
Fábulas
Italia es ese país situado a dos centímetros de España y medio de Alemania. Un lugar cuyo terreno habitable (es decir, aquel que no ocupan estatuas de gente con los huevos al aire, sistemas de alcantarillado que se les han ido de las manos o Minecrafts de piedra) está repleto de personas muy agobiadas que al hablar sostienen abanicos de cartas invisibles en las manos, llevan gorras de fontanero con la inicial de su nombre bordada en ellas y se saben principales inventores de la verdadera comida moderna, aquella que ha decidido que el plato también ha de ser comestible y los cubiertos son solo un obstáculo que impide disfrutar de las placas tectónicas de mozzarella. También resulta ser la comunidad que históricamente ha legado a la civilización la mayor herencia artística: desde la espectacular maestría arquitectónica de una torre que se está cayendo, pasando por la herencia genética de Giancarlo Casanova materializada en esa romántica destilación del machismo en su grado más puro (el italiano por defecto es el único animal conocido capaz de ametrallar con un saco de ciao bella a toda falda en su campo de visión sin bajarse de la Vespa mientras apura su ristretto) y hasta desembocar en la alineación de artistas más extraordinaria jamás vista. Aquella que encabezan virtuosos de la envergadura de Leonardo, Donatello, Rafael, Miguel Ángel o el venerable Splinter.
Pero también es una tierra de fábulas, con una producción que planta cara directamente a la obra sucia de los hermanos Grimm, a los relatos de Hans Christian Andersen o a la inventiva psicotrópica del Lewis Carroll que perseguía el conejo de Alicia. El país ofrece una tradición bien nutrida de miles de cuentos fantásticos exitosos, desde Bajo el sol de la Toscana al espléndido relato en prosa de cualquier cosa que asegure un italiano tras la segunda copa en un after de Lloret de Mar. Y entre los pasillos de tan excelsa biblioteca una obra ha logrado destacar sobre el resto: el manuscrito titulado Le avventure di Pinocchio: Storia di un burattino (1883) firmado por Carlo Collodi. El cuento protagonizado por una marioneta que todo el mundo conoce. Que todo el mundo conoce mal.
La gran mentira de Walt Disney
Si invocamos la imagen de Pinocho la memoria visual del lector le remitirá directamente a la silueta con sombrero tirolés de la popular versión cinematográfica animada de los años cuarenta. O con un poco de suerte, a las encarnaciones estilizadas de madera que forman filas en las estanterías de cualquier tienda de souvenirs italiana como un pequeño ejército de musas de Quevedo. También resulta sencillo recordar su extraña naturaleza: para el conocimiento popular Pinocho es aquella marioneta afable y jovial que soñaba con ser un niño de carne mientras lidiaba con los problemas de un apéndice delator con la costumbre de crecer contra el deseo de su propietario, una situación clásica.
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Los viejos cuentos infantiles solo son aptos para sádicos sin remedio, son cuentos para adultos (perversos, pero aun así más inteligentes que las homologadas bobadas sentenciosas que pasan por literatura infantil sana), y sin embargo me fascinaban en aquella muy trastornada pero tan piscópata infancia. Era cuestión de costumbre, era la pavorosa anticipación de la peor normalidad, era el surrealismo lisérgico («Estaba el señor don gato» o «El patio de mi casa») y un protofeminismo con glamour: «Hache, I jota, ka ele, elle, eme, a, que si tú no me quieres otro amante me querrá». O aquel dechado de ternura: «Un bichito colorado ha matado a su mujer con un cuchillito de punta alfiler, le sacó las tripas y se puso a vender: ‘¡Se venden!, ¡se venden las tripas calientes de mi mujer!'». Eso se canturreaba con la banda sonora del ta-te-ti. O «Mambrú se fue a la guerra» que parece el recochineo sobre una elegía. O el clasista y desesperado «Tengo, tengo, tengo: tú no tienes nada […] Caballito blanco, llévame de aquí…». O la agónica «A la una nací yo. / A las dos me bautizaron. / A las tres me puse novia. / A las cuatro me casaron. / A las cinco tuve un hijo. / A las seis se me murió. / A las siete lo enterramos. / A las ocho morí yo»… No sé si es catarsis, enseñanza trágica o advertencia, ni por qué normalísimos padres (en el sentido corriente: no eran para nada psicópatas) nos autorizaban el disfrute de esa oscura poesía.
O la famosa cancioncilla de la pobre niña que esta en casa esclavizada con una tarea para cada día: un día lavaba, otro planchaba…
Eso en nuestra infancia era lo normal, ocuparnos de tareas de personas mayores y servir de mano de obra, por ejemplo, en el campo, los que teníamos padres agricultores.
Hoy en día, a más de la mitad de padres de aquellas épocas se les retiraría la custia de sus hijos.
¿El segundo libro mas vendido de la historia?
¿Su fábula se publicaría en más lenguas de las existentes?
¿mentira?
«La verdadera contradicción de Pinocho fue convertir a su auténtico padre en el escritor italiano más exitoso de la historia y que este no llegase a ser consciente de ello nunca. Su fábula se publicaría en más lenguas de las existentes, se realizarían unas doscientas cuarenta versiones incluyendo una adaptación en braille, y la novela acabaría convertida en el segundo libro más traducido y leído de la historia, solo por detrás de otro famoso recopilatorio de cuentos fantásticos: la Biblia. Pero su autor moriría mucho antes de que la obra llegase a convertirse en un éxito mundial»
Cierto xD
El segundo libro más leído del mundo (después de la Biblia) es «El Quijote» de Cervantes
¡Gracias!