The Neon Demon: espejito mágico, ¿quién soy? ¿sexo o comida?

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The Neon Demon, 2016. Imagen: Space Rocket Nation / Vendian Entertainment / Bold Films.

La última película de Nicholas Winding Refn ha generado una avalancha de críticas y reflexiones contrapuestas. Nada extraño para un director de cine que firma «NWR», como si fuese una marca de bolsos de señora, de los que llevan grandes iniciales metálicas o doradas en el cierre. Con insultos e indignación propia de usuarios de internet, los críticos de marca han desechado la propuesta porque afirman que está vacía de contenido, es una excesiva colección de ropa sobre la belleza en estos tiempos. Los simples aficionados a la moda se debaten entre el aburrimiento a causa del estilismo de las imágenes y la fascinación por la belleza de las protagonistas, que afortunadamente en algunas escenas aparecen sin ropa de esa rara y en poses muy glamurosas. Para avivar más la polémica, en su presentación en el festival de Cannes, el director afirmó que su cine no estaba obligado a enviar mensaje alguno. En sus propias palabras, el arte, ya estaba bien, no tenía que ser ni bueno ni malo, sino una experiencia, como la que recibe quien va a un restaurante o un parque temático. «Después de internet, todo tiene que provocar una reacción».

Reacciones o calidades aparte en esta lógica de supermercado, The Neon Demon es una sátira del mundo de la moda, con trazos de humor negro (las conversaciones de las modelos y diseñadores, la presencia de Keanu Reeves, la lógica de muchas escenas…). En ella, el director no solo despliega una parafernalia de efectos tan inservibles como atrayentes, lo mismo que la mayoría de productos de moda, sino también se permite fotografiar a las modelos luciendo realmente mal las carísimas prendas de alta costura. Es curioso, pero que sea una burla cruel no ha impedido que la película fuese recibida con entusiasmo en revistas como Vogue. De hecho, se hizo publicidad con las protagonistas encabezando una portada de V Magazine, en un reportaje titulado «Killer Fashion». Rizo de la metaficción. No ha sido el primero. Estamos acostumbradas a ver en las revistas de moda reportajes sobre el chic en la novela, el deporte o la política, con selección de ropa y complementos a juego. Incluso en un rizo del rizo, al político, el escritor o el futbolista haciendo de modelo. Tampoco hay grandes diferencias entre unas profesiones y otras.

The Neon Demon está realizada exclusivamente en torno a la imagen y sus peligros ocultos para la mujer modelo. Es una historia simple, inspirada en cientos y cientos de películas anteriores, sin tener un guion muy desarrollado ni hacer profundos retratos psicológicos de los personajes. Las espectadoras estamos como la protagonista, cautivas de esas imágenes sin más recorrido que su propio reflejo en nuestra retina, donde se celebra el festín. Igual que NWR, todas hemos experimentado ese arrebatamiento en algún momento de nuestra vida. Delante de un mueble de baño o un armario ropero con varios espejos, hemos abierto esas puertas y conocemos el vértigo, el efecto de contemplarnos multiplicadas hasta el infinito.

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The Neon Demon, 2016. Imagen: Space Rocket Nation / Vendian Entertainment / Bold Films.

El cuerpo como símbolo y objeto sagrado sustenta filosofías, religiones y sistemas económicos. Osiris es despedazado por Seth y su cuerpo esparcido por Egipto. Isis recupera cada fragmento y este se convierte en un dios. Antes de sacrificar a Jesucristo, el profeta instaura una ceremonia en la que los adeptos comen su cuerpo a través del pan. Numerosas comunidades han celebrado ritos de canibalismo para propiciar una buena cosecha o celebrar la victoria de una batalla bebiendo la sangre de sus enemigos, para así atrapar su fuerza y su vitalidad. En los últimos días de la humanidad y a través de la evolución de la moda, el cuerpo se ha transformado en una percha, un recipiente vacío que solo transmite la imagen de sí mismo, multiplicado en miles de copias gracias a los medios. Del mens sana in corpore sano, que ni siquiera es así en el texto de Juvenal, hemos pasado al culto a la envoltura corporal, o mejor dicho,  a lo que se lleva encima de ella.

En su origen, el de modelo era un trabajo anónimo, pero el desarrollo de la industria y los medios de comunicación sustituyeron el rol de la simple maniquí de salón o pasarela por un relato novelesco con final feliz, basado en algunos hechos reales. Chicas de cualquier posición social, especialmente las de origen humilde (eufemismo para pobre) soñaban con transformarse en mujeres admiradas, bien retribuidas y con prestigio gracias a su sola apariencia. En pocos años quedó demostrado, a la manera de un spot de televisión, que la belleza, la juventud y la moda podían cambiar el mundo mucho más rápido que cualquier filosofía o puesta en común. El planeta entero ha asimilado este mensaje: si eres bella, tienes una imagen y eres muy joven (últimamente, cuanto más, mejor), tienes todo para conseguirlo. Las revistas llevan un siglo tirando fotos de niñas estrellas y el cine se ha empleado a fondo con historias fantásticas de bonitas debutantes que triunfan en las pasarelas.

En el Hollywood dorado se vendía el glamur de las actrices famosas, transmutadas en modelos como fácil ejemplo a seguir. La simple dependiente de una librería es descubierta por un fotógrafo y termina desfilando en París (Una cara con ángel, Stanley Donen, 1957). Era Audrey Hepburn. Tres desenfadadas amigas, modelos de fotografía, viven en Nueva York mientras se citan con diversos tipos masculinos (no es Sexo en NY, es Cómo casarse con un millonario, Jean Negulesco, 1953). Marilyn Monroe, Lauren Bacall y Betty Grable formaban el trío protagonista.

Pasada esta primera oleada de marcos extra idealizados, comenzaron las reflexiones dramáticas sobre lo que había detrás de los talleres de costura y las agencias de contratación, acompañadas de una tonelada de personajes de modelos, utilizadas como objeto de violencia, dependencia de sustancias, esclavas del sistema o víctimas de sí mismas. Si el crítico actual considera The Neon Demon un disparate, aunque muy estilizado, quizá es porque no ha leído la novela de Jackie Susann El valle de las muñecas (1966) o no ha visto la película homónima, monumento al kitsch más siniestro, con Sharon Tate, Patty Duke y Barbara Parkins, como las tres desgraciadas aspirantes a modelo y su caída en el infierno de las pastillas, los psiquiátricos y la violencia machista, en una lucha a muerte por conseguir un lugar en las revistas y la publicidad.

El melodrama ha aprovechado las biografías de modelos de vida torturada y finales estremecedores para películas como Mahogany, piel de caoba (Berry Gordy, 1975), un musical para Diana Ross, o el biopic sobre la supermodelo Gia Carangi, con Angelina Jolie (Gia, Michael Cristofer, 1998). Con el cine de (sex) explotación, entran las mezclas de historias de modelos con otros estilos: trama de modelos y asesino en serie, como el suntuoso giallo Seis mujeres para el asesino (Mario Bava, 1964), que comparte con NWR el uso del color, la artificiosa puesta en escena y las escenas de pesadilla.

Por supuesto, las modelos con una historia de terror tienen su propia filmografía. Por ejemplo, Los ojos de Laura Mars, adaptación de un interesante guion de John Carpenter, (Irvin Kershner (1978), en la que una fotógrafa tiene visiones de horribles asesinatos de modelos. Para quienes busquen un encuadren completamente opuesto a la experiencia-espectáculo de The Neon Demon, hay que mencionar los dos filmes de R.W. Fassbinder, Lola (1981) y Las amargas lágrimas de Petra von Kant (1972), cuyos vestidos y patrones ofrecidos por la diseñadora Maja Lemcke influyeron en el desarrollo de la costura internacional.

Y bueno, luego están Maniquí (Michael Gottlieb, 1987, y la secuela), y Zoolander (Ben Stiller, 2001, y la secuela), que son revisiones extra-camp del mundo de la imagen. Seguro que Stiller vio la notable y muy irreverente «Brillo» (2007) de Andréi Konchalovski.

«Up on The Catwalk».  The Neon Demon con posibles SPOILERS

The Neon Demon, 2016. Imagen: Space Rocket Nation / Vendian Entertainment / Bold Films.
The Neon Demon, 2016. Imagen: Space Rocket Nation / Vendian Entertainment / Bold Films.

Una fábula moral sobre la supervivencia en el mundo salvaje de la competencia entre las modelos le sirve a NWR para cambiar de foco cinematográfico. Hasta la fecha sus películas giraron en torno a los personajes masculinos, que también han sido explicados en forma de parodia, con múltiples referencias al cine actual (absurdas carreras de coches, estrafalarios métodos de lucha, mafias exóticas y venganzas sangrientas), jugando con los estereotipos sobre el héroe de acción, bromas sofisticadas acerca de la virilidad de discurso discreto que no sabe sino dar bofetadas, al estilo de Vinn Diesel y Charles Bronson. En esta última se interna por primera vez en la naturaleza femenina, en lo perversísimo que parece anidar bajo la máscara de la belleza y la agonía por conseguirla, en la constante lucha entre naturaleza y arte. Hablando en términos generales, en el mundo de la moda son las mujeres las que vuelcan sus emociones y su mercancía corporal, frente a un poder masculino que solo puede permanecer inmóvil y registrarlo a través de las cámaras, los medios y la publicidad.

El director se sirve de los cuentos infantiles y sus símbolos, la niñez y la inocencia amenazadas, objeto de deseo por los animales salvajes. Todos ellos están en la película: el lobo feroz, las hermanastras de Cenicienta y la bruja de Blancanieves, pero también la doble cara de las heroínas de esos relatos. NWR aprovecha para hacer un repaso por la historia del cine dedicado a la moda y las historias sobre luchas femeninas por el triunfo. La lista es interminable, hay ecos de Ha nacido una estrella (cualquiera de las versiones, sobre todo la de Cukor), el éxito de Russ Meyer El valle de los placeres (1970), Jóvenes y brujas (Andrew Fleming, 1996) o Helter Skelter (Mika Ninagawa, 2012) un conocido manga llevado al cine que tiene bastante más recorrido.

NWR rasga el velo de la alta costura y se confecciona un relato a retales sobre lo bello y lo monstruoso. Mezcla modelos y vampiras, el ansia de la juventud eterna y los peligros de perder el alma dentro del mercado de la mercancía corporal. La ciudad de Los Ángeles vuelve a ser el escenario, un set artificial, nocturno, surcado de colores fluorescentes y a ritmo de la música techno, enésima imitación de los ochenta, de Cliff Martinez. Allí asistimos a la transformación de la debutante, clásica historia de la niña de provincias que llega a la ciudad en busca de un sueño. En poco tiempo captará la atención de fotógrafos y diseñadores, amenazando la estabilidad de las modelos consagradas, con terribles consecuencias. La protagonista, una chica en apariencia inocente, se convertirá ante nuestros ojos en otro ser completamente distinto, mediante un juego mediado por los espejos en los que se refleja, las lentes que graban la cinta y las cámaras que la fotografían. La belleza virginal deviene en narcisismo y este se vuelve salvaje y depredador. El personaje de Elle Fanning apunta esa intención (hay algo peligroso bajo su piel perfecta), y el peculiar trío femenino que conoce nada más llegar a la ciudad —la maquilladora y las dos supermodelos—  va dejando advertencias a la chica sobre el destino que puede culminar en poco tiempo.

El final queda patente desde la primera escena de este grand guignol. Al abrigo de la última corriente de la publicidad, la que utiliza el cuerpo de las modelos, no como simple maniquí de la ropa o accesorio decorativo, sino como blanco para la violencia sexual o representación de la muerte, la protagonista aparece posando como un cadáver (una niña muerta), reclinado en un sofá (¿blanco?), con la garganta cortada sobre un charco de sangre artificial muy parecido en textura al caramelo de fresa. El fotógrafo, con la misma expresión psicopática que tenían Karlheinz Böhm en El fotógrafo del pánico (Michael Powell, 1960) y David Hemmings en Blow Up (Michaelangelo Antonioni, 1966) no deja de disparar sobre ella. Vemos el objetivo y en él su reflejo. En la siguiente imagen, solo quedan el sofá (¿negro?) y la sangre.

La película camina por el cuento de hadas y monstruos: la firma del contrato frente al espejo, en el que la debutante vende el alma con un engaño, la bajada al club infernal con las rivales, el baile en las colinas de Hollywood con la ciudad a sus pies y la luna llena en el cielo. Después, la exposición o primera ofrenda ante el fotógrafo estrella, donde es despojada de su look inocente y termina desnuda, decorada como un ídolo. Por último, la consagración en modelo de pasarela, desfilando con un excesivo traje negro al estilo de las reinas-brujas, como si fuese una cenobita de larga trenza que se contempla con terror a sí misma, transfigurada en siniestra diosa de tres caras. La belleza lo es todo, no hay nada más. No es que los demás quieran exprimir a la debutante, es que «ellos quieren ser yo», le contesta, embargada de su poder, al amigo desconcertado, quien se aparta del objeto de su deseo cuando descubre que ya no es la niña virginal a la que pretende, sino un ente poseído por el neón de la pasarela.

La protagonista parece conocer las fuerzas que sostienen la industria, pero nada sabe sobre algo mucho más poderoso que la belleza: el deseo. Ha dicho «no» de forma clara al fotógrafo, artista amateur sin habilidades sociales que conduce un coche deportivo como en Drive, sabiendo que no puede ofrecerle nada a cambio para avanzar en su carrera, pero por el contrario ha utilizado un halago engañoso para hacer creer a la maquilladora que siente algo por ella. Ninguna fuerza es tan dañina como la del amor rechazado. Si se suma a la envidia, ya tenemos un ara de sacrificio. El personaje de la maquilladora se comporta como una vampira/bruja que acecha a su víctima desde el principio (quizá ese puma que se materializa en la habitación del motel), y se cobrará la venganza en el caserón decadente y abandonado de Hollywood con la complicidad de las dos modelos. NWR se salta el paso de la violación que hubiese cabido en una trama masculina de giallo o torture porn, y va directamente a la necrofilia (por poderes), el asesinato y el canibalismo ritual. La famosa escena se convierte en un juego del director con el público, que puede entretenerse con la lista de referencias: desde Giorgio de Chirico o Hans Bellmer, pasando por Suspiria y Showgirls.

El director pensó la película sobre la belleza de su mujer, la actriz Liv Corfixen y el mundo de modelos, desfiles y glitter que la rodea. Lejos de realizar un homenaje, una reflexión, alguna clase de crítica o mandar un mensaje amoroso, ha firmado una película sobresaturada de «estilo» y «superficies», fascinante como pocas. The Neon Demon es estilismo camp, regusto de exploitaton para audiencias con la misma forma de ver que NWR, educadas y no saciadas en cultura trash, a la que suma la última tendencia de esta temporada, el occult chick, la ropa y accesorios del mundo de la brujería, lo gótico y su atrayente puesta en escena de lolitas de encaje negro, pentagramas y símbolos crowleyanos, como en la reciente y muy divertida Starry Eyes (Kevin Kölsch y Dennis Widmyer, 2014). Es una sátira sangrienta sobre la competencia en el trabajo femenino, que no sé si asumir como crítica antifeminista o simple horror de espectador, que es como realiza sus películas NWR, no como director en sí.

Pero el mensaje sigue siendo el mismo: la belleza no lo es todo; es lo único. Así se resume la ideología de este tiempo: el valor (económico/cultural/social) reside en la apariencia. Liberada del significado aristotélico, lo bello no tiene que ser bueno y verdadero. Puede ser malvado y completamente artificial. Solo es bello. Los productos artísticos tampoco necesitan una carga de pensamiento o trabajo interior. El demonio de neón, como cantaba Miguel Ríos en aquella canción, «Nueva ola», se ha hecho cargo de todas las cosas. Ni siquiera el ejercicio de la política se libra de ser un estudiado simulacro de poses y pretensiones. Más allá del cuento de hadas está la realidad. Es mucho más dolorosa que la última escena. Los países sobrealimentados viven esclavos del lookism, sacrificando a los niños en nombre de la belleza y los estándares de la moda. Se discrimina a la gente por su apariencia para acceder a un trabajo o hacer un simple círculo de amistades, pero no solo en la realidad, sino incluso en las redes virtuales. Una conocida campaña de publicidad ha establecido que las mujeres pierden la confianza en sí mismas a los treinta años. No es cierto. Hay niñas que se sienten feas o gordas con ocho o diez años. Este fragmento de la revista Elle sobre Abbey Lee Kershaw, la modelo y actriz protagonista de The Neon Demon, resume la película y las intenciones. El horror:

La australiana dejó su pelo crecer de nuevo y lo regresó a un color más natural que la hace lucir sofisticada y elegante. Al parecer los años no pasan por la top, quien luce muy joven como si tuviera la misma edad con la que comenzó su carrera.

Lee tiene veintinueve años.

The Neon Demon, 2016. Imagen: Space Rocket Nation / Vendian Entertainment / Bold Films.
The Neon Demon, 2016. Imagen: Space Rocket Nation / Vendian Entertainment / Bold Films.

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4 comentarios

  1. Pingback: The Neon Demon: espejito mágico, ¿quién soy? ¿sexo o comida? – Jot Down Cultural Magazine | METAMORFASE

  2. Una gran pelicula, quizá la mejor de su director junto con «Valhalla Rising», desde luego superior a la sobrevalorada «Drive». Gran fotografía, gran banda sonora y grandes interpretaciones, sobre todo la de Jena Malone. Y espectacular la belleza adolescente de Elle Fanning, no podía elegir NWR mejor a su protagonista. El guion es sencillo, pero no hacía falta más. Para mi gusto es la mejor película norteamericana del año junto con la infravalorada y menospreciada «Knight of Cups» de otro artista visual como es Terrence Malick.

  3. Pingback: Anónimo

  4. Yoshi

    En el repaso por las películas sobre modelos me venía a la mente «Models» de Ulrich Seidl mientras leía. Muy buen artículo

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