Amores cinéfagos: Lauren y Humphrey, pasándolo bien

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Humphrey Bogart y Lauren Bacall 2

“Creo que lo vamos a pasar muy bien juntos”
Humphrey Bogart a Lauren Bacall

“Bacall recordaba lo bien que se lo habían pasado juntos, su ingenio, su gran sentido del humor. Era difícil, de ninguna manera una persona fácil de tratar, pero ellos sencillamente encajaban”
Peter Bogdanovich

Sí, Humphrey Bogart era un tipo difícil. Esquinado. Con las consuetudinarias copas de más podía ponerse borde hasta agotar paciencias ajenas que, en alguna ocasión, incluso se trasmutaban en puñetazo; podía llegar a la rabiosa pataleta infantil; podía ser cruel mediante un sarcasmo que se volvía más vitriólico y ofensivo a cada trago; podía montar números públicos de ridícula celopatía; podía convertirse, en fin, en el perfecto apologeta de la mezquindad. Abundan las anécdotas al respecto. Y, sin embargo, era un tipo querido. La explicación tiene mucho que ver con la básica ley de la compensación que rige las relaciones afectivas más higiénicas. Bogart era un coñazo cuando bebía más de la cuenta (y durante años lo hizo casi a diario) pero, al mismo tiempo, tenía unas cualidades que no pasaban inadvertidas a las personas inteligentes que le rodeaban y que compensaban los momentos malvados. Era franco en la medida en que uno puede serlo en el mundo moderno (especialmente en el microcosmos depredador de Hollywood), de especial sentido del humor, despreciaba la hipocresía sistemática, la grosería, era generoso (aunque también se comenta que en cuestiones de dinero era devoto de la virgen del puño), sabía hacer y devolver favores y no le importaba exhibir sentimientos (vamos, que lloraba en las bodas, bautizos y comuniones) ni disculparse cuando era menester. En definitiva, no era difícil advertir que sus salidas de tono se debían, sobre todo, a una inseguridad y frustración que no pudo contener hasta pasados los 40, cuando además conoció a una modelo y aspirante a actriz de 19 años llamada Betty Joan Weinstein Perske, que el mundo conocerá como Lauren Bacall. Hasta entonces su vida personal y profesional había sido, cuando menos, tortuosa.

Bogie iba para niño pijo antes de que la Primera Guerra Mundial le llevara por derroteros más chulapones. Se alistó a la Marina y combatió en alta mar. Parece ser (y así lo constatan sus biógrafos A.M. Sperber y Eric Lax) que, en un ataque de un submarino alemán, una astilla le rasgó el labio y le dejó una herida que marcaría su singular manera de masticar las palabras y escupir frases sulfúreas. Pero todavía quedaba mucho camino por recorrer. De momento debía conformarse con disimular su particularidad en los mil papeles de lechuguino con los que se formaba sobre las tablas y en películas olvidables. Su primera interpretación musculada fue la del forajido Duke Mantee en El bosque petrificado. La Warner Brothers olió una buena película en aquella obra de teatro, así que contrató a su protagonista, Leslie Howard, para encabezar la versión cinematográfica. Howard se sorprendió de que al estudio no le interesara lo más mínimo contar con Bogart para encarnar a Mantee. Presionó hasta conseguir que, muy a regañadientes, Jack Warner se aviniera a contratarlo. En las escuetas y descarnadas memorias Lulú en Hollywood, la actriz Louise Brooks esboza un retrato nada amable de Bogart. De hecho se pregunta cómo un tipo de la excelencia moral de Howard pudo preocuparse e involucrarse de esa manera en la carrera profesional del taimado Bogie. La animadversión, empero, no ofusca la perspicacia:

Superficialmente, el carácter de Humphrey y su estilo de vida se parecían tan poco a los de Leslie Howard, tan seguro de sí mismo y tan dispuesto, que es difícil comprender qué llevó a Leslie a convertirse en su guía y paladín. Creo que fue la constatación de este amenazante esfuerzo que Humphrey dejaba traslucir lo que conmovió el corazón de Leslie y le llevó a forzar a Jack Warner para que le diera a Humphrey el papel de Duke Mantee en la versión cinematográfica de El bosque petrificado. Y lo que es más, mientras que Leslie, desde el principio de su carrera, había confesado su apatía y había dejado que el actor sosegado y natural que había en él creara sus interpretaciones espontáneamente, fue consciente de que Humphrey luchaba denodadamente contra su debilidad, tratando en vano de emular a la mayor parte de los actores de éxito. Leslie le hizo ver a Humphrey la inutilidad de su intento llegado el momento de actuar sobre un escenario. Y una vez que Humphrey vislumbró la idea de que él también podía llegar a triunfar si era capaz de interpretar con naturalidad, no cejó en su empeño por conseguirlo con la habilidad de un amante.

Después de El bosque petrificado, Bogart entró en nómina de la Warner dando réplica a los grandes de los filmes de gánsteres como Edward G. Robinson y James Cagney. Fue una época dura para Bogart. No solo por repetir incesantemente el personaje de petimetre traidor que moría cosido a balazos en el primer rollo, sino también porque acechaba la temible sombra del encasillamiento. Un pequeño nombre en los créditos de innumerables películas. Asimismo, su llamada vida privada no iba mucho mejor. Se había divorciado dos veces y mantenía un matrimonio en constante ebullición con la actriz Mayo Methot. En un principio, Methot aportó a Bogart una mezcla de seguridad maternal y ardor desinhibido que le vino muy bien al actor para sobrellevar sus fracasos. A los dos, además, les iba la farra empapada de martinis. Les iba demasiado. Se les fue de las manos en todos los sentidos. Los problemas con el alcohol de Methot acabaron siendo irreversibles y las peleas con lanzamiento de vajilla alcanzaron proporciones homéricas. Tanto es así que, en el mundillo de las viperinas hollywoodienses encabezadas por Louella Parsons, pasaron a ser conocidos como los “luchadores Bogarts”.

Solo tienes que silbar

“Sabes que conmigo no tienes que actuar, Steve”
Slim (Lauren Bacall) en Tener y No Tener

Todavía quedaban años para que Bogart pudiera permitirse un no por respuesta. Luchaba por todo proyecto que pudiera acercarle a la cumbre. De aquellos años le quedó la ansiedad perpetua de necesitar siempre guiones sobre la mesa para escoger película. Y gracias a una negativa ajena se hizo con el Sam Spade de El halcón Maltés, ópera prima de John Huston a partir de la novela homónima de Dashiell Hammett. El actor George Raft había rechazado el papel por no querer trabajar con un director novato. También su propio empeño y las negativas de otros lograron que Bogart consiguiera protagonizar El último refugio de Raoul Walsh, penúltimo escalón antes del éxito. Justo antes de su consagración en Casablanca. Como señalan Sperber y Lax en la mentada biografía del actor:

Casablanca hizo a Bogart; Bogart hizo a Casablanca. Con esmoquin blanco o con trinchera y sombrero de fieltro, se convirtió en un nuevo y oportuno símbolo del norteamericano de después de Pearl Harbor: duro pero comprensivo, escéptico pero idealista, traicionado pero dispuesto a creer y, sobre todo, enemigo letal en potencia (…) El acento no se ponía ya en la juventud, sino en el refinamiento y la sabiduría que llegan con la madurez. La exuberancia daba paso a una melancolía que impregnaba hasta la más trepidante historia de acción. En las interpretaciones de Bogart estaba presente una ironía nacida de la experiencia, indicio de un pasado problemático que no se comparte con el público y de una visión del mundo esencialmente sombría, muy de acuerdo con el momento histórico.

La primera vez que se encontraron Bacall y Bogart fue en el plató de Pasaje para Marsella, film que reunía buena parte del elenco de Casablanca y que pretendió inútilmente repetir el éxito de esta última. El encuentro fue urdido por el director Howard Hawks, que tenía entre manos la adaptación de Tener y no tener, según la novela de Ernest Hemingway. El proyecto nació de una charla entre director y escritor: “voy a convertir tu peor novela en una buena película”, aseguró el cineasta. Para ello, Hawks contó con la colaboración de Faulkner en la elaboración del guión. Y trajo de Nueva York a una joven modelo de mirada arseniosa. Bogart vio en ella unas bonitas y largas piernas. A Bacall no le impresionó Bogart ni tampoco se encontraba entre sus actores preferidos, según propia confesión. Pero todo cambió durante el rodaje de Tener y no tener. Para desesperación de Hawks, que se afilaba los dientes ante la perspectiva de llevarse a la chica al catre y convertirla en la renovada personificación de las féminas Hawks: mujeres duras y capaces de lidiar en un mundo de tíos de acción con sus particulares códigos morales. Aun así, la relación de Lauren y Humphrey no fue, al principio, nada fácil. La madre de la actriz se oponía a que su hija se viera con un hombre casado y más de 20 años mayor que ella. Por su parte, la Methot empezó a olerse la cosa. De hecho, Bacall pasó a ser conocida como “el resto del reparto”, ya que era la excusa que ponía Bogart a su mujer cuando desaparecía con la joven (ex)virgen: “voy a tomar unas copas con el resto del reparto”. A juicio de Brooks (ya he dicho que su remembranza de Bogart dista mucho de la simpatía), el actor buscó a una chica tierna para afianzar su imagen publicitaria de tipo maduro, seguro y con éxito, de zorro plateado, para entendernos, aunque fuera con alzas y peluquín. Ella, por su parte, sería un glaciar que calcularía su pasaje a la fama en el idilio con el actor. Puede que se juntaran el hambre con las ganas de comer. Sin embargo, esta vez la apreciación de Brooks me parece un brochazo astroso. Dijo Josep Pla que el problema del amor radicaba en “atrapar la cerradura precisa de la llave”. Y es natural que cuando la llave encaja en la cerradura uno espere que la puerta dé a una estancia limpia, espaciosa y cálida, en la que poder pasar la vida lo más cómodamente posible. Me parece inteligente que los intereses cuenten en el amor. A la joven Bacall no le faltaba inteligencia. Y a Bogart, pese a su encrespado romanticismo, le sobraba edad y escepticismo para incurrir en historias tempestuosas. Además, la electricidad entre ambos en pantalla es innegable. Menos visible en El sueño eterno, también dirigida por Hawks a partir de la novela de Raymond Chandler. Tanto es así que llamaron al guionista Philip G. Epstein (uno de los hermanos que aportaron la pincelada genial a la escritura de Casablanca) para que reescribiera algunas escenas y les diera el brío oral necesario. Así se fraguó el cachondo diálogo de las carreras de caballos. Puro ingenio calenturiento.

El mayor grado de diversión

“Con el sexo se puede alcanzar el mayor grado de diversión posible, sin tener que reírse”
Humphrey Bogart

Como era de esperar el duro Bogie lloró en su boda. A “Slim” Bacall le regaló un silbato en memoria de la película que los convirtió en pareja. Había terminado la Segunda Guerra Mundial y el actor estaba dejando paso al mito. La confusión entre Bogart y Rick Blaine, la adopción del personaje cínico pero noble, duro y a la vez tierno, gabardina y stetson calado, cigarrillo moribundo en la comisura, empezaba a calar en el imaginario de los mitómanos. Unos años más tarde, Albert Camus, rendido admirador de Bogart y que recuperó su iconografía para el existencialismo, escribió: “Vulnerable pero obstinado, injusto pero apasionado de la justicia, que hace su trabajo sin vergüenza ni orgullo a la vista de todos, siempre dividido entre la pena y la belleza…” También es verdad que el comprometido Bogart no tuvo precisamente una actuación lucida en el Comité por la Primera Enmienda, una iniciativa a cuenta de la farándula que se oponía a la malhadada caza de brujas del macartismo. Cuando advirtieron al actor que la cosa iba en serio no tardó en declarar públicamente que había sido víctima de los engaños comunistas. Es comprensible que, tras tantos años de ninguneos y de lucha por su lugar en el sol de Hollywood, se resistiera a poner en peligro su estatus aunque fuera por una causa justa. Esta salida por la tangente incluso se la reprocha su hijo Stephen Bogart en el interesante En busca de mi padre, ensayo/exorcismo sobre la agobiante ausencia paterna. Y digo ausencia porque Stephen nació cuando Bogart estaba a punto de cumplir los 50, y moriría ocho años después a causa de un cáncer de esófago. Así que la pelea generacional de Stephen es con un espectro, con el hombre que, según él, no le proporcionó una infancia como la de los demás niños. Es cierto que, entre el florilegio de sentencias etílicas que se le atribuyen al actor consta la célebre: “¿Qué se puede hacer con un niño, si no bebe?” Pero también es verdad que Bogie disfrutó de la paternidad y que, probablemente, tanto para Stephen como para su hija menor Leslie (en homenaje divertido a su amigo Leslie Howard) hubiera sido un buen padre/consejero a partir de la adolescencia.

Si Bacall siguió una carrera irregular, pese a llegar a ser una actriz notable, la década de los 40 y la de los 50 proporcionaron a Bogart sus trabajos mayores. Más allá de las citadas películas que jalonaron su trayectoria, hay que mencionar La senda tenebrosa, Cayo Largo (ambas con Bacall), El tesoro de Sierra Madre, El motín del Caine, La condesa descalza o Más dura será la caída. Con La Reina de África consiguió, por fin, el Oscar. Fingía desdén por la estatuilla, pero cuando dijeron su nombre como mejor actor reaccionó de la manera menos esperada en un tipo duro: dando saltos de alegría, corriendo nervioso hacia el escenario y agradeciendo el premio entre sollozos emocionados al mundo entero. En la última década de su vida también tuvo algún tropiezo monumental. Sabrina, de Billy Wilder, ha quedado como una obra fallida de un director inmenso y un actor excelso que chocaron con todo el peso de sus egos afilados. Ciertamente, a Bogart no le faltaba razón cuando reprochaba al director que aquel cuentecillo de hadas no iba a ninguna parte. Además era muy descarado el vacío que William Holden, Audrey Hepburn y el propio Wilder le hacían durante el rodaje. Como cuenta el propio Wilder en su libro de conversaciones con el crítico y director Cameron Crowe, con Holden casi se parte la cara. Y a Wilder llegó a acusarlo de nazi, desconociendo que buena parte de la familia del director (incluida su madre) habían muerto en los campos de exterminio nazis. Desafortunado. Y muestra de que Bogart, cuando quería, podía llegar a ser un bocazas impresentable. De hecho (y puede que la experiencia de las dos guerras mundiales influyera) mantenía una especie de germanofobia geográfica y racialmente imprecisa. Todo lo que oliera a centroeuropeo era sospechoso. Deletéreo.

En cualquier caso, una de las interpretaciones más logradas de Bogart se debe al guionista Steele de En un lugar solitario, una de mis películas de cabecera, dicho sea de paso. La furia y el tormento, la abisal desolación del personaje fue un buceo en las propias contradicciones del actor. Por aquel entonces (explica Bacall en sus memorias) Bogart le montó un pollo atrabiliario digno de Steele. La crisis se salvó por los pelos, pero, no por ello, la actriz dejó de recordar el momento como “asqueroso”.

Pero, a diferencia de Steele, Bogie ya no estaba para trágicas autodestrucciones. Gustaba de jugar al ajedrez con Romanoff (propietario de uno de los restaurantes predilectos de Bogart y que calificó al actor como “un tipo de primera clase que se empeñaba en parecer de segunda”), al bridge, navegar en su embarcación Santana y coger unas cogorzas moderadas con los amigos. De hecho, el primer Rat Pack se formó en torno a Bogart: David Niven, Judy Garland, Katharine Hepburn, Spencer Tracy y Sinatra, quien, según Bacall, plagió aquella ocurrencia de comparar con las ratas al grupo resacoso. En el último año de enfermedad de Bogart, Sinatra siempre estaba ahí, consolando a la abatida esposa. Después de la muerte del primero, Bacall y el cantante mantuvieron una relación que acabó como el rosario de la aurora. Sinatra, según parece, iba a lo que iba, mientras que la actriz buscaba recuperar una relación afectiva estable. La protección perdida. No le fue mucho mejor en su matrimonio con Jason Robards, actor de talento inmenso que, a diferencia de Bogart, nunca supo atemperar su dipsomanía.

Bacall siguió viviendo sola (si lo hizo acompañada fue de manera circunstancial), cultivando una imagen de elegancia e inteligencia que se lleva mal con las delicuescencias hollywoodienses. De aquellas lejanías de Tener y no tener queda el momento en que un comentario cándido de la joven actriz topó con la réplica sardónica de Bogart. Bacall abrió unos ojos furiosos, bufó las aletas de la nariz, apretó los dientes y… estalló en una inmensa carcajada.

Humphrey Bogart y Lauren Bacall

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22 Comentarios

  1. A mi también me encanta «En un lugar solitario». Me parece triste y aterradora. Y esa Gloria Grahame, sufriendo como siempre, la pobre…

  2. Muy bueno, Jordi. No le pido aumento porque me gusta pararme del lado de la patronal. Pero toda la serie es muy buena.

    • Creo que nunca hay que estar de la parte de la patronal, pero, aun así, se lo agradezco mucho. Un abrazo, Pablo.

  3. Nunca compartí la mitomanía hacia Bogart. Quizá porque las calles del mundo occidental estaban y están llenas de tipos como él, adocenados, enclenques y con cara de acidez perenne de estómago. A este señor lo imaginaba siempre con boina, faja sujetando bien los riñones, barba de días, colilla incorporada, unas abarcas y un par de mulos con los que se encaminaba a la era para la trilla diaria. Es decir, más que con el glamour de Hollywood, lo asociaba a parientes que teníamos en el pueblo de mi madre.
    ¡Pero ojo! El hecho de que no me tragara nunca ese pretendido carisma masculino que se nos ha querido vender, no quiere decir que me pareciera su carrera un fiasco; al contrario, estaba magnífico en «Casablanca» y en muchas otras, como «El tesoro de Sierra Madre, «El motín del Caine», «Cayo Largo», «Más dura será la caída», etc, etc…
    Siempre ví en él a un excelente actor de carácter que tuvo la suerte de trascender, de lo cual me alegro porque aunque parezca que lo estoy poniendo a caer de un burro (o de un mulo), siempre me cayó bien, incluso cuando no era tan buen actor y acababa siempre acribillado por Gagney o el protagonista de turno.

  4. Buen artículo. Sólo un detalle, el vídeo de la recogida del Oscar de Bogart no parece encajar mucho con: «cuando dijeron su nombre como mejor actor reaccionó de la manera menos esperada en un tipo duro: dando saltos de alegría, corriendo nervioso hacia el escenario y agradeciendo el premio entre sollozos emocionados al mundo entero.»

    http://www.youtube.com/watch?v=VBahEJXUCnI

  5. Para los mitómanos toda la serie de «amores cinéfagos» es delicia pura.
    Los que no lo sean siempre encontrarán un «pero» a los artículos.

    Yo lo soy.
    Infinitas gracias Jordi.
    Más, queremos más.

  6. Me encante Bogart y me ha alegrado mucho leer un artículo tan extenso e interesante en vuestra página.

    Felicidades Jordi Bernal por el artículo y porque en esta página podamos detenernos y leer buen periodismo.

  7. […] supuesto, nada mejor para forjar una leyenda que convertirse en una: su romance con Bogey, demasiado bonito para ser verdad pero que era de verdad (para más detalles obsérvense las fotos […]

  8. Sublime Jordi. Aunque creo que yo le tengo más aprecio a Bogie. El hecho de que triunfase tardíamente en lo personal y profesional siempre me ha parecido inspirador.Saludos.

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