José Antonio Montano: La gran novela de Arcadi Espada

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En nombre de FrancoArcadi Espada es desde hace tiempo nuestro mejor columnista, el maestro del columnismo más difícil de todos: el de ideas. Mientras que los demás columnistas (¡ahora tengo que incluirme!) tomamos con mucha suerte una idea y la mareamos hasta llenar el espacio requerido, Espada suele dispensar unas cuantas en cada columna. Por lo general, originales. Y encarnadas en lo que importa en último término, porque es su materia: la escritura. No se oponen, porque a esta la beneficia la idea: le quita grasa. La escritura de Espada es una escritura con tics, pero sin grasa. Suavemente amanerada, ágil y punzante. Para mí es también hoy nuestro mejor escritor. (Estas pontificaciones, naturalmente, las determina el gusto; así que pueden cambiar “mejor” por “el que más me gusta”).

El lector que no lea solo El País, que lo ignora (pobre destino el del periódico que, en menos de diez años, ha prescindido de Félix Bayón, Enric González o el propio Espada, y ha dejado escapar a Jabois), sabe que nuestro autor ha publicado un buen libro: En nombre de Franco. Para los arcadianos es un festín, y para mí, que soy un arcadiano con ciertas ganas, es un festín doble. Luego se verá. Se trata, por resumir, de un libro magnífico; ejemplar en varios aspectos, el primero de los cuales es la conciencia del carácter marginal de su asunto. Esto le resta melodrama y le otorga tragedia. Espada advierte desde el principio de que, aunque el diplomático Ángel Sanz Briz y sus colaboradores de la legación española en Budapest en 1944 salvaron a unos 3000 judíos, los exterminados en aquellos años fueron seis millones: “El periodismo trabaja siempre en la cruz que forman lo importante y lo interesante. La historia de Sanz Briz, como la de otros héroes del invierno de Europa, es interesante. Pero mucho menos importante que la de las masas enormes y mudas de cadáveres que nadie pudo salvar”. Solo en Hungría las cifras abruman: medio millón de judíos asesinados en tres semanas; 700.000 en total durante los pocos meses en que dominaron los nazis, hasta la llegada de los bolcheviques. Espada no permite que se evapore este trasfondo y sobre él va elaborando su relato.

Este está compuesto por un viaje, una investigación, una reconstrucción de los hechos y una corrección de falsedades. La elección del título que lo empaqueta, En nombre de Franco, es un caramelo para el aficionado a Espada: porque supone una consignación ajustada del contenido y al mismo tiempo un desafío, un ponerse deliberadamente en la picota, dado nuestro panorama sectario y bobo. Epatar con la verdad: he aquí la especialidad de la casa. A mí me fascina el modo en que Espada logra ser artista y dandi por medio de una renuncia explícita al arte y al dandismo. Como contaba Luis Antonio de Villena en Corsarios de guante amarillo, que es nuestro manual de esto último, el dandi se viste no para atraer sino para repeler. Crea así un vacío en torno, entre ascético y aristocrático, que le reafirma en su singularidad. El título de este libro repele, y Espada ha venido soplándolo como un matasuegras en todas las entrevistas, como cuando Oscar Wilde exhibía su traje estético. El juego de Espada está en hacerse fuerte en las limitaciones del periodismo: en escandalizar no con la imaginación sino con la realidad. En este caso, fue una realidad que los héroes de Budapest actuaron en nombre de Franco. El espíritu dandi de Espada se manifiesta, pues, en escoger la realidad adecuada en el armario de las realidades.

Aquí se trataba de deshacer dos engaños: el de que Sanz Briz y sus ayudantes actuasen por su cuenta y no de acuerdo con el gobierno franquista; y el de que el italiano Giorgio Perlasca, que continuó con la labor de Sanz Briz una vez que este se hubo marchado de Budapest, fuese el gran protagonista de la historia. Espada aporta documentación que desmiente lo primero; y señala que no existe documentación que suscriba lo segundo. El efecto de ambas desvelaciones resulta irritante. La primera porque nos obliga a admitir huecos de bondad (aunque fuese, como recalca Espada, por interés) en la maldad del franquismo; la segunda porque desmonta una historia brillante en favor de otra más gris. Es este eje enjundioso el que le da potencia al libro. El que lo convierte en una obra arriesgada, valerosa y compleja: con la hermosura seca y contradictoria, incómoda y en el fondo impasible, de la verdad.

Sobre la temática concreta del libro, en cualquier caso, ya se está hablando mucho. Yo quiero darle una vuelta insidiosa, porque mi admiración por Espada también lleva su pique. A mí me interesa menos el periodismo que la literatura. Y si Espada me gusta tanto es por su literatura. Yo acepto la moral periodística que se autoimpone, pero como si fuese (desde mi percepción) un requisito estético. Acepto igualmente como un valor la renuncia a la ficción: pero por los efectos literarios de tal renuncia. Como lector de literatura aprecio que lo que haya en la página sea un reflejo, una manifestación en palabras, de lo que ha ocurrido fuera. Pero lo aprecio porque refuerza la página: porque le da, por así decir, una sombra de vida. Volvemos al principio: la verdad, como la idea, le quita grasa a la escritura. La renuncia a la ficción es una excelente medida higiénica. Siempre que se sea consciente, como lo es Espada, de la primera realidad de la página, que es la escritura misma.

El juego que mantengo por mi cuenta, aunque parece que se trata ya de un juego andaluz, es el de alabar las cualidades novelísticas de En nombre de Franco. Una subtrama, o una trama latente, de este libro es el combate de Espada con la novela, a la que llama “la Deplorable”. Aunque es un combate que tiene su lado de cortejo. Su fijación no puede ser gratuita: tiene todas las trazas de constituir la defensa contra una tentación. Defensa justificada, porque los momentos en que Espada roza el género, cuando incurre en debilidades como la de usar la segunda persona para dirigirse a Perlasca, son los menos logrados (en realidad, los únicos menos logrados) del libro. Más allá de que en realidad no sea un combate contra la novela sino contra un tipo muy específico de novelas (por más que Espada use el término para referirse a todas: del mismo modo que usa equivocadamente la palabra faction, que significa en inglés justo la mezcla de fact y fiction), se trata de un combate precioso. El objetivo es restituir al personaje menos novelesco, Sanz Briz, el “héroe diplomático”, y desinflar al novelesco, Perlasca. Para lo cual Arcadi Espada se convierte pasajeramente en Arcadi Perlasca. Pero hay una suerte de venganza, no menos preciosa. La única cualidad novelesca de Sanz Briz, la de su supuesto adulterio (de hecho, la cualidad más novelesca posible: en ella se funda casi toda la novelística del siglo XIX), es la que más problemas ha terminado acarreándole a Espada. Sobre el final del libro además, como quien no quiere la cosa, Espada anota una confesión que lo asimila a El malogrado de Thomas Bernhard. A propósito del novelista Stephen Vizinczey escribe: “mi gran húngaro , el hombre que me enseñó tanto sobre la literatura que no tuve más remedio que dejarla”.

En nombre de Franco puede leerse, pues, como una novela: es también una gran novela. Una novela que parte de un gesto de raigambre vanguardista: la negación de la novela. Con un personaje principal, que es el que habla en primera persona, el que anota sus impresiones y sus pensamientos, e investiga; y otros personajes, deliberadamente no inventados (incluido “el inverosímil Campos”, ese Watson que, al mencionar sus calcetines, se convierte en el Pilar Urbano de sí mismo), a los que solo podemos acceder por medio de su rastro objetivo, los documentos y los recuerdos de otros a los que sí se accede. La intimidad, higiénicamente, permanece velada. No hay fantaseo ni imaginación (más allá de la minuciosa imaginación de cada construcción verbal), sino un acople a la vida. Esta decide, en último extremo, el argumento: fragmentario y confuso, inconveniente en ocasiones, frustrante, insatisfactorio. En comparación con estas premisas, qué blandos me parecen casi todos nuestros novelistas declarados, con sus historias flojas y sus aburridos mundos propios. Mi convicción es que no habrá una novela fuerte que no se tome en serio los reparos de Arcadi Espada. La realidad es el gran ariete contra la retórica.

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