Mammon: otra buena dosis de thriller escandinavo

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Las series que llegan del frío siguen captando nuestra atención, y la maquinaria productiva de las televisiones nórdicas parece no tener ganas de detenerse. Hay muchas series del norte de Europa sobre las que podríamos hablar, y varias de las más importantes pertenecen al género policíaco o al thriller. Aquí ya escribí sobre las que posiblemente hayan sido los dos buques insignias del género negro escandinavo: la apabullante Forbrydelsen (Dinamarca), que sencillamente ha sido una de las obras cumbre de la televisión mundial en tiempos recientes, o la también imprescindible Bron/Broen (coproducción entre Dinamarca y Suecia). Últimamente me dio por echarle un vistazo a lo último que ha salido del país vecino de ambos, Noruega. Hablo de Mammon, un thriller que de momento cuenta únicamente con una breve temporada de seis episodios y que ha sido producido por la televisión pública noruega.

Los productos del susodicho género que proceden de estos tres países se parecen bastante entre sí, al menos a nuestros ojos mediterráneos: una cinematografía similar, localizaciones que casi se podrían confundir y una idiosincrasia relativamente común en los gestos, actitudes y costumbres que se nos muestran en pantalla. Probablemente, un danés, un sueco o un noruego nos harían notar rápidamente las diferencias. Pero sí puede decirse que existen unas características muy marcadas, y que podemos seguir hablando de «thriller escandinavo» o «thriller nórdico» sin miedo a caer en una generalización demasiado grosera. Y Mammon continúa en esa misma línea.

Eso sí, lo primero que cabría decir es que no estamos ante una serie de la misma magnitud. Y que tampoco lo esperábamos: que alcanzara el nivel de Bron/Broen ya era mucho pedir. Pero que aparezca otra Forbrydelsen es algo que, como sabemos bien, difícilmente sucederá por lo menos en unos cuantos años. Mammon está a un escalón inferior a estas dos series de bandera. Pero, con todo, proporciona muy buenos ratos de entretenimiento. Podemos considerarlo un producto algo inferior, pero que todavía contiene bastantes elementos de esos que nos gustan del thriller escandinavo como para mantenernos pegados a la pantalla. Mammon narra la historia de un periodista que investiga un caso de fraude en el que está implicado su propio hermano. Así pues, la serie no empieza con un crimen, sino más bien con una trama empresarial. Esa trama comenzará a complicarse hasta que en el transcurso de los seis episodios la historia llega a extremos que difícilmente podíamos haber imaginado al principio.

Decíamos que es una serie inferior a Forbrydelsen o Bron/Broen. ¿En qué lo es? En primer lugar, los personajes son algo más estereotipados y mucho menos profundos. Aunque eso no significa que los de Mammon sean malos personajes o que carezcan de interés. Al contrario: son buenos personajes y cumplen perfectamente su función. Pero no tenemos una Sarah Lund (vuelvo a decirlo: quizá el mejor personaje femenino que la televisión ha dado en varios años), ni una Saga Norén, ni un Martin Rohde, etc. Es decir, no hay grandes estudios de carácter; los personajes en Mammon se parecen más al estereotipo genérico que a la construcción tridimensional de aquellas otras series. Eso sí, es justo decir que con solo seis episodios estos personajes disponen de menos oportunidades para desarrollarse. Las interpretaciones son buenas, aunque una vez más, no hay aquí una Sofie Grabøl que cargue con todo el peso de la serie a sus espaldas. El protagonista, Jon Øigarden, lo hace muy bien, aunque su personaje no está pensado para impactar. Tampoco lo está el de la bonita Lena Kristin Ellingsen, que se deja entrever como una buena actriz pero cuyo personaje tampoco llega a ser memorable. Lo mismo puede decirse del resto del reparto: todos los actores son buenos casi sin excepción, pero no es intención de la serie apabullarnos con el peso sus personajes.

Otro punto inferior es su ambición relativamente limitada. Forbrydelsen, especialmente en su primera y tercera temporadas, era casi como una radiografía oscurantista de diversos aspectos de la sociedad danesa. Mammon hace lo propio con la sociedad noruega, pero en vez de una radiografía nos presenta algo más modesto, un rápido retrato al carboncillo. Esta menor ambición narrativa, sin embargo, no es criticable. Es bastante posible que las comparaciones que estamos haciendo con otras series nórdicas sean tan inevitables como injustas, ya que Mammon pretende primera y principalmente entretener de manera tan rápida como directa, como puede desprenderse de su breve duración. La serie ha sido un gran éxito en su país y también ha alcanzado cierta repercusión en el Reino Unido, donde la fiebre Forbrydelsen creó un público ansioso de productos nórdicos (que allí se emiten con subtítulos: hola, señores programadores de la televisión española). Es más: parece ser que una productora estadounidense compró los derechos de adaptación del argumento de Mammon prácticamente desde su misma gestación, buena muestra de la fe que los americanos tienen en el thriller escandinavo (sin ir más lejos, la serie estadounidense de moda, True detective, es una imitación muy consciente del estilo de las series escandinavas). No me extraña: la historia que narra Mammon tiene pinta de funcionar bien en una adaptación americana.

Porque vayamos a las virtudes de esta serie. Quizá durante buena parte del primer capítulo tengamos cierta sensación de perplejidad, de que la trama resulta algo simplista y de que no estamos muy seguros de hacia dónde se nos quiere llevar… hasta que hacia el final del episodio suceden ciertas cosas que no esperábamos y que nos hacen pensar que nos hallamos ante una trama más compleja y extensa de lo que habíamos estado suponiendo. Esta es la gran virtud de Mammon: la habilidad con la que recurre a giros efectistas (muy efectistas y muy efectivos) para captar súbitamente la atención del espectador con momentos-sorpresa muy dosificados pero increíblemente conseguidos. Momentos de sorpresa que a menudo resultan sobrecogedores. Veremos a diferentes personajes haciendo cosas que no entendemos en los contextos más inimaginables, provocando con ello preguntas que se sobreponen a otras preguntas anteriores. Desde ese punto de vista, la intriga argumental es impecable y podemos estar seguros de que en cada uno de los seis capítulos tendremos algunas secuencias de esas que nos dejan con la boca abierta. Decíamos que la calidad de esta serie es buena, aunque no superior. De este juicio deberíamos quizá elevar los cliffhangers y la manera en que se nos presentan nuevos enigmas con escenas de lo más impactante. Hay algunas secuencias-sorpresa que son antológicas: no por rebuscadas, ni por extravagantes, ni por originales… sino porque los guionistas nos disparan con ellas cuando menos lo estábamos esperando. Mammon tiene un fabuloso sentido del ritmo que compensa el que en otros aspectos no llegue a las cotas de los mejores productos escandinavos. De este modo, sorpresa tras sorpresa, tanto los protagonistas como los espectadores son arrastrados hacia un escenario repleto de misterios cuyo alcance no habían podido suponer. Así pues, Mammon es una serie efectista basada en los juegos de prestidigitación y no tanto en otras profundidades narrativas. Pero esos juegos de prestidigitación están ejecutados a las mil maravillas y con todo, la profundidad es más que suficiente dado el formato de la historia.

Otro punto a favor de Mammon es que trata al espectador como ente inteligente. La serie no es demasiado explícita, es más: a menudo vemos cosas (reacciones de personajes, por ejemplo) cuyas causas no se nos han explicado de antemano y que se nos explican más adelante en el instante menos previsto: esto es algo que pocas series se atreven a hacer con frecuencia porque crea en el espectador una sensación de perplejidad y de falta de información. Acostumbrados como estamos a las series estadounidenses en donde todo se nos da bien machacado y explicado, en Mammon tenemos que ejercitar muy mucho nuestra atención y memoria selectiva, porque hay numerosos detalles en cuyo significado no caemos hasta que se nos desvelan ciertos secretos sobre los personajes. Estos secretos se nos ocultan durante uno o varios capítulos y al descubrirlos finalmente, revelan el sentido de muchos pequeños detalles que habíamos considerado superfluos o incomprensibles. Dicho de otra manera: estos seis episodios bien merecen un segundo visionado en el que analicemos la acción sabiendo ya qué se esconde detrás de cada personaje y de cada acción. Los guionistas parecen haber disfrutado dosificando la información con cuentagotas y jugando continuamente con las percepciones del espectador. También han desmenuzado concienzudamente nuestra costumbre de intentar localizar rápidamente a buenos y malos, pero no lo han hecho mediante la ambigüedad moral de los personajes —como suele— sino mediante un juego de espejos en el que, al menos en lo referente a algunos de esos personajes, vamos a estar siempre en la duda acerca de quién es bueno y quién es un villano. Al menos hasta el final. Todo ello aderezado, por cierto, con constantes referencias bíblicas de lo más interesante (el propio título de la serie es la personificación bíblica de la codicia), que le confieren al argumento un plus añadido de capacidad para inquietar.

En definitiva, Mammon es un producto que probablemente no vaya a tener demasiada repercusión en España, pero que es otro buen ejemplo de cómo las televisiones europeas (Escandinavia, Francia, Bélgica, etc.) están echándole un pulso a los Estados Unidos en el género negro y policíaco. Cierto es que Europa no ha producido una The Wire y es que los estadounidenses tienen un bagaje técnico y profesional demasiado amplio en el mundo de la ficción audiovisual. Pero también es cierto que no todo en América es The Wire y que, más allá de un pequeño puñado de series-estrella, los thrillers europeos tienen una calidad media que nada tiene que envidiar a sus homólogos americanos. Mammon es una buena prueba de ello: seis episodios de una obra que no es perfecta ni lo pretende, pero que contiene suficientes buenos momentos como para no dejar indiferente a nadie.

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