In memoriam: Chris Cornell

Publicado por
Ilustración: Oriol Malet.

La mejor manera de expresar la honda impresión que Chris Cornell provocó en mí como oyente es contar cómo entré en contacto con su música. Nunca he tenido la costumbre de comprar un disco después de escuchar solamente una canción —el dinero no crece en los árboles— pero alguna que otra vez ha sucedido y claro, no siempre se acierta. Sin embargo, con el Badmotorfinger lo tuve claro desde el primer momento, y eso que conocía solamente una canción de la banda. En alguno de aquellos programas musicales que todavía existían en la televisión por entonces vi un grupo del que solamente había oído el nombre, quizá porque lo había visto en alguna revista de heavy metal. El heavy no era mi estilo —me gustaba, y ahora lo aprecio más; por entonces le prestaba poca atención— aunque las revistas eran interesantes porque hablaban de grupos de rock guitarrero de los que sí era seguidor. Supongo que al leer sobre ellos había dado por hecho que Soundgarden era una de esas rarezas metálicas para gente del mundillo. Sin embargo, cuando alguien decidió emitir el videoclip del primer single de su nuevo disco en la televisión española, yo estaba delante de la pantalla. Aquello no eran unas cuantas frases en una revista, aquello era una revelación: los riffs de guitarra en plan nitroglicerina, el bajo aplastante, la batería (¡esa batería!) y, cómo no, la voz sobrenatural del tipo que cantaba.

Aquella voz me dejó boquiabierto. En aquella época, semejante voz era ya un anacronismo; cuando uno pensaba en los grandes vocalistas de hard rock casi siempre tenía que remontarse a cantantes que habían despuntado en los setenta: Robert Plant, Paul Rodgers, Bon Scott, Freddie Mercury, Ronnie James Dio, y todos esos nombres que tenemos en la cabeza. Bueno, a principios de los noventa estaba Axl Rose con su voz raspada a lo Nazareth, estaban Chris Robinson o Corey Glover, estaba Ian Astbury, gente así. Pero lo del cantante de Soundgarden era otra cosa, un fenómeno inesperado. Una voz que se salía de todos los patrones. Lo único que podía uno hacer era escuchar con asombro aquellos berridos sobrehumanos… ¿cómo era posible? Era como si a Brad Delp lo hubiesen conectado a un reactor atómico:

El grupo me impresionó tanto que al día siguiente junté mi calderilla y fui directo a hacerme con el álbum, seguro de que con esa canción de presentación el resto tenía que ser dinamita. Para mi sorpresa, y cuando estaba convencido de que tendría que remover bandejas en las más recónditas tiendas de discos de la ciudad, lo encontré a la primera en un centro comercial; otro signo de que aquel grupo estaba abandonando la penumbra del underground (no mucho después aparecerían actuaciones suyas en películas, con el típico Cornell de aquellos tiempos, que maltrataba su garganta gritando en notas imposibles y se colgaba del entramado del escenario). La dependienta de la sección de discos —una chica rubia que hablaba con voz nasal mientras mascaba chicle, como salida de alguna secuencia en un bar de carretera de película americana—, me miró con ojos redondos como platos cuando pregunté por el disco (¿«Soundgarden»? ¿«Badmotorfinger»?), y tardó lo suyo en localizarlo, porque lo de las bases de datos digitalizadas era todavía cosa del futuro. Cuando llegué a casa puse el disco, feliz ante la perspectiva de poder hacer sonar otra vez aquella canción demoledora. Pero el primer corte del álbum fue otro puñetazo en la cara (¡quién iba a imaginar que con el tiempo lo terminaría versionando Johnny Cash!). Otra vez la misma energía, y otra vez aquella voz.

Todo el disco era increíblemente bueno: ¡«Somewhere»! ¡«Drawing Flies»! ¡«Holy Water»! ¡«Face Pollution»! ¡«Searching With My Good Eye Closed»! La clase de álbum, como el Electric de The Cult o el Appetite for Destruction, que iba anunciando el fin de los ominosos ochenta del tecnopop y Madonna. Uno podía escuchar Badmotorfinger y sentir que el disco, un disco de su propio tiempo, estaba a la altura de los clásicos. Yo estaba acostumbrado a escuchar discos de gente que había muerto o había dejado muy atrás sus años más inspirados, pero Soundgarden (como Nirvana, Alice in Chains, Jane’s Addiction o quien se les ocurra) formaban parte del inicio de un fenómeno tan inesperado como bienvenido: el renacer del rock de guitarras que dominó la primera mitad de los noventa, aquella época irrepetible.

Cuando compré el disco no se me ocurrió, ni de lejos, relacionar a Soundgarden con Nirvana, ni con el angst adolescente de la «generación X» —concepto del que ni había oído hablar—, ni con otros grupos de Seattle con los que hoy comparten un heterogéneo saco, pese a que en realidad se parecían bastante poco entre sí, más allá de usar los mismos instrumentos y tocar guitarras fuertes. Sabía, de manera superficial, que Soundgarden llevaban varios años en activo, pero al escuchar aquel disco entendí que no eran una banda heavy al uso. Me resultaba más fácil conectarlos con Black Sabbath y Led Zeppelin, incluso por momentos con Jimi Hendrix, que con Metallica o con Judas Priest. Sí, los riffs metálicos estaban ahí, pero muchos otros elementos parecían venidos de otros lugares, la psicodelia estaba abriéndose camino en su estilo, y la voz de Cornell parecía directamente llegada de otro mundo. En cualquier caso, aquellas canciones no me parecían sinónimo de depresión norteña ni de crisis existencial (por descontado, yo todavía no sabía una palabra de lo que decían las letras), y el Badmotorfinger era para mí un sinónimo de alegría, de energía y de ganas de vivir.

Su siguiente disco, publicado ya cuando el «grunge» era un movimiento pasto de sociólogos y columnistas, fue otra enorme sorpresa. No habían abandonado el rock monolítico, pero varias de sus nuevas canciones tenían ya ese toque melancólico con el que se identificaba lo que venía de Seattle, y que resultó que también estaba en el ADN de Soundgarden. Las canciones lentas del nuevo álbum tenían títulos poco alegres y melodías depresivas, y sin embargo eran tan brillantes e hipnóticas como las descargas tormentosas del disco anterior. La tristeza y la psicodelia iban ganando terreno en la música de Soundgarden, y nunca grabaron otro Badmotorfinger, pero no hizo ninguna falta. Su nueva música era menos potente pero más rica, y no decepcionó a nadie. Mientras que otras bandas potentes suelen patinar cuando se vuelven más melódicas, Soundgarden no perdieron un ápice de su poder por tocar más despacio o por grabar baladas, si es que se las podía llamar así. No es que rechace, no sé, las baladas de Metallica, pero Soundgarden sí llevaban el dramatismo en la sangre. Incluso las canciones más raras podían llegar a obsesionarte (¿quién podía resistirse a algo como «Head Down»?). Como la propia banda, Chris Cornell demostró tener la misma fuerza cantando temas lentos que desgañitándose con sus alucinógenos gritos.

Desde entonces ya nadie en el negocio musical puso en duda que Cornell se había convertido en una de las mejores voces del rock, comparable a los grandes iconos vocales de las décadas anteriores. Su figura, de hecho, eclipsó a las de sus compañeros de grupo, que también tenían mucho talento. El guitarrista Kim Thayil nunca tuvo mucho interés por estar en el candelero y de hecho pasó una buena temporada retirado. El batería Matt Cameron —a nivel instrumental, el más impresionante de la banda nunca estuvo en pósteres o carpetas, pero ha mantenido su prestigio intacto y como sabemos terminó formando parte de Pearl Jam. El bajista Ben Shepherd, responsable de algunas de las canciones más retorcidas y geniales del grupo, tuvo su preceptiva temporada de adicción a las drogas y, aparte de colaboraciones, no volvió al primer plano hasta la reunión de los propios Soundgarden. Cornell fue siempre la estrella. Su nombre bastó, por ejemplo, para hacer grandes a Audioslave: sin él, dudo que los antiguos componentes de Rage Against the Machine hubiesen obtenido tanta repercusión con un nuevo proyecto. Incluso compuso, a medias con David Arnold, una de las mejores canciones de la saga Bond, «You Know My Name» (creyendo él, por cierto, que el tema iba a sonar por el fondo en alguna escena: «Me pareció raro que me pidieran la canción principal, porque soy americano»). La verdad es que, aunque para los de cierta generación Cornell siempre fue el Cornell de Soundgarden —hay mucho de nuestra adolescencia en ello— o el de Temple of the Dog, sus discos en solitario o lo que hizo con Audioslave sirvieron para que gente más joven se familiarizase con su figura. En cualquier caso, y tirando de cliché, podía decirse que Cornell pertenecía a «la realeza del rock». Todo el mundo era consciente de su grandeza. Poca gente podría si quiera intentar imitar los momentos álgidos de Cornell en canciones como esta:

Su muerte ha sido un shock. Mientras escribo estas líneas la policía de Detroit acaba de dictaminar que ha fallecido a causa de suicidio por ahorcamiento. No puede decirse que era algo esperado. Es verdad que sabíamos que su carácter tenía rasgos depresivos; ya en los noventa, siendo joven, guapo, famoso y con dinero, Cornell habló abiertamente de sus pensamientos suicidas. También es verdad que algunas de sus canciones, por su contenido, producen escalofríos cuando las escuchamos ahora (en particular la aterradora letra de la por otra parte bellísima «The Day I Tried To Live»). Quienes, por suerte para nosotros, no tenemos esos problemas, no entendemos por qué una persona que lo tiene todo puede quitarse la vida, pero sabemos que ocurre y que hay sufrimientos muy severos detrás. Pero no lo esperábamos. El suicidio de Kurt Cobain también fue un shock en su día, pero en su caso pilló desprevenido al mundo porque casi nadie había querido ver los más que notorios síntomas; mirándolo de manera retrospectiva, la actitud cada vez más apática de Cobain, sus entrevistas e incluso sus letras eran claros signos de alarma. Quizá es que queríamos creer que Cornell parecía haber superado lo peor, porque no aparecía regularmente con la mirada perdida en el infinito como Cobain, y ha sido bastante activo todos estos años, sin dar mucha muestra de estar viviendo a desgana. Sí, ha tenido problemas con sustancias, pero esto es tan común en el negocio que difícilmente es noticia. A sus cincuenta y dos años, cabe admitir que tenía buen aspecto. Como Prince, aún se encontraba en muy buena forma, todo parecía normal en sus actuaciones (ya pueden verse grabaciones que hizo el público de su último concierto, ofrecido horas antes de morir). O es que sus problemas, cuales fuesen, no saltaban a la vista. Las enfermedades emocionales no tienen piedad. Todo lo que nos queda es lamentarlo y, quienes tenemos más suerte que ellos, agradecer que esas cosas no nos sucedan a nosotros. Eso sí, esta canción se hace difícil de escuchar ahora mismo, la verdad.

Cómo ha muerto es lo de menos, excepto para lo que él haya padecido en vida y para sus familiares y amigos. Es inútil buscarle un sentido al suceso; si se ha suicidado, es obvio que estaba mal, que estaba sufriendo una enfermedad terrible y que nadie ha podido hacer más por ayudarle. Para quienes no lo conocíamos excepto a través de su música, lo que se ha perdido es una de las últimas voces mágicas e inimitables del mundo. Alguien que podía ponerte los pelos de punta con sus interpretaciones, que podía berrear como un endemoniado o susurrar como un fantasma, que sabía cómo transmitir, cómo traspasar la barrera del soporte físico de una grabación para dejar una huella imborrable en el oyente, y que ya de paso era un más que aceptable guitarrista rítmico y un muy buen compositor (y sus inicios fueron ¡como batería!). Todos querríamos pensar que existe algún tipo de justicia universal y que la gente con talento debería vivir una larga y próspera vida, no porque sean mejores personas que los demás, sino porque contribuyen a hacernos felices y querríamos que tuviesen su justa contrapartida por ello. Yo he sido feliz muchas veces escuchando a Cornell y, por lo menos hasta el día de hoy, ni siquiera sus canciones más tétricas me producían otra cosa que puro disfrute. Lo de escuchar música para sufrir o para estar triste es algo que no va mucho conmigo, pero a veces uno se da cuenta de que esa música triste esconde una tristeza verdadera. De repente nos hemos dado cuenta de cuánto dolor podía haber a veces detrás de esa oscura poesía. Pero supongo que Cornell, como casi cualquier músico, quería hacer disfrutar a su público, no hacerlo sufrir. Sí, va a ser inevitable que determinadas melodías tengan un sabor amargo durante un tiempo, pero después del luto queda el recuerdo: era una de las voces más especiales del planeta, un músico entregado y alguien que se tomaba muy en serio esa maravillosa profesión de crear música, sin la que el mundo merecería un poco menos la pena. Es duro que alguien tan grande haya tenido un final así, pero ya no podemos hacer nada al respecto, salvo rendir homenaje y decir que, aunque siempre se cubre de elogios a los difuntos, Chris Cornell merecía de verdad todos esos elogios. Quién sabe, quizá ahora esté en algún lugar cantando esta canción junto al hombre que la escribió; a veces es verdad que los mejores se van antes de tiempo.

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