Cabelleras de fuego

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El fetichismo del cabello es muy antiguo, casi tanto como el mismo cabello. ¿A quién no le sobreviene de vez en cuando una imagen infantil de sí mismo, ensortijando los dedos menudos en los rizos del cabello materno? Un estudio reciente (1) llevado a cabo entre fetichistas de todo el mundo atribuye a la tricofilia, es decir la fijación sexual por el cabello, un 7% de adeptos. Cualquier observador medianamente imparcial barruntará que se trata de una estimación conservadora.

Pensemos en la celosa Dalila, que envidiaba la opulenta melena de Sansón; en las grandes religiones que prescriben la tonsura como requisito para alcanzar la pureza del cuerpo; en el verso de Omar Khayyam, donde dice que el espesor de un cabello separa la mentira de la verdad; en los privilegiados reyes de Francia, que gozaban del llamado derecho de cabellera real y llevaban el cabello más largo que todos sus súbditos; en la costumbre de algunos pueblos bárbaros de arrancar el cuero cabelludo al enemigo, que los colones europeos llevaron a Norteamérica y luego achacaron a los pieles rojas; en los cortadores de trenzas que durante buena parte del siglo pasado aprovechaban la penumbra de los cines para deslizarse tras las butacas y apoderarse de sus trofeos con un hábil tijeretazo. Pensemos en todo ello, en fin, y comprenderemos la importancia del cabello en la historia.

Del cabello nos seduce su longitud, su suavidad de medusa, su combinación de fragilidad y resistencia, su persistente aroma y un crecimiento continuo que, por fortuna y en contra de lo que muchos creen, se interrumpe al otro lado de la tumba. El éxtasis puede alcanzarse de diversos modos: acariciando, olfateando o peinando largas cabelleras, cortando mechones o afeitando la cabeza y escrutando, con o sin microscopio, madejas o bucles de cabellos sedosos, perfumados, lacados o ligeramente humedecidos.

Existen además los sucedáneos en forma de peluca, lo que aumenta la variedad. En su catálogo de parafilias, Krafft-Ebing cuenta el caso de un recién casado que en la noche de bodas se había limitado a besar a su flamante esposa y acariciarle el cabello, antes de echarse a dormir. La segunda noche fue idéntica. A la tercera, el hombre obsequió a la mujer con una peluca de largos cabellos y le rogó que se la pusiera, tras lo cual se enardeció y le testimonió su cariño, como entonces solía decirse.

A la mañana siguiente, ella comprobó que las efusiones de su esposo se dirigían en primer lugar a la cabellera postiza, y que cuando se la quitaba el ardor conyugal desaparecía. Acabó plegándose a los deseos de él, y poniéndose la peluca a la hora de acostarse.

Curiosamente, al cabo de quince o veinte días la peluca perdía su ascendiente y se hacía necesario adquirir otra. El color carecía de importancia, pero para que el truco funcionase la peluca debía ser larga y abundante. Al parecer, y con todas las dudas que deben suscitar este tipo de historias, elaboradas pacientemente por generaciones de sexólogos vieneses, el fruto de cinco años de matrimonio fueron dos hijos y una colección de casi cien pelucas.

Otro caso pintoresco, también citado por el imaginativo Krafft-Ebing, es el de cierto joven que, a los quince años, tuvo su primera efusión amorosa al ver peinarse a una muchacha de su pueblo. Tiempo después, en París, se excitaba poderosamente al observar los cabellos que descendían sobre las nucas femeninas. Un día, al cruzarse con una de ellas, no pudo contenerse y la agarró por la trenza. Fue detenido y condenado a tres meses de cárcel.

En sus sueños nunca aparecían cuerpos de mujeres, sino sólo cabezas con el pelo suelto, coletas o trenzas. Adquirió la costumbre de cortar un mechón a todas las que le entregaban o vendían sus favores. Su peculiar manera de hacer el amor consistía en envolverse el pene con el cabello femenino, mientras ejecutaba los movimientos copulatorios. Las trenzas se le antojaban fascinantes, decía, porque a la vez le parecían muertas y erguidas. Cuando conseguía una, pedía que le azotaran con ella. Reunió así una colección capilar considerable, con la que se solazaba a menudo.

Adquirió la costumbre de llevar siempre unas tijeras de podar y de visitar las últimas filas de los teatros. Un día, en el patio de butacas, le llamó la atención una espléndida trenza, que refulgía como la plata. Se acercó a ella con sigilo y la cortó. Al desprenderla, notó que estaba extrañamente húmeda. No advirtió que había sido descubierto hasta que le enfocó una linterna. Al encenderse las luces, todos pudieron comprobar que la mujer tenía unas tijeras clavadas en la garganta.

De cualquier modo, las trenzas han caído en desuso y sus devotos han de recurrir a los postizos o robarlas en los museos de cera, donde las mujeres aún las llevan.

Charles Baudelaire, Stephane Mallarmé, Joris-Karl Huysmans y Guy de Maupassant escribieron abundantemente sobre la fascinación de las cabelleras y la lenta caricia de los peines. En Contra natura, de Huysmans, Des Esseintes ordena, ante el tocador, frascos de esencias y preparados cosméticos:

«Curioseó entre este instrumental, adquirido tiempo atrás para complacer a una amante que solía alcanzar el éxtasis y el placer bajo la acción de ciertos perfumes y bálsamos; una mujer neurótica y desequilibrada que gustaba de ver sus pezones macerados por perfumes, pero que tan solo accedía a un éxtasis profundo y completo cuando un peine rastrillaba delicadamente su cuero cabelludo o cuando a las caricias del amante se mezclaba el olor a yeso fresco procedente de edificios en construcción, o el emanado por las gruesas gotas de una tormenta estival al repiquetear sobre la tierra seca.»(2)

En su relato La cabellera, Guy de Maupassant nos muestra el cuaderno de un hombre, abrumado por el deseo de las damas de antaño, que se convierte por azar en el poseedor de una enorme trenza de cabellos rubios, casi pelirrojos, cortados junto a la piel y atados por una cuerda de oro:

«Luego, cuando había acabado de acariciarla, cuando había cerrado de nuevo el mueble, seguía notando su presencia allí como si fuera un ser viviente, oculto, prisionero. La sentía y la deseaba otra vez. Tenía de nuevo la necesidad imperiosa de volver a cogerla, de palparla, de excitarme hasta el malestar con aquel contacto frío, escurridizo, irritante, enloquecedor, delicioso. Viví así un mes o dos, ya no lo sé. […] Una noche me desperté bruscamente con el pensamiento de que no me encontraba solo en mi habitación. Sin embargo, estaba solo. Pero no pude volver a dormirme. Y como me agitaba en una fiebre de insomnio, me levanté para ir a tocar la cabellera. Me pareció más suave que de costumbre, más animada. ¿Regresan los muertos? Los besos que depositaba en ella me hacían desfallecer de felicidad. La llevé a mi cama y me acosté, oprimiéndola contra mis labios, como quien va a poseer a una amante. ¡Los muertos regresan! Ella vino. Sí, la he visto, la he tenido entre mis brazos, la he poseído, tal como era cuando estaba viva: alta, rubia, exuberante, los senos fríos, la cadera en forma de lira. Y he recorrido con mis caricias esa línea ondulante y divina que va desde la garganta hasta los pies, siguiendo todas las curvas de la carne.»(3)

Entre los autores españoles, acaso sea Valle-Inclán quien más ha exaltado el fetiche de los cabellos. En Sonata de otoño, el lujurioso marqués de Bradomín le dice a Concha: «¿Te acuerdas de cuando quería que me disciplinases con la madeja de tu pelo? Cúbreme ahora con él.» Ella, amorosa y complaciente, «echó sobre mí el velo oloroso de su cabellera. Yo respiré con la faz sumergida como en una fuente santa, y mi alma se llenó de delicia y de recuerdos florecidos. El corazón de Concha latía con violencia. Mis manos trémulas desbrocharon su túnica, y mis labios besaron su carne.»(4)

Uno imagina al autor mesándose a intervalos la larga barba deshilachada, mientras escribía este pasaje otoñal.

El cabello tiene también un papel fundamental en el dramático desenlace del cuento de Valle-Inclán Rosarito: «El alfilerón de oro que momentos antes aún sujetaba la trenza de la niña está bárbaramente clavado en su pecho, sobre el corazón. La rubia cabellera extiéndese por la almohada, trágica, magdalénica.»(5)

Entre los colores del cabello humano, el rojo, que oscila entre el tono rubí o cereza y el cobre, es el menos frecuente, ya que sólo se encuentra en un 1% o un 2% de la población mundial. Esa rareza ha hecho de pelirrojas y pelirrojos un singular objeto de deseo, pero también, sobre todo en épocas de conflicto, los ha convertido en una minoría perseguida. Una larga tradición, subrayada por numerosas representaciones iconográficas, ha teñido de rojo el cabello de personajes como Caín, el primer asesino de la Biblia, el rencoroso Esaú o Judas, traidor por antonomasia.

Ya en el antiguo Egipto, para reconciliarse con el dios Osiris, los hombres de pelo rojo eran sacrificados, a fin de que sus cenizas, mezcladas con las semillas de trigo, diesen lugar a espigas doradas. Y en la Edad Media, en toda Europa, los pelirrojos, hombres y mujeres pero especialmente estas últimas, padecían la acusación de tener comercio carnal con el diablo. El cabello rojo, los lunares y la disposición de las pecas bastaban para demostrar que sus poseedoras habían estado demasiado cerca de las llamas del infierno. Se estima que, a lo largo de siglo y medio, esos rasgos enviaron a la hoguera a unas veinte mil mujeres.

Y es que el pelo rojo, además de ser signo de oprobio y deshonor, se consideraba atributo de gente apasionada y lujuriosa, que vivía para satisfacer sus instintos y carecía de fe y de ley. En la mente de los inquisidores, el pelo rojo evocaba la hirsuta piel de los zorros, de los gatos rojizos y de las ardillas, animales que también eran sacrificados por miles los martes de Carnaval, en Pascua y durante las noches de san Juan. Incluso Victor Hugo, en Notre-Dame de París, a la hora de atribuir a Quasimodo todos los defectos, le concedió una gran cabeza deforme, erizada de cabellos rojos.

Un inciso. La persecución a los pelirrojos tuvo una reciente derivación, por fortuna paródica, en el videoclip del single Born Free, de la cantante M.I.A., dirigido por Romain Gavras, que escenifica una violenta búsqueda y captura de pelirrojos por parte del ejército estadounidense.

Quizá fueron los pintores prerrafaelistas, desde John Everett Millais a Burne-Jones, pasando por Holman Hunt, Waterhouse y Dante Gabriele Rossetti, amante de la malograda pelirroja Elizabeth Siddal, quienes dieron prestigio y magia a las cabelleras flamígeras. A este lado del canal de la Mancha, Courbet, Toulouse-Lautrec y Renoir siguieron la moda o la reinterpretaron, y poetas como Baudelaire y Verlaine dedicaron sus obras a mendigas y princesas de cabello rojo.

En nuestros días, es el cine quien mantiene viva la antorcha capilar. En 1932, Jane Harlow, que era rubia platino, utilizó una peluca para interpretar La pelirroja. Y Rita Hayworth, pese a sus titubeos iniciales, en los que alternó el negro cuervo con el castaño oscuro, optó por el rojo fulgurante que era su color natural y que, al menos en la pantalla, se avenía a la perfección con la turbulencia de sus personajes. Es bien sabido que Orson Welles, segundo de sus cinco maridos, aumentó el problema de identidad capilar de su esposa al obligarle a prescindir de sus largos bucles y teñirse de rubio para protagonizar La dama de Shangai.

Dado el mayor porcentaje de personas pelirrojas en Escocia, donde son el 13%, y en Irlanda, donde son el 10%, se entiende que muchas actrices hayan nacido en esos lugares, como la irlandesa Maureen O’Hara, quizá la más flamígera y apasionada de todas, o la escocesa Deborah Kerr.

Existe al menos una página de Internet dedicada a famosas actrices pelirrojas (6), donde se especifica si el color se debe a la genética, a la tinción o al uso de pelucas. Pero en esto del cine, como en todo, lo importante son los propios sueños.

(1) Scorolli, C; Ghirlanda, S; Enquist, M; Zattoni, S; Jannini, E A (2007).«Relative prevalence of different fetishes». International Journal of Impotence Research.

(2) J-K. Huysmans. Contra natura. Tusquets editores, 1980.

(3) Guy de Maupassant. La cabellera. Relato incluido en Obras completas. Aguilar, 1948.

(4) Ramón María del Valle-Inclán. Sonata de otoño. Espasa-Calpe, 1975.

(5) Ramón María del Valle-Inclán. Rosarito. Relato incluido en Historias perversas. Casa editorial Maucci, 1907.

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2 Comentarios

  1. André Breton, muy colega del rutilismo también.

    Decir que Romain Gavras llevó al largometraje el tema de los pelirrojos, con Vincent Cassel y Olivier Barthelemy como protagonistas. Para mi, recomendable, aunque no se ha estrenado en España, que yo sepa.

    Buen artículo. Un saludo.

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