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Porzingis como preludio de los futuros dioses

PORTADA Ilustración de Yann Dalon
Ilustración cortesía de Yann Dalon.

De los periodos de cambio que han agitado el baloncesto NBA en setenta años el actual es uno de los más intensos. Desde la revolución iniciada por los Suns de Mike D’Antoni hace poco más de una década, cuyos efectos vemos ahora en esplendor, sigue latiendo bajo la superficie de nuestro tiempo una vibración incesante que no permite avistar con claridad la próxima cordillera del juego.

Su historia sigue repitiendo una fórmula tan simple como paradójica: todo modelo ejemplar se imita y combate a la vez. En cuanto un patrón despunta hegemónico los planos superiores tienden a replicarlo y los inferiores, a derribarlo. Mientras solo los primeros definen cada época los planos de fondo, el subterráneo de la competición que hoy nos parece irrelevante, combate la estructura dominante con nuevos factores en apariencia invisibles, como patógenos que ataquen al organismo. Resultado de ambas fuerzas en colisión el baloncesto avanza hacia algo, siempre fue así, superior y más complejo. Si de pronto los patógenos de las capas inferiores se multiplican el escenario admite un increíble aspecto de agitación y vida. Y nada describe mejor la era actual que este asedio de mutaciones de arriba abajo y la impresión de no presentarse acabada, de seguir aprontando el siguiente nivel.

Cuando el baloncesto apenas ha comenzado a recobrarse de la inmensa sacudida del triplismo y la reformulación del ritmo y el espacio —pace & space— que lo ha acelerado y dilatado todo, emergen varios ejemplares que, lejos de combatir el nuevo mantra, vienen a reforzarlo, pero he aquí lo crucial, en una nueva dimensión. Porque a la actual ya van por delante. Y son estos recién llegados quienes mejor permiten vislumbrar el porvenir. O al menos su horizonte más fabuloso.

Conviene antes fotografiar dónde estamos.

Mientras una porción de analistas refiere la NBA actual como «a guards’ league» otra prefiere interpretarla por la decisiva mutación del cuatro. Unos y otros admitirían satisfecha la revolución por el nuevo acuerdo entre las cuatro primeras posiciones, lo que además quedaría verificado en la explosión del small ball como aspiración general. Adaptarse y fortalecer este contexto desplazaría por primera vez la relevancia histórica del cinco y su tradicional campo de acción: los aledaños del aro, desalojados ahora de ineficientes presencias para facilitar el comercio del juego pequeño.

La relación secular entre grandes y pequeños descansó siempre en el suministro de estos a aquellos al poste bajo. El baloncesto de hoy sigue promoviendo eliminar esta histórica división. Para ello basta camuflar a los interiores en el lugar y funciones del juego exterior. La nueva ingeniería ofensiva explora como nunca antes el mismatch inmediato. Y al abrirse el juego, arrancar a los interiores de su viejo nicho y promiscuir los cruces, los desajustes se multiplican exponencialmente. Por eso la pintura ha perdido su hegemonía como vector de ataque. Porque ya no hay ventaja en instalar dos grandes patrullando el interior. O se suman activamente al acordeón de ataque o desaparecen en favor de quintetos más pequeños, más rápidos y más difíciles de defender. Reduciéndose sin cesar desde 2001 la estatura promedio, en cuya mitad planean cómodamente los Warriors, y conquistados así cuatro de los últimos cinco títulos, diríase que la revolución habría finiquitado, con años por delante para agotar el nuevo yacimiento.

Y sin embargo no se ha llegado a la meta. Falta aún a esta moderna revolución su tercer acto, sin duda el más subversivo de todos.

De cómo se ha llegado hasta aquí tiene su explicación en la versatilidad. Su lógica opera como el capitalismo. En su voracidad por alcanzar a todos y democratizar el triple nadie puede quedar exento. Y como el tamaño sigue importando demasiado mientras los rebotes, la protección del aro, el flujo primario de bloqueos y el cierre del espacio aéreo ejerzan un influjo decisivo en el marcador, no habrá defunción del pívot, nunca del hombre grande. Lo que ha comenzado a apremiarle es una profunda transformación para adaptarse y sobrevivir en las nuevas condiciones, que exigen ampliar el rango de producción y sumarse a la fiesta del perímetro. Esto explica el radical repunte al triple de interiores puros como Marc Gasol, Brook Lopez o DeMarcus Cousins; y agravantes como Davis, Horford, Ibaka, Turner, Lauvergne, Speights, Hamilton, Leonard o los nonatos Bender y Maker. Y aun con ellos nada impulsará más la nueva función de los siete pies que la irrupción simultánea de Karl-Anthony Towns, Joel Embiid y Krisptaps Porzingis. De hecho será esta versatilidad el principal corte para la selección de las tallas mayores en los drafts venideros. No bastan grandes que tiren. Será preciso algo más. Ese es el nuevo margen a explorar, donde cabe como ningún otro el gigante letón de New York Knicks, Kristaps Porzingis.

De entrada Porzingis es la mejor respuesta que hasta ahora ha dado el baloncesto a aquella fiebre de principios de siglo por encontrar al nuevo Nowitzki, una fiebre que adjudicó un número uno del draft a Andrea Bargnani cuando los ojeadores entregados al nuevo sondeo internacional rivalizaban por descubrir al unicornio en tierras remotas. Del letón no se presumen aquí analogías con Nowitzki. Se admite su caso como el más avanzado posible respecto del alemán y una complexión genética incluso superior.

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Foto: NBA.

Semanas antes del draft de 2015 el analista Danny Chau reconocía su escepticismo por Kristaps empleando indisimuladamente el término fracaso dos veces en las primeras cuatro líneas. Ironizaba con la caricatura de un Ivan Drago al que hubiesen estirado como un chicle y cargaba contra ese cínico aficionado americano que revienta conversaciones con el esnobismo de calzar nombres impronunciables del otro lado del mundo. Frenaba el hechizo que podría causar su cuerpo como un cliché agotado en los casos de Tskitishvili, Milicic o Vesely. Y recordaba de paso el rumor arrojado por Chad Ford en un chat de que Lakers y Knicks tenían un interés real por el joven letón. Hemos conocido ahora que esas dudas funcionaron con los Lakers. No así con Phil Jackson y su corazonada por recuperar los beneficios de Pau Gasol.

Recientemente Chau ofrecía una elegante disculpa por aquella tierna previsión. No tenía por qué. Había en ella más realismo que el significado material que ha desatado el letón.

Nada hay en Porzingis por encima de su increíble morfología y solo por ella cabe empezar. La historia del baloncesto es también la historia de los hombres altos. Su exploración y explotación. Pero en esa centenaria búsqueda ninguna ambición mayor que la del gigante que se comporte como si no lo fuera. Que su tamaño y atletismo no sean inversamente proporcionales. Esta selección sigue siendo a día de hoy la más cara de todas.

Una abrumadora mayoría de tallas superiores a los siete pies que prometían ese milagro acabaron sucumbiendo a una problemática recurrente: esplendor breve, fragilidad, propensión a las lesiones y a menudo todas. Como si más temprano que tarde la naturaleza reclamara sus límites a la anatomía extrema.

Quienes fueron testigos del primerísimo Sampson en Harrisonburg creían, con razón, que aquel jovencito venía a derribar el techo del baloncesto. «Su cuerpo siguió creciendo. Hasta doce centímetros en pocos meses. Pero cuanto más alto, más débil. Jugadores mucho más pequeños le desplazaban de la pintura con facilidad. Y Ralph reforzó así su idea de alejarse del aro practicando el tiro entre los cuatro y cinco metros. Un tiro que no sabía lo que era un tapón. Y en poco tiempo le dejaron hacer. Era como si proyectaran en él una introspección, como si tuvieran entre manos algo que, tal vez, pudiese cambiar la historia» («El alero más alto del mundo», en 101 historias NBA, Ed. JC, 2013). Años después, a una edad todavía joven, Sampson quebró como una espiga.

A mitad de los años ochenta Arvydas Sabonis figuraba ya su valor más elevado a ojos del incipiente scouting foráneo: la excepción internacional más grande del siglo XX. «Su talento atlético es cuatro veces superior al de Mark Eaton —se asombraba un directivo NBA—. Baila como Michael Jackson». La insultante suficiencia de un 2.20 haciendo, a menudo literalmente, lo que le diera la gana movía a concebir otra anatomía milagrosa. Las autoridades soviéticas despreciaron los riesgos de su explotación deportiva y la rotura del tendón de Aquiles en 1986 fracturó su carrera en dos. Si hasta entonces talento y cuerpo fueron de la mano, en adelante solo quedaría el primero.

Cuando un joven Pau Gasol, todavía en España, descendía su centro de gravedad a siete metros del aro para arrancar su entrada a canasta creímos estar ante la semilla atlética de lo que había despertado el lituano. Gasol no sucumbió a lesiones graves. Lo haría a una lenta prescripción táctica que fue adentrándole gradualmente en la pintura, para lo que su índice de masa corporal debía adaptarse hasta alcanzar techo colectivo en los Lakers campeones. Aquel cuerpo inicial, una fisonomía perfecta, únicamente fue pasto razonable del paso del tiempo en una NBA que precisaba de él una mayor templanza en las proximidades del aro.

La irrupción del Gasol americano coincide ya con la inmensa brecha que abre Dirk Nowitzki con todo precedente como siete pies de percusión exterior a salvo de dar la espalda al aro. Con el alemán no han quedado dudas por resolver, salvo que su calidad técnica ha estado muy por encima de su condición atlética, haciendo olvidar que esta última, en perfecto equilibrio, aproxima su caso como ningún otro a la encarnación del gigante ágil, un mito deportivo que la historia nos vuelve a poner ahora ante los ojos.

En apenas año y medio la figura de Kristaps Porzingis sobresale como el molde material más perfecto que ha podido recoger el baloncesto de toda esa ingente exploración pasada. Describirlo técnicamente no presentaría mayor novedad que hacerlo con un alero del estilo Paul George si no habláramos de una estatura de 221 centímetros y el estilizado aspecto de una torre, móvil y flexible, liberada sexualmente del yugo posicional que carga con pesadez un siglo largo de baloncesto. A primera vista Porzingis no se define tanto por sí mismo como por la remota distancia que abre con sus homólogos de talla y esa reliquia que Kevin O’Connor refería como «one-dimensional classic 7-footers». Así Porzingis no vendría a ser sinónimo de nadie, sino antónimo de todos.

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Foto: NBA.

En aquel pastiche viral de cuatro minutos que resumía su workout en Las Vegas lo primero que asaltaba a la vista era su portentosa fluidez, como si midiera uno noventa, en la formación del lanzamiento, rápido, ligero, natural y en apariencia adaptable a toda situación, resistente a la salida de bloqueos y apto para la autogestión. Acomodar lanzamientos de todo rango con la sutileza de un alero figuraba metafóricamente la durantización de un finísimo gigante blanco que presentaba mayor soltura al tiro que Anthony Davis. La realidad no ha desmentido esa imagen de fábula. Su facilidad para anotar desde toda posición coincide con un asombroso repertorio que, antes de que nos habituemos, atraviesa esa erótica visual que aguarda cada contacto con el balón como un potencial highlight.

En juego, en ese tablero vivo de diez piezas, Porzingis aparenta un continuo y escandaloso mismatch, una impresión que hereda la superioridad de aquellos otros gigantes en esplendor. Y de momento, en la fase embrionaria de algo no visto con anterioridad. Porque el letón nace diseñado para prosperar en espacios hasta ahora vetados a estaturas extremas.

Contaba Ian Begley que el año pasado, siendo un novato recién caído al sueño americano, los directivos compartían una confidencia en intimidad: que era ya el mejor jugador del equipo. Por ahora su técnico, Jeff Hornacek, continúa descifrándolo sin hacer orbitar al equipo a su alrededor. Es una medida menos errónea que prudente. Promover un equilibrio de armas en los Knicks permite retrasar al letón como potencial jugador franquicia. De momento sigue alternando posiciones de cuatro y cinco, con mayor peso un año más en la primera. Siendo demasiado rápido para los pívots rivales Hornacek evita su sobrecarga como cinco por una mayor utilidad y por ahorrarle un desgaste ante tipos más fuertes, más resistentes al contacto y que al no poder contenerle en iguales condiciones tienden a embarrar el emparejamiento, donde aún se muestra tierno.

Esa ternura no escapaba a las previsiones. Pero entre los defectos referidos antes de debutar ninguno era grave o irreparable. Antes bien los ha abierto todos como espacios de progresión. Le presagiaban problemas atrás, inocencia por saltar a todo lo que multiplica las faltas, retrasos para responder al primer paso atacante, fragilidad para contener el pick & roll, dificultar el tiro rival y proteger el aro. Le ha bastado mes y medio para alzarse al primer lugar en la protección del hierro.

Y también en ataque se le invitaba a prodigar más y mejor el pase, a fortalecer sus bloqueos, a calmarse cuando goza del desajuste y enriquecer su manejo para crearse espacios. Este suave recetario, acertado a diversa escala, sería extensible a todo interior de gran estatura que llegara a la NBA. Y el letón sigue sin presentar socavones.

Ni ha tenido tiempo ni el empleado corre en dirección distinta a una prometedora progresión cuyo horizonte se ignora. Así exhibe un visible repunte de agresividad y una gradual deserción de las dudas típicas de su edad (y origen). Sin grandes diferencias en su volumen de uso, prodiga más tiros, resuelve más contestados, revela mayor efectividad bajo el aro (74%) y al triple (39%) y sigue mejorando su lectura defensiva, el camino recto a convertirse, también, en un two-way player.

Su producción autónoma de puntos no deja asombrar y corriendo en ambas direcciones revela igual velocidad que jugadores a quienes saca dos cabezas. Su impacto, en suma, es muy superior en una temporada, la segunda, tradicionalmente difícil para las grandes esperanzas.

Técnicamente, en la relación de recursos y estatura, Porzingis simboliza de raíz un territorio virgen que nos permite avistar no ya el futuro de su posición. Sino de todo frontcourt avanzado, noción que agrava esta repentina hornada de hombres altos que vienen a protagonizar el siguiente paso y revolucionar la revolución en la apasionante figura del stretch-5.

Por si fuera poco su personalidad ayuda. No padece el menor síntoma de anomia como tampoco lo hizo en Sevilla, a la que no olvida y con cuyos empleados sigue teniendo contacto. «Es un tipo fenomenal y muy sencillo —suscribía el periodista sevillano Javier Gancedo—. Cuando intercambias mensajes con él lo hace en español, porque entiende que así debe comunicarse con su gente de Sevilla». Y por respeto y cariño a unos años inolvidables, los años de crianza, que además le han dejado, añadía Gancedo, «un graciosísimo acento de Utrera». Ahora su nueva adaptación es ideal, según insisten sus compañeros en la Gran Manzana, favoreciendo el calor humano que tantos extranjeros no pudieron disfrutar. Se siente cómodo en el mundo americano, pleno en el juego NBA y hasta gozoso en los ardores de un Madison que, una vez más, anhela un mesías.

En una era tan pródiga en derribar mitos tal vez el caso Porzingis pueda servir para cuestionar otro clásico presupuesto: la inflación muscular como exigencia innegociable. Lo que ahora hechiza del letón es lo mismo que asombraba en el jovencísimo Sampson, el primer Gasol, el Sabonis de Stuttgart o, salvando tallas, el serpenteante Kukoc europeo y su hipnótica libertad. En todos ellos el mito del gigante ágil se hizo realidad. El fortalecimiento muscular de Porzingis tan solo sería razonable a un grado que no penalice su ligereza y velocidad. Porque son sus prestaciones físicas actuales, su prodigiosa soltura, el tesoro más valioso que proteger. Y así su utilidad será infinita y su carrera, un atajo en el tiempo.

Uno de los principios que fortalecen el éxito del small ball es su condición de indefendible para los hombres altos de corte clásico. A través de la versatilidad defensiva, eso que la última big data computa como DRAY (Defensive Range Adaptability), los Thunder fueron los primeros en detener la letal maquinaria de los Warriors cuando perfiles como Adams, Ibaka (y Durant) salían a cubrir el juego pequeño con igual eficacia en el desplazamiento que las tallas menores. Los destellos de esas singularísimas escenas del pasado mes de mayo que adelantaron 1-3 a los Thunder permiten intuir dónde situará el baloncesto su próximo paso, aunque para ello hayan de pasar décadas: replicar las fortalezas del small ball —desenfreno, dilatación espacial, triplismo y elasticidad defensiva— aumentando la talla de sus integrantes, una deslumbrante paradoja que hoy solo podríamos referir como Big Small Ball. Ahí reside el insondable destino del baloncesto NBA. Figuradamente, en la multiplicación de Porzingis sobre la pista que aviven el juego horizontal y desborden el juego vertical. Lo primero ya se conoce. No así el producto de ambos factores.

La mayoría de gigantes que llegan a la NBA lo hacen en condiciones de joven y natural delgadez. Pero mientras el molde de Chandler, Noah o Henson estaba predestinado a arraigarse en el juego interior, es preciso salvaguardar intacto el atletismo de quien puede derribar esa barrera y renunciar al tradicional destino funcionario. Cada vez que la historia alumbra una anomalía atlética, alguien que rebasa la horma promedio, urge conservar, por delante de cualquier otra consideración, lo primordial. Y en Porzingis lo primordial es su portentoso talento físico. Todo lo demás será accesorio, que en su caso, viene también de serie. Por eso merece la pena perseverar en este nuevo intento, ahora que como señalaba Hornacek, «solo está rascando la cáscara de lo que realmente puede llegar a ser».

Con Porzingis es inevitable la tentación de arrojarse al futuro. Porque en el fondo simboliza mucho más que su caso particular. Y mientras Towns o Embiid parecen ajustarse más a lo conocido, la anatomía y repertorio del letón sugieren destellos de la NBA de mitad de siglo, o tal vez antes, como un escenario plagado de gigantes ágiles. Solo a través de esta posibilidad los diez pies del aro, la última frontera que ahora creemos eterna, estaría en disposición de caer. Nada de cuanto invita a fabular el letón resulta más fascinante que concebir a su través la dimensión del siglo profundo y el advenimiento de los futuros dioses.

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Foto: NBA.

Toda audacia en esta intuición es obligada cuando estamos ante un caso que escapa radicalmente al pasado y dispara el presente. «Es difícil predecir su techo —formulaba el analista Adam Kilgore— ¿Cómo hacerlo con algo nunca visto?». En última instancia, podría ser Porzingis la auténtica revolución, su precursor y pionero.

Una de las tendencias de fondo del momento actual, cada vez más indisimulada, coincide con la formidable expansión técnica de los jugadores más altos. Lo que ahora vemos como prótesis está destinado a ocupar en el futuro el centro del baloncesto, devolviendo a la estatura la hegemonía perdida. Es lo que el investigador David Epstein resumía de forma lapidaria: «Mientras la búsqueda de jugadores más y más altos parece haberse estabilizado, la historia de la altura lo deja claro: a través de la prospección internacional o de tecnologías de ciencia ficción el baloncesto encontrará la manera de que sus integrantes sigan creciendo» (The Sports Gene: Inside the Science of Extraordinary Athletic Performance, Penguin, 2014). De momento Porzingis ha vuelto a disparar la fiebre internacional como hizo Nowitzki. Imaginar un molde inicial superior al del alemán, hasta ahora impensable, admite por fin una respuesta real en el asombroso jugador de los Knicks, al que convendría mimar hasta la última célula. Por su bien, sus posibilidades, su carrera y su destino como elegido para el salto en el tiempo.

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10 Comentarios

  1. Lenguaje barroco pero acertado. A Porzingis hay que dejarle madurar uno o dos años más y será realmente dominante. Como aficionado de hace muchos años a los Knicks pienso lo mismo que en todas las temporadas: A ver si esta es la buena! Go knicks!

  2. Muy interesante. Y qué pena que Pau no llegue ahora a la NBA. Hubiese sido un increíble big small ball

  3. Pingback: Porzingis como preludio de los futuros dioses – Jot Down Cultural Magazine | BRASIL S.A

  4. Porzingis es de esos jugadores cuyo juego se adapta mucho mejor al basket NBA que FIBA. Puede que domine la NBA como nunca lo hará en basket FIBA (otro jugador similar es Antetokoumpo).

    El primer día que le ví en Sevilla, pese a hacer 5 faltas en apenas 12 minutos, ya se le veía algo especial
    http://www.sillonbol.com/euroliga/muneca-balcanica-semana-1

  5. Ivan Fdez

    «Lo que ahora hechiza del letón es lo mismo que asombraba en el jovencísimo Sampson, el primer Gasol, el Sabonis de Stuttgart o, salvando tallas, el serpenteante Kukoc europeo y su hipnótica libertad. En todos ellos el mito del gigante ágil se hizo realidad. El fortalecimiento muscular de Porzingis tan solo sería razonable a un grado que no penalice su ligereza y velocidad. Porque son sus prestaciones físicas actuales, su prodigiosa soltura, el tesoro más valioso que proteger. Y así su utilidad será infinita y su carrera, un atajo en el tiempo.»

    Todo el articulo es magnifico, pero ese parrafo es directamente, emocionante

  6. «… el hechizo de su cuerpo…» «…la liberación sexual del yugo…» «…esa erótica visual…»

    Mmmh…

    Iba a preguntar si te has echado novia pero vaya, none of my business…

    Gran articulo, como siempre… me ha hecho recordar cosas que ya apuntabas en otro escrito anterior (el de Draymond Green, posiblemente).

    Al igual que Ivan Fdez , destaco el tema de su desarrollo físico.

    Algunos ya querían meterle en un gimnasio de engorde y ponerle directamente como 5 rim-protektor de esos (siempre me ha sonado a personaje de super-heroes Manga) desde que aterrizó en New York.

    Estoy muy de acuerdo con Horny en que Porn debería esperar para ello (si es que llega).

    Mmmh…

    «Horny», «Porn»… igual soy yo el que necesita echarse novia.

    Retomo:
    .
    No se trata de hincharlo a kilos como un ternero para el sacrificio de los codazos bajo aro, ni infiero que le supusiera a él ni al equipo ningún tipo de beneficio negociar assets musculares pagando en moneda de ligereza, rapidez y sobre todo, resistencia…
    …no solamente la aeróbica, sino muy específicamente resistencia de tendones y articulaciones.

    A más kilos, peor (exceptis excipiendis, ojo, que Sullinger es hamor).

    La genética y el azar explican mucho de la aparentemente endémica tendencia a la lesión rebajatechos que han padecido muchos Big-Dancers (saludo lateral a Kaminsky)… pero siempre he pensado que si no les hubieran hormonado (natural o artificialmente) con el fin de dar el peso mínimo en la báscula que hay/había en el pinturarring de las hostias como panes, es posible que hubiesen gozado de mayor salud y carreras más largas.

    Para terminar y jugando a futurólogo afirmo que, por troll reasons, está por aparecer en algún draft del futuro un personaje raro que será imposible de encajar en los sistemas habituales y a quien habrá que diseñar un contexto táctico ad hoc.

    Un manomadera dominador de la pintura de menos de 1’90.

    Que Tolliver nos vuelva a pillar confesados.

  7. … el hechizo de su cuerpo…” “…la liberación sexual del yugo…” “…esa erótica visual…”
    Mmmh…
    Iba a preguntar si te has echado novia pero vaya, none of my business…

    Jeje, una lastima que el redactor sea blanco de tus inseguridades sexuales.
    No te preocupes, ya no estamos en 1950, no es necesario reirse del hombre que encuentra hermoso a otro a hombre, para aliviar la incomodidad que sientes.
    Los gays podemos encontrar una mujer hermosa, y no sentir ninguna inseguridad.

  8. dos palabras Don Alejandro

  9. Culterano

    Jot Down nunca contrataría a Góngora por demasiado seco y espartano.

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