Esta visita ocurre hace aproximadamente año y medio. A la memoria puede temblarle el pulso en cuanto a la fecha exacta, pero los campos de algodón en flor a ambos lados de la carretera hacia Austin refulgen entre neuronas acotándola en torno a los estertores del verano. Era viernes por la tarde.
Por entre las columnas cuadradas que sostienen el Harry Ransom Center, un sarcófago de hormigón de siete plantas ubicado en el margen del campus de la Universidad de Texas, se accede al vestíbulo. Resulta tentador imaginar este centro como una Disneylandia de la mitomanía literaria, una colección de los mejores fetiches que los filántropos texanos han podido comprar con sus petrolíferos dólares.
Los objetos del vestíbulo no ayudan a disipar del todo este prejuicio. En el expositor central se exhibe una de las veintiuna biblias completas de Gutenberg (circa 1454) que quedan en el mundo. A un lado se puede contemplar Punto de vista desde la ventana de Gras, la primera fotografía de la historia, tomada en 1825 por el inventor francés Nicéphore Niépce.
Pero, más allá del vestíbulo y las salas de exposición, esto es un centro de investigación, a caballo entre una biblioteca y un museo. Sus sótanos y estanterías guardan más de 36 millones de manuscritos, y cinco millones de fotografías. Notas, bocetos, archivos, y bibliotecas personales de algunos de los autores más célebres en lengua inglesa, incluido Geoffrey Chaucer. En los días previos a la visita acababan de terminar de ordenar la colección de David Foster Wallace, consistente en 34 cajas y ocho carpetas de manuscritos y libros cedidos por su familia al centro, para poner el material a disposición de los investigadores.
La Comisaria de Literatura Británica y Norteamericana del Harry Ransom, Molly Schwartzburg, es una californiana en la treintena cuya experiencia entre libros y bajo tubos fluorescentes es delatada por la palidez de su antebrazo al estrechar la mano. “¿Has leído La Broma Infinita?”, pregunta mientras nos encaminamos hacia el sótano, por unas amplias escaleras de cemento enlucido. Las rejillas de ventilación emanan un aire frío que huele reciclado, como si se estuviera respirando por segunda o tercera vez.
“Después de su muerte, la hermana de Wallace contactó con nosotros. Adquirimos la colección en diciembre y hasta ahora ha estado siendo catalogada” dice Schwartzburg. “Quiero decir, no han estado todo el tiempo con esto”, se explica, “los catalogadores trabajan en múltiples proyectos al mismo tiempo, éste es uno de ellos”.
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Muy bueno. Enhorabuena.
qué maravilla
g
racias
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Genial…. gracias.
Impresionante artículo. Me ha encantado, los fans de DFW estamos postrados, con los pezones duros.
Gran artículo. Aun así no comparto que Pound o Lawrence, mejor dicho, todos los que aparecen estén a la altura de Joyce.
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