Jordi Bernal: Ya no quedan austrohúngaros

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Como ya viene siendo tradición empecé el año con una divina tortilla de patatas y una película en casa de D. y M. Como ya se ha impuesto como norma, la película debía ser un clásico, a poder ser de la comedia, o cualquier forma de revisitación feliz y sólida, una apuesta sobre seguro. No siempre la vuelta al pasado se corresponde con la excelencia del recuerdo, con las mitificaciones traicioneras de la memoria mixtificadora. Empezamos el año 2011 con el alegre redescubrimiento de Avanti!, una de las grandes obras de Wilder que, después de los aldabonazos de la crítica franchute al uso, hay que vindicarla setenta veces siete. La entrada del 2012, sin embargo, trajo consigo una leve destemplanza, un regusto agridulce en el paladar. Apostamos por la segunda entrega de la saga Leguineche, Patrimonio Nacional, tal vez por aquello de que los tiempos sombríos bien valían una risotada atronadora y esperpéntica. Aún así, donde yo recordaba esperpento, ahora veía un brochazo desaliñado; aquel humor arsénico se había convertido en un desfase de flatulencias varias y desaguisados falleros. Puro despiporre. Y lo digo desde el disgusto fonético que siempre me ha causado el término.

He sido siempre un berlanguiano a ultranza, un defensor solitario y sin cuartel de la filmografía toda del director. No me han dolido prendas ni los morros a la hora de recibir paliza de tertulia cuando he parangonado (más chulo que un ocho) al mejor Berlanga con Fellini y Buñuel. Ahora bien, reconozco que fue dura la vuelta a casa en la fría y botellonera noche de año nuevo después del visionado de Patrimonio Nacional. Ya sólo me quedaba la media sonrisa del “Acojonan, ¿eh?”, que dice el sublime Luis Escobar refiriéndose a la lechera atestada de maderos antidisturbios.

Frente a los casos de corrupción política, siniestros espectáculos de sentencias populacheras (con humillaciones televisadas y te-quiero-un-huevo) y mangonería regia, siempre hay el cinéfilo que echa en falta la crónica feroz a manera de sátira. “Lo que haría Berlanga con este desaguisado”. Sí, yo mismo me acuso. Pero, bien es cierto, que Berlanga perdió pegada después de La escopeta nacional (su última obra maestra) y todo su cine en democracia deriva hacia la astracanada de serial televisivo. La sutileza coral del plano-secuencia (aquella frase magistral que resonaba tenue en la profundidad de campo) se ahogó entre tanto berrinche y aspaviento improvisado.

Ya no quedan austrohúngaros. Así pues, en los tiempos del totalitarismo de corrección política y de imbecilidad de emoticones, será todavía más difícil el refugio de la ironía agria y el sarcasmo inteligente. La libertad de aquel que antes de chochear enseñó a ser considerado un rojo por la derecha y a ser acusado de facha por la izquierda. Tiempos difíciles nos esperan.

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7 Comentarios

  1. Austrohúngaros, lo que se dice austrohúngaros, haylos en la mañana de Año Nuevo, aplaudiendo a rabiar su himno más nacionalista, la llamada Marcha Radetzky. Luego se atemperan hasta casi desaparecer, por suerte.

  2. No sé, Jordi. Si austrohúngaros era lo que quería su tocayo, el Pujol, no estoy seguro que debamos echarlos de menos.

    • «Austrohúngaro» era sencillamente la palabra fetiche de Berlanga. La colaba en todas y cada una de sus películas. La mayoría de las veces con calzador.

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