Iván Castelló: Euro 96, la última comuna

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Tras lo acontecido en la Euro de Polonia y Ucrania, donde han vuelto a quedar bien marcadas las distancias entre prensa y selección para castigo del aficionado, recordamos cómo fue La Batalla de Inglaterra, el origen de la distante relación actual entre el fútbol del día a día y los medios de comunicación. Así fue la convulsa concentración de España durante la Eurocopa de Inglaterra en 1996: la última vez que equipo nacional y prensa compartieron convivencia. La última comuna.

1996. Leeds. Estancia aparentemente idílica en el De Vere Hotel Oulton Hall, mansión del siglo XVIII tipo Retorno a Brideshead a las afueras de la ciudad del norte de Inglaterra, sede fija de España en su grupo de la fase final de la Eurocopa. La selección del polemista Javier Clemente es favorita, en una temporada, la del ‘dobleeeetiiii’ (como tituló AS) que encumbró a Jesús Gil como el presidente de los campeones de Liga y Copa del Atlético de Madrid ante el último Barça de Johan Cruyff. Pero el buen desempeño dos años antes en Estados Unidos, con la derrota ante Italia por 2-1 en Boston y la injusticia por bandera a causa del codazo impune del narigón Tassotti a Luis Enrique, convertían a España en poderosa, en rival a batir. Como oponentes, Bulgaria, Francia y Rumanía, o lo que era lo mismo, Stoitchkov, Zidane y Hagi. Así que jugar había que jugar para cruzar la primera ronda y afrontar el Síndrome Cuartos, el mal perenne del fútbol patrio.

Clemente estaba en uno de los picos de su montaña rusa. Triunfante en EEUU pese a la feroz crítica popular y de la mayoría de la prensa, el de Baracaldo permanecía en la cresta de la ola. Como un surfista de Zarauz. Como con su Athletic de gabarras en 1983 y 1984.

Acusado de jugar con más defensas que H.H. cuando el ‘catenaccio’, y de unos modos de conducta que producían el rechazo que hoy generan personajes como Mourinho cuando tienen el día torcido, Clemente, en cambio, era feliz al mando del cotarro con el clan vasco que no decía la palabra España sino “equipo nacional”. Tenía el apoyo firme de su antiguo compañero Ángel María Villar, el presidente. Y se apoyaba en futbolistas como Zubizarreta, Alkorta y Hierro. Menos pintaba el buenazo de su segundo, Andoni Goikoetxea, un cielo como persona, nada que ver con el demonio que lesionó a Schuster y Maradona.

La costumbre en la época, justo hasta la experiencia fallida de Leeds, era que la prensa y el equipo la misma cosa eran. Hacían vida juntos, como una piña o como una granada, pero de la mano caminaban. Aviones compartidos (aunque en el mundial americano se usaron dos distintos en los vuelos internos por la cantidad de periodistas acreditados), mismos hoteles de concentración y una convivencia en la que se mezclaban por pasillos, cafeterías, piscinas y pistas de mini golf periodistas, jugadores y entrenadores. El tic, tac no había hecho sino comenzar su cuenta atrás porque hasta Inglaterra se llegó, a su vez, prensa combativa y para nada dispuesta a asentir a cualquier precio. Así es como, tras abrir Clemente la primera intervención con un repaso sin citarlo a Ángel Cappa por un artículo en El Mundo, cada minuto el ambiente comenzó a enrarecerse. Lideraba Alfonso Azuara, antiguo amigo personal de Javi, y le seguían José Ramón de la Morena, Tomás Guasch (en El Mundo Deportivo y que entrevistaba con su histrionismo característico a las vacas locas, de moda en Inglaterra en aquél momento) y remataban jóvenes e impulsivos periodistas de la SER como Manolo Lama, Paco González y Jesús Gallego, que tenia literalmente enloquecido a Clemente por descubrir antes de cada partido el equipo con el que había ensayado a puerta cerrada el técnico. Gallego explica cómo fue aquello: “La lección de periodismo es que yo me colaba, lo veía y luego había rueda de prensa. Y, claro, le peguntaba que por qué iba a jugar éste y no otro. Y Javi se volvía loco. Hubo psicosis y se buscaba al topo por todas partes. Jugadores como Alkorta decían que si le descubrían lo mandaban directo a España”.

Pero había más madera para la hoguera. Caminero era la estrella del Atleti, peleado con Jesús Gil por quítame allá unos problemas personales con otro compañero en la plantilla. O uno u otro. Caminero se había impuesto ley del silencio y quería dejar el club. Rompió su silencio en una entrevista a AS precisamente a quien esto escribe, para mostrar un tono conciliador que era totalmente novedad. Pero al poco El Mundo le cazaba en una discusión telefónica a voz en grito en el ‘putting green’ del recinto (como todo hotel elegido por Clemente, el campo de golf era el jugador número doce). Así que la tensión permanecía. Por ahí y por Hierro, que sólo hablaba para Marca y medios inocuos como la Agencia EFE y para nada con AS o algunos periódicos catalanes y, a su juicio, barcelonistas, a su vez muy próximos entonces a la figura del propio Clemente… La torre mediática de la convivencia ‘babeliana’ era de frenopático.

El mosqueo, que se iba cortando en el ambiente, alcanzó hasta al zaragocista Belsué, que denegaba a veces entrevistas pese a no ser precisamente el Maradona de la época, o al tercer portero, Molina, que bajaba a disgusto al encuentro de las tardes con la prensa. Ni Pizzi, argentino, hablaba por los codos y pedía rapidez en las preguntas.

El asunto terminó de explotar en los instantes finales de la permanencia en Leeds, cuando Goikoetxea le declaró un motín de la Bounty en toda regla a Clemente como publicó de nuevo el periodista que esto suscribe en exclusiva para el diario AS que dirigía Julián García Candau. Javi quedaba en evidencia porque su ayudante anunciaba sin su conocimiento que lo dejaba tras la Eurocopa, que no seguía a su lado, harto, principalmente, de su carácter y sus menosprecios. Fue una relación de más a menos y que recuerda a la de Guardiola y Tito Vilanova en sus últimas semanas en el Barça. El caso es que en Leeds no había nadie feliz. Ni los periodistas, que muy a lo Tim Burton echábamos carreras de valor nocturnas para atravesar el cementerio frente al hotel.

Menos aún disfrutaba Clemente, al borde del ataque de nervios que, finalmente, lo tuvo y de qué manera al agredir a Gallego en Elland Road tras el España-Rumanía, salvados por la campana del 2-1 con el gol de Amor a los 84 minutos que nos clasificó para luego medirnos a Inglaterra y caer en los penaltis de Wembley. Así recuerda Gallego el incidente en la llamada zona mixta, denominación que nada tiene que ver con mujeres y si con mezcla de informadores y futbolistas: “Yo estaba entrevistando en directo a Amor (autor del gol de la clasificación a cuartos de final) cuando pasó Javi y le dio un guantazo al micrófono y dijo ‘no hables con estos hijos de puta de la SER’. Se oye perfectamente de fondo en la retransmisión. Yo reacciono, le insulto y me voy a por él. Nos separan rápido y a él se lo llevó la seguridad del estadio”.

Tras La Batalla de Inglaterra, el hábito se modificó radicalmente y en Francia 98 cada uno fue ya por su cuenta, prensa y selección, ‘bunkerizada’ al uso, lo que se mantiene con el paso del tiempo y con el cambio de seleccionadores. Ya nunca fue ni será lo mismo. Tampoco el día a día de los clubes de fútbol en la actualidad. Ganaron los jefes de prensa, muchos de ellos (no todos ni todas) en realidad vengativos con su antigua condición, y algunos alientan o no pelean lo suficiente las instrucciones institucionales de ruedas de prensa ‘lights’, a veces hasta sin derecho a preguntas o con segundos espadas de protagonistas. Tampoco ayuda que la prensa sea un gremio nada corporativista ni las citas de cronómetro filtradas con los jugadores o la propensión generalizada a premiar a la prensa extranjera. También mandan los patrocinadores, que compran su derecho a entrevistar o promocionar a sus estrellas. Ganaron la pelea, pues, los canales oficiales y perdieron los consumidores de información, el hincha del balompié que precisa saber de los suyos al minuto y no necesariamente siempre con viento favor como dicta la inteligencia y no el fanatismo. Es por eso, igualmente, que los periodistas hemos ganado cuota de protagonismo en infinidad de programas para cubrir la ausencia de los jugadores. Pero al final, como siempre, el pueblo, el pueblo del fútbol, es el que paga otro de los fracasos de este mundillo apasionante. El que comenzó en Leeds y acabó como el rosario de la aurora en su versión fatalista y no de plegaria.

 

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