Música

Eels, porque la música no sabe morir

Eels

A principios de los 70, a los Everett les regalaron dos bolas de cristal para decorar el árbol de Navidad. La amarilla tenía inscrito el nombre de su hija mayor, Liz, y la roja el del pequeño, Mark. Los hermanos, en un arrebato de humor macabro, bromearon con que la bola que antes se rompiese designaría al primero en morir.

Mark, sediento de emociones siniestras, llevaba la bufonada al extremo cada Navidad. Arrancaba las bolas del abeto y comenzaba a practicar juegos malabares. Liz observaba angustiada el vuelo tintineante de las esferas mientras suplicaba a su hermano preadolescente que parara. Aquello no tenía ni puta gracia. Y un año, con Liz sollozando al borde de la desesperación, a Mark se le escapó una de las bolas. Trató de agarrarla con la palma de la mano pero rebotó y cayó al suelo rompiéndose en pedazos.

De color amarillo.

Aquel ruido de cristales rotos atormentaría sin piedad a Mark Oliver Everett, alias E, en el verano de 1996. Acababa de grabar Beautiful Freak, su álbum de debut bajo el seudónimo de Eels, y tras años de miserias por fin comenzaba a labrarse un nombre en la escena indie. Pero su adorada hermana nunca escuchó el disco. Liz se había suicidado.

La muerte es protagonista principal en la biografía de E, y por extensión en las canciones de Eels que este fin de semana sonarán en España, en los conciertos que la banda ofrece el 27 en Barcelona y el 28 en Madrid.

El universo paralelo de la guadaña

Tragedias que abren heridas imposibles de cicatrizar, una atracción irresistible hacia el amor kamikaze y todos los pequeños fiascos cotidianos que al sedimentar destruyen cualquier espíritu. La vida de E reúne material suficiente para provocarle lágrimas a Chuck Norris, si eso fuera metafísicamente posible. Quizá por eso su música es tan emotiva, porque se trata de la sublimación de un alma torturada.

Mark Oliver Everett nació en una familia emocionalmente desequilibrada. Su padre, Hugh Everett III, era un físico cuántico que a los 13 años se escribía cartas con Einstein y terminó asesorando a Robert McNamara sobre estrategias bélicas en Vietnam. Ese empleo en el Pentágono, sin embargo, nunca alivió su frustración profesional. Hugh Everett III era un prodigio caído en desgracia en la comunidad científica por haber acuñado la Teoría de los Mundos Paralelos, según la cual existen infinidad de universos donde se reproducen diferentes versiones de nuestras vidas. Aquella tesis pionera fue acogida con ostensible burla por parte de sus colegas, sobre todo cuando la ciencia ficción se apropió de la idea en películas de serie B. Según E, el estandarte de la investigación en la época, Niels Bohr, ridiculizó con saña a su padre y arruinó la vida de un hombre que se convirtió en un despojo taciturno.

E cuenta que su padre vivía tan abstraído que el solo hecho de que pronunciara una frase constituía una noticia en casa. Y el contacto físico con él se limitaba a fortuitos encontronazos en el pasillo, que acababan con una quemadura en el brazo porque Hugh siempre tenía un cigarrillo encendido entre los dedos.

Fumaba tres paquetes diarios, bebía como un pez payaso y había engordado con el desafiante regodeo de quien le importa todo una mierda. En 1982, a los 51 años, su maltratado corazón reventó. Las chicas Everett estaban de visita en casa de unos parientes. E había salido de noche. Al despertarse y buscar a su padre encontró el cadáver, desplomado sobre la cama con la ropa del día anterior.

Hugh era un ateo convencido y había pedido expresamente que sus restos fueran arrojados a la basura. Nancy Everett guardó sus cenizas durante unos años hasta que, finalmente, honró los deseos de su marido.

Décadas después de su muerte, Hugh Everett III recibió el debido reconocimiento como científico, como se explica en el documental Parallel Worlds Parallel Lives que E realizó para la BBC. En el terreno de la investigación la recompensa suele ser tardía, pero E tenía otro poderoso motivo para no seguir los pasos de su padre: “A nadie le gustaría ser el Julian Lennon de la física”.

No es fácil crecer a la sombra de un padre privilegiado en lo intelectual pero lobotomizado en lo sentimental. Y el reto se complica cuando tu madre no logra compensar con amor una exasperante falta de madurez. Nancy Everett era infantil y por tanto imprevisible. Aunque su cariño era incondicional, en ocasiones lanzaba críticas extemporáneas y crueles a sus propios hijos, y era propensa a romper en estruendosos llantos sin motivo aparente. Nancy inspiraba la ternura y compasión de una fiel amiga, pero no el respeto ni el sentimiento de deuda que infunden las buenas madres. E confiesa que la negligencia de Nancy le provocaba una irreprimible sensación de carencia. Irónicamente, ese vacío se magnificó cuando ella murió en 1998.

Meses atrás le habían diagnosticado cáncer de pulmón, y su deterioro en pocas fechas fue atroz. E recuerda escenas de su madre levantándose por error a las cinco de la madrugada para ir a quimioterapia. O despertarse por el ruido de líquido chorreando contra el parqué del pasillo: Nancy quería ir a mear sin hacer ruido pero el esfínter la había traicionado a escasos metros del retrete. Como la traicionó aquella vez que se cagó en las sábanas y, mientras E la limpiaba, sus ojos solo reflejaban la humillación de una mujer avergonzada de sí misma. Aquella mirada, como de niña perdida de noche en el bosque, era escalofriante.

Cuando Nancy sucumbió a la enfermedad, E descubrió que la enfermera que había contratado para atenderla aprovechaba su estancia en casa de los Everett para llamar diariamente a su familia en África. Dejó una factura de miles de dólares y desapareció. Peor aún fue la organización del funeral: Nancy había pedido expresamente que nadie hablara de ella durante la ceremonia, pero el sacerdote abrió turno de palabra para que los asistentes recordaran viejas anécdotas. Y su último deseo era que sonase una canción titulada Happy Trails. El cura obvió la petición porque no encontró la partitura y ni se molestó en llamar a E, que para colmo tenía una copia en casa.

Las muertes de sus padres, por las circunstancias en que acontecieron, fueron desgarradoras para E. Sin embargo, es la historia de Liz la que parece surgida de un sueño húmedo de Haneke en una tarde lluviosa de domingo.

Liz era una rubia con tetas de tronío y debilidad de espíritu. Sin referentes de estabilidad en el ámbito doméstico, cayó con facilidad en un círculo de malas influencias que se aprovecharon de ella sin pudor y la llevaron a una espiral autodestructiva donde el desfile de drogas, relaciones tóxicas y episodios depresivos culminó con un primer intento de suicidio en 1982. Poco antes del infarto de Hugh.

La muerte de su padre agudizó los problemas psicológicos de Liz, que pasaría años entrando y saliendo del frenopático. Gracias a la terapia de electrochoque experimentó leves mejorías que terminaron confirmándose como un espejismo. En todas y cada una de sus recaídas existía un componente de insuperable mala suerte: Liz siempre confiaba en los hombres equivocados. Salió con un tipo que la maltrataba y tuvo otro novio que en un brote psicótico amenazó a E con un cuchillo de cocina. Porque sí. Luego estuvo prometida con un tipo encantador que poco antes de la boda tuvo una epifanía y se convirtió en uno de esos cristianos renacidos.

Cualquier esperanza de rehabilitación se ahogó en alcohol. Liz se emborrachaba continuamente y una noche, totalmente ebria e indefensa, fue violada por un grupo de hombres en un cajero automático. Ese infierno personal continuaba ardiendo cuando años después Liz volvió a enamorarse y por fin se casó. Fue un enlace poco ortodoxo porque se celebró en la cárcel donde el novio cumplía condena. Era el mayor narcotraficante del estado de Virginia.

Siempre perseguida por sus demonios internos, Liz había protagonizado varias tentativas de suicidio desde aquel primer intento en el verano de 1982. El definitivo fue en 1996, cuando merendó un bote entero de pastillas. Escribió una nota de despedida en la que hablaba de reunirse con su padre en uno de sus mundos paralelos.

La guadaña aún no había terminado de ensañarse con E. Su prima Jennifer era azafata y volaba en el avión que impactó contra el Pentágono el 11-S. El gorila que les acompañaba en las giras, Spider, murió de sobredosis después de un concierto. La esposa de su mejor amigo falleció también a una edad ridículamente joven, de cáncer. A E le destrozaba recordar cómo había ido al hospital con su maleta y solo la maleta regresó a casa.

Música contra la depresión

Con tantos funerales a la espalda es difícil esbozar una sonrisa y tratar de mantener una vida normal. La de E, en cualquier caso, no lo había sido desde el principio. En su infancia llevaba el pelo largo y no era raro que lo confundieran con una niña. Quizá por eso era siempre el último en ser elegido para los equipos deportivos en la escuela. Por supuesto, también fracasó en el apartado académico y a lo largo de su juventud enlazó todo tipo de empleos temporales. Trabajó en una gasolinera, en un lavadero de coches, en un establo recogiendo mierda de caballo, en una imprenta, limpiando piscinas en invierno, repartiendo flores, de camarero, montó su propio negocio de mudanzas, dio clases de música a chicos en riesgo de exclusión social…

Mientras consumía su existencia en contratos basura, E componía decenas de canciones cada mes. La música era su pasión desde pequeño, y sus efímeros instantes de popularidad en el instituto se los debía a su habilidad como batería. Sin embargo, E no se planteaba seriamente explorar el mercado discográfico. Carecía de confianza en sí mismo. Y escuchando su primer álbum es fácil comprender por qué.

En su autobiografía, E habla sin tapujos de sus dramas familiares y narra descarnadamente sus problemas con las mujeres. Es un libro honesto, y la omisión de toda alusión a ese disco de debut da idea del sonrojo retroactivo que siente. No es para menos. El LP, que lanzó en 1985 bajo el nombre de Mark Everett, se titula Bad Dude in Love, que libremente podríamos traducir como Malote enamorado. Sí, ese es el nivel. 11 canciones que fusionan el más cutre de los sonidos ochenteros con poesía de adolescente en celo. Vergüenza ajena en estado puro.

Se editaron 500 copias de Bad Dude in Love, algo así como medio millar más de las que la humanidad necesitaba. El disco pasó completamente inadvertido y por eso no hubo una epidemia de oídos hemorrágicos en la época. Pero cuando E se convirtió en un artista de prestigio global empezaron a circular rumores sobre la existencia de ese álbum y despertó cierto interés morboso. En 2005, dos décadas después de su publicación, apareció una copia de esa obra seminal a la venta en eBay. En 2010 otra se vendió por 5.000 dólares. Para escarnio del pobre E, hoy se puede adquirir ilegal pero muy fácilmente en internet. Eso alegan quienes piratean, quiero decir.

Solo un misántropo melófobo habría recomendado en aquel momento a E perseguir una carrera musical. Pero él no se rindió, en gran parte por falta de otro propósito vital. La música era su único sueño y, para convertirlo en realidad, a finales de los 80 decidió marcharse a probar fortuna en Los Ángeles.

En Hollywood vivió tres años miserables, subsistiendo gracias a otra letanía de trabajos deprimentes. Componía nuevas canciones incesantemente y, como hacía en su hogar de Virginia, las grababa metido en un armario con su grabadora de cuatro pistas. Pero no conocía a nadie en la ciudad, y lo más cerca que estuvo de trabar contacto con la industria discográfica fue un empleo respondiendo llamadas en una revista musical.

Cuando estaba a punto de darse por vencido, la suerte de E cambió. Conoció por casualidad a un tipo llamado John Carter que resultó ser un cazatalentos de Atlantic Records. Le dio una de sus cintas y al cabo de unos días recibió buenas noticias. Carter quería ficharle. El problema era que los mandamases de Atlantic Records no compartían su entusiasmo por las canciones de E.

Es una constante en la vida de E: las circunstancias invitan al optimismo y cuando has bajado la guardia el destino te propina otro latigazo despiadado. Al final, no obstante, el karma tiende a compensar las burlas. Meses después de aquel desengaño, E se enteró de que Atlantic Records había despedido a Carter y le llamó para preguntarle por sus planes de futuro. Carter se convirtió entonces en el representante de E y le enseñó sus canciones a un productor llamado Davitt Sigerson. En un genuino golpe de suerte, Sigerson fue nombrado al poco tiempo presidente de Polydor y una de sus primeras adquisiciones fue E.

Firmaron un contrato por dos discos, que esta vez se publicarían con el nombre de, sencillamente, E. A Man Called E se lanzó en 1992, pero musicalmente es un álbum todavía anclado en la horterada de los 80, y equipado con letras que continúan provocando cierto rubor. En mi opinión, E comienza a explotar su talento a partir de Broken Toy Shop, de finales de 1993. Aunque irregular, este álbum contiene pistas como Shine It All On y Manchester Girl, anticipando los rasgos esenciales que más tarde definirán a Eels, esas canciones falsamente naïves, caramelos con veneno en el corazón.

Claro que Broken Toy Shop se esfumó en el olvido. Polydor acometió por aquella época una reestructuración que acabó con Sigerson en la calle. Nadie se molestó en promocionar el disco de E y su contrato no fue renovado. Sueños tan breves, ni siquiera en la siesta.

La carrera discográfica de E acababa de recibir una estocada mortal. A pesar de la decepción, continuó componiendo y experimentando con nuevos sonidos. De las sesiones de aquella época surgieron Novocaine for the Soul o Susan’s House, canciones que revelaban una incipiente madurez artística. Para significar el inicio de una época más sofisticada, y en parte porque utilizar una simple vocal era un engorro logístico, E decidió cambiar de nombre artístico. Carter sugirió Eels, con el argumento de que al compartir inicial sus álbumes viejos y futuros estarían colocados de manera correlativa en las estanterías de las tiendas. Error de cálculo: los Eagles y Earth Wind & Fire poseen una amplia discografía.

Para definir la identidad de Eels, E se rodeó de un batería y un bajista, y el trío comenzó a ofrecer conciertos en diferentes antros de Los Ángeles. Para entonces, un viejo conocido de E, DJ de una radio local, ya pinchaba Novocaine for the Soul en las ondas. Se generó cierto hype en la escena alternativa, y al cabo de unos meses eran varios los sellos que cortejaban a E con suculentos contratos, una situación surrealista después de tantos desprecios.

Tras desestimar otras ofertas, Eels se convirtieron en el primer fichaje de la recién inaugurada DreamWorks Records. Y en 1996 lanzaron Beautiful Freak, con joyas como My Beloved Monster o Flower, y que se erigía en conjunto como un imponente arranque a una trayectoria especial.

Beautiful Freak fue un éxito, pero ya se sabe: unos días eres la paloma y otros días eres la estatua. Liz se suicidó la noche antes de la publicación del disco, y el cáncer se cebó con Nancy mientras E se embarcaba en su primera gira, obligándole a volar de regreso a Virginia en sus pocos días libres. Aquellas demoledoras experiencias terminarían moldeando el segundo disco de Eels, Electro-Shock Blues, así titulado en recuerdo de la agresiva terapia a que Liz se sometía en sus peores fases de depresión.

Para E, Carter se había convertido en una figura paternal. Por eso fue tan difícil de digerir su opinión del álbum: “Nadie quiere escuchar un disco sobre la muerte”. En aquel instante E cayó en la cuenta de que Carter siempre sería su amigo, pero no podía continuar como su representante. Electro-Shock Blues no era un disco sobre la muerte. Al contrario. Hablaba de la vida. De lo realmente jodida que es, de todo el sufrimiento que implica, pero de lo mucho que vale la pena.

Los mandamases de DreamWorks supieron reconocer la carga de emoción que impregnaba Electro-Shock Blues. Era imposible no rendirse ante canciones como Last Stop: This Town, Cancer for the Cure (incluida luego en la banda sonora de American Beauty) o, sobre todo, la conmovedora P.S. You Rock My World, que arranca con un verso poderosamente evocador: «Estaba en un funeral. El día que me di cuenta. De que quiero pasar el resto de mi vida contigo».

Incomprendido por la industria discográfica

La crítica musical no escatimó elogios hacia Electro-Shock Blues, y eso generó una enorme expectación en torno al siguiente disco de Eels. Por alguna extraña razón, no obstante, los directivos de la discográfica se sintieron defraudados con Daisies of the Galaxy. Es un álbum aparentemente más liviano, pero con innegables dosis de genio atormentado. Contiene canciones, como Grace Kelly Blues o Daisies of the Galaxy, que epitomizan la esencia de Eels. Melodías que te besan en los labios vestidas con letras que te clavan un puñal en las entrañas.

Después de Electro-Shock Blues, DreamWorks esperaba temas más vibrantes y pegadizos para seducir en la radio. Un tema como Mr E’s Beautiful Blues. E había escrito y grabado esa canción mucho después de completar Daisies of the Galaxy¸ y no tenía ninguna intención de incluirla en el disco porque rompía completamente con su hilo conceptual. Sin embargo, la compañía fue inflexible: no editaría el álbum, que llevaba siete meses acumulando polvo, salvo que Mr E’s Beautiful Blues se incluyera como bonus track. En esta ocasión, y después de negociar 20 segundos de silencio antes de la pista oculta, E cedió a los deseos de los encorbatados.

Quizá esa capitulación le dejó mala conciencia. Quizá fueran las turbulencias amorosas por las que atravesaba en la época. La cuestión es que con el inicio del siglo XXI E sintió la necesidad de tomarse un respiro e ingresó en un centro de meditación ubicado entre la espesura de un bosque en California. No tenía permitido hablar ni leer o escribir durante diez días.

Y de repente, en medio de la terapia, surge la inspiración. E, incapaz de sacudirse las musas, se escabulle en plena madrugada para robar el único utensilio de escritura disponible en todo el complejo: un lápiz en el cuarto de baño que los empleados usan para apuntar los turnos de limpieza completados. Como no puede robar también la hoja de servicio, E recurre al cartón de un rollo de papel higiénico. Y clandestinamente comienza a escribir versos que luego evolucionarán hasta convertirse en Souljacker.

Se trata de un nuevo disco más agresivo y feroz. E se dejó crecer la barba y adoptó un álter ego barbudo, el Dog Faced Boy que protagoniza la canción inaugural del álbum. Hay fogonazos como la canción que da título al LP, divida en Souljacker Part I y Souljacker Part II, y un himno sublime como Fresh Feeling. Sin embargo, la acogida en DreamWorks volvió a ser gélida. No estaban preparados para un sonido tan corrosivo y provocador. Esta vez E no sucumbió a las presiones e insistió en no alterar el producto final. Souljacker se lanzó primero en Japón y el Reino Unido, y no llegó a Estados Unidos hasta seis meses más tarde. Las excelentes críticas que recibió entonces el disco dibujaron una sonrisa sardónica en el peludo rostro de E.

Envalentonado por el triunfo en esa pequeña batalla, E empezó a trabajar en su proyecto más ambicioso, un disco escurridizo al que llevaba años dándole vueltas de manera intermitente. Y cómo no, cuando los Eels por fin se reunieron para trabajar en serio en ese álbum, lo que surgió fue uno completamente distinto, Shootenanny! Es una obra creada en apenas diez días y por tanto desbordante de una frescura manifiesta en Saturday Morning o Rock Hard Times. Y para los sibaritas, Love of the Loveless.

Irónicamente, DreamWorks expresó al principio enorme entusiasmo por el disco. Pero se desvaneció al confirmarse que el sello se hallaba al borde de la quiebra y necesitaba hacer caja. Eels son una banda de culto, no una máquina de ganar dinero, y en una situación de crisis su música no interesaba a los contables.

DreamWorks fue finalmente vendida a Universal, donde directamente despidieron a Eels. Al cabo de años de desvelos, E por fin había completado su obra maestra, Blinking Lights and Other Revelations, un doble disco de sentimientos a flor de piel, cargado de reflexiones profundas y de una amargura que desprende pese a todo una irresistible vitalidad. Trufado de pasajes instrumentales para dar fluidez y respiración, el disco presenta incluso rarezas como Going Fetal. Para este tema, E contaba con la promesa de Tom Waits de colaborar, aunque a distancia. Le envió a su domicilio una cinta con dos pistas grabadas e instrucciones precisas sobre qué hacer en las otras dos para cerrar la canción. Pero Tom Waits es Tom Waits y se pasó por el forro las directrices: borró accidentalmente la voz de E y se limitó a grabar en su baño berridos como los de un bebé llorando.

Esa historia podría haber sido un poderoso reclamo, pero Universal ni siquiera quiso escuchar el disco. Indemnizó a E por rescisión del contrato y le invitó a buscar otro sello con el que publicar su maldito doble disco. Ese sello fue Vagrant Records y el álbum salió al mercado en abril de 2005 con dos piezas de calibre. Railroad Man es una exquisita canción de añoranza y confesión de las dificultades para adaptarse a una realidad siempre cambiante. Things the Grandchildren Should Know es quizá el más emblemático de los temas de Eels, y no en vano da título a la autobiografía que E publicó en 2008 y que en España editó Blackie Books como Cosas que los nietos deberían saber. La canción, narrada en primera persona, habla sutilmente de su traumática vida, de su carácter un tanto huraño y, sobre todo, de su relación con su padre, al que por fin ha comprendido y por tanto ya puede perdonar.

Grabar un disco después de Blinking Lights era como rodar una serie después de haber firmado The Wire. Eels tardaron cuatro años en regresar, pero lo hicieron con tres discos publicados en un intervalo de apenas 14 meses. E concibió una trilogía cuyo nexo argumental es el amor. Hombre Lobo habla de deseo y lujuria, y todo el guitarreo remite a las primeras chispas de un romance, con procacidad en canciones como Fresh Blood o Prizefighter. E adoptó la voz de un licántropo, evolución de aquel chico con cara de perro de Souljacker, y recuperó la barba, que se había afeitado cuando los controles de seguridad en los aeropuertos se volvieron insoportables en la psicosis post 11-S. Su vello facial levantaba sospechas, pero al recuperarlo en todo su esplendor aprovechó para asentar verdades y despejar falsos mitos. Por ejemplo, E quiso dejar claro que su barba es tan suave como la barba de un bebé. O que duerme con ella por fuera de las sábanas y no por dentro, como afirmaban los rumores. Y aunque nunca se ha incendiado al encender un puro, sí que ocasionalmente se queda atascada con la cremallera del abrigo. Y duele.

El segundo álbum de la trilogía, End Times, aporta la cara sombría. Es el disco en el que E vuelca las sensaciones de su matrimonio fracasado, arropadas con sonidos lentos, desgarrados. La depresión asoma con especial violencia en la magnífica A Line in the Dirt y su estrofa inicial: «Se ha encerrado en el baño. Otra vez. Así que estoy meando en el patio. Me tengo que reír cuando pienso en lo lejos que ha ido. Pero las cosas ya no son graciosas«. Solo Woody Allen puede utilizar con tanta soltura el humor para retratar la devastadora descomposición de una pareja.

Tomorrow Morning, el tercer disco, es la refutación del anterior. Eels pasan del final de los tiempos a la mañana de mañana, que amanece envuelta en una brisa de esperanza. What I Have to Offer o Looking Up inciden en la noción de que el amor es incontrolable, y que a pesar de todos los desengaños siempre resurge.

Debilidad por las mujeres mentalmente desequilibradas

E es un hombre enamoradizo. En su autobiografía, sin atisbo de épica, repasa varias de sus conquistas y es fácil concluir que su presa favorita son las chicas con un punto de desequilibrio mental. E era un chico extremadamente tímido que solo empezó a salir de su caparazón al ligar con su primera novia. Todo su progreso en habilidades sociales se vino abajo cuando ella rompió por las bravas. Y por eso fue un placer culpable descubrir, una década después, que la joven en cuestión era lesbiana y estaba en tratamiento por su alcoholismo y sus tendencias suicidas.

La segunda novia de E también ejerció una función terapéutica hasta que se mudó de ciudad súbitamente. Con la tercera le pillaron bajando al pilón entre los arbustos del jardín del instituto, anécdota que contribuyó a apuntalar la fama de adolescente conflictivo que E comenzaba a adquirir. Sí, esa reputación que vuelve locas a muchas niñas y que le sirvió para arrimarse a la chica más popular de clase. Pero ella se hartó pronto y empezó a salir con un fantoche al que leía en voz alta las notitas de amor de E. Como si tal humillación se olvidara fácilmente, la chica trató de contactar con E años después, cuando él era ya famoso.

La debilidad de E por las perturbadas continuó en la edad adulta. Y el estandarte de ese fetiche es Anna.

El retiro silencioso en el bosque californiano no era la primera experiencia zen para E. Aconsejado por su terapeuta, en la gira europea de Daisies of the Galaxy había aprovechado un descanso para acudir a una especie de curandero en Hamburgo. En realidad, el tipo regentaba una fábrica de ensaladas orgánicas, y el rollo de recargar las baterías espirituales de los crédulos era un negocio aparte, en B.

Al recogerle en el aeropuerto, el doctor comunicó a E que compartiría las sesiones con otra paciente, una rusa cuyos problemas psicológicos se remontaban a su infancia cerca de Chernóbil cuando se produjo el accidente nuclear. La primera frase que Anna pronunció al conocer a E fue: «Tú no eres guapo». Amor a primera vista.

Según recuerda E, Anna era una mujer cuyo atractivo se basaba precisamente en su franqueza y en su total falta de complejos, exhibida también en cómo untaba con ketchup las tostadas o embadurnaba los burritos con mayonesa. A su capital erótico se añadía un seductor acento, que no era soviético sino de un planeta propio habitado exclusivamente por ella.

E y Anna se casaron tras un breve noviazgo porque sin papeles de boda ella no habría obtenido el visado para viajar a Estados Unidos. El matrimonio fue para E una de las épocas más felices y a la vez estresantes de su vida. Anna era una mujer demasiado intensa, que martirizaba a E por detalles como no haberla llevado a aquel concierto que Nina Simone dio en Los Ángeles poco antes de morir.

El matrimonio naufragó. ¿Qué otra cosa cabía esperar de una pareja que se había conocido en una fábrica de ensaladas orgánicas cuyo propietario era un brujo new age?

El aterrador concepto de la familia

Desde su divorcio E ha recaído en la trampa del amor. En su nuevo disco hay una canción titulada True Original claramente inspirada en un objeto de deseo femenino. Cuando le preguntan quién es la chica, E responde: “No la conoces. Y forma parte de mi pasado, así que da igual”.

E acaba de cumplir 50 años. No se ha vuelto a casar y no tiene hijos. Por eso es tan genial que titulara su autobiografía Cosas que los nietos deberían saber. “No quiero tener hijos. Iré directamente a por los nietos”, bromeaba para desesperación de periodistas con poco sentido del humor. A veces, esa coraza defensiva de chistes cae y aparece el auténtico Mark Everett, con sus miedos y sus complejos. En una entrevista telefónica en junio de 2009, le pregunté si nunca se había planteado evitar que la saga Everett muera con él y tener críos. Y respondió: “Sí, a veces. Pero es una cuestión comprometida. En fin, si echas un vistazo a mi historia familiar comprenderás por qué me aterra la idea. Todo lo que sé acerca de la familia es realmente jodido. Es un asunto complicado”.

A falta de descendientes, E es el orgulloso dueño de un pero llamado Bobby Jr, su más fiel compañero en las sesiones de grabación de su último disco, Wonderful Glorious. Se trata de un álbum diferente a todos los anteriores por el solo hecho de que E no tenía un plan preconcebido y renunció a su tradicional monopolio sobre el control creativo, delegando en el resto de los Eels. El fruto de la improvisación es un álbum espontáneo donde convive la lírica de On the Ropes con la osadía de Wonderful Glorious, última pista del disco homónimo y que sería perfecta banda sonora para una blaxploitation dirigida por Tarantino.

Ocupado con la gira, E no valora de momento escribir un segundo volumen sobre su vida. En sus últimas canciones también trata de contar historias ajenas, aunque a veces sus letras se revelan proféticas y tiempo después acaba viviendo las situaciones que describe. Por eso, según declaró recientemente, ha empezado a trabajar en un tema titulado Yo y las chicas desnudas sobre la pila de un millón de dólares.

Esa canción no se incluye todavía en el set que Eels tocarán este fin de semana en España. Habrá rock salvaje, aullidos nacidos de la púa Herco Flex 75. Y probablemente algún momento para la introspección, para recordar que la vida es muy puta pero es una suerte poder devorar cada momento. E lo sabe, y por eso da gracias de que la bola roja con su nombre inscrito aún no se haya roto.

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17 Comentarios

  1. con la lectura de este artículo recupero la fé en la facción musical de Jotdown, tan decepcionante en las últimas entregas… excelente introdución a la tormentosa vida de un artista disperso e irregular, que cuando encaja una colección de canciones como las que figuran en su disco de este año, Wonderful Glorious (con True Original a la cabeza), nos hace tocar el cielo… gracias, sr Casillas

  2. Zacatecas

    De todas formas, 6/8 del «reportaje» son un resumen del libro de Mark Everett. Que tiene su mérito, claro, pero…

  3. Toda la razón Zacatecas…reproduce en exceso el libro..para los que no lo hayan leido…lo destripa….

  4. Esta noche lo veré en Barcelona. Me ha venido muy bien toda esta introducción al personaje, ya que normalmente no suelo informarme demasiado de la vida personal de los artistas, pero este la vida de este tipo no tiene desperdicio literario. Pobre, igual hubiese preferido una vida más normal.

  5. Deberíais de haberlo titulado con un «Alerta de spoiler».Me encantó el libro y este artículo, aunque acertadísimo en lo musical, es un mal resumen de lo que el texto narra (y digo mal porque se pierde todo el estilo literario tan fresco que tiene la autobiografía).
    Hay que tener cuidado con esta cosas.

  6. Pingback: Lecturas de Domingo | Maven Trap

  7. Maestro Ciruela

    O sea que, aquí, todos los temas que se desgranan están copiados por los colaboradores de Jot Down de otros artículos o libros foráneos; vaya, que no hay una auténtica investigación y erudición sobre los asuntos que se están tratando. ¿Es eso…?

    • Una pizca de opinión bien fundamentada, algún dato interesante recabado por el autor y bastante gracia en la escritura. Y gratis. No jodamos.

  8. los ecos del libro del sr Everett han sido suficientemente difundidos por sus seguidores, de forma que cualquier interesado puede hacer referencia a sus mas sabrosos cotilleos sin haber accedido al mismo… los que lo conocen de primera mano, muy bien, felicidades, pero hacer de ello un marchamo de exclusividad, los define suficientemente… el autor del artículo, bien puede haber leido el dichoso libro, como haberse informado en revistas, foros y blogs especializados… en cualquier caso y mas allá de los detalles biográficos mas escabrosos del bagaje del artista, lo que importa es lo que suena, algo que por aquí no parece ser motivo de comentario alguno

  9. No conozco a Fran Casillas, pero es una pena que se prodigue tan poco. Convierte los temas que toca en algo magnético, independientemente del interés previo del lector. Bravo.

  10. Leí el libro en verano y me pareció angustioso en algunas partes, pero gracias a este artículo he podido recordar realmente la esencia de la autobiografía. Enhorabuena.

  11. Pingback: Mr. E es Mark Oliver Everett (Eels)

  12. Juan Miguel

    Efectivamente, para los que hemos leido el libro, el articulo aporta poco, y desde luego me ha parecido notorio que la opinión personal del autor no coincida en las valoraciones de los albums y canciones de Mr.E, tanto es así que me dá que las ha tomado prestadas de algun sitio.
    Por otra parte, ya era hora de un artículo sobre esta banda, así que enhorabuena por la elección.

  13. Pingback: 96. Eels: Novocaine for the Soul | ongakumymusic

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