La suerte de Eddie Hinton, el último de los grandes cantantes blancos de soul (y II)

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Eddie Hinton. Foto cortesía de Aquarium Drunkard.
Eddie Hinton. Foto cortesía de Aquarium Drunkard.

(Viene de la primera parte)

Es de sobra conocido que la muerte adelantada de un artista (sea o no inesperada) suele traer consigo un sinfín de «obras encontradas», y con Eddie Hinton las cosas no fueron diferentes. Bajo las camas de los músicos, ya se sabe, hay casi siempre polvo, pelusas… y muchas cintas de audio. Al morir Hinton, su madre encontró allí una de estas, identificada como «Coleman-Hinton». A las pocas semanas, el doctor en psiquiatría Jim Coleman, residente en Nashville, recibía una llamada desde Tuscaloosa: «Señor Coleman, disculpe que le moleste pero, ¿usted recuerda haber grabado a finales de los sesenta un disco con mi sobrino Eddie?».

Aunque bajo el nombre de The Coleman-Hinton Project, lo cierto es que casi todas las canciones del álbum están firmadas por Jim Coleman, un entonces joven y desconocido compositor ansioso por abrirse camino en el mundo de la música. Impresionado por sus habilidades como compositor, Hinton se comprometió a producirle unas sesiones en Muscle Shoals, y consciente de que ahí había material de calidad, quiso hacer con él todo un álbum. Y a lo grande. No solo grabaron en el Muscle Shoals Sound Studio con la ayuda de Roger Hawkins, Barry Beckett, Tippy Armstrong y el mismísimo King Curtis al saxofón, sino que viajaron a Nashville, al Quad Studio de David Briggs, para completar algunas sesiones con las aportaciones del propio Briggs y John Hughey al pedal steel guitar. Y en una gesta sin precedentes, sobre todo teniendo en cuenta que se trataba del disco de un primerizo, Hinton pensó que la sección de cuerda que había arreglado para uno de sus temas debía ser ejecutada por la London Symphony y al Olympic Studio de Londres que se fueron.

Todas estas sesiones tuvieron lugar entre 1969 y 1971, en pleno apogeo del Muscle Shoals Sound. Pero lo sorprendente del caso es que Coleman no era un compositor de soul. Ni siquiera de country. Sus temas son muy pop, en la línea de artistas americanos como Emitt Rhodes o Chris Bell. O, por qué no decirlo, Paul McCartney. Naturalmente, el peso de haberse grabado en Muscle Shoals y en Nashville otorgaba al sonido final del álbum un empaque diferente al que se esperaría de una grabación netamente pop. Era, sin duda, una producción atípica para Eddie Hinton pero su potencial comercial resultaba indudable. Fácilmente podría haberse convertido en un éxito, podría haber sido el gran proyecto musical de Hinton, el que pusiera su nombre en la primera línea de fuego. Pero para no romper con la suerte eterna de nuestro protagonista, la grabación terminó, como ya se sabe, bajo un colchón y no fue hasta finales de 1995, con el elocuente título de Lost And Found (Breathe Easy Music), que el público pudo acceder a ella por primera vez.

¿Por qué esta grabación no vio la luz en su día?

Algo apunta, aunque de forma muy tenue, el propio Coleman en las líneas interiores del álbum. Un posible contrato con Atlantic que no cuajó. Ciertos contactos con el sello Island que tampoco llegaron a materializarse. Las relaciones entre Hinton y Coleman se iban poco a poco distanciando a medida que el disco no parecía encontrar una casa discográfica que lo distribuyera. Durante ese tiempo, Coleman se vio forzado a salir de gira, acompañando a otros grupos a la guitarra, mientras esperaba la llamada de Hinton. Pasaron los años y, viendo que su carrera musical no despegaba de ningún modo, Coleman regresó a Nashville, se licenció en Psiquiatría y, según cuenta, jamás volvió a oír hablar ni de Hinton ni de su disco. Hasta que recibió esa extraña llamada telefónica en 1995.

La segunda gran grabación encontrada llegó a finales de los noventa, cuando se lanzó el disco inacabado en el que Hinton andaba trabajando cuando falleció. Su principal reclamo era que junto a esas últimas sesiones se incorporarían algunas de las grabaciones realizadas con la Muscle Shoals Rhythm Section a finales de los setenta, temas que se habían quedado en el tintero tras la publicación de Very Extremely Dangerous, su primer álbum. Completadas ahora dichas grabaciones con la ayuda de los más grandes, como Spooner Oldham, Dan Penn y Donnie Fritts, que homenajeaban así con su presencia en este álbum póstumo a su difunto amigo, el disco vio la luz con un título también de lo más elocuente: Hard Luck Guy (Capricorn, 1999). Para muchos es el gran disco de Eddie Hinton. Pero una canción destacaba sobre el resto: la que daba título al álbum, rescatada precisamente de aquellas sesiones primigenias grabadas en Muscle Shoals a finales de los setenta, probablemente el mayor desgarro jamás salido de la garganta de un blanco.

No es solo que el tema «Hard Luck Guy» pusiera (ponga) los pelos de punta por la cruda (y hermosa, y sincera) tristeza que emanaba, sino que el hecho de que semejante gema permaneciera inédita hasta la fecha dolía en lo más profundo. Hacía más patente si cabe lo fatídico del caso de Eddie Hinton; ahondaba en esa «suerte» de la que hablaba la grabación en cuestión, ayudando a dar forma a esa eterna promesa sin cumplir que fue su carrera musical. Uno terminaba aceptando que sí, que se había ido un talento inconmensurable y desaprovechado al que ya no sería posible volver jamás.

¿O sí?

Desde Reading (Inglaterra), un fanático del soul llamado Peter Thompson monta a principios de los noventa el sello Zane con el ánimo de hacer accesible al público británico el inencontrable segundo álbum de Eddie Hinton. Obsesionado desde entonces con su música, Thompson se pone manos a la obra y en 2000 sorprende a medio mundo rescatando a través de su sello lo que parecía inexistente: las míticas maquetas que Hinton grabó en Muscle Shoals a lo largo de la década de los sesenta y setenta. Y con ellas, todas las deudas musicales de y con Eddie Hinton quedaron definitivamente pagadas.

Hasta la fecha, tres volúmenes de maquetas han visto la luz pero el primero de ellos se lleva la palma: Dear Y’all. The Songwriting Sessions (2000). Podrá sonar a exageración pero creo firmemente que de haberse lanzado en su momento algunas de estas demos en un LP estaríamos hablando de uno de los mejores discos de soul de todos los tiempos:

En 2004 y 2005 se publicaron, respectivamente, los volúmenes dos (Playin’ Around) y tres (Beautiful Dream), y rumores acerca de un cuarto sobrevuelan desde hace tiempo los hambrientos bolsillos de los fans de Eddie Hinton. Porque aunque son todavía pocos sus aficionados, lo cierto es que el comienzo del siglo XXI vio renacer el interés por su figura. Y con él también afloró, cómo no, la leyenda negra. Esta vez, en forma de documental.

Uno de los platos fuertes del festival de soul de Porretta, en su edición de 2008, fue el estreno de Dangerous Highway, una obra audiovisual sobre Eddie Hinton filmada por Deryle Perryman y Moises Gonzalez. Aunque ya se había proyectado en Estados Unidos en algunos festivales menores, muy pocos habían visto el montaje final de ahí que la expectación fuera máxima. Se trataba de un trabajo que, decían, estaba llamado a ser el documento definitivo que pondría, de una vez por todas, el legado de Eddie Hinton en el lugar que merece. Estaba narrado ni más ni menos que por el exitoso bluesman Robert Cray. Y todas las figuras importantes que trabajaron con Hinton habían sido localizadas y entrevistadas. Sin embargo, los directores seguían buscando una distribuidora. Confiaban en que la proyección en el festival de Porretta, que con tanto cariño habían tratado siempre la figura de Eddie Hinton, les abriría las puertas al mercado europeo. Pero, para variar, eso nunca llegó a pasar. ¿El motivo? Deanie Perkins, la madre de Eddie Hinton y actual propietaria de los derechos de su cancionero, vetó por completo su comercialización arguyendo que la imagen que se proyectaba de su hijo en ese documental no se ajustaba a la realidad, porque era demasiado ¿truculenta?

¡Ahora sí que había ganas de verlo!

De nuevo la rumorología sobrevolando las cabezas de todos; de nuevo esa parte no contada, esa especie de secreto a voces, que parecía empeñada en no ver la luz. Tantos interrogantes, tantos huecos sin rellenar en la vida de Eddie Hinton. ¿Qué era lo que se contaba en Dangerous Highway? ¿Tan maliciosa y morbosa había sido la mirada de Perryman y Gonzalez como para ocultar la enorme herencia musical que se pretendía reivindicar? Lo cierto es que salvo aquellos afortunados que estuvieron en el momento y en el lugar exacto, muy poca gente ha podido recorrer esa «autopista peligrosa». El veto de la señora Perkins se tomó muy en serio por sus autores: Dangerous Highway no se encuentra en ningún sitio. Por extraño que parezca, no está ni siquiera filtrado en la red. La única forma de visionar el bootleg es llamando, de estraperlo, a puertas muy importantes. Obviamente no puedo desvelar las fuentes pero, al final, tras muchas vicisitudes, una copia pirata de Dangerous Highway llegó a mis manos. El secreto, por fin, me fue revelado. Y ahora lo será a vosotros.

Sin duda, una obra como Searching For Sugar Man (Malik Bendjelloul, 2012) ha ayudado a que la industria se tome en serio el documental musical, no solo desde un punto de vista artístico sino comercial. Hasta entonces solo unos pocos cineastas de renombre (Scorsese, Demme) se habían lanzado a grabar documentales musicales con cierto empaque visual. Quitando algunas referencias ya míticas (sobre todo de grandes festivales y conciertos), el rock no había sido tratado con mucha profundidad a nivel documental. Pero gracias al éxito de la película sobre Sixto Rodriguez esa tendencia ha cambiado y están empezando a facturarse documentales musicales que se toman la música popular muy en serio, incluso aquella que recorrió las carreteras secundarias de la historia. Recientemente se ha estrenado uno absolutamente deslumbrante y que tiene mucho que ver con la historia de Eddie Hinton. Se titula Muscle Shoals (2013), lo ha dirigido Greg «Freddy» Camalier, y cuenta la historia, cómo no, de los años gloriosos que vivió esa pequeña localidad del norte de Alabama a finales de los sesenta y primeros setenta. Lo que ocurre es que, en comparación, el documental de Perryman y Gonzalez parece un trabajo absolutamente amateur: es pobre de contenido, la calidad de la imagen es pésima, está mal montado… Desde un punto de vista técnico, hay que reconocerlo, Dangerous Highway es nefasto.

Dangerous Highway es un quiero y no puedo. Y uno entiende fácilmente, tras su visionado, por qué ninguna distribuidora se había decidido a lanzarlo antes del veto materno. Lo único que ofrece es voluntad, un somero repaso por su obra musical y, eso sí, un buen puñado de entrevistas a personas clave en la vida de Eddie Hinton. Será, entonces, a través de sus testimonios que conoceremos de primera mano, por ejemplo, que la grabación del álbum de Jim Coleman fue el principio del fin. Que se convirtió en una obsesión para Hinton, que puso en él tanto tiempo, esfuerzo y dinero que lo agotó física y mentalmente. Aquel disco llegó a representar para él su gran (y probablemente única) oportunidad para dejar de ser un simple músico de sesión, siempre a la sombra de los demás, cuestión esta que al parecer le corroía por dentro. Trabajaba en el álbum de Coleman día y noche. Se tomó tan en serio el proyecto, lo hizo tan suyo, que acabó exhausto. Al parecer, las constantes negativas que recibió de las discográficas lo hundieron. Hinton contó a todo el mundo que el todopoderoso sello Atlantic estaba interesado en la grabación, pero en el documental se puede comprobar cómo Jerry Wexler ni siquiera recuerda que se le hubiera ofrecido el disco. ¿Acaso fue una invención de Hinton para ilusionar a Coleman? En todo caso, fue ahí donde empezó su descenso a los infiernos. David Hood comenta en Dangerous Highway que una mañana lo encontró en el parking al lado del estudio, metido en su coche, apretando sin parar el acelerador. Fue el primero de muchos comportamientos erráticos. Comenzaron todos a temerlo. Nadie parecía estar a gusto con un músico tan inestable cerca. Y así, Hinton, fue desapareciendo del mapa poco a poco.

Quizás pueda sonar exagerado, eso de perder el control por no ser capaz de colocar un disco en el mercado. Sin duda existiría una gran frustración personal detrás, pero Hinton nunca había mostrado antes ser una persona frágil. Por eso creo que hay un dato adicional que no debe pasarse por alto, y que visto en perspectiva sí que es capaz por sí solo de justificar el desplome de nuestro protagonista. Fue precisamente durante la grabación del disco de Coleman (finales de los sesenta) que a Hinton se le ofreció, por parte de su amigo Duane Allman, formar parte de la banda de los Allman Brothers. Y Hinton, ofuscado en su proyecto, declinó educadamente la oferta que, de aceptarla (esta sí), le hubiera cambiado la vida para siempre. En 1971, año en el que se dieron por finalizadas las sesiones del álbum con Coleman, los Allman Brothers publicaban At Fillmore East, que fue un tremendo éxito comercial.

Al margen de posibles frustraciones personales, no hay que olvidar que durante aquellos años de gloria en Muscle Shoals, a finales de los sesenta, Hinton disfrutó del éxito. Ganaba un buen dinero como músico de sesión y ocasional compositor; su relación con Sandra, su entonces novia, se consolidaba. Hinton se compró una bonita casa en Shoals Creek y un par de coches. Todo parecía ir relativamente bien, pero la mala suerte, siempre fiel y oportuna con nuestro protagonista, volvió a presentarse para romper la calma. Un mal día, un policía quisquilloso hizo una redada inesperada en la nueva casa de Hinton y allí encontró algo de hierba. Para evitar los cargos delictivos, el agente llegó a un extraño acuerdo con Hinton y su mujer: deberían abandonar Alabama para siempre. Y, al parecer, aceptaron el trato.

Así fue como, a principios de los setenta, Hinton abandonó a los Swampers, la formación que le había dado fama y sustento durante toda su carrera. Desapareció casi de la noche a la mañana. Y este fue el motivo por el que Hinton se perdió como en una nebulosa durante buena parte de la década de los setenta. Alojado en Macon (Georgia), Hinton fue contratado por Phil Walden, que dirigía por aquel entonces los estudios Capricorn, donde se llegó a rumorear que trabajaba como bedel. Pero lo cierto es que en aquellos años Hinton trabajó para Capricorn en cuestiones musicales produciendo, por ejemplo, el álbum de John Hammond Can’t Beat The Kid (1975).

Es justo en este periodo que Wexler se enteró de que Hinton estaba en Macon trabajando para Capricorn. Según comenta el propio Wexler en Dangerous Highway, fue él el que le dijo a Walden: «Tienes a un genio trabajando contigo. Grábale un disco». Y así fue como Eddie Hinton consiguió grabar, por fin, su primer y ansiado disco en solitario. Corría, como ya sabéis, el año 1978. Muy tarde ya para todo. Los años dorados del soul sureño hacía tiempo que habían pasado; así nos lo recordaba Guralnick en su obra magna.

Aún siendo un disco que, como se señaló en la primera parte de este artículo, apenas tuvo impacto comercial, lo cierto es que entre los músicos fue tremendamente popular. Tanto Jimmy Johnson como el bajista Chuck Leavell coinciden en afirmar que a finales de los setenta Very Extremely Dangerous era el disco que los músicos ponían en los autobuses cuando estaban de gira. Los Rolling Stones, Lynyrd Skynyrd, la E Street Band de Bruce SpringsteenY todos parecían quedar impactados al enterarse de que Eddie Hinton era blanco. Torpe jugada entonces la de Capricorn que no solo no promocionó lo suficiente el disco sino que decidió no incluir ninguna foto de Hinton en la carátula, para jugar al despiste. Así nadie pudo ponerle cara al responsable de aquella grabación soberbia:

Finales de los setenta fue una época en la que parecía que Hinton comenzaba a recuperar de nuevo el pulso de su vida. Estuvo brevemente de gira con The Rocking Horses, de la que casi nada se sabe salvo que fue una formación mixta, de negros y blancos, que causó cierto revuelo en los estados más sureños, y que en Dangerous Highway no se aporta información alguna. Y volvió a Muscle Shoals, de la mano del guitarrista Jimmy Thackery, fan de Hinton, que lo fichó como productor de su primer álbum con The Drivers. Según cuenta Thackery en Dangerous Highway, parecía estar viviendo entonces un momento de ensueño: mientras ellos grababan en el Muscle Shoals Sound Studio junto a Hinton, en la sala de al lado estaba Bob Dylan grabando Slow Train Coming (1979). Todo iba sobre ruedas hasta que a Hinton se le cruzó de nuevo el cable. Se quedó con la mirada vacía y abandonó el estudio a mitad de una grabación. Al día siguiente había desaparecido. De nuevo abandonaba Muscle Shoals por la puerta de atrás.

Hinton vivió entonces sus peores años. Separado de Sandra y consciente de sus problemas de salud, decidió mudarse con su madre y su padrastro, y someterse a un tratamiento. Malvivía cortando el césped a los vecinos, pidiendo dinero a familiares y amigos, y deambulando como un zombi por las calles. Y eso era cuando estaba bien. Dick Cooper, el que fuera su manager durante muchos años, comenta en Dangerous Highway que un día Hinton anduvo más de doce horas, por la carretera, solo para devolverle a Donnie Fritts un dinero que le había prestado. Es cierto que la anécdota dice mucho sobre la honradez de Hinton pero en el fondo no deja de ser un nuevo episodio de excesos sin control.

En 1982, Hinton volvió momentáneamente a Muscle Shoals, de la mano de Jimmy Johnson, para grabar seis de los temas que luego formarían parte de su segundo disco, Letters From Mississippi. Pero la experiencia fue traumática. Los arranques de violencia se sucedían y el colmo llegó cuando atacó, sin motivo aparente, al propio Johnson. Hinton acabó con la cara contra el suelo pidiendo perdón de forma robótica. Aquello resultó intolerable. Hinton, consciente de su desequilibrio, huía por tercera vez de Muscle Shoals, derrotado.

John D. Wyker, viejo amigo de Hinton y que antaño había formado parte de la banda Sailcat, cuenta en Dangerous Highway que una tarde de 1986, mientras paseaba por delante de la Salvation Army Mission de Decatur, observó a un vagabundo andrajoso rodeado de bolsas de basura sentado en la parada del autobús. La figura le resultó familiar y se acercó a ver quién era, encontrándose con un Eddie Hinton más aturdido que nunca. Quizás esta sea la escena más dolorosa de todas cuantas se han contado sobre él. Su madre, de hecho, niega rotundamente los hechos, argumentando que a su hijo le robaron aquel día y, sin medios para poder volver a casa, tuvo que pasar esa noche en la calle. Sea cual sea la historia, lo cierto es que Hinton se encontraba entonces absolutamente perdido. Wyker se vanagloria, de hecho, no solo de haberlo rescatado de la calle sino de haber conseguido que publicara su segundo disco, metiéndolo en los Birdland Studios donde grabó el resto de temas que conformaron Letters From Mississippi. En Dangerous Highway se incluyen, y quizás sea ese el documento más interesante de todo el metraje, una serie de vídeos caseros en los que un ligeramente ido Eddie Hinton se sienta, como un pelele, al lado de Wyker, una especie de charlatán que parece más preocupado de aprovecharse de la pobre e indefensa criatura que de tutelar su carrera musical. Y eso que todavía puede verse en esos vídeos a un Hinton esbelto y poco desgastado físicamente. No mucho después de esas imágenes comenzaría a despreocuparse de la dieta y, a finales de los ochenta, engordaría de forma descomunal, ayudado sin duda por la medicación que tomaba como parte de su tratamiento. De esa guisa sobrevivió apenas cinco años más, hasta que su madre lo encontró tirado en el baño de su casa en Birmingham, Alabama.

¿Tiene motivos la señora Perkins para vetar la comercialización de Dangerous Highway? Digamos que el gran problema que presenta el documental no es tanto la imagen que transmite del músico (que sí, que quizás abuse ligeramente de esa leyenda negra, pero también se cuida mucho, y creo que es un acierto, de no poner nunca nombre a la «enfermedad» de Hinton) sino su pobre factura. El producto final no está para nada a la altura de un personaje tan auténtico.

Mientras tanto, mientras aparece el reconocimiento definitivo (quizás llegue a través de esa biografía que parece estar escribiendo Jonathan Kehew), los homenajes se suceden (como el organizado por el sello Shake It! en 2009 en el que participaron Drive-By Truckers, Greg Dulli y Buffallo Killers, entre otros) porque serán siempre los músicos, sus propios compañeros, los mejores embajadores del legado de Eddie Hinton, no ya el último de los cantantes blancos de soul sino, sin lugar a dudas, el más grande de todos:

Jerry Wexler: «Fue un chico blanco que cantaba y tocaba verdaderamente con el espíritu de los artistas negros que tanto veneraba».

Jim Dickinson: «Llegué a llorar viendo a Eddie tocar la guitarra. Fue el negocio lo que lo hundió. Se puede escuchar ese destrozo interior en sus discos. Pero también puedes percibir su dureza. Dentro de ese ser humano destrozado estaba todavía el espíritu de Eddie Hinton, que aún era capaz de tocar. Se convirtió en una especie de Van Gogh. Allí dentro estaba ese genio monumental. Nunca vi a nadie llevarlo tan lejos como lo hizo Eddie».

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3 comentarios

  1. Pingback: La suerte de Eddie Hinton, el último de los grandes cantantes blancos de soul (I)

  2. Sencillamente brutal…su música se te lleva el alma.

  3. alejandro

    Pues tenía razón, Sr. Matute, gran segunda parte. Y el material nuevo (nuevo para mí al menos) es grandioso. Sólo lo puedo comparar a Otis Redding, Wilson Pickett o Lee Moses (palabras muy mayores para mí), y con esas guitarras espaciosas… Habrá que buscar todo lo que nos falta. Durante la lectura de las dos partes volví a escuchar el «Very extremely dangerous» que adjuntó ud. y sorprende la calidez y alegría de los arreglos de viento, que parece ser que los componía él mismo, vaya tipo el Hinton.

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