Opinión Vuelva usted mañana

Tsevan Rabtan: Anticipando la querella

Angela, Presidenta no por usurpación, sino por la ordenación piadosa de Dios, a Herman, ahora no Presidente del Consejo Europeo, sino falso funcionario …”

Puede que esto no suceda. Puede que suceda con otros protagonistas. Lo que es innegable es que mi dominio de las relaciones inesperadas asciende unos cuantos niveles gracias a esta crisis espiritual que sufre Europa. No se dejen engañar, queridos amigos, por los que se centran en los bienes materiales, en la compra y venta de beneficios, en la llamada “crisis económica”. Lo que está en riesgo es una idea: la de la Unión Europea. Y lo que tenemos que decidir es si esa idea es perniciosa o benéfica. Para eso hay que mirar al pasado. Sobre todo porque para mirar al futuro tendría que sobrepasar el horizonte de sucesos y no tengo pa combustible.

He empezado así este artículo porque así comienza la carta con la que el alemán Enrique IV, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, comunicaba al papa Gregorio VII su deposición:

Enrique, rey no por usurpación, sino por la ordenación piadosa de Dios, a Hildebrando, ahora no papa, sino falso monje …”

Para llegar a esa carta tuvieron que pasar algunos sucedidos. Hagamos memoria.

Los papas no fueron gran cosa (con la excepción de algún Gregorio, algún Nicolás o algún Silvestre) hasta la llegada de Hildebrando al trono de Pedro. Todo lo más contaban con una marca que los de aquí, los de Occidente, respetaban por eso del simbolismo. Gracias al poder de la publicidad, pudo León III en el año 800 coronar a traición a Carlomagno, al parecer con gran disgusto del franco, que no consideraba al obispo de Roma en más que a cualquiera de sus vasallos. En aquel momento el asunto no pareció tener mucha importancia y el propio Carlomagno, a punto de morir, llevó a Roma a su hijo Ludovico Pío para que se autocoronara emperador. Sin embargo, en esto de los precedentes y de la interpretación de los precedentes los curas son insuperables. Fíjense en que Constantino, el emperador romano, no le hizo ninguna donación a la Iglesia y, sin embargo, los amigos de la curia romana falsificaron un decreto imperial por el que recibían ni más ni menos que Roma y, de paso, toda la parte occidental del Imperio. Ese decreto inexistente fue confirmado por Pipino, primero, y por Carlomagno más tarde, y ésa es la razón por la que los pobres emperadores se empeñaban de tanto en cuanto en atravesar los Alpes para meter en cintura a los de esa barriada sur que ahora conocemos como Italia. Así anduvieron los afanosos emperadores durante varios siglos, a pesar de que las expediciones solían terminar fatal, no por la resistencia de los “italianos” a la ida, sino por los puyazos que les daban a la vuelta, con los cansados alemanes cargados de enfermedades y mala hostia.

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2 comentarios

  1. Me ha gustado esta inspiradora historia europea.

    Gracias al autor.

  2. Pedazo de articulo. Buenísimo. Estoy pensando en algún comentario inteligente a la par que irónico que dejar aquí, pero el odio que siento a la UE gracias a las horas dedicadas a machacarme la cabeza frente a unos apuntes pésimamente escritos que describían con todo lujo de detalles las competencias de los órganos de la Union me impiden dar una opinión formada, salvo soltar espumarajos y desear que caiga un asteroide sobre Bruselas.
    Un saludo.

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