David Bowie. The Next Day: el mejor regreso desde Lázaro

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No es un collage de su hija Alex con el disco ‘Heroes’ y un post-it. Es vanguardia, estúpido.
No es un collage de su hija Alex con el disco ‘Heroes’ y un post-it. Es vanguardia, estúpido.

No les voy a engañar. Si esperan encontrar en estas líneas un sesudo análisis musical de la última e inesperada creación de David Bowie, The Next Day (ISO Records, 2013), pueden dejar de leer en este punto y pinchar en este enlace. Ahí pueden saciar su curiosidad con sobrados artículos que desgranan canción a canción, verso a verso, nota a nota, los ecos, referencias e intenciones que subyacen tras cada una de las nuevas piezas de la última entrega del chico de Brixton. Ojo, no crea que se trata de menospreciar dichas críticas. Todo lo contrario. Pero yo he sido siempre más del do-it-yourself. Del Juan Palomo de toda la vida. Por eso, solo puedo darles un consejo: escúchenlo y saquen sus propias conclusiones mientras leen, por ejemplo, Jot Down. Si me hacen caso y lo que leen son estas líneas, lo que les espera en adelante es una historia. La historia de una frase, de un disco y de un regreso por la puerta grande. Y una recomendación sobre The Next Day. Porque al final, de eso se supone que va este asunto ¿no?: de si vale la pena o no tener este disco.

Para empezar, vámonos a 1977

1975 y 1976… (pausa) …Y un poco de 1974… (pausa larga) …Y las primeras semanas de 1977… (risas del público) …fueron singularmente los días más oscuros de mi vida (silencio gélido)… Me encontré sumergido hasta el cuello en una enorme negatividad. Fue tan absolutamente terrible que recordarlo es poco menos que imposible, ciertamente doloroso…”. Con esta cruda teatralidad rememoraba David Bowie en 1999 para el programa Storytellers del canal VH1 la etapa más autodestructiva de su vida. El consumo compulsivo de cocaína le estaba convirtiendo en un esqueleto viviente, lleno de tics y con un comportamiento errático e inestable que ni se molestaba en ocultar. Preso de la paranoia, se enclaustraba durante largos períodos de vigilia cocaínica en los que, dice la leyenda, el único alimento convencional que consumía era leche. El éxito arrollador de The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1972) y sus sucesivos trabajos le habían convertido en una de las estrellas musicales más importantes de los 70. Su estilo había evolucionado desde el glam más genuino al funky y al soul. En un lustro sus ventas y su fama crecieron de forma inversamente proporcional a su salud. Hasta tal punto que el propio Bowie aseguró años después que viendo la portada de su directo David Live (1975) debería haberse llamado David Bowie is Alive and Well and Living Only in Theory (David Bowie está vivo y bien y viviendo solo teóricamente). Una serie de sobredosis le hizo ver que era el momento de decir basta. En 1977, David Bowie salió de la piel del Delgado Duque Blanco con sus fosas nasales sin fondo para salvar su propia vida. Y lo hizo con un exilio autoimpuesto en uno de los, a priori, lugares menos adecuados para superar el bajón anímico inmediato del exconsumidor de cocaína: el frío, húmedo y roto Berlín de la guerra fría. Para apoyarse mutuamente, se llevó consigo a otro amigo sanote: Jim Iggy Pop Osterberg. Juntos protagonizaron uno de los períodos más extravagantes y artísticamente libres para dos estrellas del rock que cambiaron el filo de la navaja por la seguridad pétrea de un búnker teutón.

Avancemos ahora hasta 2004.

David Bowie tiene 57 años y un buen aspecto físico. Evidentemente, no es un chaval, pero transmite cierta preocupación por mantenerse joven, y trata de proyectar con relativo éxito una imagen que genera opiniones que oscilan entre los que le echan diez años menos de los que tiene y los que le señalan como la “gran dama del rock británico”, proponiéndole para el mismo Club de Británicos-que-parecen-viejas-lesbianas que preside de forma incontestable sir Paul McCartney. Frisando los 60, es cada vez más un icono. Una leyenda. El brazo incorrupto de Santa Teresa del Rock. Simplemente está ahí y se le adora.

Desde el punto de vista musical, está instalado en ese mismo ámbito ultraterrenal. Forma parte de un panteón de ilustres intocables como Neil Young, Bruce Springsteen, o el propio Macca. La crítica ve con general benevolencia sus nuevos trabajos, y no se pone en duda su honestidad y en algunos casos su brillantez, pero viven en el eterno reto de reverdecer viejos laureles. En el caso de David Bowie, desde 1999 ha dejado atrás sus apuestas vanguardistas por el drum’n’bass o el jungle, y ha cambiado a amigos modernos como Trent Reznor o Tricky por clásicos como Tony Visconti o Pete Townshend para entrar en una etapa neoclasicista de reconciliación con su mejor pasado. Sin embargo, sus mejores intentos compositivos siempre se encuentran con el mismo tope, un lugar común dentro de la historiografía de Bows: “estamos ante su mejor trabajo desde Scary Monsters”. Una frase repetida hasta la saciedad para definir sus sucesivos discos. Un “sí, pero…” que tanto subtexto alberga en tan solo dos palabras y unos puntos suspensivos, y que en definitiva viene a resumir la idea general de que el mejor Bowie no ha traspasado la frontera entre los años 70 y los 80.

Bowie (2004) nunca hizo sombra en el Club de Británicos-que-parecen-viejas-lesbianas a Paul MacCartn... oh, wait!
Bowie (2004) nunca hizo sombra en el Club de Británicos-que-parecen-viejas-lesbianas a Paul MacCartn… oh, wait!

En estas estaba en 2004, promocionando su último “mejor trabajo desde Scary Monsters”, Reality (2003), un disco y una gira cuyo nombre se reveló premonitorio. En junio, durante un concierto en Oslo, una reencarnación chupachupsera de Guillermo Tell acertó a Bowie en el ojo con una piruleta, causándole una lesión leve. Fue un aviso, una advertencia al modo del esclavo romano al César victorioso: “recuerda que eres mortal, David”. Solo una semana después sobrevino la sobredosis de reality. Estando en Alemania, notó un dolor en el hombro que le obligó a suspender el concierto. Parecía un simple pinzamiento de un nervio, pero resultó ser una obstrucción coronaria que precisó de urgente intervención. Y lo que parecía un aplazamiento puntual, significó el abrupto final de la gira (la más rentable de lo que iba de año, por cierto). El inmortal, el intocable, el dios Bowie se hizo carne, sufrió y desapareció. Como en 1977, su salud le hizo echar el freno. Era un punto y seguido que se transformó pronto en un punto y aparte, y que con el paso de los años adquirió tintes de un alarmante punto y final.

Pero no adelantemos acontecimientos y retrocedamos primero a 1980.

El exilio en Berlín de David Bowie (e Iggy) estuvo lejos de significar una desaparición de la escena, sino más bien una voluntad de poner tierra de por medio para reinventarse. Una reinvención que resultó ser radical y que se plasmará ya en el propio 1977 con un nuevo disco, Low, deudor directo del krautrock germano liderado por Kraftwerk. Este nuevo Bowie parecía distinto: no buscaba el éxito masivo, ansiaba libertad creativa. La motivación tras la adhesión al rock experimental alemán era distinta a las causas que le llevaron a sumarse al tren del glitter rock, del soul, del funky de los 70: creatividad frente a ventas, experimentación frente a comercialidad. La propia portada del disco, una foto suya de perfil, es un jeroglífico que transmitía su declaración de intenciones: Low+profile. Este Bowie no quiere fama, quiere libertad e independencia. Es un Bowie de perfil bajo. Un antihéroe.

Durante los siguientes tres años editará lo que se vino a llamar la Trilogía o el Tríptico de Berlín, que englobará, además de Low, los discos Heroes (1977) y Lodger (1979). Además, publicará un directo crudo, para iniciados, Stage (1978), con alguna versión intencionadamente difícil de sus grandes éxitos; y compondrá y producirá para Iggy sus, posiblemente, dos mejores discos en solitario, The Idiot y Lust for Life (incluso se embarcó en su gira como teclista casi anónimo). La comercialidad la dejó para su amigo de Chicago, cuyas canciones eran sobradamente más radiables que las que Bowie se reservó para sí. Incluso Heroes (la canción), hoy indiscutible clásico, no pasó del 49.º lugar en la lista de éxitos. Las ventas no acompañaron a la obra alemana de Bowie, cuyo mayor hito fue un número 2 en Inglaterra con Low, y que nunca logró entrar en el top 10 en EE. UU. Pero a cambio, la crítica lo alabó. En aquel período nació el Bowie artista, el visionario, el vanguardista. Pena que lo echara todo por la borda en sus burdos años 80. Pero antes, el punto de inflexión: el encuentro entre el artista y la comercialidad bien entendida. El momento en el que elitismo y popularidad se dan la mano. El manido “aclamado por crítica y público”. El mítico Scary Monsters (and Super Creeps) (1980), que marcaría el listón a todo lo que habría de venir después.

Scary Monsters significó el punto final del exilio berlinés. De la mano de Visconti (cuyo papel fundamental en la trilogía fue y es injustamente olvidado bajo la larga sombra del vanguardista Brian Eno y sus estrategias oblicuas), Bowie vuelve a lo grande con un disco que es una reivindicación de sí mismo: le recuerda a la chavalada de la New Wave tan en boga que se lo debe casi todo a él. Es un aviso a advenedizos ya desde la propia campaña de promoción: Often copied. Never equalled (“Frecuentemente copiado. Nunca igualado”). Los nuevaoleros son modernos, Bowie ES modernidad. Y lo refrenda con decisiones como abrir el disco con It’s No Game. Pt 1, deliberadamente berreada, desafinada y estridente, como un acto catártico de descarga de ira, y cerrarlo con It’s No Game. Pt 2, una reconciliación con la calma y el equilibrio. O con la desmitificación de su pasado más glorioso con el primer single, Ashes To Ashes, en el que reduce a la figura trágica del Comandante Tom de Space Oddity a un mero yonqui alucinado (y cuyo videoclip es un hito en la producción audiovisual pre-MTV). La crítica se rindió a sus pies (el Mirror llegó a darle ¡siete estrellas sobre cinco!) y, ahora sí, el público también le respaldó, devolviéndole al número uno con un disco que fue multiplatino. Scary Monsters se convirtió el último gran disco de David Bowie.

Y ahora regresamos al siglo XXI.

Habíamos dejado a Bowie convaleciente, pero con la confianza plena de que pronto volvería a los escenarios y a editar discos —que algunos ya recomendaban que viniesen de fábrica con la pegatina en portada de “Su mejor trabajo desde Scary Monsters”—. Pero los meses pasaban y poco se sabía de Bows. Una aparición gordo y viejo, con pantalones tipo Cachuli, junto a Arcade Fire (2005); un Grammy honorífico y el anuncio de que se tomaría un año sabático en 2006; una colaboración francamente evitable en el lamentable disco de versiones Anywhere I Lay My Head (2008) de Scarlett Johansson; o un apoyo paterno a Duncan Jones en la presentación de la magnífica Moon (2009).

El mundo seguía esperando el nuevo Scary Monsters y lo único que Bowie devolvía era misterio y rumores. En los últimos años no solo se especuló con su estado de salud, sino que se llegó a publicar que le quedaban pocos meses de vida víctima de un cáncer de hígado. Y sus esporádicas apariciones y su perpetuo silencio no hacían más que agrandar la bola de nieve. Parecía que, después de cuatro décadas, David Robert Jones había decidido definitivamente guardar en el armario el traje de su personaje más memorable: el propio David Bowie.

Hasta el 8 de enero de 2013. El día de su 66º cumpleaños, cuando ya se daba por hecho que la noticia más importante que le quedaba por dar a Bowie sería su muerte, David sorprendió con esto. ¡Paren las rotativas! ¡Una nueva canción de Bowie! ¡Y es… buena! ¡Muy buena! ¡Y hay más! ¡El 11 de marzo editará un nuevo disco, The Next Day! David Bowie lo había vuelto a hacer. En plena era de las redes sociales y la aldea global, cuando cualquier famoso que se precie cuenta en tiempo real cuándo se cambia las bragas, Bowie da una nueva lección y un ¡zasca! épico a los teóricos del marketing manteniendo en secreto su jugada maestra para reaparecer con un épico big bang. Señores, sigan aprendiendo. Copiado frecuentemente, nunca igualado.

Desde el sísmico anuncio, las noticias en torno a Bowie lo inundan todo. Las mejores revistas del género cubren sus portadas con sus fotos promocionales; los medios entrevistan a sus colaboradores, que cuentan el secretismo con el que se gestó todo; los telediarios dejan de emitir un vídeo de un perro en patinete en YouTube para darle unos minutos; su música de Berlín protagoniza anuncios de Sony; e incluso su arte entra en los museos.

Al primer single le sigue un segundo (con un desasosegante vídeo acompañado de Tilda Swinton y el [email protected] Andrej Pejic como andróginos álter egos), antes de que Bowie vuelva a romper las reglas dejando escuchar su disco gratis en iTunes. Las críticas positivas se suceden. Hay lugares comunes, como los ecos de Berlín, los riffs de Mick Ronson… Obviamente, se vuelve a calificar como “su mejor trabajo desde Scary Monsters”. Algunos incluso osan decir que supera al disco de 1980, mientras cosecha números uno en prácticamente todos los países del mundo libre y algunos del eje del mal.

La Familia Munster 2013
La Familia Munster 2013: David jr (Saskia de Brauw), Davida (Tilda Swinton), David (as himself) y Davida jr (Andrej Pejic).

¿Y qué hace Bowie mientras tanto? Recuperar su condición de dios: es ubicuo, aunque nadie lo ve ni oye su voz. Porque aunque pueda parecer lo contrario por la sobreexposición mediática de este 2013, Bowie aún no ha dicho esta boca es mía. Ni una sola imagen en vivo, ni una entrevista, ni un acto público, ni un paseo por su Manhattan adoptivo. No se espera gira, el propio Visconti ha dicho que David es “absolutamente inflexible sobre ello”. Bowie sigue desaparecido. Lo que hace que la rumorología sobre su estado de salud se dispare. Ya hay quien asegura que The Next Day suena a despedida, a recapitulación.

Y precisamente en este punto, es de justicia hacer recapitulación. Dijimos al principio que si seguían leyendo encontrarían una historia. La historia de una frase, un disco y un regreso por la puerta grande. La frase es evidente, “su mejor regreso desde Scary Monsters”. Y el disco podría ser tanto aquel como The Next Day. Pero el regreso es, indiscutiblemente, el de 2013.

Por eso, lo que creo que no les debo es la recomendación. No hace falta ser muy avispado para verla ya desde el título. The Next Day es el mejor regreso desde que Lázaro se levantó de entre los muertos, podrido y agusanado, para vivir su segunda vida como el primer zombi de la historia. Y ese es también su gran lastre. Me atrevería a decir que nunca un disco de Bowie ha sido más merecedor de no recibir la vitola de “mejor trabajo desde Scary Monsters” que The Next Day. Porque es muy posible que sea mejor que aquel, aunque ya les he advertido que no soy muy de categorizar y más de dejar que cada uno decida por su cuenta. Pero si lo que me piden es mi opinión, —y como decíamos al principio, de eso se supone que va este asunto— me temo que el último gran disco de David Bowie pueda ver eclipsada su objetiva calidad por el hecho de que ya ha sido bautizado como el mejor disco de regreso de la historia. Que no es poco reconocimiento, oiga. Así que, aunque solo sea por eso, sí vale la pena tenerlo. Cómprenlo, háganme caso. Y si no les gusta, se lo reclaman a mi secretario aquí. Él sabrá atenderles como seguro merecen.

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32 comentarios

  1. El garrulo atómico

    Entonces, ¿no habrá gira, no habrán más conciertos? ¿Bowie se ha retirado de los directos y este puede ser su último disco?

    • Rafa Ferreiro Ottiger

      Pues gira parece que no tendremos, pero supongo que el hecho de que sea su último disco o no, sólo depende de él.

  2. viruela

    la última foto rezuma el rancio manierismo de un personaje amortizado… cultura caduca, un sueño impostado

  3. julio de diego

    Me ha encantado el artículo. Pero quiero hacer una pregunta al autor. ¿Qué cantante es el Bowie actual? -Es decir, transgresor, rebelde, inteligente, adaptable y popular.

    • Rafa Ferreiro Ottiger

      Es difícil de decir. Ha tocado tantos palos que podría ser cualquiera. Pero si me pides mi opinión, en este último disco es sobre todo un artista inconformista, un tipo que pudiendo hacer un disco facilón ha optado por un trabajo difícil de escuchar y difícil de digerir. Y creo que es intencionado, como lo fue hacer del Scary Monsters en su momento un disco difícil. De hecho, creo que buena parte de la fama del Scary se debe al mismo hecho, a esa valentía. Y ojo, esto no quiere decir que el disco tenga que gustar.

  4. Maika Balaguer

    También opino que el artículo es brillante…. y qué cantante es el actual? todos los conceptos utilizados, es … y al mismo tiempo, es indefinible.. Bowie es indefinible, pero aún así, «historia».

    • Rafa Ferreiro Ottiger

      Gracias Maika. Y gracias también a Julio, que a no lo he puesto en tu respuesta anterior.

  5. Ole ole que Bowie se pone de moda otra vez y las modernas lo van a petar en el Primavera con rayos pintados en la cara, qué cojones.

    Genial artículo.

  6. Roberta

    Para mi la David Bowie de hoy es Lady Gaga

    • Claro, digamos también que Lady Gaga es «la Elsa Schiaparelli de ahora» porque se pone langostas en la ropa…

      Y ya no voy a entrar en explicarte quién es Jana Sterbak porque igual te piensas que lo del traje de carne se le ocurrió a Lady Gaga una tarde de festival.

      Lady Gaga tiene un potente equipo de marketing detrás que sabe apropiarse muy bien de las ideas de otros artistas; Bowie tenía toneladas de farlopa y una mente brillante.

      La ignorancia es tan atrevida…

  7. Manuel

    Era esceptico y me daba hasta pereza un nuevo disco de Bowie. Pero reconozco que me ha sorprendido y es un discazo.

  8. Andreas

    El artículo me encanta, pero creo que el disco… aiggg no es tan bueno como el scary monsters, aunque sea por el hecho que no tiene ninguna cancion como el ashes to ashes, que justifican que un disco sea memorable o no. Posiblemente, en la epoca de los mp3 y sobretodo del spotify, los discos no sean tan interesantes como las propias canciones, y no le veo una coherencia o un nivel tan grande… Pero no esta mal. Se le ve confortable y indiscutiblementemente es mejor que los últimos, aunque el Outside, precisamente por alguna cancion como la del Leon… era interesante. Los otros no tenian nada donde agarrarse.
    Definitivamente, no me hace vibrar, pero me hace recordar tiempos mejores para Bowie. Y eso no esta mal.

    • Rafa Ferreiro Ottiger

      Es cierto que posiblemente The Next Day no tiene un Ashes to Ashes, pero no creo que eso justifique que un disco sea memorable. Hay discos que son redondos como concepto global y no tienen ni una sola canción memorable en el sentido de single tradicional (pienso por ejemplo en Kid A de Radiohead, que para mí es sublime sin tener un equivalente a Ashes to Ashes).

      Quizá hay que analizar también si Scary no está un pelín sobrevalorado, posiblemente por la comercialidad burda de sus siguientes tres discos.

      Yo, y ahora los «puretas» me crucificarán, creo que Heathen ya estaba por encima de Scary. Y tiene pedazo canciones como Slow Burn, con Townshend luciéndose, enormes. Y una vez pasado el tiempo, me reafirmo aún más en mi opinión sobre ese disco.

      De todas formas, insisto en que todo son opiniones personales, y yo tengo conocidos que dicen que el mejor disco de Bowie es Let’s Dance, algo que, evidentemente, por lo que he dicho, no puedo compartir ni de lejos, pero lo puedo respetar.

  9. Maika Balaguer

    Me quito el sombrero ante el comentario de Roberta…. es tan cierto ¡¡¡

  10. julio de diego

    Hoy he buscado otra vez el artículo para saber si me habían contestado, y me ha costado localizarlo. No estaba en la sección de Música.

  11. Virginia K. Martínez

    Mis felicitaciones al autor del artículo, de lo mejor que he leído últimamente.
    Gracias por no convertir un artículo en una publicidad encubierta.

  12. de ventre

    como bowiefilo perdido que soy, estoy hasta el pirri del soniquete: «qué grande era scary monsters». aviso a navegantes: scary monsters es quizá el mayor pufo de la carrera de Bowie, tras el never let me down: tres canciones gloriosas y material de relleno a capazos.

    da pena ver otra caída en el lugar común. la bondad de semejante finstro ha quedado convertida en dogma incuestionable y es la muletilla del crítico perezoso.

    olvídense de tanta muletilla idiota: la carrera de Bowie posterior a los 80 está llena de maravillas a la altura de cualquier otro lp de su discografía con joyas incomparables al resto por su novedad, rotundidad y belleza: outside y heathen son dos álbumes que nadie debería olvidar en una selección de lo básico del señor jones.

    coño, si cualquier tema de los discos de TIN MACHINE le da cien patadas a la mayor parte de los temas del puto scary monsters.

    feliz navidad, mr. jones!

    j

  13. Jerome

    A mi el disco me parece muy bueno. Evidentemente, caeremos en el tópico, no es el de su época dorada. Eso si, hay un tema, «The Stars (are out Tonight)», que se ha convertido en un clásico instantáneo. Temazo tremebundo

  14. francisco javier

    Hablais mucho del Scary…pero el mejor de Bowie y posiblemente de los 10 mejores discos de la historia es ziggy stardust…..ese si que es perfecto de principio a fin.

  15. gran regreso de bowie! el disco es hermoso, espectacular, me emociona cada vez q lo escucho

  16. evaristo

    Gran disco, estupendo artículo. En mi opinión, cualquier enfoque sobre la obra de Bowie debe partir de una premisa esencial. Estamos ante un artista que ha definido y explotado como ninguno la imagen pop, con todos los barroquismos posibles y excesos de márketing que convierten en bromas de gala de fin de curso de internado de monjas las puestas en escena supuestamente innovadoras de mamarrachas como Madonna o Lady Gaga (qué decir de los grupos con «pretensiones artísticas», desde los petardos de U2 a los sosainas de The Killers). Bueno, pues siendo el artista que nos ocupa el rey de la imagineria pop resulta que su música nunca ha estado a ese nivel de inmediatez, nunca ha sido carne de 40 principales ni sintonía válida para amenizar la tarde en supermercados o grandes almacenes.
    Quiero decir que hay una dicotomía entre el cliché Bowie (construido en torno a sus cambios de imagen, el artista camaleónico y demás tópicos que maneja la mayoría de los aficionados a la música pop) y su obra musical (que requiere dedicación en las escuchas y una cierta base de cultura rock de los sesenta y setenta). Todo dios sabe quién es el personaje Bowie, pero son muchos menos los que han disfrutado su música. Y ahí reside, amigos, la clave de todo esto. ¿Cuántos de los críticos que puntúan los discos de Bowie han escuchado Low entero más de cinco veces? ¿Cuántos de los que se mean hablando de Heroes conocen algo más que el single o saben diferenciar los instrumentales de la cara B?
    Ahí tienen la diferencia, amigos. ¿Cómo pretender que gente que no pasa del Let´s dance o de china girl, qué cojones o de Heroes, valore con un mínimo de criterio The next day? Nada más reconfortante que ver cómo los «entendidos» que se mean ante cualquier fruslería de azabache son incapaces de valorar un diamante porque se han quedado embobados con lo exótico de su envoltorio.

  17. Gonzalo

    No solo en este articulo sobre Bowie, sino en otros escritos sobre él, noto que no se comenta o se desprecia el disco del año 1983, Let´s dance, pero yo lo recuerdo como buen disco, por supuesto bailable y una excelente canción como China Girl , la misma Let,s dance y otras cuyos titulos no me vienen a la cabeza ahora mismo . Quizás prejuicios ?

  18. Eres un ignorante musical, si muere alguien que te guste no querrás estos absurdos comentarios, no ? que envidia y pobreza de espíritu tienes

  19. victor

    ole tu comparacion con lazaro…adelantandose 3 años!!! «The Next Day es el mejor regreso desde que Lázaro se levantó de entre los muertos…» Y ahora se vuelve a levantar!

  20. ‘The next day’ contiene unas cuantas perlas –los cinco primeros temas, ‘Boss of me’, ‘How does the grass grow’ y ‘You feel so lonely…’), pero también bastantes gazapos –‘Valentine’s Day’, ‘If you can see me’, ‘I’d rather be high’, ‘Dancing out in space’, ‘(You will) set the world on fire’)…–, y este es para mí su problema: entre tanta hojarasca y tanto relleno, lo bueno no luce (como un buen argumento seguido de tres falacias). Es una pena. ‘Scary Monsters’ para nada me parece sobrevalorado. Y para mí el mejor disco desde ‘Scary’ es ‘Outside’, y luego ‘Earthling’, y luego ‘Heathen’.

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