Spain is different, not indifferent

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Tercer aniversario del 15M. Foto: Cordon Press.
Tercer aniversario del 15M. Foto: Cordon Press.

La universidad del 15M: fundaciones, asociaciones y empresas  que enseñaron política a los indignados

Millones de españoles, jóvenes y no tan jóvenes, estaban indignados el 15 de mayo de 2011. En realidad, llevaban años angustiados y habían decidido, colectivamente y sin debate previo, que si el sistema actual era un callejón de salida única, la opción que les quedaba era simplemente evitar participar en él, no votar y manifestarse de vez en cuando para constatar que nadie acudía a las manifestaciones. A esta forma de desesperación se le llamó ser «apolítico»: eran indolentes, una hornada de privilegiados que solo se importaban a sí mismos, los hijos de una democracia por la que nunca habían luchado y que probablemente nunca hubieran merecido.

Los acontecimientos de mayo muestran un escenario diferente. Nos encontrábamos, en realidad, ante una generación integrada por grupos antisistema que no se aliaban con otros grupos antisistema, por revolucionarios que creían que la revolución solo podía hacerse a su manera, por miles de personas que habían decidido huir de la política porque la consideraban o corrupta o simplemente un modo de vida totalmente ajeno, el de un puñado de ediles, altos funcionarios, ministros y directivos de empresas públicas. También los había que creían sinceramente que, a pesar del esfuerzo que se le quisiera imprimir a cualquier movimiento, nadie había sido capaz de proponer una alternativa solvente que reformase unas instituciones hundidas en el desprestigio. Si la nada era la alternativa, tal vez estuviéramos mejor como estábamos.  O tal vez no.

Llamarlos apolíticos fue un error y esto se vio rápidamente cuando empezaron a ocuparse masivamente las plazas tras los desalojos del 16 y el 17 de mayo en Sol. Tenían una intuición política que se convertiría en el pegamento invisible que uniría todas estas conciencias indignadas durante meses: creían que hacía falta más democracia, que la soberanía popular debía imponerse a las demandas de bancos, acreedores y agencias de calificación y que la tecnología era su aliada, porque ni siquiera las tijeras de los recortes parecían capaces de amputar las alas de Twitter. El colectivo NoLesVotes pedía el fin del bipartidismo como reacción a las restricciones sobre la copia, descarga y reproducción de los contenidos digitales de la Ley Sinde; una ley que, según los papeles de WikiLeaks, había impuesto Estados Unidos a España de espaldas al electorado. Anonymous, un grupo internacional de hackers y activistas políticos que defendió las filtraciones de Julian Assange y dio cobertura más adelante a Occupy Wall Street, sumó su artillería y el folclore de sus máscaras a la oposición contra la ministra de Cultura de José Luis Rodríguez Zapatero.

Llamarlos desmotivados e incluso desmotivadísimos habría sido más acertado. Aunque muchos estaban convencidos de que habían identificado la naturaleza de la crisis (era institucional) y una vaga solución (más y mejor democracia frente a un sistema marcado por un bipartidismo con listas cerradas, la corrupción, el compadreo entre políticos y grandes empresas sobre todo financieras, una mínima separación de poderes y la muerte lenta de la prensa tradicional como contrapoder), solo una minoría confiaba en que podía hacer algo para que los acontecimientos se precipitasen. Esa era la minoría que acudiría a la manifestación de Juventud Sin Futuro el 7 de abril y de Democracia Real Ya entre otros el mismo 15 de mayo.

¿Por qué creían que las movilizaciones les permitirían dar un vuelco a la situación? Los más progresistas tenían presentes respuestas populares a privatizaciones o durísimos planes de ajuste que habían desembocado en revoluciones (principalmente, el «movimiento zapatista» en México, la «guerra del agua» en Bolivia y el «caracazo» en Venezuela) o en la decapitación de un gobierno conservador que era reemplazado por otro izquierdista en Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay. Colectivos como Juventud Sin Futuro acababan de ver cómo el 12 marzo un movimiento portugués muy parecido al suyo llamado Generación Precaria (Geração à Rasca) había congregado probablemente a más de cien mil manifestantes en Lisboa. Los miembros de Democracia Real Ya solo tenían que pulsar el control remoto de sus televisores para observar el éxito de las revueltas de la Primavera Árabe que muchos medios de comunicación occidentales interpretaron como el éxito de una idea occidental (la democracia liberal) gracias unas tecnologías occidentales (la telefonía móvil, las redes sociales e internet) que les habían permitido informarse, concienciarse y organizarse a millones de personas frente a unos tiranos soportados o al menos tolerados por Occidente. La explicación no era como para perderse: los europeos y los americanos, una vez más, éramos (nos creíamos) los auténticos protagonistas del drama.

No se puede exagerar el peso de aquella primavera que los españoles terminaron celebrando al filo del verano. El 20 de mayo, después de que se hubiesen ocupado la Puerta del Sol y la plaza de Cataluña, la acampada de Barcelona se estructuró en tres zonas de debate: Plaça Islàndia, Plaça Tahrir y Plaça Palestina. Solo tres años antes nadie hubiera sospechado qué podían tener en común las brasas y el polvo semidesértico de Egipto o Jerusalén con un país próximo al Círculo Polar Ártico. Nadie hubiera imaginado hasta qué punto Reikiavik haría honor a su significado en el idioma local: «bahía humeante».

Los islandeses habían mostrado que sus movilizaciones masivas podían provocar la reforma de la Constitución, el enfrentamiento directo con las autoridades europeas y el Fondo Monetario Internacional por los planes de dolorosa austeridad que les estaban imponiendo, el procesamiento de algunos de los responsables de su crisis y, por último, la convocatoria de dos referéndums, el último en abril de 2011, en que rechazaron pagar con dinero público las deudas de sus bancos con los acreedores internacionales. La tecnología, especialmente las redes sociales, había ayudado a impulsar y vertebrar esta marea civil desde el principio.

El hielo se deshace

La desmotivación de aquella hornada de desencantados con la política se estaba disolviendo a pasos agigantados. Ahora parecía posible que la política no fuera cosa de ministros y alcaldes, que las movilizaciones capitaneadas en un primer momento por los jóvenes y propulsadas por Facebook o Twitter tuvieran consecuencias, que las revueltas civiles forzasen la reforma de instituciones hundidas en el descrédito y que los propios Gobiernos reconociesen que la soberanía popular estaba por encima de bancos y troikas. Fue entonces cuando los grupos antisistema, las numerosas asociaciones que solían protestar por su cuenta y miles de jóvenes, empleados o desempleados pero que no se identificaban necesariamente con las sensibilidades progresistas, descubrieron gracias a ¡Indignaos!, el libro de Stéphane Hessel presentado oficialmente en España a finales de marzo de 2011, que compartían algo tan fundamental que ni siquiera la ideología o las rencillas personales podían separar: la indignación.

El 15 de mayo de 2011 Democracia Real Ya convocó junto a otras asociaciones una manifestación a la que acudieron miles de personas, pero que no fue un éxito lo suficientemente abrumador como para anticipar el punto de inflexión que se iba a producir. Nadie había previsto acampar en Sol y nadie imaginó que esa acampada fuese a durar semanas. De hecho, fue algo tan inmediato en el tiempo como las experiencias de los primeros dos días de desalojos lo que llevó a los manifestantes a enviar cientos de mensajes a sus amigos para que se uniesen al menos para hacer bulto y que fuese prácticamente imposible echarlos sin víctimas o estampidas. Los que se habían tenido que ir a trabajar durante las mañanas del 16 y el 17 comprendieron que las fuerzas de seguridad habían aprovechado su ausencia para desmantelar un campamento que ni siquiera pensaban que iba a permanecer mucho tiempo.

La curiosidad y cobertura informativa que atrajo el fenómeno, su difusión a otras capitales españolas, la irreductibilidad de estos «galos» indignados frente a la policía y, ya el 18 de mayo, un dictamen de la Junta Electoral de Madrid que la consideraba una alteración injustificada de la jornada de reflexión, todo eso junto, convirtió a varias docenas de jóvenes durmiendo en sacos y lonas en una concentración masiva que, con una obsesión por más y mejor democracia, no es extraño que terminase organizándose como una gran asamblea.

Los «indignados», en los albores del movimiento 15M, poseían en común una vaga conciencia política muy marcada por la crisis y la convicción de que su tsunami social no podía reducirse a eslóganes y escaramuzas (de ahí la existencia de comisiones de estudio y de docenas de documentos de análisis discutidos tras debates interminables), que es lo que una generación anterior, la del editor de Los Libros del Lince, Enrique Murillo, había percibido como el «prise de parole sin mayores consecuencias» de un Mayo del 68 que dio paso en junio a otra victoria en las urnas del exgeneral Charles de Gaulle. ¿Quién ofrecería el programa de acción que necesitaba este movimiento y cómo sería capaz de hacerse escuchar entre el tumulto?

Empresas y fundaciones toman la palabra

Cuatro editoriales y dos laboratorios de ideas, seis instituciones en total, preparaban ya sus propias respuestas y no todas eran progresistas. Coincidían eso sí en que las protestas requerían un plan con medidas concretas, en que la crisis era institucional, en que la tecnología ofrecía un vehículo de comunicación excepcional y en que ellos, como intelectuales, tenían la oportunidad de participar en la conversación pero ninguna tentación de liderarla. Hacía falta más democracia, más debate público abierto y de calidad; no más élites políticas, empresariales o ilustradas que pastoreasen la discusión. No eran solo palabras: según Juan Luis Sánchez, entonces redactor de Periodismo Humano y hoy subdirector de eldiario.es, el día que se produjo el desalojo definitivo de Sol, al mismo tiempo que la policía arrancaba del suelo a los últimos concentrados, estos siguieron discutiendo y votando en asamblea cómo debían responder ante la carga.

Lengua de Trapo, la editorial, no iba a hacer honor a su nombre y empezó a rumiar su propia contestación a todo lo que estaba ocurriendo en barrios, plazas, rascacielos y edificios oficiales. Jorge Lago es uno de sus dos propietarios, además de coordinador de Cultura de Podemos y antiguo militante del PCE e Izquierda Unida. Este doctor en Sociología, que ha dado clase en másters públicos y privados, creyó hasta mayo de 2011 que sabía cómo y cuándo hacer la revolución: también era marxista.

Cuando Lago llegó a la acampada de Sol, que entonces ya se veía como algo que iba a durar, aquello «desbordó nuestros marcos, que eran demasiado pobres, demasiado inútiles». Se sorprendió al ver que «ya no se hablaba de la lucha de clases ni de izquierda y derecha, sino de arriba y abajo». Sentían que eran «el 99% frente al 1%» que manipulaba las instituciones, que vivía de la corrupción y que aprovechaba el bipartidismo de listas cerradas para impedir cualquier reforma sustancial. «Nadie sabía lo que había que hacer y todos escuchaban lo que tenían que decir los demás».

Los marxistas han discutido durante más de cien años el papel de los intelectuales en la revolución sin ponerse de acuerdo. El propio Karl Marx les legó una paradoja al afirmar que eran un colectivo de fundamental importancia para el advenimiento del comunismo y, al mismo tiempo, que su misión debía limitarse a asistir y ponerse al servicio del proletariado. Cuando le ofrecieron presidir la Internacional en 1868, el filósofo alemán dijo que no podía aceptarlo porque, según las actas oficiales de la reunión, «él trabajaba con la cabeza y no con las manos». Así revalidó su mandato el zapatero y legendario sindicalista británico George Odger.

Esa es la contradicción en la que parece vivir Lago. Advierte de que «los editores hemos ido a la zaga de las protestas» y aclara que ellos están «con la gente sin liderarla ni representarla». En un título que su sello publicó el año pasado, Lugares comunes: trece voces sobre la crisis, escribió junto a Pablo Bustinduy que «somos conscientes de que la política se hace en las calles, en los movimientos, en la acción de muchos y de muchas, no en los libros y mucho menos en las editoriales». Lo dice el editor de Lengua de Trapo poco antes de codirigir la campaña de Podemos y de convertirse en su coordinador de Cultura. Lo comparten uno de los editores de Icaria, Joan Carbonell, y los propietarios de Los Libros del Lince, Enrique Murillo, y de El Viejo Topo, Miguel Riera.

Enrique Murillo para Jot Down (3)
Enrique Murillo entrevistado por Jot Down. Foto: Alberto Gamazo.

La «conspiración» de los editores

Todos ellos apostaron primero por explicar una debacle financiera que para millones de españoles y jóvenes sin formación política se había convertido en una de las siete plagas que habían asaltado Egipto antes de la Plaza Tahrir. Lago llevó a las librerías en 2011 el exitoso ensayo Cleptopía, que, según él, «identifica las causas de la crisis, reconstruye lo que está ocurriendo y refuta que esto sea como un fenómeno meteorológico que nos haya caído sin más del cielo». La clave, recuerda Miguel Riera, consistía «en señalar el origen sin caer en el sectarismo de apuntar una única solución o un único colectivo que pudiera llevarla a cabo»; con sesenta y ocho años tenía muy presente «la forma en la que cada grupito ideológico de izquierdas había creado su propia cabecera en la Transición» para que, al final, «fuese la derecha quien terminase escribiendo una historia oficial que ahora la economía y la corrupción han puesto en evidencia».

También en 2011, Icaria lanza su colección Asaco, que se convertiría en su punta de lanza para abordar todo lo relacionado con la indignación que acababa de estallar. Joan Carbonell destaca títulos como Quiénes son los mercados y cómo nos gobiernan, un pequeño manual donde cinco académicos intentan destripar (en más de un sentido) el modo en el que ellos creen que las agendas de bancos y acreedores internacionales se imponen a los deseos de la sociedad. Para multiplicar su difusión, reconoce Carbonell, «los libros se vendieron con forma de panfleto a unos seis euros, ninguno pasaba de las cien páginas, se repartieron gratuitamente en las asambleas de los barrios cuando se descentralizó el 15M y muchos de ellos están colgados en nuestra Web para que se los descargue quien quiera siempre que se comprometa a no venderlos».

Enrique Murillo, despedido en 2008 por la editorial Leqtor por «incompatibilidad ideológica», fundó entonces y a los sesenta y cuatro años los Libros del Lince para dar rienda suelta a un pensamiento que fuese, al mismo tiempo, crítico, socarrón, agradable de leer e incómodo. Las estrecheces económicas —tuvo que despedirse a sí mismo y a todo su equipo para recortar un 80% el gasto y salvar su proyecto en 2012— le han impedido sacar colecciones enteras que respondieran al hambre de explicaciones alternativas sobre el mundo que sintieron y despertaron los indignados en una sociedad española que, según los sondeos de Metroscopia, llegó a verlos con simpatía en un 66% de los casos durante las acampadas de junio y en un 73% de los casos cuatro meses después de desmantelarlas.

Curiosamente y a pesar de eso, Murillo demostró una rara capacidad para adelantarse a los acontecimientos (en enero de 2011 descubrió en Montpellier el libro ¡Indignaos!, de Stéphane Hessel, pero Planeta se lo arrebató porque no podía ofrecer un generoso anticipo). Al fin y al cabo, advierte, «había que ir más allá de los viejos esquemas de izquierda y derecha y los progresistas tenían que empezar nuevos debates sobre temas de los que no se habían ocupado nunca». En 2009 arrasó en las librerías con El crash de 2010 de Santiago Niño Becerra (alcanzó las doce ediciones) y un año después publicó Así no podemos seguir. Participación ciudadana y democracia parlamentaria, donde Paul Ginsborg anticipaba el «no nos representan» de los indignados y exploraba sus motivos.

Muchos editores comprometidos con el 15M necesitaban ir más allá de rastrear lo que había provocado la crisis. Solo habían pasado meses o semanas desde las manifestaciones cuando empezaron a presentar volúmenes donde las comisiones de las acampadas de Sol o Barcelona, los colectivos que las habían protagonizado o algunos de sus líderes daban su versión de los hechos y detallaban todas las reformas que proponían. Era el momento, afirma Joan Carbonell, «de verbalizar el discurso, de hacer propuestas y de poner cara y nombres a las ideas». Este es el momento de Les veus de les places o Juventud Sin Futuro (Icaria), y de Las voces del 15M (Panfletos del Lince). También es el instante preciso en el que el impresionante poder de atracción del movimiento y los preparativos de las pequeñas editoriales arrastran a las grandes. Destino, propiedad de Planeta, sacó Nosotros, los indignados: las voces comprometidas del #15M con un prólogo de Stéphane Hessel en julio de 2011.

Divididos, nos vencerán

Durante los años siguientes, el objetivo pasó a ser unificar una revuelta civil que ya era mayoritariamente progresista, pero que albergaba en su seno mil posiciones distintas, a veces marcadas por inmensas fallas generacionales y otras directamente por la ideología. Nuria Alabao, que además de ser periodista ha militado en asociaciones políticas de izquierdas durante años, reconoce que se miraban «en el espejo de la creación del Foro Social Mundial de Porto Alegre», una plataforma que integró a los movimientos antiglobalización de todo el mundo y ha hecho desde entonces de alternativa a la cumbre de las multinacionales, los académicos que defienden el capitalismo y los líderes políticos que acuden anualmente al Foro Económico Mundial de Davos. Existían paralelismos con el 15M: la fundación del Foro de Porto Alegre se había producido en Brasil después de unos disturbios masivos en Seattle contra la agenda política del FMI y el Banco Mundial y tras el espectacular asedio de la cumbre del G8 en Génova; los años anteriores habían estado marcados por programas de austeridad y reestructuraciones de deuda impuestos por acreedores internacionales en Latinoamérica; y, finalmente, uno de los dos promotores claves del Foro, ATTAC, se implicó claramente en las acampadas de Sol y Barcelona y convirtió la tasa mundial sobre las transacciones financieras en una de las principales exigencias de las movilizaciones españolas.

Jorge Lago, de Lengua de Trapo, intentó dar respuesta a la desunión presentando en 2013 una asamblea de diferentes sensibilidades sociales con Lugares comunes: trece voces sobre la crisis, donde aparece por ejemplo Alberto Garzón, el futuro rival y amigo de Podemos desde la comisión ejecutiva federal de Izquierda Unida. Icaria lanzó A Dos Voces, una línea editorial que ha puesto en las librerías hasta la fecha diez conversaciones entre dos personajes progresistas de las que destacan, por ejemplo, la de Juan Carlos Monedero con Julio Anguita o la de Pablo Iglesias con el conocido rapero Nega. Miguel Riera, desde un despacho en el pequeño edificio de dos plantas que alberga la redacción y el almacén de El Viejo Topo en la localidad barcelonesa de Cabrils, lleno por supuesto de cajas con libros y revistas por entregar envueltas por el zumbido del Mediterráneo que silba entre montículos de encinas y pinos, utilizó todo el músculo de su empresa para organizar en julio de 2014 una convención de plataformas de izquierdas de toda España para que aprendiesen del ejemplo integrador no solo de Podemos, sino también del Guanyem de Ada Colau (que había participado directamente en el 15M mediante la Plataforma de Afectados por la Hipoteca), y lo implantasen en sus provincias a menos de un año de las elecciones autonómicas y locales. No lo hizo pensando en él, ni siquiera pensando en sus hijos: le preocupa la generación de los nietos a los que quiere cuidar para «dejar de ser el viejo topo» y convertirse sencillamente en su abuelo. «Después de haber despotricado durante décadas contra la familia burguesa, aquí me tienes… Lo que más me ilusiona es estar con ellos», me dice este guerrero cansado, pero no vencido por el cansancio, de setenta y un años poco antes de despedirse de mí en la estación de tren de Vilassar de Mar.

En realidad, no todos piensan y sienten igual que Riera. De hecho, pocas cosas le inquietan más en estos momentos a uno de los directores del think tank Fuhem, Santiago Álvarez Cantalapiedra, que el debilitamiento de la causa progresista por culpa de su división en mil y una iniciativas municipales. Todo después del esfuerzo realizado «a la hora de transformar la izquierda social en izquierda política», después de haber conseguido influir en el corazón de la agenda económica del 15M y después de convertir durante los últimos tres años la revista Papeles, que él mismo dirige desde Fuhem aunque la edite Icaria, en una máquina de proponer visiones alternativas a los indignados, desde que estos cambiaron las plazas por las asambleas en los barrios. Han pasado por sus páginas firmas muy reconocidas en el movimiento como dos de los pilares claves de Podemos (su «ideólogo» Juan Carlos Monedero y su jefe de campaña Íñigo Errejón), economistas como Félix Ovejero y Bibiana Medialdea, el historiador de los movimientos sociales Xavier Domènech Sampere o el filósofo y ensayista Santiago Alba Rico.

Pablo Iglesias en la presentación de Podemos, junio de 2014. Foto: Cordon Press.
Pablo Iglesias en la presentación de Podemos, junio de 2014. Foto: Cordon Press.

El momento de los laboratorios de ideas

Este laboratorio de ideas madrileño consiguió introducir sus diagnósticos y recetas en los debates del 15M abriendo un programa de encuentros e investigación con EconoNuestra (la Comisión de Economía de la Acampada de Sol), con plataformas de jóvenes desencantados como Juventud Sin Futuro y con otras asociaciones preocupadas por la situación que padecen las nuevas generaciones. El programa recibió el nombre de PAY (Precarity And Youth), se ocupa de gestionar un blog, de celebrar seminarios y de organizar un evento internacional donde se invita a los economistas más progresistas del norte y el sur del Viejo Continente, es decir, de los países acreedores como Alemania y de los deudores como España. Irónicamente lo financia la Comisión Europea, uno de los integrantes de la misma troika (los otros dos eran el BCE y el FMI) que impuso los durísimos programas de austeridad a Grecia o Portugal y cuya resistencia convirtió a Islandia en el modelo a seguir para miles de indignados.

La revista Papeles, que dirige Álvarez Cantalapiedra, se propuso lanzar una batería de propuestas que «nos permitieran a todos huir de las soflamas o los eslóganes» que tanto éxito mediático habían cosechado. Apartando de un plumazo «no hay pan para tanto chorizo» o «dimitir no es un apellido ruso», se concentró en dar una respuesta académica a tres de las preguntas que más habían marcado las acampadas: ¿Cómo se podía ampliar la democracia? ¿Por qué los Gobiernos recortaban los servicios públicos cuando más se necesitaban? ¿Había alternativas al capitalismo?

La contestación a la primera pregunta era «sí», pero, ellos afirman que necesitarían acabar primero con la Transición como gran referente moral, apostar por un modelo republicano y participativo frente a uno liberal (donde la política sería, según ellos, solo para los políticos) y promulgar una nueva Constitución que garantizase más y mejores derechos sociales. En segundo lugar, los Gobiernos recortaban los servicios públicos, porque estaban aprovechando la excusa de la crisis para desmantelar parte del estado de derecho y el estado del bienestar, para restringir los derechos a expresarse y manifestarse contra ellos y para aprobar otras medidas que solo agravarían aún más la desigualdad. Por último, las alternativas al capitalismo tal y como lo conocemos iban desde reformas relativamente ligeras como imponer una tasa mundial sobre las transacciones financieras hasta otras más revolucionarias como cambiar los pilares del sistema monetario internacional o democratizar todas las grandes decisiones económicas y empresariales. Todos los ensayos vinculados fueron publicados primero en la revista de Fuhem.

Álvarez Cantalapiedra se quedó con ganas de más por «no haber influido también a la hora de situar en el centro del debate temas como la crisis ecológica o la cuestión de género». Si hubiera tenido éxito, habría dado mucho más trabajo a Juan Ramón Rallo, el joven economista de solo treinta años y director del principal think tank liberal, el Instituto Juan de Mariana, desde el que se concentraba en estudiar unas ideas que «había que combatir frontal e intelectualmente pero sin caer en descalificaciones ni crear frentes absurdos».

El Juan de Mariana, soportado por las cuotas de sus trescientos socios y sus aportaciones de trabajo voluntario, lleva una década intentando desafiar muchas de las ideas de consenso que convirtieron a los partidos mayoritarios en el animal de dos cabezas y un solo corazón que los indignados perciben cuando los llaman «PPSOE». Rallo cree que los grandes puntales con los que su centro intenta cambiar la realidad son «el desarrollo de ideas mediante análisis y estudios de fondo; la formación a través de nuestras conferencias de los sábados, los seminarios de profundización y la universidad de verano que organizamos para sesenta jóvenes en Lanzarote todos los años; y una divulgación que pasa por la participación de nuestros colaboradores en los medios y la producción o coproducción de documentales sobre el origen de la crisis y sus soluciones como Fraude o Bancarrota».

Las redes sociales y la tecnología les han permitido vertebrar mejor su indignación «conservadora», difundir su discurso y criticar con dureza las medidas primero de José Luis Rodríguez Zapatero y ahora de Mariano Rajoy. Los debates e intercambios se han sucedido en foros como Twitter, donde el director del instituto posee más de 24.500 seguidores y dos de sus colaboradores habituales, Daniel Lacalle y María Blanco, acumulan más de 40.000 seguidores en total. A veces estos intercambios se han hecho más físicos como cuando El Confidencial organizó y moderó una discusión en vídeo entre el propio Daniel Lacalle y Nacho Álvarez, profesor de la Universidad de Valladolid y representante de Podemos.

La indignación no es de izquierdas

Para Rallo «era posible ser indignado y no ser de izquierdas». De hecho, reconoce, era posible no ser de izquierdas y estar igual de indignados que ellos ante un modelo de banca «rechazable» y unas entidades que «deberían pagar sus rescates», ante una Constitución de 1978 «larguísima y mal diseñada», ante un bipartidismo marcado por el «nefasto comportamiento» de los partidos mayoritarios o ante la realidad de que «muchas aunque de ninguna manera todas las grandes empresas han crecido al calor de sus buenos contactos con la Administración». También advierte de que, a pesar de las enormes diferencias políticas, existe una serie de recetas que él y Pablo Iglesias podrían compartir: reformar la Constitución (unos para acercarla al modelo estadounidense y otros para aproximarla al bolivariano), proteger mejor los derechos civiles, garantizar la independencia de la Justicia y desplegar nuevos mecanismos para prevenir la corrupción.

Al principio, el 15M fue un movimiento transversal que nacía de una vaga conciencia política llena de ansias de reformas democráticas. Creían que podían reinventar unas instituciones que blindaban a los partidos mayoritarios (definidos, según ellos, por listas cerradas, ideas casi intercambiables y una lluvia de imputados por tráfico de influencias o cobro de comisiones ilegales) y que favorecían a grandes empresas y bancos próximos al poder aunque hubiera que sacrificar por el camino los intereses e impuestos de Juan Español. Los primeros éxitos de la Primavera Árabe o de las manifestaciones en Grecia o Portugal habían inoculado la esperanza de un cambio real que podía ser capitaneado por los jóvenes al menos en un primer momento.

Allí cabían al mismo tiempo y sin darse codazos las agendas de grupos tan distintos como los viejos antisistema, progresistas como los analistas de Fuhem o los editores de Lengua de Trapo, Icaria, El Viejo Topo y Los Libros del Lince, y también los jóvenes liberales que desconfiaban de las ambiciones de los grandes partidos. Con el paso de las semanas, los que no participaban de las visiones más progresistas o aquellos que se desesperaban ante la enorme dificultad de forjar consensos en las asambleas fueron sintiéndose cada vez más en minoría y fuera de lugar.

Luis Garicano, uno de los economistas liberales de referencia durante la crisis y coautor del blog Nada Es Gratis, publicó un post el 19 de mayo donde ofrecía tres propuestas a los indignados y reconocía su alegría por que «os hayáis decidido a dar un puñetazo en la mesa y expresar vuestro hartazgo». El 16 de junio, casi un mes después, se declaraba en otro post «indignado con los indignados» por una deriva antisistema que había provocado ya los primeros escraches violentos frente a los domicilios de políticos como el ministro de Justicia Alberto Ruiz-Gallardón. Solo un año más tarde, Garicano (junto con otros economistas y coautores del blog como Jesús Fernández-Villaverde y Tano Santos) inició un enfrentamiento desde las páginas de El País con el ejecutivo de Mariano Rajoy. Demandaban «urgentemente un nuevo Gobierno, con apoyo de todos los partidos mayoritarios y de nuestros expresidentes, compuesto por políticos competentes y técnicos intachables con amplios conocimientos de su cartera».

De un modo no tan distinto al de muchos de los que durmieron en Sol o la plaza de Cataluña, pedían más democracia para refundar una España que sería «moderna, con instituciones fuertes e independientes, con un nivel de vida elevado, un sistema educativo abierto pero exigente y un estado del bienestar sostenible». Eso sí, ellos creían, al igual que muchos españoles, que esa nueva Transición debían conducirla las principales formaciones políticas, porque poseían la legitimidad de los votos, el poder y la altura de miras que iban a necesitar para forjar esos consensos, mientras que las huestes del 15M las habían juzgado incapaces de hacer algo que no fuera satisfacer unos intereses insaciables a costa de los del resto. La fundación FEDEA, que aportaba toda la financiación y soporte informático y administrativo a Nada Es Gratis, se vio obligada a desvincularse del proyecto el pasado mes de abril, es decir, menos de dos años después de que un periodista muy próximo a La Moncloa considerase «cuando menos poco probable que los patronos de la Fundación, los que ponen el dinero con el que se paga a economistas supuestamente de reconocido prestigio para que escriban artículos como el mencionado [el que publicaron en El País], estén dispuestos a respaldar semejante propuesta de golpe de Estado… ¿O sí?». Los tres firmantes eran y siguen siendo profesores en Columbia, la Universidad de Pensilvania y la London School of Economics.

El final de las acampadas, el desencanto de muchos como los analistas de Nada Es Gratis, o la separación de los grupos en diversas ideologías o movimientos quizás fueron inevitables, porque el pegamento invisible que los unía era la pasión y no el matrimonio, es decir, la intuición y la rabia ante las injusticias que percibían y no los programas o las medidas concretas para abordarlas. Aquel final no se recordará probablemente como la última curva del camino, sino como el bautismo de fuego de una generación y una sociedad que han aprendido a movilizarse al margen de los grandes partidos y sindicatos, a confiar en su capacidad para transformar la política y a discutir durante horas con quienes piensan diferente sin ponerse de acuerdo nunca y sin abandonar por eso ni la conversación ni una lata de cerveza caliente por el sol del verano, seco en Madrid, húmedo en Barcelona y tan espumeante y ambiguo como allí en el resto de las capitales españolas que vieron sus plazas ocupadas. Ellos dijeron que sus manos eran sus únicas armas y que nadie los representaba: muchos están construyendo con sus manos proyectos y alternativas que ayuden a crear la visión, por supuesto incompatible y contradictoria, de un mundo que nunca será su voluntad y su representación. Decenas de asociaciones, empresas y fundaciones los han acompañado hasta ahora y esperan seguir haciéndolo mientras muchos españoles se preguntan si será verdad aquello que un militante del 15M paseó en su pancarta por las calles de Londres, frente a esos humeantes volcanes de vidrio y acero que son los rascacielos de la City, en los meses mayo y junio de 2011: «Spain is different, not indifferent».

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12 comentarios

  1. No era «apolíticos», sino «apartidistas». Nunca han dicho que no les interesase la política, al contrario, en lo que no estaban de acuerdo era en el sistema de partidos actual.

  2. Pingback: Spain is different, not indifferent

  3. NrrNrr

    Desde una editorial, la política se hace con los precios, no con el catálogo

  4. Haegar

    Lo que nadie ha explicado aún es cómo «más democracia» va a reducir la tasa de paro del 25% al 5%.

    • Sr Taon

      Pues permitiendo que el control democrático de las instituciones permita poner las prioridades y presupuestos, por ejemplo, en los planes de empleo o en el empleo público en vez de en rescates bancarios. O en crear una legislación del llamado Trabajo garantizado. Son dos ideas que se me ocurren, caballero. La cosa como siempre es criticar por criticar a quien se mueve, intentar crear un oxímoron prosperidad económica-democracia donde no lo hay, pero en ningún caso repensar uno mismo cómo se puede alcanzar un objetivo satisfactorio para todos cuando son otros quienes lo plantean. ¿Usted no ve que los asuntos que trae a colación vienen en un mismo pack? ¿Vivimos en el mismo planeta y generación?

      • Este es el problema. Cuando planteamos dudas sobre la viabilidad económica del proyecto de país que tenéis la respuesta es siempre vaga o directamente falaz. Cualquier economista sabe que el problema del paro no se soluciona con empleo público o que las deudas hay que pagarlas para no entrar en conflictos con nuestros socios e inversores (¿cual es el modelo?¿la argentina de «patria o buitres»?).

  5. calientabanquillo

    Hay un mensaje para mi fundamental que falta en este artículo:

    «Vamos despacio porque vamos lejos».

    Tuvo la mala suerte de ser muy difícil de meter en una canción, y por ello se ve relegado en los relatos. En busca de la objetividad se intenta tirar de la memoria y no de las emociones, cuando lo que realmente ha calado lo hace por emocionar y no por razonarlo.

    Y para mi, claro, es el que más caló. No son solo decenas de asociaciones, empresas, etc. Son, o eso quiero creer, cientos de miles de ciudadanos que siguen involucrados en discutir, en ser críticos, en no avergonzarse por sentir que ellos pueden hacerlo mejor y, en definitiva; en no tener miedo .

    Y en hacerlo horizontalmente.

    La evolución, o revolución, llamese como quiera está sucediendo. Las manifestaciones, las asambleas fueron; primero una llamada a comenzar, luego una demostración de infraestructuras, después una feria de ideas y finalmente un laboratorio donde experimentar.

    Conocido esto, cada uno puede desarrollar la militancia por su cuenta. Sin carné, sin registro, sin ser numerado. La militancia no exige una afiliación política sino filosófica, puesto que puedes dejar de hacer «política» pero no puedes dejar de vivir, al menos mientras que tengas vida. El objetivo no es vencer, ni convencer: es mejorar.

    Así que creo que el mensaje menos rememorado, es el más recordado. Y en ello estamos.

  6. Modestia, Organigrama y plumeros aparte, si tomo una piraire (como las piragüas por las nubes del campo magnético en interaíl celeste) en hoja de ruta Ohio-Bermudas-Azores-El Cairo-Kurrdistán para luchar por los pueblos del Kurdistán, cuando llegaré si parto esta tarde a las cinco h?

  7. ¿Escrache violento contra Gallardón? A Gallardón, escoltado por la Policía, le gritaron y abuchearon, pero no hubo ni muertos ni heridos. No fue divertido ni recomendable, pero tanto como violento…

    Y Luis Garicano, el economista fedeo que quería ser ministro por la vía fácil (nada de elecciones), no es liberal sino neoliberal (un economista neoclásico, en términos técnicos), igual que sus amigos.

    Y el «Juan de Mariana» no es liberal sino austríaco, una extravagante y minoritaria teoría filosófica político-económica de extrema derecha creada por varios aristócratas austríacos, como Friedrich August von Hayek y Ludwig von Mises.

    • Gonzalo Toca

      Hola Luis,

      Gracias por comentar y por hacerlo en profundidad. Sólo suelo responder a los lectores cuando me parece que no he dejado algo claro. No soy fan de polémicas. Te respondo por orden:

      1) En mi opinión la violencia se produce también cuando no hay muertos y heridos. Gritar, insultar, zarandear y que tenga que intervenir la Policía para evitar males mayores es ejercer violencia. Podemos discutir su justificación, pero creo que no su naturaleza.

      2) Opino que sobra cualquier ataque ‘ad hominem’ cuando hablamos de ideas y también de las de Garicano. Tienes razón en lo que dices de su escuela de pensamiento, pero he evitado el adjetivo ‘neoliberal’ por la connotación negativa que implica en España y especialmente entre los lectores no economistas. Aquí se identifica con conceptos como imperialismo y se le atribuye un desprecio por el estado del bienestar que, por ejemplo, Garicano no comparte.

      3) En cuanto al Instituto Juan de Mariana, son tan liberales como la escuela de Chicago y los objetivistas de Rand. No me parecía útil para el lector entrar en disquisiciones sobre qué tipo de liberales eran. Tampoco creía que aportase nada a las tesis principales del texto que los maestros de Rallo sean Hayek o Mises y no Milton Friedman o George Stigler.

      Un saludo.

      Gonzalo.

  8. guition

    Tanto los de Nada es Gratis como los del Juan de Mariana son liberales. Los primeros en una vertiente más tecnocrática y los segundos con una visión que abarca la filosofía moral.

    Resulta curioso que se los etiquete como «conservadores». Hoy en día en España conservadores creo que serían el PP o el PSOE, reformistas a gente como los de Nada es Gratis o ¿Hay Derecho?, siendo los del Juan de Marian los más drásticos, casi revolucionarios. A Podemos y derivados los veo más como reaccionarios, proponiendo volver al modelo imperante de la posguerra en Europa, excepto por su falta de aprecio por la democracia liberal que sí imperaba. Por cierto, una de las nombradas declaraba en Twitter a propósito del artículo:
    http://twitter.com/Godivaciones/status/520678827639713792

    Con respecto al esquema político unidimensional izquierda-derecha, los liberales fueron la izquierda en el s.XIX, desapareciendo a principios del XX. No fue hasta los 80 cuando partidos conservadores empezaron a aceptar ideas liberales en lo económico, seguidos por los progresistas en los 90. A partir de 2001 comenzó su retroceso en Occidente. El semanario The Economist en una autoconfesión ideológica ironizaba con ser de «centro radical». Si lo vemos en un esquema bidimensional como el diagrama de Nolan sería más fácilmente ubicable, posicionándose el liberalismo en el cuadrante libertad económica-libertad moral. El propio Hayek escribió en su día un ensayo llamado «Porqué yo no soy conservador». En su caso creo recordar que concebía un esquema triangular con socialismo (igualdad), liberalismo (libertad), conservadurismo (orden). Lo que conocemos como extrema derecha suele coincidir con la extrema izquierda en el papel preponderante de la intervención del Estado, si bien difieren en la formulación del pathos. Un ejemplo sería el Frente Nacional en Francia, otro la antigua Falange:
    http://www.youtube.com/watch?v=JszkDHZydpQ

    No solo la opinión pública española está adoptando una posición defensiva y reaccionaria, también el resto de Europa, si bien los países más ricos del continente lo expresan como extrema derecha. En los países en vías de desarrollo la cosa cambia:
    http://www.pewglobal.org/2014/10/09/emerging-and-developing-economies-much-more-optimistic-than-rich-countries-about-the-future/
    Resulta curioso de la encuesta que, mientras España, Grecia, Japón o Argentina son los que menos creen en el libre mercado, los que más creen son Vietnam, Bangladesh y otros países pobres. España en cambio también cree en impuestos altos, al contrario que Italia o Grecia. Y eso a pesar de ser, junto a Grecia, los que más culpamos al gobierno. Vaya cacao mental tenemos.

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