Robert Horry, o cómo ganar la NBA siete veces sin jugar un solo All-Star

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Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Quedan nueve segundos para el final de la prórroga. Pistons y Spurs empatan a dos la serie final de la NBA y la tradición dice que el equipo que se lleva el quinto partido tiene medio anillo ganado. Durante buena parte del tiempo añadido los Pistons han hecho de todo por ser ese equipo: no tienen nada de espectacular pero son los vigentes campeones y han ganado los dos últimos partidos en casa con una aplastante superioridad. Richard Hamilton y Ben Wallace forman la base del equipo rodeados de un excelente Chauncey Billups en el mejor momento de su carrera, Rasheed Wallace, Tayshaun Prince y una buena colección de jugadores de complemento dirigidos por el pétreo Larry Brown.

El problema para Detroit es que la posesión la tiene San Antonio. Un saque de banda en campo contrario y un buen ramillete de tiradores: Tony Parker, Manu Ginobili, Bruce Bowen y, por encima de todos, Robert Horry, el especialista. El tiempo muerto debería servirle a Brown para dejarle una cosa clara a sus jugadores: «Podemos perder de cualquier manera menos de la más obvia: un triple de Horry. Al menos, que se lo trabajen».

Y es que Horry, a sus treinta y cuatro años, viene de ganar cinco títulos de la NBA sacando el máximo partido a unos recursos limitados. Alero alto anotador en los Rockets de Olajuwon y Drexler, el espigado jugador criado en Alabama había mostrado serios problemas de compromiso y ética de trabajo hasta que, como suele pasar, se cruzó Phil Jackson en su camino. Buena parte de su fama y de su dinero se los había ganado, ya como ala-pívot abierto en aquellos Lakers del triángulo ofensivo, complemento ideal de Kobe Bryant y Shaquille O´Neal.

Horry se convirtió ahí en «el hombre con el que nadie contaba» por excelencia, hasta el punto de que seguir sin contar con él resultaba temerario. Su gran momento de gloria lo vivió en las finales de conferencia de 2002, el enésimo duelo entre los glamourosos Lakers de Los Angeles y los vertiginosos Kings de Sacramento, esa ciudad llena de paletos, según el propio Jackson. Los Kings ganaban 2-1 y estaban arrasando a los Lakers , con ventajas que superaban los 20 puntos. De repente, el equipo local se puso a defender, a Webber y compañía les entró el habitual ataque de pánico y el partido quedó en el hilo de una sola canasta.

La historia probablemente la saben: con 97-99 para Sacramento y seis segundos por jugar, Kobe intenta su habitual «uno contra el mundo», una jugada en la que choca con Divac y no consigue encestar. Sin embargo, la ayuda de Vlade ha provocado que Shaq esté solo bajo el aro para el rebote. Es una canasta fácil en principio, pero sorprendentemente, O´Neal abusa del tablero y la falla. Quedan dos segundos, apenas nada, y el balón le cae de nuevo a Divac entre una maraña de jugadores. En vez de asegurar el rebote, lo que hace es puntearlo hacia la línea de tres puntos, quizá en la esperanza de que el tiempo acabe antes de que nadie llegue a tocar el balón de nuevo.

¿Y quién está esperando tranquilamente a que la pelota le llegue para lanzar el triple? Exacto: Robert Horry, «Big shot Bob», como le llama la prensa estadounidense, casi desaparecido el resto del partido. Cuando recibe la bola quedan 1,3 segundos. Cuando se cuadra 0,9. Cuando suelta la bola apenas cuatro décimas de segundo. El balón rueda bombeadísimo, como es habitual en sus tiros, y entra sin rozar siquiera el aro. Un triple que le da la victoria a su equipo y acaba con la moral de toda una generación de los Sacramento Kings. Los Lakers acabarían ganando la eliminatoria y el título de la NBA, su tercero consecutivo; el quinto, como decíamos, para su extraño ala-pívot.

The final countdown

No era la primera vez que pasaba ni sería la última y por eso, en este 2005, los Pistons no se pueden permitir tropezar en la misma piedra que ya ha hecho caer a media liga. Algo más fondón, siguiendo la evolución física de Will Smith, el actor al que tanto se parece, Robert Horry es el elegido para sacar de banda. Su segundo año en los Spurs ha sido algo gris, como el primero: seis puntos y cuatro rebotes en unos diecinueve minutos de media, casi siempre saliendo desde el banquillo, su especialidad ya desde los primeros tiempos en Los Ángeles.

En realidad, nadie le pide a Horry que aparezca en el primer cuarto o en el segundo. Nadie espera nada de Horry en la liga regular ni en las primeras rondas de play-off. Si sigue jugando en los mejores equipos de la liga, aparte de por su inteligencia, es por su don para decidir. Los partidos que ha sentenciado con un tiro lejano se cuentan por decenas, incluyendo uno en 1995 aún con los Houston Rockets, precisamente ante su actual equipo, los San Antonio Spurs, también en las finales de conferencia. El jugador que siempre está donde debe, cuando debe. El asesino silencioso.

No tiene un lugar favorito: le viene bien el tiro frontal y le viene de maravilla el tiro lateral, ese que casi nadie cubre en cuanto se dan dos pases bien dados en ataque. Desde una esquina machacó a los Sixers de Iverson en 2001 y desde entonces no ha parado. Hay algo casi divertido en él: ver como alguien se convierte en una leyenda a tiempo real, tiro a tiro, delante de tus ojos. Al poco de empezar la prórroga ante los Pistons, tras un partido descomunal, se empeña en demostrar que es algo más que un tirador: después de fintar el triple y burlar a Rasheed Wallace, se cuelga en carrera del aro, a una mano —la izquierda, para más señas— forzando además la falta de Hamilton y manteniendo vivo a su equipo.

El hombre que promedia seis puntos por partido lleva dieciocho, con cuatro triples incluidos. Quince de esos dieciocho puntos, entre el último cuarto y la prórroga. Algo más que una casualidad. Todos los demás se han venido abajo, derretidos como mantequilla, y él sigue ahí, imperturbable. Quedan, como decíamos, nueve segundos y los Spurs aguantan a dos puntos de los campeones, rodeados de un ambiente hostil, el del mítico Palace de Auburn Hills que viera quince años antes reinar a los Thomas, Dumars, Laimbeer, Rodman y compañía. Una ciudad que empieza a vislumbrar la crisis que la dejará en quiebra años después. Todo el público se pone de pie mientras Popovich y Brown dan las últimas instrucciones y por megafonía ponen «The final countdown», el inevitable himno de la banda sueca Europe.

Cuando el árbitro le da el balón a Robert Horry para que saque de banda, no hay más que ver cómo se coloca la defensa de los Pistons para darse cuenta de que alguien va a cometer un error decisivo.

Sin Rasheed Wallace no hay paraíso

El antihéroe de esta historia es Rasheed Wallace. Rasheed siempre fue un jugador de un talento descomunal, apoyado por un físico deslumbrante. Lo que le fallaba era la cabeza pero, eso sí, le fallaba a lo grande. Aunque no era de los más excéntricos de aquellos Portland «Jail Blazers» —en un equipo con Bonzi Wells, Ruben Patterson o el joven Zach Randolph, más adquisiciones como Shawn Kemp, el listón estaba muy alto— había tenido los típicos problemas de posesión de marihuana y varias suspensiones de la NBA por declaraciones fuera de tono o protestas a los árbitros. En 2001 batió el record de la liga con cuarenta técnicas en ochenta y un partidos y en 2003 recibió una suspensión de siete partidos por amenazar después de un partido al polémico árbitro Tim Donaghy. Los términos de la amenaza nunca quedaron claros y de hecho ambos se reconciliaron en 2009 cuando, ya retirado, Donaghy escribió un libro sobre chanchullos arbitrales en la NBA que dejaban a Rasheed como chivo expiatorio.

En definitiva, el traspaso de los Blazers a los Pistons, pasando unas semanas por los Hawks, cambió la carrera del pívot. Larry Brown consiguió calmar su carácter, convencerle de que no todo el mundo le perseguía y sacar su mejor baloncesto en los momentos decisivos: igual que Billups era la inteligencia, Prince la defensa o Ben Wallace la potencia interior, Hamilton y él eran los encargados de poner los puntos. Lo hicieron tan bien que en 2004 fueron campeones, contra todo pronóstico, ante los Lakers —siempre los Lakers—de Malone, Payton, Kobe y Shaq. «El último baile» que tituló Phil Jackson antes de volver a la pista dos años más tarde.

Si algo le faltaba a Rasheed era precisamente la lectura de juego que sí tenía Horry. No era un negado, precisamente, pero igual que sabías que a uno la concentración no le iba a fallar nunca, con el otro cada jugada era una moneda al aire.

Así, volviendo al momento, cuando Robert Horry se dispone a sacar, Wallace hace un movimiento instintivo que presagia la tragedia: en vez de obstaculizar el saque de su defendido, deja distancia para poder presionar al que va a recibir el balón. Es un movimiento muy habitual cuando quien saca no es una amenaza o cuando queda muy poco tiempo en el marcador y sabes que el que reciba se la va a jugar, pero no estamos ante ninguno de los dos escenarios.

Horry, efectivamente, tiene problemas para conectar con Manu Ginobili, que recibe en una esquina, con el defensor pegado, tan pegado que Rasheed ve la oportunidad de arrinconarlo y se va como loco a hacer una ayuda absurda. Popovich no puede creérselo y Ginobili tampoco: ¿cómo pueden ponérselo tan fácil? Ese solo movimiento de Wallace ha creado por sí mismo una jugada para su rival: nada más conseguir el control de la pelota, Ginobili la dobla atrás al jugador que está completamente abierto y sin defensa. ¿Quién? Robert Horry, claro.

Tayshaun Prince sale como un rayo a intentar remediar lo irremediable. Rasheed se limita a quedarse quieto, petrificado, casi culpable, rezando con la mirada por que aquel tío falle de una vez pero no, no falla. Horry anota el triple tan limpio como lo había hecho ante Sacramento y pone a los Spurs un punto arriba, punto que sabrán defender en la siguiente jugada, rumbo al tercer anillo de la franquicia, el sexto de Robert.

Ahí podría haber acabado la carrera de Horry, pero supongo que ganar mucho dinero por hacer lo que sabes hacer de maravilla es una tentación tremenda. Además, ganar seis campeonatos de la NBA lo hace hasta Michael Jordan, pero, ¿siete? Nadie que no haya jugado en los Celtics de los sesenta lo había conseguido jamás. Horry tuvo que esperar dos años, pero lo consiguió, a punto de cumplir los treinta y siete, todavía con ese toque infalible que le permitió decidir de nuevo dos partidos de play-off con un triple suyo. A partir de ahí, tranquilidad, un trabajo como comentarista de televisión y una clínica de rehabilitación de deportistas.

A sus espaldas, años de Houston, años de Los Ángeles y años de San Antonio. Ni un solo «All-Star». Los focos siempre encima de los demás y él, ahí, escondido, con el revólver cargado y apuntando. Nada que pueda quedar en manos del azar. El hombre con el que todos contaban aunque algunos tardaran demasiado tiempo en darse cuenta.

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13 Comentarios

  1. Horry era un crack. Un fantástico jugador de equipo. A mí me encantaba, me gustaba tanto como James Worthy. En lo suyo era de los mejores…

  2. La verdad que es un jugador para los play offs, se ha salido siempre que los ha jugado, no se si es o no para un all star, pero para mi es un gran jugador.

  3. Tremendo jugador de vestuario, inteligente, talentoso, y poco o nada vanidoso, además de efectivo. Si la NBA enamora es por contar con jugadores rodeados con un halo digno de un cómic. Se contaba que, en tiempo de playoffs, la señora Horry no podía contar con su marido para satisfacerla, porque éste se sumergía en tres semanas de absoluta concentración, lo que incluía nada de sexo … de película.

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