Sociedad

Sudáfrica al salir del museo

Museo del Apartheid 1

El Museo del Apartheid es una de las primeras atracciones turísticas de Johannesburgo. Lo construyeron dos de esos judíos de vida inverosímil como solo las tienen los judíos. Uno de ellos se llamaba Abraham Krok y murió viejo el pasado mes de enero, al poco de llegar yo a Sudáfrica. Me enteré de su muerte, y de su vida, por una necrológica del Sunday Times. Contaba aproximadamente la historia que sigue.

Hijo de judíos lituanos llegados a Sudáfrica en 1920, el químico Abe —como se conocía a Abraham— y su hermano gemelo Solomon —Solly— levantaron, desde el garaje de la pequeña farmacia de Johannesburgo que regentaban, un gran emporio farmacéutico. Realidad o concesión a la literatura del libre mercado, lo del garaje es solo una parte de la innegable epopeya capitalista de los dos Krok. El primer gran éxito comercial de los hermanos fue una crema blanqueadora, dicen que concebida, también a favor del mito, en la cocina de la casa de su madre. La crema cumplía su cometido a través de una sustancia fuertemente despigmentadora, la hidroquinona. Tuvo una acogida excelente entre los negros sudafricanos deseosos de ser más blancos, ya fuera por la presión alienante del apartheid o por simple capricho estético, como el que lleva a Eduardo Zaplana a abusar del solárium. Los hermanos ganaron mucho dinero con su receta casera, y conquistaron el mundo en los 80 con el lanzamiento en América de la popularísima máquina depiladora Epilady.

Pero el negocio de la crema había llegado a su fin. El aún blanco Gobierno sudafricano prohibió la hidroquinona —por ser un peligro para la salud— en 1990, cuando Mandela salía de la cárcel y el final del régimen segregacionista comenzaba a dibujarse como un arcoíris en el horizonte.

Sudáfrica cambiaba de régimen y los Krok de industria: de la farmacéutica a la del juego. Nadie podía imaginar entonces que la decisión comercial de los hermanos contribuiría decisivamente a cimentar la conciencia sobre los crímenes y abusos del apartheid de cientos de miles de sudafricanos y extranjeros.

Corría el año 1995, y el recién elegido Gobierno del Congreso Nacional Africano de Mandela exigía a los concesionarios de las licencias para abrir salas de juego una inversión paralela en beneficio de la comunidad. Los hermanos Krok obtuvieron de las autoridades el permiso para construir un casino y un parque de atracciones de temática minera en una antigua mina situada a ocho kilómetros de Johannesburgo. A cambio, se comprometieron a construir un museo.

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Un comentario

  1. El museo del apartheid es fundamental para conocer la historia de Sudáfrica. En Brasil podrían seguir ahora mismo el ejemplo de Mandela en Sudáfrica, supo utilizar un evento deportivo para conseguir la reconciliación tras el apartheid, asentar la democracia y unir al país, de esta forma http://deporadictos.com/nelson-mandela-y-la-reconciliacion-a-traves-del-deporte/

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