Qué Neyra es el cine: Taúr el guerrero

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Cartel original del film, feauting Ubaratutu, extras disfrazados de Lacasitos y Marujita Díaz en el papel de arquero

Obra maestra absoluta. Es decir, siempre que uno no espere un guión consistente, encuadres mágicos, diálogos profundos o extras que no saluden a la cámara. No, es probable que Stanley Kubrick no hubiese dado el visto bueno al montaje final de esta película. He de admitir que las hechuras finales de este film no pasarían los estándares de calidad de cualquier director medianamente serio —o de cualquier persona con dos dedos de frente— pero, ¿saben ustedes qué? Este es uno de mis títulos de cabecera. Es una de mis películas favoritas. Es Arte, con mayúsculas. Es una experiencia cinematográfica densa, rica, apasionante, inacabable. Uno puede verla una y otra vez sin cansarse jamás. A solas o, mucho mejor, en compañía. Siempre hay detalles que me sorprenden, no importa las veces que la haya visto.

Ni Batman, ni Spiderman, ni los X-Men… ¡Taúr y Ubaratutu son los más grandes!

Curiosamente no es una película muy conocida, ni siquiera entre los más avezados consumidores de serie B, que suelen tender más hacia géneros como el terror cutre o la ciencia ficción barata. Nunca he entendido por qué esta película no es un objeto de culto, ya que tiene todo lo que se le puede pedir a un clásico: personajes carismáticos, secuencias memorables de esas que se quedan grabadas en la retina —aunque por motivos bastante sui generis— y frases tanto o más características que las que hayan podido pronunciar Humphrey Bogart o Clint Eastwood durante sus respectivas carreras. Francamente, espero que hablar de ella en Jot Down sirva para que algunos de nuestros lectores y lectoras la descubran, para que empiece el movimiento. Es necesario que se creen grupos de Facebook, convenciones de fans, que la gente comience la sana costumbre de proyectar esta joya ante sus familias cada Nochebuena… lo cual, sin duda, será la causa de no pocos conflictos navideños, pero que en aquellas familias donde tengan el preciado don del sentido del humor podría ser origen de una bella tradición. Sí, estoy hablando de La Película con mayúsculas: Taúr el guerrero. Naturalmente, la idea de hablar de esta clase de filmes ha sido del majara de Miguel López-Neyra, que me ha “convencido” con la alegre insistencia pueril de la que solamente él es capaz, así que no he podido menos que dedicarle el título de la sección. Espero que no le moleste (qué digo, ¡le va a encantar!). Por supuesto, le ofrezco la posibilidad de que escriba él mismo algún artículo sobre alguna de sus películas favoritas del cine-cochambre, pero conociéndolo dudo que esté operativo hasta que termine la competición de vóley playa femenino.

Vayamos al grano. ¿Recuerdan ustedes la fiebre del “spaghetti-western”? Seguro que sí: cuando Sergio Leone se convirtió en una figura mundial rodando películas “de vaqueros” en España, surgió en Almería una mini-industria del western que aprovechando el tirón de los fims de Leone, además de los decorados y los especialistas, para inundar el mercado con imitaciones —casi siempre bastante malas— de las famosas películas del director italiano. En unos pocos años se produjeron una buena cantidad de films de dudosa calidad hasta que la moda pasó y las telarañas se adueñaron del Far West almeriense. Pues bien, algo similar, pero incluso más a lo grande, había sucedido algunos años antes en Italia con otro género muy característico: el “peplum”. Esto es, el “cine de romanos”. Que no siempre es de romanos: puede ser de griegos, egipcios, cartagineses o tribus con nombres absurdos, pero nosotros lo llamaremos “de romanos” para entendernos.

Las actrices de «Taúr el guerrero»: porque una época histórica nunca es demasiado antigua para poder usar laca.

Cuando en Hollywood se pusieron de moda las superproducciones ambientadas en la antigüedad clásica (allí las llamaban “cine de espadas y sandalias”) y de repente uno veía a individuos tan poco mediterráneos como Charlton Heston soltando alocuciones ante el Senado romano o haciendo carreras de cuádrigas, los estudios descubrieron que al público le encantaba aquel género grandilocuente, pero que resultaba bastante caro de producir. Un buen día decidieron trasladar los rodajes a Italia, donde existía una tradición cinematográfica que podría proporcionar técnicos y extras a precios asequibles. La maquinaria hollywoodiense pisó suelo italiano para seguir produciendo sus espectaculares films de romanos, creando una sobrevenida industria local donde se curtieron infinidad de profesionales italianos, incluyendo al propio Sergio Leone, que comenzó su carrera cinematográfica precisamente así. La inversión de Hollywood produjo una resaca de productividad: ya que los decorados y los técnicos estaban allí, los productores italianos se dijeron: “¿qué tal si aprovechamos para rodar nuestras propias películas de romanos? A fin de cuentas, somos italianos de verdad, no como William Wyler”.

Dicho y hecho, demostraron su indudable italianidad con una ristra de películas a cual más absurda e hilarante. Lejos de darle un toque “auténtico” y académico a lo que era el pasado histórico de su país (y del nuestro, dicho sea de paso), los peplums italianos tomaron todos y cada uno de los estereotipos peliculeros de Hollywood, llevándolos a límites completamente surrealistas. Si los estadounidenses eran poco fieles a la historia en pos de la espectacularidad palomitera, los italianos consiguieron llevar el género a terrenos de auténtica insensatez. Contrataban a actores anglosajones de cuarta fila solamente para imitar el hecho de que los grandilocuentes peplums americanos estaban protagonizados, lógicamente, por actores americanos. La diferencia es que en el peplum italiano ni siquiera se trataba de verdaderos actores y por lo general recurrían a culturistas cuyo talento interpretativo hacía que Sylvester Stallone pareciera Marlon Brando. Cuando no había ningún musculitos inglés o yankee disponible, buscaban a algún latino con aspecto remotamente norteño, le encasquetaban un sonoro pseudónimo anglosajón y… ¡a rodar!

Joe Robinson, protagonista de «Taúr el guerrero». Él es el verdadero rostro impenetrable.

Aquel divertidísimo torrente de despropósitos que fue el peplum europeo produjo, literalmente, varias decenas de largometrajes a finales de los cincuenta y principios de los sesenta. Muy al principio aún seguían la senda de los largometrajes hollywoodienses, pero el público quería sensaciones nuevas y aquellos films empezaron a desbarrar rápidamente, como sabrá quien conozca por ejemplo la famosa saga Maciste: los héroes de la Antigüedad terminaron peleando contra vampiros, mongoles, momias egipcias y hombres de la luna, en un estrambótico canto del cisne del género, convertido en una delirante parodia de sí mismo. Justo antes de que el género decayese comercialmente tras un lustro de gloriosa exuberancia, cualquier cosa llegó a tener cabida en el peplum, ¡cualquier cosa! No había límites y desde luego no había vergüenza, lo cual desvirtuó el género hasta tal punto que incluso el público adolescente terminó por no tomárselo en serio. Quizá un día le dedique un artículo completo al fenómeno y haga una lista de características que debe tener un buen peplum. Entender a distinguir un buen peplum es como aprender a distinguir un buen vino. El buen vino es uva podrida, pero sabe bien. El peplum es cine podrido, pero es genial. Al festival romanizante del cine italiano se unieron pronto socios de los vecinos europeos, especialmente Francia, Alemania y, cómo no, España. La coproducciones entre estos países, o más bien entre productores-jeta procedentes de estos países, dieron como resultado películas cuyos rodajes estaban caracterizados por un caos deliciosamente mediterráneo.

Taur, il re della forza bruta es un film de 1963, momento en que años de sostenida y psicótica efervescencia del género lo estaban llevando ya hacia una inevitable autodestrucción. El director Antonio Leonviola ya estaba curtido en esto de fabricar películas como churros; había trabajado en diversos géneros produciendo filmes baratos para sesiones dobles y triples. Esta coproducción italo-franco-española, que aquí se ha titulado indistintamente Taúr el guerrero o Taúr, rey de la fuerza bruta, no era su primera incursión en el género: ya había dirigido un peplum, Maciste el invencible. Así que los italianos la perpetraron, los franceses y españoles contribuyeron con su dinero, y un par de ¿actores? británicos directamente reclutados en la puerta de un gimnasio la protagonizaron: Joe Robinson y Harry Baird, una pareja que para algunos de nosotros —pocos, lo admito— tiene casi tanta relevancia como lñas parejas Fred Astaire y Ginger Rogers o Liz Taylor  y Richard Burton.

Bella Cortez, «actriz exótica» habitual en varios peplums, vestida de lámpara… o caracterizada como reina de los malvados Kishos, no lo distingo bien.

Taúr el guerrero transcurre en una Antigüedad mitológica indeterminada, aunque se supone que el nombre “Taur” es una italianización de Thor. ¿Cuál es la historia que cuenta? El argumento, naturalmente, es lo de menos en estos casos. Digamos que una pacífica aldea es asaltada por los malvados Kishos, que masacran a la población y ya de paso secuestran a su príncipe y a su princesa, a quienes llevan a su ciudadela para hacerlos combatir como gladiadores, mientras esclavizan al resto de los aldeanos y los ponen a trabajar en unas grutas no sabemos muy bien para fabricar qué. El caso es que trabajen. Del asalto a la aldea sólo ha podido escapar uno de los criados de la reina, el fornido Ubaratutu, quien acude en busca de ayuda a Taúr, al parecer un famoso guerrero que ahora vive retirado en la campiña. Naturalmente, todo este argumento no es más que una excusa para mostrar peleas entre mujeres con poca ropa y actores con grandes bíceps y enhiestos pectorales —el peplum italiano, como el de Hollywood, tiene a menudo una marcada orientación gay—, escenas de acción, cartón piedra por doquier… las supuestas tramas “políticas” o “románticas” del film son absolutamente superfluas, si bien dan lugar a numerosos momentos pomposamente hilarantes. Como en casi todas las películas de este estilo, los diálogos están cómicamente solemnizados para darle a todo un aire “clásico”, aunque en realidad parecen escritas por un niño de cinco años.

Sin embargo, dejémoslo claro: tal vez Taúr el guerrero sea una película estúpida, pero es estúpida de un modo único e inimitable. Ya sólo el diálogo inicial, cuando Ubaratutu acude a Taúr en busca de ayuda, nos sorprende con una escueta profundidad y economía dialéctica que hubiese hecho las delicias de Billy Wilder. Estas son las primeras palabras que se pronuncian en el film:

—“Taúr”
—“¿Quién eres?”
—“Ubaratutu”
—“Y, ¿qué quieres de mí?”
—“…no quiero nada”

¡Brillante! Ni Quentin Tarantino tendría los redaños de empezar así un guión, con un diálogo que parece más bien un torpe intento de ligoteo entre quinceañeros en una discoteca light. A partir de este encuentro se forma una pareja indisoluble en la que, no sabemos muy bien por qué, Ubaratutu termina llamando “amo” a Taúr después de unas pocas secuencias, cuando la verdad es que apenas se acaban de conocer. ¿Tendrá algo que ver con esta extraña sumisión voluntaria el pequeño detalle de que Ubaratutu es negro? Cualquiera sabe… lo cierto es que pedir corrección política a un peplum italiano de los años sesenta es como pretender hallar el sentido de la vida en las Páginas Amarillas.

En un mundo perfecto, este cartel estaría colgando todos los veranos en las mayores salas de cine de España.

Las subsiguientes aventuras de Taúr y Ubaratutu consisten en una sucesión de secuencias absurdas filmadas a la primera toma entre decorados dignos de Barrio Sésamo. La coherencia de lo que vemos en pantalla es absolutamente nula, por descontado. ¿Un ejemplo? Cuando visitamos las grutas en que los malvados Kishos hacen trabajar a sus prisioneros, resulta que los esclavos lucen prominentes barrigas cerveceras —al, el famoso régimen esclavista a base de patatas bravas y… ¿será por esto que los llaman calamares “a la romana”?— mientras los guardianes, que supuestamente disponen de mejor alimentación, ¡están todos en los huesos! ¿Tiene esto algún sentido? La respuesta es, obviamente, ¡desde luego que no! Pero tampoco es de extrañar el que unos esclavos luzcan tanto michelín cuando vemos el ímpetu con el que los extras que los interpretan hacen como que “trabajan”. Debía de hacer un calor del demonio aquel día en el rodaje, pero he visto a diputados haciendo la siesta en su escaño con más energía que estos esclavos. Claro que todo el ímpetu del que los extras del film carecen cuando interpretan a un trabajador, reaparece mágicamente a la hora de ejercer como “multitudes” que contemplan las peleas entre gladiadores: vemos a los extras por el fondo, en segundo plano, agitando los brazos y saludando a la cámara con un entusiasmo digno del club de fans de Hannah Montana. Así es Taúr el guerrero: detalles sin fin en cada secuencia.

Joe Robinson y Harry Baird nunca fueron considerados para un Oscar ni tan siquiera nominados para un Globo de Oro, lo cual resulta extraño teniendo en cuenta que Marisa Tomei ganó uno y que Brad Pitt ha sido nominado varias veces. Y eso que Robinson hace gala de una contención interpretativa que rivaliza sin problemas con el Anthony Hopkins de Lo que queda del día o del “ninot” de una falla, sin ir más lejos. ¿Conspiración? Quién sabe, pero he aquí a un verdadero maestro de la economía expresiva: Taúr hace que Harry el Sucio parezca una loca histérica. Algo más gesticulante es Harry Baird, que no en vano ejerce como alivio cómico frente al hieratismo heroico del protagonista principal. Pero el resto del reparto no desmerece en absoluto y de hecho enriquece considerablemente la película, como las protagonistas femeninas: aspirantes a “starlett” directamente reclutadas entre las peluquerías de la periferia de Roma. Las actrices principales lucen espectaculares atuendos y peinados no menos espectaculares que reflejan todo el acebollado glamour de lo más alocado de los sesenta. Quien aún piense que la estética femenina de aquella década se limita a Brigitte Bardot y la cantante de Jefferson Airplane debería echarle un vistazo a esto. Aquí encontrará los años sesenta, los de verdad, los de la calle… nada de pijeríos de revistilla londinense, no. Los sesenta en estado puro, en crudo, sin filtros, sin embellecimientos. Así iban nuestras madres y abuelas en Nochevieja, asumámoslo de una vez. Por descontado, como suele suceder en todo buen peplum, los efectos especiales y el diseño de producción también merecen un comentario aparte: decorados de todo a cien, rocas más ligeras que el hidrógeno, volcanes dignos de unas manualidades de fin de curso y, en fin, caballos que caen al abismo a los que sólo les falta salir directamente del “sobre sorpresa”. Por no hablar de la indescriptible coreografía de las peleas multitudinarias y demás secuencias con muchos extras, en las que el apelotonamiento y el desorden son la ténica deliciosamente dominante.

La cueva de los Kishos, un cruce entre Fraggle Rock y las pesadillas de Santiago Calatrava.

Entre tanto despropósito, vemos cómo se desarrolla un extraño argumento repleto sospechosas actitudes entre los dos protagonistas y delirantes triángulos amorosos. Por ejemplo: a la princesa parece gustarle Taúr, pero a Taúr parece gustarle el príncipe… y el príncipe no se muestra reticente. Mientras tanto, a la reina de los Kishos le gusta Taúr pero tiene además una extraña fijación con la princesa, además de la obsesión por ver pelear entre sí a chicas en paños menores. El príncipe es muy refinado él, la verdad, pero da la impresión de que tampoco le haría ascos a la reina ni mucho menos. Tampoco sabemos exactamente qué ha pasado entre Ubaratutu y Taúr en su deambular por entre aquellos paisajes repletos de oportunos arbustos, pero además de llamarlo “mi amo” a todas horas, Ubaratutu se somete a toda clase de perrerías sólo porque son capricho de Taúr. Por ejemplo, se deja encerrar sin necesidad entre los esclavos, al parecer como parte de un plan urdido por “su amo” que consiste en infiltrarlo de incógnito (dado que al parecer los guardias no son capaces de darse cuenta de que aquel prisionero no estaba allí antes, ¡porque es el único negro de toda la película!) y Taúr no lo libera ni siquiera cuando su amigo/sumiso expresa tímidamente cierto descontento (”Taúr, aquí estamos mal”) por verse encerrado en una celda y obligado a realizar trabajos forzados, mientras su compañero deambula libremente por ahí sin dar un palo al agua. No, Ubaratutu, no te engañes: aquí el único que está mal eres tú. Siempre ha habido clases.

El racismo encubierto y el sibilino tomateo gay no son los únicos estandartes ideológicos de este entrañable artefacto. Existe toda una afilada reflexión sobre la condición femenina que, básicamente, presenta a las mujeres como “chonis” de barriada, desprovistas de cerebro y con una pulsión natural e innata a tirarse mutuamente de los pelos por el puro placer de hacerlo. Nada que hiciera muy feliz a Jane Fonda, me temo. La reina de los Kishos es algo más “elegante” —es un decir— que el resto de personajes femeninos, pero lo compensa siendo más mala que la tiña, lo que no es más que una forma sublimada de querer tirarle de los pelos al resto de mujeres. Por lo demás, la risible solemnidad de los diálogos está completamente desprovista de contenido intelectual alguno y el objetivo fundamental del film es intercalar relleno entre una secuencia de acción y otra, con el bendito inconveniente de que el relleno termina resultando igualmente hilarante y entretenido, si acaso no más, que las cochambrosas escenas” trepidantes” (ambientadas, todo hay que decirlo, con una música digna del Frank Zappa más iconoclasta y pasota).

Ubaratutu y Taúr combatiendo en la arena: ¿lucha por la supervivencia o riña doméstica?

En definitiva, hay demasiados detalles en este largometraje como para citarlos todos. Taúr el guerrero es una experiencia única, un viaje cinematográfico repleto de sensaciones que uno puede ver varias veces para descubrir siempre nuevos detalles. Es la clase de película que uno no puede aparcar sin más ni más en la videoteca. Cada cierto tiempo te entra la necesidad de revisitar sus cochambrosas aventuras y deleitarte con matices que no habías descubierto o que ya habías olvidado. Y una buena noticia; para quienes, como en mi caso, terminen completamente rendidos ante el particular universo de Taúr, decir que ¡se rodó una secuela! ¡Sí! ¡De verdad! ¡Existe una secuela! La película se titula Le gladiatrice (Las gladiadoras) aunque por lo que a mí respecta se trata simplemente de Taúr II. En esta ocasión se andan con menos remilgos: al empezar el film, Taúr y Ubaratutu viven juntos (qué monos) e incluso tienen una mascota, un apestoso macaco. El argumento es un poco más sofisticado esta vez: los protagonistas encuentran a un niño perdido en la selva y lo adoptan, con lo cual deberíamos reivindicar la importancia de este film como primera película de la historia en abogar por la adopción en el seno de parejas de hecho… para que luego digan que el “peplum” es un mero espectáculo palomitero sin contenido social. Bueno, el caso es que la familia del niño ha sido atacada por una tribu de amazonas (reacción de Ubaratutu al enterarse: “Bah, ¡mujeres!”. Verídico, dice eso, ¡lo prometo!). Taúr y Ubaratutu se hacen cargo del crío y en principio no parecen ser malos padres adoptivos… o no del todo. Al menos si no tenemos en cuenta que le ofrecen como desayuno un suculento tazón de leche —hasta aquí todo normal— pero que le dan de beber, ¡justo después de que el mono que tienen como mascota haya bebido del mismo tazón! Sí, la secuencia está rodada así: el macaco bebe del tazón, ¡y justo después bebe el niño! Sin cortes ni cambios de plano, no: a palo seco. No sé que pensaría el Juez del Menor de Roma o el sindicato de actores infantiles de aquello, pero el pequeño actor bien pudo dar gracias si no terminó contrayendo la malaria al filmar esta delirante secuencia. ¡Así se filmaban los peplum! ¿Quién dijo que el cine fuese una industria para pusilánimes?

Esta secuela es, por descontado, también deliciosa, aunque en justicia hay que decir baja un poco el nivel con respecto a su gloriosa predecesora. La inclusión del niño y de secuencias destinadas a demostrar que los protagonistas son buenas personas tienen el resultado habitual en estos casos: el conjunto se resiente un tanto. Aunque, para compensar, las secuencias abiertamente gay no sólo no desaparecen, sino que ya no se andan con disimulo ninguno y llegan a poner en solfa a quienes piensen que el softcore aún no era admitido en el cine comercial de principios de los sesenta. Un ejemplo: la jefa de las amazonas se encapricha de Ubaratutu y lo coloca en una plataforma giratoria para poder contemplar bien su anatomía… y bueno, digamos que la cámara se recrea con primeros planos de bíceps y pectorales que resultan francamente embarazosos pero que supongo harán las delicias de los amantes del prototipo de hombretón de gimnasio. Después de ver algo así sólo puedo afirmar que tal vez en España existía la censura por entonces, pero que desde luego en Europa… censura más bien poca, ¡no se andaban con zarandajas! No es ninguna novedad que una de las principales funciones colaterales del género peplum era la de satisfacer subrepticiamente al mercado homosexual, lo cual me parece estupendo, pero la verdad es que a veces forzaban tanto la nota que cuesta creer que consiguieran estrenar algo así en aquella época, al menos sin que el Papa o similares enviasen cartas de protesta al Corriere della Sera o Le Monde. Yo por mi parte no tengo nada que objetar, excepto que ya podrían haber hecho lo mismo con los personajes femeninos.

El peor inconveniente de la secuela es la dificultad para encontrarla doblada al español (el doblaje castellano de Taúr el guerrero es, cómo no, memorable)… pero he de decir que el doblaje inglés, pensado para el mercado internacional, resulta también muy recomendable y tiene también un considerable encanto. Como decíamos, Le gladiatrice intenta ser más humana y sentimental que Taúr el guerrero; lógicamente no lo consigue y el producto final es igualmente estúpido y absurdo, aunque un tanto menos rico en matices y emociones fuertes. Con todo, es una buena metadona para sobrellevar el intervalo entre un visionado de Taúr el guerrero y el siguiente. Porque, qué demonios, ¡están Taúr y Ubaratutu! ¡Los dos! ¡Interpretados por los mismos actores! Nada de “vamos a sustituirlos por otros actores más baratos”… ¡los auténticos! ¿De cuántas películas puede decirse algo así? ¿De Casablanca? ¡Desde luego que no!

Ya lo saben, amigos lectores, amigas lectoras… hagánse un favor y consigan una copia de Taúr el guerrero. Preparen una merendola con cerveza, recluten a sus amigos más risueños y disfruten de esta pequeña joya del séptimo arte. No quedarán decepcionados. Está ahí, ahí, con Ciudadano Kane. Palabra de honor.

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7 comentarios

  1. Mclaud

    Entonces, que no me queda claro: ¿Versión original o doblada?

    • Doblada la primera película; frases como «Taúr, aquí estamos mal» pierden mucho si no son oídas en castellano.

      En inglés la secuela. Pero si encuentra usted la secuela doblada al español, me avisa.

  2. Seguramente será una película excelente, pero no creo que esté a la altura de «La leyenda del luchador manco II».

  3. DoctorQ

    ¿Y dónde puedo conseguir esta peli?, porque en las webs donde suelo comprar no hay ni rastro de ella.

  4. aqui hay un resumen de la version en ingles, con un enlace a otro resumen

    http://www.youtube.com/watch?v=mUujFaHlEKs&feature=plcp

  5. A ver cuando el autor nos deleita con un nota sobre las maravillosas películas de Bud Spencer y Terence Hill… Esos eran blockbusters de acción!!

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