Guillermo Ortiz: La última penetración imposible de Sarunas Marciulionis

Publicado por

Sarunas Marciuloinis

Sarunas Marciulionis era un jugador misterioso en unos cuantos aspectos, digamos que inusual, uno de esos soviéticos fornidos que solo aparecían una vez al año —dos, si la URSS iba al Torneo de Navidad—, enamoraba a todos los aficionados y se volvía a su club de Vilnus, el BC Stayba, con el que nunca consiguió superar el séptimo puesto en la liga ni acercarse a título alguno. El nivel del equipo era tal que en la última temporada de su estrella en Europa, la 1988-89, quedó noveno en la minicompetición lituana que se organizaba paralela a la liga soviética pese a contar ya por entonces con un jovencísimo Arturas Karnisovas como compañero de penurias. En la plantilla se encontraba también Gintaras Pocius, el padre del actual jugador del Real Madrid.

Hablamos, por tanto, de un jugador que era muy difícil de seguir, porque los partidos del Stayba —después, Lietuvos Rytas— no se podían encontrar prácticamente en ningún lado. Sin embargo, había algo mágico en él. Algo muy poco europeo y desde luego muy poco soviético: la voluntad del desacato, una valentía casi temeraria y un físico privilegiado, espaldas y torso voluminosos acompañados de las piernas de un saltarín. Un jugador NBA, en otras palabras, que disputó sus mejores partidos precisamente contra los pobres universitarios americanos que EE. UU. iba mandando a las distintas competiciones. Después de arrasarles en Seúl, en 1988, los Golden State Warriors lo tuvieron claro: ese chico tenía que irse a San Francisco a hacer piña con los Mullin, Hardaway, Richmond y compañía.

Así, un año después, Marciulionis y Alexander Volkov llegaron de la mano a la NBA. El primero, como quedó dicho, a los Warriors; el segundo, a chupar banquillo en Atlanta. Por supuesto, fueron los primeros rusos en jugar la competición americana por excelencia solo que ninguno era ruso: Sarunas era lituano y Volkov, ucraniano, pero eso poco importaba para la prensa y los aficionados estadounidenses. Rusia era Rusia y Rusia era el enemigo. La adaptación de Volkov, un jugador que en Europa sería dominante en la década de los 90, fue costosa; la de Marciulionis, inmediata.

A sus 25 años, Sarunas era un hijo de la glasnost. Le gustaban las camisetas horteras, californianas, se cuidaba el flequillo y era capaz de machacar a una mano en transición como si nada. Petrovic fracasaba en Pórtland, Divac se hacía un hueco en Los Ángeles… y Marciulionis asombraba a todos con 12 puntos anotados de media en poco más de 20 minutos de juego. Por supuesto, el estilo de Don Nelson le ayudaba, aquel famoso run and gun, pero si alguien abrió de verdad la puerta de la confianza a los europeos en la NBA, ese fue Marciulionis, hombre importante en los Warriors, candidato varias veces a mejor sexto hombre de la liga, jugador admirado por los aficionados de San Francisco y patriota leal a su recién independizada Lituania, con la que consiguió la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, aquella ceremonia a la que no pudo asistir Sabonis por la borrachera que arrastraba y en la que todos los demás miembros de la plantilla llevaban unas camisetas tintadas con la calavera de los Grateful Dead, que habían sufragado gran parte de los gastos del equipo solo por su afinidad con Marciulionis y lo que representaba la modernidad lituana frente al opaco aburrimiento soviético.

Aquellos Juegos, a los 28 años, fueron la cima de su carrera. Venía de promediar casi 20 puntos por partido en unos Warriors que enamoraban, pero la desgracia llegó en forma de lesión de rodilla. No cualquier lesión: una lesión devastadora que puso en peligro su carrera y lastró su físico hasta la retirada. Después de promediar 17,4 puntos en 27,9 minutos en los primeros 30 partidos de la temporada 1992/93, Marciulionis tuvo que pasar un año y medio fuera de las canchas y cuando volvió, renqueante, su equipo ya no eran los Warriors sino los Sonics de Shawn Kemp y Gary Payton, justo un año antes de que llegaran a la final de la NBA contra los Chicago Bulls de Michael Jordan.

Sarunas cumplió: casi 10 puntos por partido en menos de 20 minutos. No estaba nada mal, pero la desconfianza en sus rodillas no ayudaba. Los Sonics le traspasaron a los Kings, que era como mandarle al infierno de la NBA, una franquicia condenada a no destacar jamás… hasta que aterrizaron Adelman, Williams y Webber y cambiaron la historia. Marciulionis llegó demasiado tarde y demasiado cojo. Su Eurobasket 1995 había sido prodigioso, un recuerdo de lo que algún día fue. No solo llevó a su equipo a la final contra Yugoslavia sino que estuvo a punto de ganarla: únicamente los 41 puntos de Djordjevic con 9/12 en triples y una actuación arbitral vergonzosa impidieron el sueño lituano.

La final de Atenas 1995 se recuerda como una de las mejores de la historia. Ahí estaban, en plena madurez de su carrera, ni más ni menos que Bodiroga, Divac, Djordjevic, Danilovic, Rebraca, Paspalj, Savic, Sabonis, Marciulionis, Kurtinaitis, Karnisovas, Einikis, el jovencísimo Stombergas y el veterano Chomicius. Una colección de talento que no se repetirá jamás, y entre todos ellos, Sarunas sacando fuerza de donde no había, penetrando contra las torres serbias, luchando por cada rebote, encestando triples como el tirador que no era, corriendo arriba y abajo sin pensar en la rodilla, solo en el orgullo. Acabó con 32 puntos, seis rebotes y seis asistencias. Solo falló tres tiros en todo el partido.

El recuerdo de aquella final es el del equipo lituano negándose a salir al campo después de la eliminación de Sabonis. La sensación de que por fin alguien se plantaba ante la FIBA. Los árbitros pidiendo por favor que siguieran jugando —el partido, por lo demás, había quedado sentenciado con un par de técnicas— y Djordjevic cogiendo a Marciulionis, no a Sabonis sino a Marciulionis porque el líder de ese equipo era él y no el gigantón del Real Madrid, para explicarle que ellos no eran sino piezas del engranaje y que no podían hacerles el feo de impedirles la celebración. Marciulionis aceptó a regañadientes, levantó a sus compañeros y disputó los últimos segundos con los dientes apretados, farfullando, entre lágrimas.

Ese podía haber sido el último baile de Sarunas Marciulionis y habría sido un baile precioso: su segunda medalla con Lituania en dos torneos disputados, pero quiso prolongar su carrera y quizá fue un error. Tenía 32 años pero las rodillas de un hombre retirado. Su campaña en Sacramento fue anodina, como no podía ser de otra manera, y los Kings lo mandaron en verano a los Nuggets. A Sarunas le dio igual: él solo tenía un objetivo en mente, un último reto con el que motivarse: Atlanta 96. Llegar sano a los Juegos Olímpicos, los terceros de su carrera, y al menos poder jugarlos, al menos poder ayudar a la nueva generación de lituanos a llegar lo más lejos posible, sin soñar, probablemente, con el podium.

Aquella Lituania era cuatro años mayor que la de Barcelona. No tenía el atractivo de la transgresión y los Grateful Dead habían pasado a un segundo plano. De aquel equipo del 92 seguían Sarunas, Sabonis, Kurtinaitis, Einikis y Karnisovas. A Khomicius y Jovaisha, dos mitos, les había retirado la edad, y ya aparecían en la convocatoria los temidos hermanos Zukauskas, Praskevicius, Timinskas y el ya debutante en Atenas, Stombergas.

La combinación de juventud y veteranía hacía de Lituania una incógnita. Hay que tener en cuenta que 14 años antes, Sabonis ya andaba jugando campeonatos del mundo con la URSS aunque ahora fuera un rookie de la NBA. Sus tobillos eran dos piedras, pero seguían sosteniendo al equipo ahora que Marciulionis necesitaba algo de descanso y Kurtinaitis no era el tirador ágil de los años 80 y principios de los 90… El grupo que les tocó tenía buena pinta pero se complicó tras la derrota (81-85) contra la Argentina pre-Ginobili, Oberto, Scola, Prigioni y compañía. De hecho, los argentinos acabaron eliminados en esa primera fase. Lituania ganó convincentemente a China y a Angola y perdió tras un buen partido (82-104) contra Estados Unidos, aún inaccesibles.

En el partido decisivo del grupo, contra Croacia, precisamente el que abría la competición, Kukoc, reciente campeón de la NBA y mejor sexto hombre de la liga, se fue a los 33 puntos, uno menos que Sabonis y Marciulionis juntos… pero Lituania consiguió una victoria después de dos prórrogas que se antojaría vital para lograr auparse al segundo puesto. Sarunas anotó una media de 10 puntos por partido y se quedó en el banquillo para reservarse en la derrota ante Estados Unidos y la victoria aplastante contra Angola. Ante la ausencia de un base puro, se dedicó a repartir juego entre sus compañeros, especialmente los muy activos Stombergas y Karnisovas, que tiraban del grupo mientras Sabonis se reservaba a su manera para los cruces.

La disputa por las medallas empezaba en cuartos de final contra Grecia. Los helenos se le habían dado tradicionalmente mal a la antigua URSS pero ya no eran una gran amenaza. En el último partido de su grupo, la Australia de Andrew Gaze les había derrotado por casi 40 puntos de diferencia y eso lo decía todo. Junto a los ya ancianos Fassoulas y Giannakis, destacaba el peleón Sigalas y los pujantes Rentzias y Alvertis, los mismos, casi, que se habían cargado un año antes a la selección española en el Europeo, dejándola sin Juegos.

No hubo partido: Sabonis y Marciulionis se habían reservado para esa noche y se notó: Sarunas volvió a ser el líder de su selección y acabó con 16 puntos, siete asistencias y cinco rebotes en relativamente pocos minutos de juego. Lituania se plantaba en semifinales de nuevo y su rival era… Yugoslavia, esta vez bajo el nombre de “Serbia y Montenegro”.

Los serbios presentaban prácticamente el mismo equipo que había ganado en Atenas y se venían paseando durante toda la competición, casi al nivel del “Dream Team III”. No solo habían ganado todos los partidos disputados sino que el último, cuartos de final ante China, se lo habían llevado por 67 puntos de diferencia (128-61). Qué demonios pintaba China en esa fase ya es otra historia. El duelo por tanto se presentaba desigual y a la vez emocionante. Desigual por el estado de forma de las estrellas de ambos equipos: Djordjevic, Danilovic, Divac y compañía al 100%… Sabonis, Kurtinaitis y Marciulionis con hielo por todo el cuerpo. Un equipo congelado. Emocionante, sin embargo, por el recuerdo del partidazo del año anterior y las cuentas pendientes entre ambos países que no dejaban de ser las cuentas pendientes de la antigua Yugoslavia con la antigua URSS, décadas y décadas de afrentas y venganzas.

El partido fue atroz. En vez de un partido de ataques, como fuera el de Atenas, fue un partido de imprecisiones, pérdidas de balón, tiros fallados uno tras otro y defensas asfixiantes. Un preludio de lo que sería el baloncesto europeo durante la siguiente década, con Zeljko Obradovic al frente del banquillo serbio. Al descanso, el resultado era de 35-31 para Serbia, con un Kurtinaitis estelar que compensaba el horrendo partido de Sabonis y sobre todo Marciulionis. El resto, desaparecidos en combate. Hasta 22 puntos con cinco triples anotó el entrañable “Kurti” a sus 36 años y así, a falta de tres minutos y medio, contra todo pronóstico, había partido: 58-58. Ese era el momento de Arvydas y Sarunas, pero en realidad fue el de Danilovic, que anotó seis puntos seguidos y sentenció la semifinal él solito, dejando claro quién era el mejor jugador de Europa en ese momento junto, quizás, al irregular Toni Kukoc.

Sabonis acabó el partido con 14 puntos y 13 rebotes… pero un pobre 6/15 en tiros, porcentaje especialmente bajo en un pívot. Marciulionis naufragó ante la defensa asfixiante de Danilovic y Djordjevic y en algunos momentos del especialista Sasha Obradovic. Solo pudo anotar cinco puntos con un 2/9 en tiros de campo, aunque volvió a repartir juego como el mejor: otras siete asistencias que le acercaban a convertirse en el mejor pasador del torneo. Serbia pasaba a la final contra EE. UU. y Lituania tenía que jugarse la medalla de bronce contra Australia, sorprendente semifinalista. El último baile para Sarunas Marciulionis había llegado y convenía vestirse de gala.

Aquel era un partido de fin de era y así lo entendió Jonas Kazlauskas, el encargado de liderar la transición en el banquillo tras la marcha de Vladas Garastas. El 3 de agosto de 1996 hasta cuatro jugadores de Lituania superaron los 30 minutos de juego: Sabonis, Marciulionis, Karnisovas y Kurtinaitis. De los demás, solo Mindangas Zukauskas superó los 20 minutos. Los lituanos eran los claros favoritos, pero el encuentro fue un infierno: Marciulionis tuvo que multiplicarse: reboteando, asistiendo, anotando en momentos puntuales… y defendiendo en ocasiones a Shane Hill y en ocasiones a Andrew Gaze, dos tiradores descomunales.

Al descanso, la diferencia era de solo dos puntos, 36-34, promesa de otro partido áspero, disputado hasta el final. La buena noticia: Sabonis estaba enchufado. Enchufado de verdad, como en sus mejores días, acabaría con 30 puntos, 13 rebotes y tres triples de cuatro intentos. Además, Karnisovas había decidido aparecer, que no siempre estaba claro. Con Sarunas dirigiendo la nave —otras nueve asistencias, más 16 puntos—, Lituania empezó a desnivelar poco a poco el partido, pero a arreones que eran contestados a su vez por triples de Gaze y Hill. A falta de 2:18, el marcador era de 71-70, solo un punto para Lituania.

Era la oportunidad, la última oportunidad, y no había un mañana. Esos treintañeros doloridos no habían llegado hasta ahí para volverse con un cuarto puesto a Kaunas. De ninguna manera. Sabonis emergió de nuevo con un 2+1 clave y el propio Marciulionis sentenció con dos tiros libres a falta de 35 segundos. El resultado final: 80-74. Éxtasis lituano. Tercera medalla casi consecutiva, con la excepción del Eurobasket 93. Marciulionis lloraba de rabia y alegría. Su torneo, tal como estaba su rodilla, había sido prodigioso, teniendo además que acostumbrarse a jugar de base puro: 11,2 puntos, 6,3 asistencias, 3,2 rebotes. Por supuesto, nada que ver con el que había impresionado en Barcelona (23,4 puntos, 8,3 asistencias, 5 rebotes… y 3,1 robos por partido) pero suficiente para un jugador semirretirado cuya rodilla aguantaría exactamente 17 partidos y 255 minutos más, los que jugó en su última temporada con los Denver Nuggets.

Después de eso, la retirada y la pregunta eterna: ¿Qué habría sido de él sin las lesiones? Con 28 años le discutía a Petrovic y Sabonis el cetro europeo y sorprendía en la NBA. Siempre bajo el radar de los analistas, que se quedaban con otros, pero con el aprecio y la devoción de sus compañeros, que veían como ese loco de brazos musculosos pegaba un brinco, cogía el rebote o robaba un balón, se lanzaba como loco al contraataque y culminaba con un mate entre dos tíos enormes o sorprendía con un pase imposible para que Chris Mullin culminara. A riesgo de todo. A riesgo de él mismo.

MENSUAL

3mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

ANUAL

30año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

ANUAL + FILMIN

85año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

FOR EVER

120Para siempre
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
PARA SIEMPRE (en un solo pago)
 

12 comentarios

  1. Gran artículo, Guillermo. Un placer recordar a este adelantado a su tiempo por físico y atrevimiento a la hora de aceptar el reto NBA cuando aquello parecía un planeta muy lejano para los europeos.

    Por aquí os dejo un temilla que escribí hace tiempo sobre Marciulionis, Lituania y las camisetas de Grateful Dead.

    http://defensailegal.blogspot.com.es/2013/01/cuando-grateful-dead-patrocino-lituania.html

  2. Siempre fui muy de Marciulionis. Era mi jugador europeo favorito, por encima de Kukoc y Petrovic, a la altura de Sabonis (otro que nadie sabe adónde habría llegado sin lesiones), quizás porque su estilo de juego se parecía al del jugador del que estaba enamorado: Jordi Villacampa. Potencia, elegancia, plasticidad. Sarunas era mejor, desde luego, sobre todo por esa rabia con la que jugaba, que lo hacía imparable. De la terna europea que asombró en los 90 en la NBA fue quizás el menos destacado a nivel mediático. Probablemente los inicios en un equipo muy modesto, que comentas en el artículo, tuvieran mucho que ver.
    Siempre recordaré esa final del Eurobasket como el mejor partido de baloncesto que haya visto jamás. Una maravilla para cualquier amante de este deporte mágico. El final fue injusto. David no venció a Goliat, pero para los no implicados emocionalmente (los neutrales íbamos todos con Lituania, qué caray) el triunfo de una Yugoslavia excelsa fue anecdótico; lo importante fue la belleza que ambos conjuntos exhibieron durante los 37 minutos en que hubo final. Excelente artículo. Saludos.

  3. Como dice Marcos, un gran artículo. Eso si, me ha devuelto el malestar y la impotencia que sentí ese día. ¡Que asco! No me extraña que, aún a día de hoy, me alegre tanto cuando pierde esta selección.

  4. Gracias por hacernos revivir estos maravillosos tiempos ,a los que vivimos y seguimos el baloncesto en aquella época.

  5. Cotorrita

    Rock & roll del Este. Bigotudo.

  6. Pingback: La última penetración imposible de Sarunas Marciulionis | Artículos de Basket

  7. Arcimboldo

    Gracias por el link al documental «The Other Dream Team». Muy interesante, en la línea de «Once Brothers», sobre una época tan convulsa en el deporte y en la historia.
    Ahora entiendo el porqué de esas camisetas tan estrafalarias del 92…

  8. Buen articulo. Para el que le interese la historia de Sarunas y el baloncesto lituano en los 80 a fondo le recomiendo el magnifico articulo de JC Gallego «Cronicas Lituanas», una joya

    http://foros.acb.com/viewtopic.php?f=1&t=389889&hilit=cronicas+lituanas

  9. Nicolás M. Sarriés

    Un gran artículo. Sólo una precisión: no es «Shane Hill», sino «Shane Heal».

  10. Pingback: Sarunas Marciulionis: la magia lituana | Falso9blog

  11. Ivan Fernández

    Gran articulo que en su día me había pasado desapercibido. No afecta al sentido del mismo, ni a su enfoque (que es lo importante) pero si que caben dos matizaciones: Los Zukauskas no eran hermanos, es una creencia que muchos arrastramos durante mucho tiempo entre otras cosas por las narraciones de Trecet. La otra pequeña salvedad, es que Kazlauskas aun no era el seleccionador y en Atlanta ejercía como asistente del propio Garastas. En fin, por completar la info aunque lo relevante es el articulo en si

  12. Pingback: Sarunas Marciulionis: La magia lituana – Historia NBA en español

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.