Paganini y el contrato del siglo

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Ilustración de Hetty Krist (CC).

La idea de pactar con el maligno para obtener el amor, la riqueza o el reconocimiento mundano es tan vieja como la humanidad. Según esa creencia, que ya aparece recogida en la leyenda de Fausto y Mefistóteles, a cambio de la condenación eterna de tu alma el diablo te otorgará un don fuera del alcance de los hombres, o más exactamente de tu alcance, ya que casanovas o millonarios deben de existir desde la época más cavernícola. Y curiosamente, dentro de esa idea, una subvariedad muy extendida es el acuerdo para lograr la inmortalidad mediante la música. Sorprendente que nunca se hable de un pacto para pintar como los ángeles (valga la paradoja) o diseñar una colección de ropa maravillosa… Siempre el pacto fáustico en versión escuela de Bellas Artes va dirigida hacia la música. O quizás es el acuerdo que más ruido hace, y por ende el más conocido.

Dentro de estos acuerdos musicales, el más famoso en el siglo XX quizás sea el contrato firmado por Robert Johnson, bluesman del Delta del Mississippi que pasó de ser un músico mediocre a ser considerado el mejor guitarrista de su tiempo. Literaria es la historia, no cabe duda. Dicen que el susodicho se plantó en un cruce de caminos (nada más blusero que esas encrucijadas) con la guitarra en la mano yofreció su alma al diablo a cambio de ser tan bueno como el mejor. A partir de ahí se convirtió en lo que Eric Clapton definió como «el más importante músico de blues que haya vivido». Y si la historia es cierta (nada es enteramente verdad ni totalmente mentira en las noches de mosquitos y humedad de los pantanos sureños), realmente Fausto cumplió su palabra, las cosas como son, que no cualquiera es admirado por artistas como John Fogerty, Bob Dylan o Nick Cave. Pero mucha gente (siempre hay malpensados) defienden que no hubo tal pacto, que solo fue un ardid publicitario del bueno de Robert, quien, pese a ser pobre, analfabeto y medio ciego, era más listo que una comadreja y tras conocer la historia de un maravilloso pacto que había sido llevado a cabo por otro músico de la zona, Tommy Johnson, la interiorizó y no paró de publicitarla en canciones como «Crossroad blues» o «Me and the Devil Blues» («Temprano en la mañana, cuando golpeas a mi puerta, digo: “Hola Satán, creo que es tiempo de partir”»). Sin duda, un maestro del marketing diabólico.

Pero todo el mundo sabe que el Deep South, y más concretamente Mississippi, es tierra de tahúres y falacias. No como la vieja y culta Italia, país lírico donde los haya y, si hablamos de arte y demonios, no te digo nada: Turín, el diablo y la cultura, Dante y su infierno… y, por supuesto, Paganini. Ese sí que fue el artífice del contrato del siglo. Porque si el blues se rindió a la magia supuestamente negra de Robert Johnson, ciento cincuenta años antes fue el genial Mendelssohn quien descubrió otro vendido al más allá en la figura del violinista Paganini. «Su ejecución sin equivocaciones está más allá de lo imaginable… Porque él es tan original, tan único, que no parece de este mundo». Y es que a Niccolò Paganini Bocciardo se le puede considerar el mejor violinista de la historia. Y si en algo eres el mejor, normal que hayas tenido ayudas externas.

Sobre Paganini se dijo de todo. Una versión mantenía que cuando el italiano era un tierno infante de tan solo cinco años el diablo se le apareció en sueños a su madre, asegurándole que a cambio de su alma su hijo sería un violinista de fama mundial. A partir del día siguiente el padre de Niccolò, ante tan maravillosa perspectiva, obligó a su hijo a ensayar durante horas, sin descanso, para adquirir una técnica digna de tal acuerdo. Un claro caso de maltrato infantil y de intentar vivir por medio de su hijo lo que él no fue capaz de obtener, ya que Antonio Paganini, padre de Niccolò, había sido un profesional del violín, pero sin llegar a ser una gran figura. Otra versión, contada por algunos conocidos del músico, aseguraba que fue el mismo Paganini quien había solicitado ver al demonio, y tras un durísimo proceso de selección, se había postrado delante del maligno para ofrecerse como trabajador con contrato indefinido. «Le dijo que su alma era suya a cambio de tocar como un ángel. Se encendió una luz que nos cegó. Paganini se puso de pie y siguió su camino».  Así describió un colega del músico italiano la entrevista de trabajo.

El artista italiano, como buen seguidor de la escuela mefistofélica, era un amante de la vida disipada. Así, dicen que su carrera estuvo a punto de irse al traste por su afición al juego, cosa por otro lado nada sorprendente en alguien que es capaz de vender su alma. Lo que sí es más extraño es que un aliado del diablo tenga continuas pérdidas en los juegos de azar como en este caso, que hasta le obligaron a vender su violín. Pero en un giro de los acontecimientos, gracias a malvender su violín un admirador le regaló el que a partir de ese momento sería su santo y seña, el famoso violín Guarnerius (fabricado por Giusseppe Guarnero) con el que revolucionaría el mundo de la interpretación.

El aspecto de Paganini también ayudaba a la creación de su personaje. «Pálido, y de mediana estatura. Su delgadez y la falta de dientes le provocaron el hundimiento de la boca y le hicieron la barbilla más prominente. Su cabeza era voluminosa, sostenida por un cuello largo y estrecho, mostrando una acentuada desproporción con sus extremidades». Así lo describió su médico personal Francesco Bennati. Pese a eso, o quizás debido a eso, Paganini estaba obsesionado con las mujeres, hecho que lo llevó en más de una ocasión a meterse en líos de faldas y terminar encarcelado. Una estrella del rock nacida doscientos años antes de lo que correspondía.

Paganini se sentía cómodo en su papel de colaborador especial del maligno y aunaba todas las facetas necesarias para ser una estrella. Físicamente desagradable, gustaba de vestir de negro para resaltar su palidez extrema. Pero no solo era su aspecto lo que llamaba la atención, sino que su constitución era realmente extraña. «Movía todas las articulaciones lateralmente y podía doblar hacia atrás el pulgar hasta tocarse el meñique, pues movía sus manos con tanta flexibilidad como si no tuviese músculos ni huesos», escribió un doctor de Viena tras tener que atenderle. Y es que se ve que en el acuerdo con Lucifer le había correspondido el regalo de albergar en su cuerpo el síndrome de Marfan, una rara enfermedad genética de la que no se tenía constancia entonces y que le proporcionaría sus famosas manos de araña, que medían extendidas más de cuarenta y cinco centímetros.

Pero su habilidad y perfección técnica con el violín, de origen diabólico o no, eran algo inaudito. Nunca cambiaba las cuerdas desgastadas de su violín con el objetivo de que se rompieran durante las actuaciones y poder alardear de su virtuosismo con el instrumento, llegando a poder interpretar piezas de gran dificultad con una de las cuatro cuerdas del violín y continuar tocando a dos o tres voces, de modo que parecían varios los violines que sonaban. De hecho, durante un concierto, asombró a la audiencia empleando tan solo dos cuerdas de su instrumento: una grave, la de sol, para simular la voz del hombre, y otra más aguda, la de mi, para imitar la de un joven.

En 1828 realizó una gira por toda Europa que lo convirtió, seguramente, en el músico más renombrado y famoso del mundo. Así, en muchas de sus actuaciones las mujeres se desmayaban, llegando a jurar alguno de los presentes que habían visto al diablo junto a Paganini, y cuentan que solía tocar su célebre «Movimiento perpetuo» a la increíble velocidad de doce notas por segundo.  A esto hay que añadir que sus composiciones eran revolucionarias, y en ellas siempre aparecía una extraña anotación, la denominaba «nota 13», que parecía que hacía referencia a una nueva y desconocida escala musical. Otras leyendas más macabras decían que habría asesinado a su maestro para poder usar su intestino como cuerda para el violín (lo que chocaría con su costumbre de dejar que las cuerdas se rompieran en el mismo espectáculo, pero bueno, esos detalles son minucias en alguien que pactado con Satán).

—En mi violín hago resonar todo: los cantos de los pájaros, el sonar de las campanas, las tristezas y los dolores íntimos de los hombres. Voy, realmente, no al entendimiento, sino al corazón del oyente, por eso establezco rápido contacto con él, por eso…

—¿Por eso…?

—Por eso dicen que el diablo es el que está en mi cuerpo.

—¡Bah! Supersticiones de ignorantes.

—Sí, supersticiones, ¿quién sabe? A veces yo mismo me pregunto si la gente tendrá razón. No sé cómo debe sentirse un poseído del demonio.

Así relataba el pintor Pasini una conversación mantenida entre el propio retratista y Paganini. Eso sí, los motivos de su muerte fueron todo menos místicas. Atacado por la tuberculosis, padeció dos fuertes episodios de hemoptisis, que serían los que le llevarían a la tumba. Y por si faltara algo, el genio italiano también padecía de sífilis. Pero siempre muy metido en su papel hasta el final, en su lecho de muerte se negó a recibir la extremaunción, por lo cual las autoridades eclesiásticas le negaron sepultura religiosa a sus restos mortales. Su cadáver fue embalsamado y no pudo ser enterrado hasta 1876 por mediación papal en la ciudad de Parma, tras treinta y seis años y más de cinco entierros fallidos.

Al margen de pactos, lo que está claro es que su gran obra, el Capricho nº 24sigue siendo y será absolutamente prodigiosa. Nadie lo logró tocar correctamente hasta pasado muchas décadas… una obra divina (o diabólica), sin duda. Y es que ya no se no firman contratos de esta categoría

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6 comentarios

  1. Agustín Serrano

    Muy bueno.

    Felicidades.

  2. Pingback: Paganini y el contrato del siglo

  3. Ruymán

    Muy entretenido. Gracias

  4. Simpatía por el diablo,… pero siempre hará falta un abogado para redactar el contrato

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