Escribir de obras de arte fagocitadas por el tiempo pero cómplices de una generación ya madura y con derecho a la melancolía mientras se atisba en el horizonte el estanque dorado. Así. Del tirón. Ese es el motivo por el cual viene hasta el ERE de endorfinas Retorno a Brideshead (RaB), obra maestra absoluta de la Inglaterra de entre guerras hasta en tres formatos distintos, que ya son muchos formatos. En el literario gracias a la sensibilidad del autor de la novela Brideshead Revisited, Evelyn Waugh; en formato de serie de televisión por una calidad de adaptación probablemente única e irrepetible a cargo de Granada Television y, finalmente, en formato musical por esa trompeta barroca de Geoffrey Burgon (Crónicas de Narnia) que nos transporta a donde debe, a la melancolía del castillo de Brideshead, en realidad el auténtico de Howard, en Yorkshire.
La obra gira en torno al punto de vista narrativo del joven pintor estudiante en Oxford Charles Ryder, interpretado por Jeremy Irons, que cae en los tentáculos de la inmensamente rica familia Flyte y su decadencia, llevada al paroxismo por el personaje de Sebastian del actor Anthony Andrews. Alcohólico, niño de papá y mamá sin el afecto de papá y mamá, pseudo gay, irreverente e infeliz de manual, sólo el osito de peluche Aloisius del que aun se sigue acompañando pasados los 20 años le permite un respiro interior a este mal estudiante en Oxford pero estupendo bebedor de todo tipo de licores. Charles, su mejor amigo y aceptado en el clan pese a su condición social inferior, no podrá tampoco contener las ínfulas autodestructivas de su amigo y, en cambio, caerá en los brazos de la hermana mayor de Sebastian, Julia (Diana Quick).

La vida, quizá, se divide entre aquellos que saben que Evelyn Waugh era hombre y no mujer, amén de escritor de esta obra cumbre, Retorno a Brideshead. La otra parte de la población mundial la compondría el resto, aquellos que desconocen la masculinidad de Evelyn como debe recordárselo Scarlett “oh, siempre Scarlett” Johansson a Anna Faris en la maravillosa, única e irrepetible Lost in Traslation de Sophia Coppola. Si el libro destila amor, decadencia, naftalina, destrucción y una intensa narrativa visual en realidad de la nada, del tiempo estancado entre las decenas de muros de Brideshead y el sonoro tic tac de presuntuosos y gigantescos relojes de pared, no menos envolvente es su banda sonora, un canto de trompeta barroca de Geoffrey Burgon que deleita los oídos como Michael Nyman en El Contrato del Dibujante de Peter Greenaway, de un año después que la serie, en 1982. Dos ejemplos de cómo la música no se integra sino que forma parte esencial para sentir el todo en su conjunto de manera indivisible.

La serie, en realidad, fue inspiradora de un género en sí mismo, el que yo me invento aquí y ahora mismo en Jot Down Magazine como ‘filo victoriano’, representado al máximo, por el contrario, por un cineasta no inglés sino americano como James Ivory. Con películas como Una habitación con vistas (1985), Regreso a Howard’s End (1992) o Lo que Queda del Día (1993) y que tuvo su seguimiento masivo hasta que acabó, probablemente, con Sentido y Sensibilidad, de Ang Lee (1995). Ya no cuenta el ‘revival’ de las versiones posteriores de las obras de Jane Austen. Por el camino hubo otras series como la maravillosa Arriba y Abajo de ITV con Lesley Ann Down, sobre la rica familia Bellamy, pero que es anterior a RaB, entre 1971 y 1975, aunque en España se emitió posteriormente.
Un amor de Swann (de 1984 aunque basada ésta en Marcel Proust y su primero de los siete tomos de la adorable genialidad que es la heptalogía En Busca del Tiempo Perdido) fue otra de las obras capitales de Jeremy Irons, junto a La Mujer del Teniente Francés, (1981), que gracias a su excelsa participación en RaB dio el salto de calidad que necesitaba su carrera para convertirse en uno de los mejores actores ingleses de todas las épocas.











Sigo esperando una redención en Jotdown de esa maravilla llamada Six Feet Under.
Gracias
¿Redención?
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