
Una novela de guerra del escritor austriaco Alexander Lernet-Holenia, titulada El barón Bagge, tiene la particularidad de que la mayoría de los personajes que pueblan sus escenarios están muertos y son fantasmas. Estoy convencido de que todos vivimos en esa novela, y no porque la mayoría de la gente me aburra a morir, sino porque ya nuestra vida se ha vuelto, si es que no lo ha sido siempre, cosa mentale (como llamaba Leonardo a la pintura), una cosa fantasiosa: un organismo rutinario como una máquina de movimientos instantáneos en rápida sucesión, espasmos del tiempo, pero habitado de anhelos y de recuerdos, de figuraciones de seres que ya no se encuentran, constantemente visitado por otros organismos supuestamente vivos con los que interactúa en contactos fugaces casi como si fueran visiones que se desvanecen apenas han cuajado precariamente, pero que precisamente entonces se quedan como fantasma o como obsesión, reaparecen en la calle en momentos en que habíamos olvidado que murieron, por un instante alucinante, hasta que, saliendo del engaño de los sentidos, comprendemos que solo era alguien que se le parecía —en el fondo, pues, otro fantasma—, fantasmas que con el paso del tiempo se van alejando y borrando paulatinamente, pero a los que nos unen lazos más fuertes y veraces que a las figuras de carne y hueso con las que nos relacionamos diariamente y que tienden a parecernos extremadamente inconsistentes e ilusorias. ¡Fantasmas por todas partes! En los escenarios de la mente organizados como arquitectura de una pintura metafísica italiana, sobre los que mantenemos reservado el derecho de admisión, tienen lugar representaciones que pueden ser hasta multitudinarias como un viaje alucinatorio de datura, donde los actores de humo hablan a corazón abierto y sostienen relaciones muy laxas con el mundo sensible, ese mundo que no pisan desde hace mucho tiempo o sencillamente no han pisado nunca. Los aficionados a la lectura sienten muy próximos y palpitantes a algunos héroes de novela, más próximos y queridos que los vecinos del inmueble donde viven, y esto hasta el extremo de que más de uno ha deseado quedarse a vivir en tal o cual novela. Quizá alguno lo haya conseguido, pero como desde entonces no ha vuelto no hay manera de saberlo a ciencia cierta.
Los que han visto cine de niños o, ya como adultos, lo han visto en serio son testigos de la existencia y del poder sugestivo de esa vida paralela sin lentas transiciones ni tiempos muertos, a la que tienen acceso gracias a la proyección de un haz de luz sobre una sábana colgada en la pared; de manera que, aunque solo él lo formuló tan claramente, no es Cirlot el único aficionado al cine que barrunta que es en las películas donde se precipita y desarrolla la verdadera vida real, mientras que los espectadores sentados en las butacas constituimos apenas el aparato, el simulacro servil, aunque claro está que sine qua non para poner en marcha la película, o sea la vida. O sea, que somos como el servicio doméstico o el servicio técnico de las películas. En estricta y rigurosa coherencia con esa íntima convicción, Cirlot se empeñó en escribir miles de versos (revolucionando, de paso, la poesía española de la segunda mitad del siglo XX, o mejor dicho la poesía a secas) a modo de conjuro arrebatado y mágico para llamar a la doncella Bronwyn, personaje de luz, encarnación de destino, a la que conoció en la oscuridad de una sala de cine: él estaba sentado en la sala cuando ella salía desnuda de un estanque en la pantalla, como la Ofelia suicida por culpa de Hamlet que volvía para vengarse, según Cirlot, perito en fantasmas y en arcángeles:
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