Luther: leyenda en proceso de formación

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Luther

(ATENCIÓN: Este artículo contiene SPOILERS)

El que puede ser el primer gran detective del siglo XXI es “un hombre grande de grandes andares”. En él se acumulan contradicciones con lo que es la ortodoxia del género: es negro, es físicamente más fuerte que cualquiera de sus antagonistas, es un perdedor extremo que solo está aplazando su suicidio, es un policía que no solo se salta las normas, sino que no parece ser capaz de dar un solo paso sin vulnerarlas.

Luther nació en la BBC hace dos años y medio, en una miniserie de seis episodios. Luego ha tenido otra, en 2011, de otros cuatro. Y el año pasado, el creador del personaje y guionista de todos sus episodios, publicó una novela que se sitúa inmediatamente antes de los acontecimientos de la primera serie: Luther. El Origen (editada en España por EsPop). Con este material ya ha formado un corpus narrativo suficiente para dar forma a un universo propio, especialmente oscuro, que parece va a tener continuidad. Este artículo pretende dar cuenta de lo que se adivina como una leyenda que justamente se está formando ahora, un personaje único que retrata fielmente nuestro tiempo, en un escenario que tal vez no sea del todo el que vivimos, pero sí el que a veces nos sentimos convencidos de que se avecina.

¿Cómo es trabajar con el Príncipe de las Tinieblas?”

Neil Cross es un escritor especialmente siniestro. Con cuarenta años, cuando la BBC le contactó para plantearle la creación de una serie policiaca, ya había publicado siete novelas y había sido el responsable de las temporadas seis y siete de una de las más exitosas series de espías de la televisión inglesa, Spooks. Para dar una idea de su personalidad, baste decir que a los 35 años escribió un libro autobiográfico, Heartland, explicando cómo se convirtió en un niño totalmente dependiente de su padrastro, a quien califica como “un carismático hijo de puta malvado y manipulador”.

Dos de sus otros trabajos, además de Luther, son accesibles al público español: la novela Capturado (también publicada por EsPop) y la película Mama, producción de terror de Guillermo del Toro recientemente estrenada, y que es la primera plasmación de la admiración que Del Toro profesa por Luther y los implicados en la serie. Ambos trabajos son posteriores al comienzo de Luther y, dentro de un orden, menos extremos que esta (incluyendo la novela El origen: siempre que me refiera a la serie en adelante haré referencia al ciclo en su conjunto).

En principio, la idea de Cross era presentar un detective “que fuera un cruce de Sherlock Holmes y Colombo”. La referencia a este último es especialmente significativa: la estructura de Luther repite la de los episodios del viejo detective de la gabardina. Por emplear la terminología anglosajona, en lugar de tratarse de un “whodunnit” (¿quién lo hizo?), Luther recupera la estructura de “howdhecathem”, o historia detectivesca invertida. Es decir, sabremos en todo momento quién es el asesino: la cuestión estribará en cómo consigue atraparle el investigador.

Esta construcción es bastante más frecuente en la novela policiaca europea, que tiende a presentar una cierta empatía hacia el delincuente y a convertirle en un antagonista, con un subtexto social, de las fuerzas del orden. Pero entre Colombo y Luther, en el ámbito anglosajón prácticamente solo ha sido empleada por el injustamente menospreciado detective Monk (quizá la última muestra de que las series de televisión con una trillada fórmula convencional pueden hacerse con alguna gracia). Sin embargo, su elección por parte de Cross encaja con uno de sus propósitos concretos: retratar a un investigador peligrosamente desequilibrado. “Quería que los capítulos fueran sucesivos duelos entre un delincuente y mi policía medio loco”, ha explicado.

Hubiera dicho que no dormías. Solo que te quedabas en stand-by

El personaje terminó de cuajar con los guiones ya escritos cuando Idris Elba aceptó protagonizar la serie. En una web que, como esta, venera con justicia cuanto tenga que ver con The Wire, tal vez vaya a sonar a anatema lo que me dispongo a escribir, pero lo creo con firmeza: Elba no será recordado, a largo plazo, como Stringer Bell. Será Luther.

Hay varias razones para ello. La primera y obvia es que Stringer Bell, pese a su carisma, no es tan importante para The Wire como lo es Luther para su propia serie, que gira exclusivamente en torno al personaje protagonista. La segunda es que, a pesar de que sin duda el trabajo de Elba para encarnar a Stringer Bell es impecable, no hay nada en ese personaje que ligue al actor con él de la forma en que Elba se ha entremezclado con Luther. Porque el personaje, en parte, se adapto a él a posteriori, según admite Cross. Por lo que otros podrían haber sido Stringer Bell, pero nadie más puede ser Luther: es un traje hecho a medida.

Un ejemplo absolutamente obvio. ¿Alguien, tras ver The Wire, se quedó con la idea de que Elba es un tipo muy grande? Yo no especialmente, la verdad. Pues está tranquilamente por encima del 1,90, posiblemente más cerca del 1,95. Ese hecho, sin embargo, forma parte integrante del personaje de Luther. Vestido permanentemente con un abrigo muy corto, una especie de sobrechaqueta que no se quita jamás, con la corbata siempre a medio desahcer, agarrando los teléfonos móviles con dos dedos como usted y yo sostenemos bolígrafos y sentándose en sillas diminutas en las que siempre parece sobrarle media pierna, la dirección artística de Luther subraya machaconamente su enormidad. Da la impresión de que a veces no es capaz de contenerse a sí mismo, de adaptarse a su propio tamaño. Todo eso tiene un propósito claro: el de convertirle en absolutamente amenazador, algo que Stringer Bell no era de esa forma física en modo alguno.

Cuando uno de sus superiores dice de él que “es nitroglicerina”, debe recordarse que ese tipo irascible, con problemas psicológicos y tendencias suicidas, podría aplastar la cara de un sospechoso en décimas de segundo con un puñetazo no especialmente fuerte. Y de ahí precisamente que tenga que contenerse ante la fauna que se le pone delante en los interrogatorios. Y de ahí que le resulte tan difícil hacerlo cuando podría poner fin a buena parte de los problemas que le rodean por la vía rápida, sin despeinarse, y a veces no le quede más remedio que caer en esa tentación. En realidad, Luther apenas explota físicamente de verdad en un par de momentos en toda la serie, y en ambas ocasiones de manera más bien autodestructiva. Pero la amenaza está ahí, obvia. Siempre.

Elba, que andaba desarrollando una carrera firme en el mucho más lucrativo mercado estadounidense, asegura que se enamoró del personaje al leer los guiones precisamente por esa sensación de bomba de relojería andante y la clara tendencia del personaje a saltarse las normas. “Es el hombre que puede cumplir con esa sensación que hemos tenido todos al ver a ciertos delincuentes por televisión, cuando pensamos “ah, si lo tuviera en mis manos…”, ha explicado el propio Elba.

Luther 2

Baste señalar la presentación del personaje en su primera aparición pública, en los primeros minutos del primer episodio de la serie. El relato comienza no ya in medias res, sino en pleno clímax: Luther está persiguiendo a un tipo que tiene secuestrada a una niña, emparedada y a punto de quedarse sin oxígeno. El malo, en su huida, se queda colgado de las manos sobre una caída de unos cuantos metros. Luther duda un momento, pero tras sacarle la información necesaria, deja que caiga. Para que se mate, sin más. Por chungo. Esto es el arranque de la historia: nuestro héroe, ante una situación límite, opta por tomarse la justicia por su mano.

En la primera media hora, sabremos que a Luther su mujer le está engañando porque la pobre tiene la comprensible pretensión de mantener una relación normal con alguien más o menos normal. También veremos que él vulnera las normas cada vez que sea necesario, por lo que ha estado siete meses fuera del servicio. Y tendrá una de esas escasas explosiones de violencia, que demuestra que, como las cosas se compliquen, puede salir por cualquier lado.

Haré un breve resumen de algunas de las acciones que Luther llevará a cabo en las andanzas que le conocemos hasta ahora, en los diez programas y un libro de que disponemos: chantajea a un hombre encarcelado amenazándole con difundir en la prisión que es un pederasta si no colabora para capturar a su propio hijo, al que por otra parte el preso manipula miserablemente; insulta por televisión a un asesino para convertirse en su objetivo; se echa gasolina delante de otro pájaro aún más peligroso para demostrarle que está desarmado, y que el asesino podría prenderle fuego cuando quiera si es que accede a que conversen unos minutos; le arranca de un mordisco un trozo de cara a un sospechoso con el que forcejea para que le hagan la prueba del ADN; encuentra a un testigo protegido y le amenaza para que cambie su declaración a petición de unos mafiosos, con el propósito de que estos dejen de molestar a una chica que quiere reformar; distrae unos diamantes de las evidencias de otro caso para pagar con ellos a un secuestrador; ofrece inmunidad a un policía corrupto porque es amigo suyo y piensa que, total, puede redimirse…

Puede que Harry el Sucio repartiera más estopa, pero definitivamente nunca fue capaz de tomarse la justicia por su mano con tan amplia variedad de medios. Entre otras cosas, además, porque Luther es listo, listo como Holmes y Colombo, y será capaz de encontrar un medio de que sus disparates pasen más o menos inadvertidos. Es un detective intuitivo, en particular capaz de ponerse en el lugar de aquellos a los que persigue. Porque, como ya hemos dicho, no tiene la cabeza amueblada de una forma muy distinta a la de ellos.

En la novela, la esposa de Luther, Zoe, deja caer cuál es el problema de su marido: una hipomanía, correspondiente a un trastorno bipolar tipo 2. Es decir, una reacción a los problemas opuesta —pero casi siempre complementaria— a la depresión. Al menos habrá cuatro ocasiones en las que veremos que Luther juguetea con la idea de la muerte, incluyendo dos sesiones de ruleta rusa: una en su casa y otra obligando a jugar a ella a un tipo al que va a detener. En otra ocasión, de pie sobre una cornisa en la azotea de un edificio, le dirá a un amigo: “¿Tú nunca haces esto? ¿Asomarte y pensar qué pasaría si caes?”.

Obviamente, Luther se puso de parte de la ley como cierta gente en su niñez se hizo del Atlético, y ya avanzada la vida, encuentra que se le hace difícil cambiar por mucho que sea capaz de ver que las cosas serían más fáciles si se apartara de ese camino. Y ese tomar partido por la ley ha terminado por destrozarle internamente, decepcionado con todo: con unas fuerzas policiales que menosprecian al ciudadano al que deberían ayudar, con unas normas que impiden resolver los problemas antes de que vayan a más, y con una delincuencia creciente en número y en grado de violencia que nunca le permitirá tomarse un descanso, las vacaciones que le reclama su esposa al comienzo de la novela.

¿Cómo puede ser el amor algo tan solitario y corrompido?”

Zoe Luther (Indira Varma) es según su esposo el eje de su vida, pero sobre todo es el núcleo de su fracaso. La pobre mujer es una buena persona, lo que hace que le termine por resultar insoportable la idea de ver cómo su esposo se está viniendo a pique. No parece dejar de amarle en ningún momento, pero llega el punto en el que no puede aguantar la permanente tensión de vivir con alguien así.

A la larga, quien mejor entiende a Luther es Alice Morgan (Ruth Wilson), la psicópata a la que se presenta en el primer episodio. Comprendo, pero no comparto del todo, el atractivo del personaje para mucha gente: una pelirroja con aspecto de empollona mosquita muerta que resulta ser una despiadada fuerza de la naturaleza. También entiendo la importancia que tiene para Luther cuando, por ejemplo, le pide que se fugue con ella: “Lo pasamos en grande juntos”, le dice, a lo que él responde que “eso es precisamente lo que me asusta”. Después de idas y venidas, Luther termina por aceptar que su relación con Alice es casi inevitable, puesto que se trata de su reverso oscuro, un reflejo de su propia personalidad pero sin trabas morales. Sin embargo, a la larga el uso que se está haciendo de Alice no termina de convencerme: puesto que es una implacable asesina de poder e inteligencia casi ilimitado, una suerte de Hannibal Lecter con boquita de pato, en un par de ocasiones se la emplea como un Deus ex machina que se autojustifica porque ella es así de implacable y letal, y punto.

El retrato de los restantes personajes de Luther es una de esas muestras de buen hacer de la televisión inglesa, que luego Cross ha trasladado a la novela siguiendo fielmente el casting desplegado en su momento. Mención especial merece Mark North (Paul McGann), el hombre que le levanta la mujer a Luther y termina convertido en amigo suyo, un personaje bondadoso, casi de una pieza, que pese a ello resulta el complemento perfecto para Luther. De hecho, buena parte de quienes rodean al detective deben, casi inevitablemente, ser gente bienintencionada para servirle de contrapunto: también lo son, con vetas de iniciativa que les hacen verosímiles, tanto el fiel ayudante de Luther, Justin Ripley (Warren Brown), como su primero perseguidor en asuntos internos y luego jefe, Martin Schenck (Dermot Crowley). Mención aparte merece el reptiliano Justin Reed (Steve Mackintosh), sobre el que recaen varios de los mejores momentos de la serie. Quizá el único personaje importante que resulta un tanto fuera de lugar es Jenny Jones (Aimee-Ffion Edwards), la protegida de Luther en la segunda temporada, que acusa el mismo problema de manierismo que esos capítulos en su conjunto: que siga vistiendo con medias de liguero naranja durante dos capítulos después de que Luther la saque del rodaje de una película porno, sin que nadie sea capaz de darle unos tristes pantalones de chándal después de que transcurran días de acción en el relato, hace que sea difícil tomársela en serio. Con esos fríos que hace a orilla del Támesis.

Luther 3

No hace falta estar loco para estar aquí, pero ayuda”

El escenario en el que se mueven todos ellos es un Londres directamente heredero de la ciudad de los tiempos de Jack el Destripador, un estercolero repleto de lugares en ruinas tipo Detroit (¿habrá tantos sitios así o es que a la BBC le sale barato rodar en ellos?), entre cuyos millones de habitantes se esconden todos los vicios, todas las desviaciones. Un lugar, como se nos recuerda en un par de ocasiones, con 6000 llamadas diarias a urgencias.

Luther y los suyos forman parte sucesivamente de dos unidades específicamente dedicadas a tratar con casos al límite. Pero, más allá de que los crímenes con los que trabajan sean lo peor de lo peor, el cuadro global es el de un lugar profundamente enfermo, donde existen galerías de arte especializadas en vender objetos relacionados con asesinos en serie. Donde el asesino más reprobable puede poner de su lado a los medios de comunicación y despertar la hibristofilia latente en una opinión pública confundida, entre la que se ha corrompido la necesidad periodística de dar dos versiones de cualquier historia, al ofrecer la correspondiente a los criminales con el mismo valor que la de las fuerzas del orden. Porque estas, por otra parte, tampoco son de confianza.

Internet es una cloaca en la que hay que sumergirse con ayuda de un pocero, Bennie Deadhead. El sexo se convierte sistemáticamente en porno en vertientes como la necrófila. Hay peleas de perros, padres que dan por perdidas a sus hijas que se prostituyen y putas que se especializan en amamantar.

El problema es que Luther lo ve todo y tiene, a la vez, una debilidad interior que le impide soportarlo y una fortaleza exterior que le impele a ponerle coto. Al menos en aquello que esté a su alcance.

Lo que acabo de describir, unido a la violencia a lo Mike Hammer tristón que ya he mencionado que Luther emplea con frecuencia, entiendo que transmita una impresión que puede repugnar a algunos lectores. Parece como si la serie fuera una especie de bien articulado informativo de Telecinco, ansioso de transmitir terror a la población para que se mantenga a salvo en sus casas mientras el mundo se derrumba. Sin embargo, no es exactamente así. O, al menos, no lo es en mayor medida que otras series tremendistas del momento, pongamos Dexter.

Tengo que creer en el mal. Lo he visto”

En rigor, Luther resulta bastante más explícita que Dexter, y de hecho se encuadra prácticamente en lo que podríamos calificar como gore mainstream: ultraviolencia y asco en prime time, para todos los públicos adultos. Si esta idea puede parecer contradictoria, cabe recordar que dos de las series de más éxito en los últimos años, The Walking Dead y American Horror Story, están exhibiendo cotas de sadismo impensables no ya en la televisión popular, sino en el cine de apenas hace dos décadas. Sin embargo, ambas series están entre las más vistas en la actualidad y, sobre todo, entre las más influyentes.

Hay una importante diferencia, por supuesto: ambas son obras de fantasía, mientras que Luther es un policiaco. Hace tiempo, el escritor Marc R. Soto me dijo que el terror no es un género, sino un efecto que puede emplearse en los distintos géneros, como el humor. Y ese comentario se aplica al caso perfectamente; el horror es la argamasa de las aventuras de Luther, con ese tipo que destripa a una embarazada para sacarle su feto de ocho meses porque quiere formar una familia o esos repetidos asesinatos a martillazos con salpicón de vísceras.

Sin embargo, hay un matiz importante: esos hechos excesivos, la sensación altisonante de las tramas en su conjunto, hacen que Luther, aunque sea una obra de género criminal, no sea realista. El mundo en el que se desarrollan las historias, el Londres en el que solo hay descampados y edificios en ruinas, en el que cada dos semanas aparece un asesino múltiple que aterroriza a la sociedad, no existe realmente. Puede que sea el escenario de nuestras pesadillas más verosímiles, tal vez esté a la vuelta de la esquina; sin embargo, la serie en su conjunto da una sensación de descomunal hipérbole, de grand guignol tremendista, y puede verse con una sensación de ajenidad que no la convierte en totalmente sensacionalista.

De hecho, personalmente, los dos momentos de la serie que verdaderamente consiguen inquietarme son aquellos que resultan más cotidianos, más verosímiles. Uno se da en el cuarto episodio, cuando un currante vulgar y corriente se desenmascara como un asesino singularmente desquiciado. El otro, cuando al comienzo del tercer episodio de la segunda temporada un grupo de gente corriente que está esperando para pagar en una gasolinera ven desde detrás de un cristal cómo un individuo encapuchado empieza a examinar sus coches. En ambos casos se trata de personas normales —de físicos anodinos, impensables para una serie estadounidense— enfrentadas súbitamente a la violencia: gente de nuestro mundo repentinamente insertada en el de Luther e intentando reaccionar.

Luther no puede mantener la cordura en ese universo, porque él es nuestro punto de vista y nosotros tampoco podríamos enfrentarnos a lo que él parece ver cada semana. Y así desde que empezó a ser policía, “cuando Dios era joven”. De manera que actúa como desearíamos hacerlo en su situación: resolviendo los problemas de la forma que sea, la que esté a mano sin pensar en la legalidad o el orden, puesto que está capacitado para hacerlo, porque puede imponerse física e intelectualmente.

También es artificial el mecanismo por el que los guiones de Cross nos autorizan a aprobar las acciones de Luther. Sistemáticamente, el policía se ve abocado a tomar decisiones radicales con la absoluta certeza de que son el camino más factible para evitar que se produzca un mal mayor. Son una suerte de problemas de ética trucados, en los que no hay ninguna posible respuesta correcta. Por añadidura, Luther se nos demuestra repetidamente infalible: sus decisiones, por arriesgadas o reprobables que sean, al final ahorran problemas, aunque como compensación kármica le produzcan daño a él mismo.

Por supuesto, el mundo de Luther también aparece a veces en el nuestro. Muy de vez en cuando. Las suficientes para darnos miedo. Por ello Luther es pertinente: porque su falta de respuestas válidas es la misma con la que nos enfrentamos día a día en una sociedad en la que la corrupción y la podredumbre parecen ir siempre por delante del civismo. Solo que él es un superhéroe y puede sacar adelante situaciones imposibles, aunque el precio por hacer funcionar su magia no lo pague en sangre o años de cárcel, sino en cordura.

Luther 4

Si quieres romperle las piernas está bien. Solo quiero estar ahí para decirte cuándo parar”

Los episodios cuarto, quinto y sexto de la primera temporada de Luther son obras maestras incuestionables de la televisión moderna, pónganlos al nivel de los sopranos, breakingbads o madmen que quieran. Para llegar a ellos, los tres primeros episodios tampoco están mal, pero el relato va claramente en ascenso continuo hasta un final antológico.

La recepción de la crítica inglesa fue sorprendentemente tibia. Fueron, curiosamente, los buenos resultados de la emisión en Estados Unidos, incluyendo candidaturas a premios para Elba, los que empujaron a la segunda entrega, formada por dos largometrajes que finalmente se convirtieron en cuatro capítulos. En esta ocasión las reseñas fueron algo más benévolas, Elba ganó el Globo de Oro y la serie se convirtió en uno de los programas más vistos de BBC America.

Sin embargo, la verdad es que la segunda temporada no está a la misma altura. Han desaparecido algunas piezas clave, con esa ligereza tan británica en el cepillarse a personajes brillantes para dar golpes de efecto en la trama. Los que entran en su lugar no tienen la misma originalidad, y de hecho los dos casos son algo repetitivos.

Con todo, los diez episodios comparten las virtudes ya señaladas, incluso desde los sugerentes títulos de crédito con una canción de Massive Attack, “Paradise Circus”, en la que puede escucharse muy significativamente: “We are our own devil…”. Con menos medios en su conjunto que una serie estadounidense, en ningún momento afloja esa buena factura de la televisión británica, y en particular su inquietud por llegar más lejos en las posibilidades del lenguaje televisivo.

La posterior novela, anterior en la cronología interna del personaje, es un trabajo bastante redondo. Cross saca partido a la perfecta definición de los personajes para enriquecerlos y les suma alguno. Su estilo es seco, cortante, de frases cortas y definitorias. Los retratos malsanos resultan la parte más significativa de la historia, que consigue salir adelante pese a la falta de misterio con la que parte: sabemos en todo momento que terminará allá donde empieza la serie, que el clímax del libro es el comienzo del primer episodio. Sobre todo, Cross da la sensación de que se siente a gusto y que puede que este sea el origen de Luther, pero el final está bastante lejos.

¿Y ahora qué?”

Es la frase con la que se cierra el brutal último episodio de la primera temporada, con la que se abre el primero de la segunda y se acaba luego el último. Hasta ahora en todos los casos, con Luther la respuesta es “ahora, algo más”.

Neil Cross ha confirmado no solo que habrá novelas, sino también un spin-off: Alice Morgan, la asesina psicópata de boquita de pato, tendrá su propia serie. No está claro si será, como ocurre en tantas ocasiones en la televisión inglesa, una miniserie de una sola temporada o algo más. Se supone que dependerá tanto de los resultados artísticos como de las audiencias.

La tercera temporada de Luther se está terminando de rodar, si no lo ha hecho ya, y su emisión está prevista a lo largo de este año. Vuelven la práctica totalidad de los personajes, parece que Luther tendrá un nuevo romance. Y, sobre todo, un Moriarty, un antagonista al que se rumorea que en realidad no podrá dar caza. Porque esa será su misión en el posterior primer largometraje del personaje, algo sobre lo que parece que están interesados tanto Elba como su director en Pacific Rim, Guillermo del Toro.

Si es así, cabe suponer que va a haber Luther para rato. Porque es uno de los personajes que definen el Zeitgeist de la era de las comunicaciones globales y las crisis sin esperanza. Un ser humano defectuoso, que no cree en el sistema pero trabaja para él, y contiene la grandeza necesaria para enfrentarse, con los hombros encogidos y el gesto doliente, a un universo que, como recuerda Alice Morgan, “no es intrínsecamente malvado. Solo indiferente”.

Luther 5

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11 Comentarios

  1. Grandioso post.Por fin alguien habla de esta gran serie mas de 3 parrafos en un blog.Desde el capitulo 1 me enganchó,y aunque para mi le faltan un par de capitulos para redondearlo,me parece una de las mejores series policiacas en años.Solo he podido leerme Capturado,espero seguir con la novela de Luther,pero me parece que el sr.Cross es uno de los mejores escritores de thriller(libro o guiones)de la epoca actual.Enhorabuena.

    • Lo que quiera que se hubiera tomado lo hizo idiota. Vi el primer episodio y no quise ver más. Una pareja es asesinada en su propia casa, por un asesino que no forzó las puertas y que pudo acercarse tranquilamente a las víctimas. Nadie, excepto Luther apunta al sospechoso más obvio (la hija de las víctimas), y sólo encuentran incomprensible que no haya señales de lucha. Cuando finalmente Luther gracias a su genialidad descubre que aún puede haber evidencia en la casa de la asesina, decide que lo mejor que puede hacer es entrar ilegalmente a la casa de ella y robar la evidencia (¡toma eso, debido proceso!), destruyéndola e invalidándola, obviamente. No es que Luther rompa las reglas, es que es un inepto que no sabe hacer su trabajo.

  2. Desde luego es algo diferente a las versiones más o menos encubiertas de Sherlock Holmes que tanto abundan por ahí. Idris Elba es un monstruo, en todos los buenos sentidos.

    Ese Londres horrible y ultraviolento es también el de la serie Misfits. Y por cierto, se parece mucho (quitando algún detalle pop) a la ciudad de La Naranja Mecánica de Kubrick, de hace más de 40 años. ¿Profecía cumplida o influencia cultural?

    • De acuerdo con la comparación de “La Naranja Mecánica”, las influencias del maestro Kubrick llegan muy lejos…
      En cuanto a “Luther”, me ha ilusionado comprobar que, en un género tan trillado como el policial, todavía se puede hacer algo decente, incluso genial. La actuación de Elba (la de Stringer Bell en “The Wire” fue, para mí, la mejor de la serie) es sensacional, así como la pelirroja Morgan, con sus labios de pato o de rana. Los diálogos entre los dos son de lo mejor en televisión.
      En cuanto al resto de personajes me dejan un poco indiferentes (menos Ripley, hay que ver cuánto sufre su personaje). Esperemos tener Luther para rato.

  3. Muy buen artículo, gracias al cual he descubierto una serie sorprendente. Me he visto las 2 temporadas en 2 días. A mi me ha encantado la extraña relación que mantiene con Alice.

  4. La primera temporada esta bastante bien pero la segunda flojea por todos los lados.La asesina pelirroja esta metida con calzador y baja el nivel cada vez que sale.Lo mejor es Idris Elba por supuesto y si me pareció alto y grande en The Wire.

  5. A mí la serie me gusta. La relación con Alice Morgan también y la echo en falta cuando no aparece.
    También me sobra Jenny.

    Dicho esto espero algo mejor que la segunda temporada y me la tomo como un entretenimiento.

  6. Extraordinaria serie con una marcadísima personalidad. Idris, que ya se veía muy grande en “The Wire”, aunque no tanto como el autor de este artículo sugiere, de hecho mide 1’89 o 1’90 como Hugh Laurie- Dr. House (sé de lo que hablo), está inmenso en su papel. Los actores, como no esperaba menos en una producción BBC, son excelentes (todos). Lo que me ha sorprendido es la gran puesta en escena y el clima que se respira a lo largo de la serie, todo ello sazonado con secuencias brillantísimas. Hay como un deseo en algunos de marcar territorio, diciendo que algunas series extraordinarias tienen baches inexistentes en su desarrollo; no creo que sea este el caso.
    ¡Muy, pero que muy recomendable!

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