Ciencias

La gloria de la rata voladora

paloma
Foto: Luis Alfredo Sepulveda.

Toda ave, por su cercanía con el cielo, carga entre sus alas una identidad ilustre. El imaginario con el que las hemos adornado obedece siempre a sus formas y caprichos, así el búho, tal vez por su aspecto encapuchado y vigilia nocturna, evoca la sabiduría y el conocimiento. El ganso, la camaradería y la lealtad. El cuervo será siempre la mascota de nuestra sombra y el gorrión la alegría sencilla y hogareña. La paloma, en el folclore eslavo, es la forma que toma el alma tras la muerte; para los visigodos fue un motivo no solo decorativo, sino espiritual, mientras que para los cristianos representa la tercera persona de Dios. Para nosotros es solo una peste emplumada.

Según un dicho inglés, es desde la familiaridad como se llega al desprecio, pero muchas son las bestias con las que convivimos a las que damos un mejor trato que a la paloma. Para muchos, el abuso sobre perros y gatos es tan grave como la violencia familiar. Nadie tiene cosas malas que decir sobre nuestros caballos, vacas y ovejas, y cada día son más quienes se suman a la indignación contra la cacería y los productos hechos de piel. ¿Pero cuántos han salido a defender a la más internacional de las aves?

Ya sea porque se masifican en las plazas o porque saturan de excrementos nuestras terrazas y balcones, el ciudadano promedio no tiene un gran aprecio por ellas. Azote de las iglesias y los monumentos públicos, compañeras de los viejos, los vagabundos y los niños que las persiguen sin prejuicios, pocos son los amigos que las palomas tienen en la ciudad. Logran llevar una existencia pasable a base de los mendrugos y otras miserias de las que se alimentan mientras esquivan los puñales de la depredación. En Londres, su terror es el halcón peregrino. En Barcelona, la gaviota común. Si se presta atención al cielo, en ocasiones se pueden ver colgadas de los picos de sus verdugos. Otras veces, más grotescas, se las encuentra mutiladas o sin cabeza en las calles y los parques. Se ha estimado que la población global de palomas ronda los cuatrocientos millones, poco más del doble de los habitantes de Brasil. Lo único que hará este número es crecer junto con las megaurbanizaciones de Asia, África y América Latina.

A pesar de las dificultades que les imponen, las ciudades son los mejores lugares donde pueden vivir. Las ranuras entre los edificios, así como las grietas en los tejados de las casas abandonadas, son lo más parecido a las paredes y resquicios de los acantilados y demás hábitats rocosos de los que han sido desplazadas durante miles de años. Fue en los principales asentamientos urbanos de Mesopotamia, en Sumeria y Babilonia, donde la paloma se domesticó como alimento y ave de compañía, volviéndose así, junto con el perro, la mascota más antigua que aún tenemos.

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3 comentarios

  1. Puedo hablar desde el conocimiento, pues mi padre es un reputadísimo colombicultor, juez de competiciones de palomo buchón de varias razas, y por lo tanto, he crecido, como quien dice, rodeado de excrementos de paloma.

    Obsoleta ya su utilidad como mensajera, la paloma, se mire como se mire, es un ave que no aporta nada positivo. Ni da unos huevos apetecibles, ni su carne es sabrosa, ni cantan, ni dan compañía, ni tienen un carácter alegre, ni una pizca de inteligencia. Su caca es el equivalente animal a la sangre de alien (si acaso, lo único medianamente útil, pues se utiliza en la fabricación de cuero. Puro ácido). Se cargan los monumentos, se cargan el metalizado de los coches, y echan de sus nidos a otras aves mucho más útiles. E incluso son susceptibles de portar ciertas enfermedades (aunque, todo sea dicho, no tantas como otras aves con mejor fama, como las trepadoras).

    De hecho, los amantes de las palomas (colombicultores, por favor, que eso tan Donpatuflano de «colombófilo» suena horrible) disfrutan de sus posturas en vuelo (¿?) y en el acoso a las hembras (¿¿??); es decir, una cosa rarita de narices.

    No les tengo nada de aprecio. Nada de nada.

    Pero están ahí, tienen derecho a buscarse la vida, cagar, reproducirse, y buscar cobijo. Así pues, por favor, si tienen que mermar su número porque se convierten en plaga, háganlo sin miramientos; pero si no, dejadlas tranquilas. Y soportad su «cositas», que no son para tanto, y molestan menos que el 90% de los humanos.

    • Como los gitanos y muchos inmigrantes. Jajajajjaa.
      ¡Ay!, no he podido evitarlo. Es sólo un poco de humor negro.

  2. Pingback: La gloria de la rata voladora (por: Antonio Tamez) – Colombofilia & Colombofobia

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