En la interesante introducción de Supercómic, Mutaciones de la novela gráfica contemporánea, Santiago García, coordinador de este conjunto de ensayos, apuesta por alzar la bandera de la paz en un género que en las últimas décadas ha mantenido más que vivas las guerras en el campo teórico sobre cuestiones creativas. Muchos simbólicos cadáveres quedan en las trincheras de la Batalla por los Nombres, donde fieramente se enfrentaron cómic, historieta, e incluso la guerrilla española del tebeo. No menos cruenta fue la toma de la Novela Gráfica, donde los dibujantes y guionistas osaron poner en duda la supremacía de la literatura o la pintura, hasta entonces potencias hegemónicas. Recientemente se produjo el Desembarco en el Periodismo, reavivando toda una trayectoria donde el cómic ha buscado su sitio, contribuyendo decisivamente —pese a la falta de consideración por parte de muchos sectores—, a mantener vivo un debate intelectual que sin embargo estaba agotado en otros campos del arte y la cultura, estancados en el ensimismamiento, la rendición al mejor postor o la desorientación a la hora de reflejar un malestar contemporáneo que les sobrepasaba. Pocas disciplinas han sido tan insistentes al buscar un lugar en la clasificación tradicional de las artes. Esa tozudez ha tenido consecuencias de todo tipo de las que pretende desmarcarse Supercómic, con el propósito de evitar discusiones y controversias que interpretaron sin duda su papel en la evolución del género, pero que amenazan con empantanarse desde hace mucho. Y así en el prólogo podemos leer: «Este libro, sin embargo, no pretende contar la historia del cómic, ni siquiera dar una visión panorámica, general, completa, y mucho menos integradora. Y, desde luego, no aspira a ser una guía de lectura ni una lista de la compra para principiantes. Este libro solo quiere dar cuenta de cómo en la actualidad el cómic suscita visiones y lecturas parciales, personales y adultas, exentas de nostalgia y desacomplejadas. Este libro no aspira a legitimar ni a prestigiar el cómic. Basta ya de monsergas. Es el momento de recorrer el camino, en lugar de reafirmarnos constantemente en que estamos en el camino correcto y revisar una vez más cómo hemos llegado a este camino».
Esta actitud ante el estudio del cómic contemporáneo parece establecer un puente con el tercer ensayo del libro, Los fracasos de Crish Ware, de David M. Ball. En este caso la figura del autor de Jimmy Corrigan se toma como abanderada en el propósito de situar al cómic dentro del canon literario. Para ello se sirve de uno de los grandes tópicos literarios: la retórica o estética del fracaso. Según Ball, Corrigan se sirve de esta retórica para retomar una tradición ya iniciada por novelistas y ensayistas norteamericanos, como William Faulkner, Henry Adams o Herman Melville. Y así «(…) este fracaso definitorio en el impulso para crear de nuevo también es siempre un fracaso noble, que establece una fraternidad de autores estimados que luchan con heroísmo contra las demandas de su arte y contra la cultura de masas, que ejerce sus presiones sobre ellos. Cuando no se ven confinados en sus respectivas buhardillas, encadenados, o condenados al infierno (…) son sometidos a presiones igualmente asfixiantes del mercado literario». La frustración, las decepciones o incluso la rendición son los condicionantes que tiene el cómic para elevarse por encima de lo comercial y alcanzar la categoría de arte, lógicamente despeñándose, condición indispensable para, y he aquí la paradoja, conectar con la tradición literaria en igualdad de condiciones pero manteniendo una personalidad diferenciada.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






buena nota. http://acanaya.blogspot.com.es/search?q=wolverine