del enemigo, las unidades francesas empezaron a acampar como podían, convencidas de que la guerra seguía en marcha. Se habían retirado pero no habían sido completamente destruidos. Según la costumbre de la época, les parecía lógico empezar a prepararse para un nuevo enfrentamiento. ¿Por qué no seguir combatiendo? En diversos puntos las tropas francesas se reagrupaban esperando nuevas órdenes de su Emperador.

Solo hubo una nueva orden: la de abandonar las armas y regresar a sus casas. Napoleón, al contrario que sus propias tropas, comprendía cuál era la realidad de la situación. Ciertamente, todavía tenía algo parecido a un ejército, pero había perdido la única y última oportunidad de doblegar a aquella Coalición europea que quería terminar con su segundo y breve reinado. Incluso reuniendo todo lo que quedaba de su aparato militar, ya no había forma humana de vencer a unos británicos y prusianos que no se iban a dejar separar por sorpresa una segunda vez. Además esperaban refuerzos rusos y austriacos que estaban cada vez más cerca. Napoleón había dado su último golpe y había estado muy cerca de conseguirlo, pero ya no tenía sentido enviar unas maltrechas tropas a un combate que no podrían vencer jamás. Reconoció lo definitivo de su derrota.  A diferencia de otra guerra que hubo perdido en el pasado, esta vez no hizo falta convencerlo para que abdicara. Tras ordenar a los suyos que volvieran junto a sus familias, Napoleón se dirigió a París, donde anunció su rendición. Después se marchó a la costa para entregarse a un buque británico. Creía, y se equivocaba, que el gobierno inglés tendría con él un trato cortés. Confiaba retirarse en alguna casita de las afueras de Londres. El futuro, sin embargo, iba a ser bien distinto.

Bellerophon
Napoleón a bordo del Bellerophon, el buque inglés que le llevó prisionero a Inglaterra.

Cuando el barco que lo llevaba prisionero llegó a Inglaterra y ancló en Plymouth, se reunieron en torno al buque cientos de pequeñas embarcaciones repletas de curiosos. Estaban ansiosos por contemplar al gran enemigo de su patria, a aquel Napoleón Bonaparte del que tantas veces habían oído hablar, el hombre (¿o monstruo?) que había protagonizado las conversaciones de todo el país y que había acaparado los periódicos durante años. Pero el ex-Emperador permanecía oculto en su camarote; parecía disgustado ante la idea de dejarse ver mientras esperaba a que el gobierno inglés decidiera qué hacer con él. Hasta que un buen día, harto de pasarse las horas encerrado, decidió salir a cubierta para tomar el aire. Entonces se produjo una escena inolvidable, quizá la forma más épica en que un personaje semejante podía despedirse del continente.

Napoleón Bonaparte apareció en la cubierta del buque y caminó hacia la borda, donde se quedó inmóvil contemplando los miles de curiosos que, en pie sobre toda clase de embarcaciones, habían estado aguardando la oportunidad de verlo salir. Ahora de repente y sin previo aviso, lo tenían ante sus ojos. Si había esperado un torrente de insultos o gritos, no lo encontró. Reinaba un silencio sepulcral. Los ingleses estaban muy sorprendidos cuando pudieron ver al monstruo con sus propios ojos; el monstruo no era tal, sino solamente un hombre algo barrigón y más bien insignificante. Sin embargo, el carisma de aquel individuo volvió a causar su efecto. Uno a uno, todavía en silencio, los espectadores comenzaron a quitarse el sombrero en un improvisado y sorprendente gesto de respeto. Cientos de ciudadanos británicos saludaban a su principal enemigo. Napoleón, todavía en silencio, contempló la impresionante escena, podemos presumir que conmovido. Sin decir nada, se retiró a su camarote y ya no volvió a salir.

Exilio y muerte de Napoleón

El gobierno inglés, sin embargo, no fue tan respetuoso. Decidió enviar a Napoleón a una isla perdida en el Atlántico Sur, llamada Santa Elena. Era un lugar muy diferente de la plácida isla mediterránea de Elba, en la que Bonaparte había pasado su primer exilio en condiciones bastante confortables. Santa Elena era un lugar frío, húmedo e insalubre, indefenso ante los vientos sádicos del océano. Había allí una diminuta y mortecina colonia de pobladores británicos que quizá lamentaban haber terminado habitando aquel pedrusco infernal. La isla, huelga decirlo, no constituía el sitio más indicado para exiliar a un hombre enfermo. Napoleón pensó, no sin razón, que lo enviaban allí para acelerar su muerte, ya que una ejecución no sería vista con buenos ojos en Europa (y existía el riesgo de provocar una nueva revolución en Francia). Inglaterra, como otras naciones europeas, intentaba desmarcarse del recuerdo aún reciente del terror de Robespierre y compañía, así que optaron por el castigo del exilio. Un exilio bien preparado para acortar su vida.

El propio Napoleón había ejecutado gente a sangre fría más de una vez durante su carrera, incluso en la represión de protestas populares siendo aún oficial de artillería. No había sido un santo. Pero nunca había sido descortés con los reyes y gobernantes europeos a quienes había derrotado. Acostumbraba a ser clemente con sus enemigos. En realidad, tras coronarse no había cometido más barbaridades que las propias de los reyes de su tiempo. Según las leyes y costumbres de su tiempo no existía suficiente motivo para justificar una ejecución. Pero el gobierno de Londres confiaba en que la dureza de Santa Elena minaría rápidamente su vitalidad y Napoleón pudo adivinarlo cuando supo a dónde se dirigía el barco donde estaba prisionero. Durante la travesía atlántica consideró la idea de suicidarse lanzándose por la borda, pero finalmente se abstuvo. Aun así, incluso habiendo temido lo peor, se sintió humillado cuando llegó a Santa Elena y conoció las precarias condiciones de su nuevo «hogar»: una especie de antiguo establo reconstruido como casa y muy mal acondicionado para el terrible clima local. Todavía se sintió más humillado con el trato despectivo de sus nuevos carceleros, que se relacionaban con él sin una cortesía mínima e incluso le daban alimentos en mal estado, preocupándose más bien poco por sus necesidades y bienestar. Tanto era así, que cuando en Inglaterra se conoció la naturaleza del exilio de Napoleón, hubo protestas y hasta alguna campaña popular para hacer retornar a su antiguo enemigo a Europa. Pero aquellas campañas, sorprendentes y bienintencionadas, fueron en vano. El gobierno inglés estaba decidido a hacer desaparecer a Napoleón porque no querían arriesgarse a vivir otros Cien Días. Si le permitían regresar a Europa, ¿quién podía garantizar que no ascendería al trono por tercera vez?

Se le permitió, eso sí, tener algunos ayudantes de confianza en la isla, a quienes dictó sus memorias. Cuando había empezado a sentir dolores en el abdomen dedujo que estaba sufriendo la misma enfermedad que había matado a su padre, un cáncer de estómago. Pensándose a las puertas de la muerte, alejado de sus hijos y prisionero de unos carceleros ingleses que lo trataban con desprecio, Napoleón inició una etapa existencialista en la que elaboró toda clase de reflexiones filosóficas sobre su propia vida, sobre lo indudablemente extraordinario de su biografía. Era muy consciente de que iba a entrar en la Historia y dedicó esos últimos seis años de su vida a preparar esa entrada, dejando su mensaje para la posteridad. En Santa Elena, el antiguo conquistador se convirtió en un pensador lúcido y también en un cuidadoso biógrafo de sí mismo, que estaba dándole forma a su propia leyenda.

Sabiendo que nunca volvería a ver Europa, ni Francia, ni su Córcega natal —la cual sí había podido contemplar en la distancia durante su primer exilio en Elba— Napoleón Bonaparte murió el 5 de mayo de 1821, a los cincuenta y un años de edad.

Epílogo

Durante largo tiempo los aliados estuvieron discutiendo sobre cómo bautizar aquella gran victoria que había puesto fin a la increíble aventura napoleónica. Los prusianos pensaban que la batalla debería ser recordada como batalla de la Bella Alianza, dado que así se llamaba la posada desde donde Napoleón la había dirigido; además, el nombre no podía resultar más adecuado como referencia poética a la coalición vencedora. Los franceses, en cambio, se referían a ella como batalla de La Haye Sainte, que era la definición más exacta porque así se llamaba el lugar donde se habían producido los combates principales. Pero Wellington, en sus crónicas, la bautizó como batalla de Waterloo. Primero porque él mismo pasó la victoriosa noche posterior en la posada del pueblo de Waterloo, municipio donde, hablando con propiedad, no se había disparado un solo tiro. Pero también porque era el único nombre de la zona que resultaba fácil de pronunciar y recordar en inglés. Así pues, la batalla más famosa de la historia terminó siendo bautizada con el nombre de un pueblo en donde en realidad no tuvo lugar. Pero los vencedores escriben la Historia.

Monumento
Monumento conmemorativo erigido en pleno campo de batalla de Waterloo.

Hablando de escribir la Historia, siempre existió la sospecha de que Napoleón pudo haber muerto asesinado, pero durante mucho tiempo se trató de poco más que habladurías sin un fundamento sólido. En tiempos recientes, sin embargo, se ha hecho el sorprendente —o puede que no tan sorprendente— descubrimiento de que algunos de sus cabellos, que aún se conservaban, contenían altas concentraciones de arsénico. Ello parece apoyar las viejas teorías de que pudo ser envenenado por sus carceleros, quizá siguiendo una orden secreta del gobierno británico. El arsénico le hubiese producido síntomas similares a los de aquel cáncer de estómago que creía padecer. En cualquier caso, envenenado o no, a nadie en la época se le escapó que el exilio en Santa Elena era solamente una forma de intentar acelerar su final. El descubrimiento de que quizá fue envenenado no modifica lo que ya sabíamos, que el gobierno inglés quería acabar con él, y lo único que cambia es el método utilizado. Aunque hubiese podido sobrevivir a aquella enfermedad o envenenamiento, es improbable que alguna vez se le hubiese permitido abandonar aquella isla con vida.

Sea como fuere, el destino de Europa podría haber sido muy distinto si Napoleón hubiese logrado aquello de lo que estuvo tan cerca, vencer en la batalla de Waterloo. Existen infinidad de reflexiones, teorías y discusiones sobre cómo hubiese afectado esa victoria el curso de los acontecimientos, sobre cómo serían hoy Europa y el mundo, en qué se hubiese avanzado y en qué no. Napoleón, al contrario que por ejemplo Hitler, no era meramente un déspota destructivo. Hitler, por el propio impulso de su personalidad, llevaba cualquier nación gobernada u ocupada por él hacia el caos. Lo hizo con Alemania y con los países que invadió. Pero Napoleón, con todos sus defectos y con toda la sangre que sin duda derramó cuando lo consideró necesario—y a veces lo hizo con total frialdad— era también un gobernante constructivo, un hombre ilustrado y un entendido en muchos campos de la administración. Al contrario que otros déspotas posteriores, dedicó muchos esfuerzos a intentar mejorar las naciones que gobernaba. Su código civil, por ejemplo, ha seguido vigente durante mucho tiempo en varios de los países que él invadió, sencillamente porque a nadie se le ocurría otro código que mejorase el famoso «código napoleónico». Al gobernar sabía rodearse de expertos de todas las materias, cuyas opiniones respetaba y con frecuencia seguía. Nunca tuvo intención de eliminar razas o minorías. Quería, sí, mantener el poder y eliminar a sus adversarios, pero al mismo tiempo intentaba gobernar para el pueblo. Comparándolo con otros gobernantes europeos de su época, Napoleón Bonaparte era un avance y probablemente el mejor producto, en la práctica, de la Revolución Francesa.

Por otra parte es verdad que fue un tirano absolutista, que prohibió las libertades de prensa y de expresión, que colocó a sus hermanos y familiares en tronos de países extranjeros y que, sobre todo al principio de su carrera, cometió alguna matanza indiscriminada sin que le temblase el pulso. Fue un hombre ambicioso y egocéntrico. Decimos que puesto en el contexto de la Europa de su tiempo, e incluso de la Europa posterior, no fue la peor de las alternativas posibles, pero su faceta oscura es algo que tampoco debe olvidarse, especialmente por el efecto que sus invasiones tuvieron en las poblaciones locales —y en los patrimonios culturales y artísticos— de países como el nuestro, España.

Nunca sabremos si un Napoleón victorioso en Waterloo hubiese tenido ocasión, o energía, de retomar sus labores edificadoras. Ciertamente, aquellas naciones por donde él pasó mejoraron en varios aspectos, pero también es cierto que oprimió a casi todas ellas contra su voluntad —muy especialmente España— y que sus tropas cometieron no pocas tropelías y excesos en el extranjero. Es mucho decir que un mundo en el que Napoleón hubiese ganado Waterloo sería mejor que el mundo que tenemos ahora. Pero hay algo que puede decirse con rotundidad: la Historia sería mucho más aburrida sin él, porque su vida y su carrera son uno de los episodios más fascinantes desde que el hombre empezó a dejar sus recuerdos por escrito. El último episodio, el de la batalla de Waterloo, es apenas la coda a una sinfonía épica. Al menos, debe de haber un buen motivo por el que los locos de los chistes siempre quieren ser Napoleón. Fue un personaje único. Y tarde o temprano, claro, volveremos a hablar sobre él.

Aivazovsky
«Napoleón en Santa Elena», del pintor ruso Ivan Aivazovsky

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29 comentarios

  1. Bajo mi punto de vista, una de las cagadas monumentales de la batalla, mejor dicho, de los días anteriores, fue que Napoleón no hizo mucho caso a la granja de Hougoumont y la dejó estar, Wellington que era una as de la defensa se la quedó haciendo gran énfasis, los franceses a la hora de la batalla propiamente dicha, no la podían dejar detrás de sus lineas al avanzar hacía el enemigo, intentaron tomarla, pero emplearon mucho tiempo y vidas, a partir de ese momento, la moral empezó a decaer.
    Otro capítulo histórico y a tener en cuenta fue la carga alocada de caballería de los Scots Greys, al grito de ¡¡Alba gu bràth!! cargan contra la columna de D´erlon (15.000 tíos) que ya llevaban tiempo dándose candela con otra columna inglesa comandada por Picton (5.000), llevaban las de perder, entonces aparecen a caballo este regimiento escocés saltando por encima de ellos y cargando contra el gabacho, se ven tan superiores que se escucha «Hasta París!!!» y ni cortos ni perezosos van solos hacía la boca del lobo, les esperan de frente Les Cuirassiers y en el flanco derecho la caballería ligera. Los diezmaron.

    Por lo demás…UN FANTÁSTICO RELATO, tanto esta, como la otra parte. ENHORABUENA.

    • Sobre Hougomont:

      No es tanto que lo dejara estar ni que supiese que sería complicado, en mi opinión, más bien al contario. Se enfrascó demasiado en algo que no estaba previsto.

      El mapa de Ferraris y Capitaine que usó para la campaña Bonaparte era bastante impreciso, lo cual también pudo influir en su juicio respecto a ciertos detalles para ajustar tiempos y distancias…incluso no contemplaba Hougomont como una «fortificación» más o menos consistente, si no como una especie de pobladucho, alguna casa que otra…los franceses se encuentran de golpe en que lo que ellos consideraban un ataque al BOSQUE de Hougomont, que suponían ligeramente defendido, se convierte en un ataque en toda regla a unos locos que defienden una plaza fuerte con uñas y dientes y que va absorbiendo tropas y tiempo como una esponja y que además no permite seguir al ala izquierda francesa la presión de D’erlon, con lo que la derecha del Duque puede permitirse el lujo de si es necesario bascular en apoyo de la izquierda y no debilitar el centro.

      Pero ahí se le calentó la boca a Jerome. Lo que tenía que haber sido un simple «apantallamiento» se convirtió en toda una odisea, con el consiguiente atasco. Una vez visto lo que allí había, hubiese bastado con fijar a los defensores en vez de enfangarse en una brutal pelea por conquistar Hougomont. Que por cierto, lo sucedido allí, tiene para una buena historia por si sola.

      Sobre la carga contra de la Caballería Pesada:

      La Union Brigade del general Ponsonby, que murió en esa acción, incluía también a los Royals y los Inniskillings, siempre olvidados al no aparecer en el cuadro de Lady Butler pero que también tienen su corazoncito ;), se encontraron con la Grande Batterie y fueron destrozados por los cañones, creo recordar. Luego la caballería francesa saldría en su persecución.

    • Sobre el plano personal del personaje en el apartado de Epílogo, creo que adjetivos como tirano absolutista, ambicioso y egocéntrico, leyendo unas cuantas biografías sobre el personaje (es mi caso, tanto francesas como de otros autores no franceses) podrían matizarse bastante, en mi opinión, y no los encuentro del todo acertados… ¿o es que el resto de gobernantes europeos eran unos demócratas convencidos (Fernando VII sin ir más lejos)? Recuerdo que, como gobernante, excepto la campaña de 1808 y 1812, el resto de campañas las iniciaron las coaliciones del resto de países contra Napoleón (gracias en gran parte al apoyo económico de los inglese), no las inició él.

      En cuanto a lo de la matanza que no le tembló el pulso entiendo que te refieres a la de la campaña de Egipto (expedición a Acre), y hablando en términos militares,
      por lo que tengo leído, él había dado órdenes de no hacer prisioneros en la batalla. Resulta que sus subordinados o no entendieron la orden o no la recibieron, por lo que al acabar la misma, Napoleón se encontró de golpe con unos pocos millares (creo que eran del orden de 1800-2000, hablo de memoria) de prisioneros sin saber qué hacer con ellos. Libertarlos no parecía buena medida y tampoco los podía llevar prisioneros ni dejar un contingente de su propia fuerza para custodiarlos.
      Que los fusiló y es moralmente deplorable, de acuerdo. Desde luego. Pero estamos hablando de una decisión desde el punto de vista militar y de un militar del s. XVIII. Ah! Y ejemplos de decisiones como ésta hay en nuestra propia Guerra CIvil Española, igualmente deplorables.

      Muy resumidamente, sobre la batalla ya exigiría ya de por sí solo un artículo aparte, pero a Napoleón se le ha criticado de todo en esta batalla, hasta la elección de sus mariscales para la campaña… Yo creo que aunque hubiera ganado esa batalla (Waterloo) y los ingleses hubieran embarcado en Amberes, quedaba el resto de contingente prusiano y los rusos (creo que también los austriacos) acudían también con sus ejércitos mucho más numerosos, por lo que no hubiera dejado de ser un canto del cisne, que es lo que fue, al igual que la campaña de 1814.

      • chesmaloli

        Sin dudar de los comentaristas yo echo de menos más información de lo mucho y bueno que hoy disfrutamos en Europa por el legado napoleónico.

  2. adrimedia

    Buen texto, enhorabuena. Un detalle que no se menciona en él es que las tropas francesas tuvieron que atacar… cuesta arriba! Lo cual con un terreno embarrado es el más difícil todavía.

    Otra versión que circula sobre el por qué del nombre de la batalla es que los correos que se enviaban a Londres para reportar el progreso de la operación estaban franqueadas en el pueblo de Waterloo.

  3. nerjamartin

    Ya leí la primera parte y me encantó. Esperaba esta segunda parte con ganas… y no me ha defraudado en absoluto. Mi más sincera enhorabuena por tan brillante relato.
    Estos dos relatos suyos han propiciado que me suscriba al RSS del blog y tengo que decir que ha sido una decisión totalmente acertada, he encontrado unos textos fantásticos.

    Un saludo desde Lieja (Bélgica) lugar bastante cercano a este escenario histórico.

  4. El mejor artículo que he leído nunca. Magnífica historia narrada de una manera excelente. Se me ha hecho hasta corto. Enhorabuena.

  5. Enhorabuena al autor de estos dos relatos… me he quedado fascinado.

  6. Bernardo de Gálvez

    Una vez más un relato brillante que atrapa en todo momento al lector, sin duda una excelente segunda parte. Sólo pondría un «pero»: en los dos primeros párrafos comienzas un tanto dubitativo, rápidamente lo subsanas y entras en harina de corte épico.

    Me preguntaba cuándo llegaría esta segunda parte y llevo tiempo pendiente del RSS de esta página. Continuaré siguiendo de cerca esta web.

    Enhorabuena, un magnífico trabajo.

  7. Bernardo de Gálvez

    También añadiría que la selección de cuadros para ambientar el texto es magnífica.

  8. Pingback: Waterloo, la batalla que Napoleón pudo ganar

  9. Una estupenda compilación de la Campaña de los Cien Días, enhorabuena.

    La sorprendente llegada de los prusianos en mi opinión no fue tan sorprendente. Napoleón tenía suficientes indicios y pruebas testimoniales, incluidos prisioneros, para conocer al menos tres horas antes, la llegada del cuerpo de Von Bulow. Mi teoría es que el Emperador lo sabía, pero sus acciones solo se entienden si tirando él mismo de wishful thinking y no estando en su mejor día, quiso creer que Grouchy venía detrás de los prusianos.

    Respecto a la trascendencia de Waterloo, pese a mi irredenta anglofília y siendo probablemente mi batalla favorita, me parece un poco inflada por la historiografía anglosajona. Creo que el momento definitivo de las guerras napoleónicas fue dos años antes en Leipzig. Además, estimo que durante mucho tiempo se ha ninguneado no solo el papel de los junkers si no también de los alemanes, belgas y holandeses en el ejercito de Su Gracia, hablando de ejercito inglés, en lugar de ejército aliado. Que teniendo en cuenta que más de la mitad de las tropas de Wellington no eran británicas, se ajustaría mejor.

    En mi opinión, una victoria francesa en Waterloo no habría forzado a firmar la paz a Rusia, Austria y la misma España, y los ingleses volverían a refugiarse en su Isla mientras financiaban a sus aliados. Napoleón no tenía sitio ya en esa Europa, y Francia había quemado ya todo ‘man power’. Los marielouises de 1813 eran el fondo del barril, y un fondo poco consistente, muchos mandos eran abierta o secretamente proborbónicos, y sería difícil mantenerse frente a una nueva alianza paneuropea que no se contentaría hasta que Napo dejara el poder. No podían permitirlo.

    Desde luego, Napoleón pudo ganar aquel 18 de Junio, y creo que aún con todos los errores que cometió, y no fueron pocos, estuvo a punto de hacerlo. El primero, dejar a Davout en Paris. Davout en el ala derecha del ejército y…quién sabe.

    • Professor Moriarty

      …Hay quien apunta a Davout como Jefe de Estado Mayor de Napo en lugar de Soult en la campaña (sobre todo teniendo en cuenta lo especialmente confuso del flujo de órdenes, contraórdenes y comunicaciones en general de L’Armee du Nord, sobre todo a partir del 16, es decir, justo cuando empieza la picadora de carne a funcionar de verdad) también hubiese sido preferible, recordemos que Davout era sobre todo un organizador extraordinariamente meticuloso.

  10. Victor Vilche

    Excelente lectura, me encantó tu narración.

  11. Puntualizante

    @Luis,

    Yo sí pienso que habría forzado la paz, porque seguramente las potencias europeas acabarían llegando también a la conclusión de que detener a Napoleón por la vía militar era, aparte de un fracaso, carísimo. Todos estaban agotados, y la paz era una tregua que jugaba en contra de Napoleón. Obviamente que iban a moverle la silla, pero eso sería ya más bien por medios políticos o incluso promoviendo un asesinato. Napoleón ante todo era un excelente estratega, y jugaba muy bien sus cartas, así que la historia europea hubiera sido muy, muy diferente. Baste pensar que Catalunya hubiera quedado definitivamente anexionada al Imperio Francés, probablemente mucho más de España, y estaría por ver el destino del imperio español que sería de hecho troceado (en puertas de su desintegración). Buf, no, la historia sería muy muy distinta.

    Ni tampoco queda escrito que lograsen desembarzarse de Napoleón de un modo u otro.

    • ‘Baste pensar que Catalunya hubiera quedado definitivamente anexionada al Imperio Francés’

      ¿En 1815? No veo de que manera, francamente. Si ya en 1814 las tropas españolas, no solo inglesas, habían cruzado los Pirineos e invadían Francia. Desde luego, y además no era otra la intención de Napoleón, si consigue la paz no iba a ser ganando territorio alguno.

      El tema del dinero lo cubría la Pérfida Albión, como llevaba haciendo años, y Rusia, con su sentido sagrado de la monarquía y después de lo que les había hecho Napo, estaba lejos de agotar su potencial humano. En Austria Metternich, enemigo implacable de Napoleón, tampoco iba a quedarse parado.

      Como dije antes, en Leipzig selló su destino. La campaña del 14 en Francia, en la que por cierto el Corso brilló a su mejor altura, dejo muy claras las intenciones de las potencias europeas. No hay más pactos de compromiso, y menos aún cuando el ejercito francés era un año después, mucho más frágil, sobre todo en su cohesión interna y en su moral, como todo el país, que ya estaba más que divido entre realistas y bonapartistas.

      No se, es indemostrable, claro, pero haciendo una pirueta y salvando las distancias, diría que 1814 es el armisticio de la Primera Guerra Mundial, y 1815 la rendición sin condiciones de la Segunda. Los aliados no iban a cometer el error de intentar volver a domar a Napo.

      Un saludo.

  12. Puntualizante

    A ver, Luis, que tanto paseo de tropas no es barato ni siquiera para el país que permite el paso y los fondos del RU no son inagotables. Napoleón se basaba para situar las fronteras del imperio en los delirios revolucionarios de la ídem, de llevar las fronteras «naturales» de Francia hasta el Rin y la marca hispánica, y Napoleón incluso aprovechó para cagarse aparte del Imperio Romano Germánico, la república de Venecia y otras por el estilo. Hay mucha mitología de pacotilla sobre la guerra peninsular, pero el hecho es que salvo Galicia (territorio periférico y de acceso complicado), el resto de la península estuvo en control bastante total de las fuerzas napoleónicas hasta que éstas se retiraron. Las razones geopolíticas que les llevaron a anexarse Catalunya (cosa que no hicieron en un principio) estaban más vigentes que nunca, y no iban a ceder aquí como tampoco iban a ceder en quedarse todos los países bajos y la costa del Mar del Norte de la actual Alemania, por mucho que el RU insistiera en lo contrario. De hecho, Napoleón cambió casi *todas* las fronteras, no veo por qué iban a ser sagradas unas más que otras. Porque el punto central de mi argumento es que las potencias europeas iban a abandonar la vía militar para neutralizarlo, y no es muy válida la comparación con la I GM (porque es un acontecimiento que aún no ha tenido lugar), sino más bien la guerra de los 30 años, o cualesquiera otra de las que hubo los 500 años anteriores por la hegemonía en la Europa Continental. Dejar un Imperio Francés excesivamente extenso a un régimen, que como tú mismo apuntas, estaba agotado, era tensarlo al límite. Es obvio que cualquier armisticio cambiaría esta expansión territorial (que Napoleón necesitaba para salvar los muebles en casa) a toda una serie de concesiones en retorno, vamos, por no aburrirnos: que la derrota definitiva de Napoleón ya no sería en un campo de batalla, sino en el terreno político, donde era un punto más torpe y donde además, a diferencia de con un ejército, le es imposible controlar tantas variables. No tengo ninguna duda al respecto, porque Napoleón también jugaba con la quiebra de los adversarios, y también en esto estuvo en un tris de lograrla.

    En cualquier caso estoy de acuerdo contigo que las esperanzas «plenas» de Napoleón se fueron donde indicas, todo esto no sería más que ganar algo más de tiempo… pero cambiar totalmente la historia, eso sin duda.

  13. Flipmed

    Buenas, he estado esperando con impaciencia esta segunda parte, la primera la empecé a leer sin entusiasmo en mi iPhone (de manera incómoda) y no pude parar de leerla, de hecho he estado entrando en esta página regularmente en busca de la continuación.
    Y estoy de acuerdo en el papel de Napoleón como uno de los grandes de la Historia, no conocía su gran conocimiento de la artillería, y era la primera vez que leía algo en detalle sobre Waterloo.
    Simplemente quiero dar las gracias al autor por hacerme pasar dos grandísimos ratos con estas lecturas, seguiré de cerca esta página.
    Un saludo

  14. Querido estratega editor de este blog E.J. Rodríguez,

    Cuando expliques una batalla, mmm, a ver como te lo digo educadamente, que tal si lo ilustras con….

    UNOS MAPAS!!, que parece que cuesta explicar las cosas. Menudo tocho de texto, y fallaste en lo mas importante. Mapas de flujo de tropas indicando los movimientos y hasta un mapa con la ubicación de Waterloo. En fin, solo espero que el texto sea integro tuyo y no una traducción…

  15. Alzhaid

    Gracias al autor por estos magníficos artículos. Me lo he pasado genial leyéndolos y además, al tener que esperar con tantas ganas la segunda parte, he descubierto al resto de autores de esta página, que ha ganado otro lector.

    Además he disfrutado contándole la historia a los amigos, ya que, por como está escrita, es perfecta para relatársela a los demás de manera interesante, como un cuento histórico.

    Las anécdotas, como la del soldado inglés que dispara al francés a caballo, sirven para visualizar lo que pudo ser la realidad, y son perfectas si van acompañas de rigor histórico, como el que presupongo tiene el resto del texto.

    ¡Gracias, y que sigas escribiendo!

  16. Jacopo

    Muchos ya lo habréis leído, pero por si acaso os recomiendo Los Miserables, de V.Hugo, donde se relata de manera exquisita este episodio histórico.
    Enhorabuena por este excelente artículo.

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  19. Javier Prieto

    Soy un modelista asturiano y me gustaria que mi proximo proyecto sea realizar un cuadro de infanteria en Waterloo, vosotros como expertos. ¿Me podriais decir de cuantos efectivos se componian? ¿Pudieron coincidir en el mismo cuadro unidades de highlanders y de infanteria regular? Si me podeis ayudar , os agradeceria que me enviaseis toda la información que tengais sobre este tema, muchas gracias por vuestro tiempo. Un saludo

  20. David Carril

    Muy buen relato, lastima el final, es cierto que Napoleón estaba en contra de la libertad de expresión pero, que le hubiese pasado a un ingles o a un español que hablase a favor de Francia en sus respectivos países en esos momentos? Seguro los hubiesen ejecutado, eso no es estar en contra de la libertad de expresión? A caso la coalición no había masacrado a nadie? tampoco habían mandado miles de jóvenes a la guerra? cosa de la que Napoleón es culpado.
    La cosa es que sin coalición, tampoco hubiese habido Napoleón, ya que su fama vino por el afán de las monarquías europeas por poner fin a la revolución y sus efectos cosa en la que fracasaron rotundamente. Como dijo Víctor Hugo en «Los Miserables»: «Mientras que antes Napoleón colocaba a un cochero en el trono de Napoles, después Luis XVIII firmaba la constitución»
    La verdad es que Napoleón fue un arma de la revolución para mantenerse viva, cuando dejo de ser necesario fue desechado.

  21. Antonio

    Excelente serial, alguien sabe de alguna biografía de Napoleón recomendable? Gracias.

  22. Lucio

    Antonio, a lo mejor ya le contestaron, pero no puedo dejar de recomendarle la biografía escrita por Emil Ludwig. Si bien tiene casi un siglo, es insuperable. Si le interesa profundizar en el lado militar de Napoleón, lea »Las campañas de Napoleón», de David Chandler, editada por La Esfera de los Libros. Saludos cordiales.

  23. Pingback: Waterloo, 1815-2015 | Maven Trap

  24. Professor Moriarty

    Hasta donde sé, la cena del 17, jornada previa a Waterloo, el Corso cenó en la granja de Le Caillou, no en La Belle Aliance, tal como se expone, creo que erróneamente, al inicio del artículo.
    J.M.

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