
En 1954 el lexicógrafo Joan Coromines estaba exiliado en Chicago cuando publicó en Berna su Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana. En él registró que la Real Academia no fijó la voz «viajero» hasta 1817. Durante los siglos anteriores la palabra «viaje» no era más habitual en nuestro idioma que «jornada». Un día de viaje era casi siempre un día de trabajo. Cuando Antonio de Nebrija publicó en 1492 la primera Gramática y en los años siguientes un diccionario latín-español (y viceversa), no incluyó «viaje» en sus escritos. El humanista, que dedicó su vida a construir una lengua digna de un imperio, pensaba en jornadas de estudio y en periplos de conquista. Tuvo que llegar, tardía, la Ilustración a España, para que existiera el primer viajero.
Está siendo desterrado. Pero su modus operandi no varía. Como hacía cuando su vida era cotidianeidad y no excepción, anota lo que ve. Y esas anotaciones diarísticas poseen la voluntad de orden que ha estructurado su existencia. Está siendo desterrado por el Gobierno de su país, pero escribe (o le dicta a Lasaúca, su regente): «Pues vamos a dejar La Rioja, no podemos dejar de hacer una observación general sobre este país». Las observaciones, no podía ser menos, implicarán el concepto de reforma: «Conduciendo las aguas en anchas acequias o canales por la falda más acomodada de estos cerros, se hiciese fácilmente su distribución». Y enseguida enumera las consecuencias, con la misma obsesión por el orden con que años antes había hecho la lista de sus objetivos pedagógicos: primero esto, segundo aquello, tercero lo otro. Como si esa jerarquía de prioridades hipotéticas, escritas en un diario casi sin intimidad, pudiera combatir lo que sin duda estaba sintiendo: el caos absoluto.
«No sé si deliramos; pero esto se nos ocurre y lo que nos ocurre se escribe»: anota Lasaúsa en un plural que incluye a Jovellanos, el desterrado. Ocurrir: suceder. Ocurrirse: pensar: «un diario, escrito a trozos, de priesa, a malas horas y entre las molestias de la posada, cuanto concebimos y sentimos de él». El sentimiento no puede divorciarse de la escritura autobiográfica, móvil. Lo que discurre: el discurso. Los Diarios de Jovellanos son la crónica de una mirada en movimiento que da testimonio de un cambio de siglo. Una mirada de agrimensor y de humanista. Ilustrada y católica: la eterna paradoja española.
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