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Francia, la campeona oficinista

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Djibril Sidibé celebrando el triunfo de Francia en el Mundial 2018. Foto: Thiago Bernardes / Cordon.

Nos vendieron el Mundial de las sorpresas, pero era mentira. Al menos, en sus albores. Se trataba de una etiqueta resultona, de esas que procuran despachar el producto a los dubitativos y reafirmárselo a los creyentes. La primera fase no fue sorpresiva; más bien palpitante, arrebatada y, por encima de cualquier otro adjetivo, divertida. Divertidísima, mejor dicho. Pero los grupos expiraban y en octavos de final reservaban plaza, más o menos, los de siempre, los de la vitrina de trofeos estrenada, esos de cuyas plantillas enumeraría varios integrantes el espectador de siesta, barbacoa y chiringuito. Hasta que llegó el batacazo, la sorpresa mayúscula que convirtió la mentira en realidad. La inapelable hostia germana.  

Uno de los huecos que la historia reserva al torneo de Rusia es la eliminación de Alemania a las primeras de cambio. Para presentarse bien posicionada al día definitivo necesitó marcar con diez jugadores sobre la bocina un gol disfrazado de salvador que el último partido desenmascaró como estertor. Desde 1938 no se quedaba fuera de la segunda fase una selección alemana. Desde el Mundial 82 siempre había alcanzado los cuartos, logrando meterse en cinco finales. Pues van y pierden contra Corea del Sur, ya eliminada, pero que recordará eternamente que venció y echó a la que llegaba como campeona del mundo. Todas las sentencias balompédicas tienen fecha de caducidad. Ahora el fútbol es un deporte que juegan once contra once y siempre gana Bet365.

La victoria surcoreana ejemplifica tan bien como cualquier otra una consecuencia positiva del fútbol actual. Moderno, si así quiere llamarse. Vale, en las competiciones de clubes las cartas están marcadas y solo unos pocos se reparten los éxitos y el dinero. Pero la cuestión monetaria pierde muchísimo peso —no todo, eso sí— cuando saltan al campo selecciones nacionales. Precisamente esa globalización, esa posibilidad de que un ojeador tenga a un clic un partido de previa «uefera» disputado horas antes en Azerbaiyán, o vea un encuentro de la segunda división colombiana ingiriendo anacardos en su salón, facilita que jugadores de todos los puntos del planeta abandonen rápidamente sus ligas nacionales, de menor competitividad, y se curtan en campeonatos más exigentes. Ahora, el que despunta, madura antes. Vive lejos de casa, juega bajo presión, entrena con mejores métodos, adquiere conocimientos tácticos. Cuando se junta con sus compatriotas para una gran cita, la mayoría del trabajo ya está hecho, y es muy complicado encontrar una banda de cornetas y tambores. Las ha habido y las habrá, claro, pero escasean, como los porteros con pantalones largos o los futbolistas sin tatuajes. Incluso las selecciones del más ínfimo escalón se marcharon de Rusia con alguna actuación notable, cuando no con migajas de alegría que llevarse a la boca y que servirán como alimento hasta la próxima vez que disputen una Copa del Mundo.    

Es el torneo por excelencia. Tanto, que puede marcarte para siempre. Ponte que eres un jugador iraní, que integras una selección trabajadísima y sobria pero que, de repente, estimas buena idea —por ganar una apuesta o por una desconexión cerebral transitoria, lo mismo da— rezar, besar el balón e intentar una pirueta antes de sacar de banda. Afortunadamente recoges cable, pero eso no te librará de ser reconocido hasta el fin de tus días por tamaño despropósito. El gesto técnico de Lukaku ante Japón, los goles de Chéryshev, el debut mundialista de El-Hadary con cuarenta y cinco años, los cabezazos de Yerry Mina o la parada de Lloris a Cáceres, todo se marchará por el sumidero del tiempo. Pero la hazaña de Milad Mohammadi perdurará. Es eterna, como la cagada de Kalinic, que se negó a salir al campo para jugar cinco minutos, fue expulsado de la concentración y se perdió el maravilloso recorrido de su equipo hasta la final. Genio.

No tienes ni que ser futbolista para que el Mundial te cambie la vida. Con todos los encuentros retransmitidos en abierto y con luz solar, y siendo freelance —voz inglesa para «miseria que al menos puedes repartir en el horario que prefieras»—, encadenas partido tras partido hasta tragarte el 95% de los celebrados, olvidar a qué dedicabas antes todo ese tiempo y engordar un poco. Otros cambios vitales son más repentinos, como el del fotógrafo salvadoreño que desempeñaba su trabajo en semifinales y que, de repente, fue arrollado por la celebración del gol de Croacia. Desde el suelo tiró unas fotos cojonudas, imposibles para cualquiera de sus colegas. Rakitic se interesó por su salud y Vida, el central croata, quiso superar el oxímoron que representan su nombre y su aspecto de sicario plantándole un beso inolvidable.

Hablando de cambios, el mundo por fin ha conocido —que no entendido— el VAR. Hay periodistas, que se supone que explican la realidad tras interpretarla, que ni siquiera leyeron el folio donde caben las premisas del sistema. Ni es la panacea ni el fin de la polémica; es una herramienta más para el árbitro. Punto. Seguirá prevaleciendo su criterio, pero, cuando no coincide con lo que uno quiere, se echa la culpa al vídeo. Como si abroncáramos al ordenador portátil en vez de al escritor cuando publica un libro malo. Todas las críticas al VAR son, esencialmente, una pamplina. Se esgrime el argumento de que corta el juego, en un deporte donde los minutos se escapan constantemente con simulaciones y pérdidas de tiempo deliberadas por parte de sus protagonistas —ingleses incluidos, oh, caballeros inventores, como pudo verse en semis—. ¿Qué son dos minutos si sirven para corregir un error grave? Por supuesto, no es infalible, pero da muchísimo más de lo que quita. Luego están los que se sienten atacados cuando algo cambia, porque ya no es como ellos lo conocieron y, entonces, claro, herejía. Si en los noventa hubiesen existido las redes sociales, seguro que habrían bramado contra la nueva norma esa; dónde se ha visto que el portero no pueda coger la pelota con las manos cuando viene de un compañero. Eso sí, el aspecto más importante del VAR, el que debería gozar de unanimidad, es la prohibición del juego de palabras. Se ha dado un periodo más que razonable: a partir de ahora, el que haga una broma con sus siglas y un bar debería ser lapidado en la plaza del pueblo.  

También ha sido un Mundial, otro más, donde las dos grandes estrellas de este tiempo no han brillado. Nadie niega, obviamente, que sean un par de prodigios. Sin embargo, llama la atención que ambos, si no en el invierno sí en el otoño de sus carreras, vuelvan a marcharse firmando una actuación individual discreta. Ya es el cuarto torneo que disputan, y en ninguno lograron anotar ni un tanto en las rondas eliminatorias. Parte de la prensa patria, tan cómoda en el reduccionismo, vistió luto. Dicen que antes una ardilla podía cruzar España saltando de árbol en árbol; ahora podría hacerlo una rana, de charco en charco formado por las salivaciones provocadas por Messi y Cristiano Ronaldo. No obstante, ambos cayeron eliminados y las retransmisiones siguieron reventando audímetros.

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Sergio Ramos y Fernando Hierro en el partido contra Rusia. Foto: David Klein / Cordon.

Ah, España. Qué hacemos con España. Después de tanto triunfo, tercera gran cita consecutiva donde se sale por la puerta de atrás. Fiarlo todo a la posesión continuada del esférico en horizontal en lugar de a la circunstancial en vertical ya no sale rentable. Las defensas se han adaptado a ese ataque y, para doblegarlas, se precisa velocidad. Y de eso carecía ya con Lopetegui en el banquillo. Sobre su despido hay poco que decir. En otros rincones es impensable que el presidente de un equipo pretenda fichar al seleccionador en la previa de un Mundial, e igual de disparatado es que él acepte. Pero en este país, hasta los aficionados miran por el interés de su club. Nadie antepone la selección. Y eso no es bueno ni malo, simplemente es. El nuevo presidente de la RFEF trató de modificar el paradigma con su decisión. Suerte, es imposible. Como casi imposible era que España triunfase, aunque compitiera en el lado amable del cuadro, viendo su desempeño en la fase de grupos. Eso sí, no fue la única que cayó antes de lo esperado.

Probablemente no exista mayor campaña de marketing en la historia del fútbol que Brasil. Es el reverso amable del cría fama y échate a dormir. Maté a un gato y resulta que todos me llaman matagatos. Jugó una vez de manera vistosa —defender también es jugar bien— y ya es adalid del jogo bonito hasta el fin de los días, aunque vaya camino del medio siglo sin practicarlo. Cada vez queda viva menos gente que viera jugar a Brasil como se supone que juega Brasil. En Rusia siguió su táctica habitual, la verdaderamente habitual y que ha cimentado sus éxitos recientes, esto es, un centro del campo sólido y rezar por sus habilidosas estrellas. No le sirvió para doblegar a Bélgica, en uno de los partidos más entretenidos del torneo.

De entre el resto de esperanzas para contravenir el dominio europeo cuando el Mundial se disputa en el Viejo Continente, las más sólidas se depositaban, quizás, a ambos márgenes del Río de la Plata. Argentina, pese a que la hoja que contenía la palabra proyecto fue arrancada del diccionario, experimentaba una etapa muy prolífica entre el caos. Tres finales consecutivas, dos de Copa América y una de Mundial. Sin embargo, Argentina fue un desastre. Su estrella, desaparecida. Su plan, sobar la bola arriba sin profundidad ni peligro y propiciar pérdidas que un sistema defensivo calamitoso no podía siquiera soñar con frenar. No es casualidad que las dos selecciones finalistas hayan desplegado su fútbol más alegre contra Argentina. Uruguay, por su parte, sigue siendo el milagro de los tres millones de habitantes. Un milagro superior al de Óscar Washington Tabárez, cuya dolencia desapareció para festejar un gol que mandó su muleta por los aires. Los uruguayos dieron todo lo que tenían y un poco más, y cuando eso sucede no cabe reproche, pero la inflexible campeona se les cruzó en el camino. Además, Cavani recordó que para avanzar en un torneo corto se precisan muchas cosas, entre ellas la suerte necesaria que espante una lesión.

Con todo, finalmente sí que fue el Mundial de las sorpresas. La mejor vara de medir son las semifinales, y a ellas accedieron, en lugar de las favoritas, tres conjuntos del segundo escalón futbolístico habitualmente ajenos a semejantes escenarios. Inglaterra demostró lo lejos que puede llegar con un portero que para, un delantero que mete, suerte en los cruces, orden defensivo y haciendo el trenecito en los saques de esquina. Bélgica cumplió su promesa y alcanzó el mejor resultado de su historia. El técnico español Roberto Martínez, que como ha desarrollado su carrera en el extranjero aquí no tiene padrinos ni —casi más importante— enemigos, tiene entre manos a una generación belga impresionante que domina multitud de registros. No es justo exigirle el título como condición indispensable para el halago. Y Croacia. Croacia es maravillosa. Con dos estrellas mundiales, tres jugadores de nivel muy alto —Subasic, Perisic y Mandzukic— y mucho pundonor ha remontado siempre, ha resistido prórrogas y lo que le echasen hasta plantarse en una final tan insospechada como merecida. Enfrente, eso sí, estaba Francia.    

Didier Deschamps ha pasado a formar parte de la élite de individuos que ganan un Mundial como jugador y otro como entrenador. Para lograr lo segundo, ha armado un equipo que sería el sueño de cualquier ejecutivo de empresa. La eficiencia como lema. Y la mayoría de capacidades individuales exprimidas y contenidas para perseguir un único fin, la consecución del logro grupal. Todo ha de encajar en el organigrama y estar al servicio del bien común. Y si alguna pieza no funciona, se reemplaza rápidamente por otra, que deberá adaptarse inmediatamente al puesto. La prueba es que para Deschamps han sido fundamentales Lucas Hernández y Pavard, dos centrales reconvertidos que antes del torneo únicamente habían sido titulares en dos amistosos. Incluso Steven N’Zonzi ha terminado teniendo peso en el equipo, pese a contar con una sola titularidad en un partido preparatorio.

Francia arrancó el Mundial contra Australia. Venció, pero casi de casualidad. Gabinete de crisis en la empresa. Había que tomar medidas, y desde entonces nunca más se supo de esa apuesta por situar a Griezmann solo en punta y a Dembélé en banda. Se introdujo en el once al escorado Matuidi, que aportaba músculo, y a Giroud. Pese a que de puertas para fuera pareciera que su rendimiento no era importante, el jefe estaba encantado con su trabajo. Ya nunca más modificó el esquema. El secreto del éxito estaba ahí, en ser capaces de tener la situación controlada en cada momento. Deschamps sonreía en la banda. Sus empleados apenas tuvieron que remar a contracorriente diez minutos —contra Argentina— durante siete partidos. Llegar al curro, fichar, cumplir objetivos, y hasta mañana. Otro día en la oficina. Calma, cabeza fría, profesionalidad. El Mundial consta de sesenta y cuatro partidos, pues el único que terminó sin goles —en un registro espectacular— fue el que a la campeona le convenía que así fuera.

De este campeonato podrían extraerse algunos nombres jóvenes de futuro prometedor. Es un Mundial, no el torneo de niños de Brunete, por lo que tampoco es tirarse a la piscina barruntarle éxitos al portero inglés Pickford, al ruso Golovín o incluso al serbio Milinkovic-Savic, que apuntó detalles de cómo juega en su club. Este párrafo es perfecto para recordárselo al firmante cuando pasen tres años y los mencionados hayan caído en desgracia, o en el olvido de las divisiones provinciales, o, directamente, se hayan retirado y descarguen furgonetas en la carnicería de su tío. Sin embargo, hay un nombre joven indiscutible, que sobresale por encima de todos. Kylian Mbappé es un portento, uno de esos que aparecen cada muchos años. Capaz de combinar gestos técnicos avanzados con una velocidad de conducción imposible y facilidad para ver portería. Arrancó el torneo discreto, fruto de cómo se encerraban los rivales, hasta que llegó Argentina. Ahí se desbocó, con espacios, provocando que Mascherano lo persiguiera con similar ahínco y esterilidad que a su juventud perdida. También corrió en la final, con Croacia ya desesperada. Lo insolente de Mbappé no es lo que ha hecho ya —ser pieza importante en la consecución de una Copa del Mundo—, sino lo que puede llegar a hacer. Diecinueve años tiene. Semejante unión de calidad y descaro resulta hasta obscena.

Obviamente, no estaba solo. Lloris, Umtiti, Varane, Pogba, Kanté, Griezmann no son cualquier cosa. La seguridad defensiva aportada por los centrales se complementaba por la potencia del centro del campo. Arriba es cierto que faltaba inventiva hasta que creaban espacios, pero se sustituía con la calidad en el golpeo de la pierna zurda de Antoine Griezmann a balón parado. Puede que no sea el plan más atractivo que cumplir, pero su solidez ha quedado demostrada. Se han ganado con creces la paga extra. Incluso —por qué no decirlo— puede que no sea el equipo que queríamos ver triunfar para hacerle justicia al desarrollo del torneo. Pero, si miramos el balance, el Mundial se lo ha llevado un equipazo, por nombres y como conjunto. Todo correcto, pues.

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Aficionados franceses celebrando la victoria de su selección, París, 2018. Foto: David Cordova / Cordon.

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12 Comentarios

  1. Paso del futbol como de beberme mis orines y no he visto ni un puto partido del mundial. Pero me ha gustado el relato

  2. Yam Farhat

    Artículo muy entretenido. La sensación que da esta Francia campeona es parecida a la última Champions del Madrid. Casi que no han tenido que bajarse del Autobús, no han mostrado casi nada, pero tampoco han sufrido casi en ningun momento. Los únicos 15 minutos que jugaron a futbol fué contra Argentina por verse por debajo y les marcaron 3 goles (ya, si, Argentina). A partir de aquí, control absoluto y esperar que una jugada a balón parado o el VAR decidan el partido.
    Deschamps será una leyenda, pero pensar en la calidad de este equipo y el fútbol a lo Grecia que han utilizado… La esperanza es que son muy jovenes y que Zizou está en el paro..

  3. Cosas que hemos aprendido del Mundial de Rusia:

    1). Ha ganado la selección más eficiente, solvente y compacta.
    2). El mejor jugador ha sido Hazard, aunque el madridismo se empeñe en Modric. Que la FIFA se lo otorgara no significa nada, recordemos que se lo dieron a Messi en Brasil 2014.
    3). El VAR ha sido un acierto cuya implantación ha llegado demasiado tarde.
    4). Los cracks no ganan Mundiales a no ser que jueguen en un «equipo».
    5). España perdió una oportunidad única de llegar a la final considerando que el camino que tenía era el más despejado y sencillo que recuerdo de cualquier competición futbolística, similar quizá al que recorrió el Madrid de la Champions de 2017.
    6). Independientemente de que el Francia-Argentina, el Bélgica-Japón, el Portugal-España y el Croacia-Argentina fueran buenos partidos, el mejor fue el Bélgica-Brasil, porque se trataba de 2 candidatas. De haber ido por el otro lado, Brasil hubiera llegado a la final.
    7). No sirve de mucho, pero para mí la ganadora moral es Bélgica, que con una magnífica generación que necesitaba un buen guía por fin ha confirmado lo que venía apuntando. Se recordará al modo de la Holanda de Cruyff, que tampoco ganó.
    8). Los ingleses han vuelto a ser la eterna decepción, a pesar de que la prensa británica ha sido muy indulgente con ellos: no van a tener otra ocasión para llegar lejos y honrar el deporte que inventaron.
    9). Mi podio: Francia, Bélgica, Brasil, Uruguay, Croacia e Inglaterra, en ese orden, alterado por el caprichoso azar de los cruces y el sorteo.
    10). Creo que hay loas exageradas a Croacia provenientes de cierta condescendencia a su gestación como país y juventud. Que haya sido subcampeona obedece más al cuadro más benévolo que se recuerda que a su desempeño.

    • Se nota que le tienes pica al Madrid, ¿eh? El futbol como la vida: La clave esta en ganar todos los partidos, todos, sin victimismos de por medio. Un saludo.

  4. SinesCrupulos

    Corea no estaba eliminada antes de jugar con Alemania. Le valía con ganar 1-0 Y que México ganara a Suecia. Ellos cumplieron pero les falló México. Es curioso que los comentaristas antes del partido también decían que estaba eliminada, que no se jugaba nada. Este es el nivel del periodismo.

    No creo que Bélgica haya sido una sorpresa. Tiene una de las 5 mejores plantillas del mundo, sin ninguna duda.

    • Jorge Decarlini

      Cierto, estuve haciendo cálculos aquella tarde. Quizás está mal expresado, pero me refería a que cuando Corea se adelanta contra Alemania, Suecia ya había sentenciado su partido (0-3), por lo que los surcoreanos no tenían nada que hacer.

      Sobre Bélgica, es subjetivo. Yo considero sorprendente que llegue lejos una selección que nunca lo hace, aunque es cierto que tenga un equipazo. Pero también lo tenía en citas recientes y no alcanzó las últimas rondas.

      Saludos.

      • SinesCrupulos

        Cuando España se metió en semis en 2010 no fue una sorpresa. Y tampoco había llegado nunca lejos.
        Por plantilla, sólo España, Alemania, Francia y Brasil estarían por delante de Bélgica, y alguna se podría incluso discutir. De hecho, Bélgica era 5° en las apuestas.

        • Creo que aca no valen los cromos, sino mas bien el rendimiento de equipo. Y en eso, el equipo de España y el de Alemania estaban lejos de su mejor version; sobre todo España que solo la valoraban en España.

  5. No van a decir nada de Vrsaljko?

  6. Lupo Alberto

    Gran resumen del Mundial, que me gusta mucho más que la Champions, quizá por lo que tiene de extraordinaria.

  7. Una joyita, señor! Y estoy de acuerdo en considerar una burrada que el arquero no pueda agarrar con la mano el pase de su compadre. El Var es un dolor necesario que golpea a ciegas: jamás hemos visto particulares que son incontrastables: un orsay no lo es cuando el último en tocar la pelota es un contrario; el gol de los coreanos. Una mano con el brazo despegado en el area es una mano hasta en Marte. Para evitar la vergüenza del teatro corporal sobre el césped propongo que, a jugador caido por más de cinco segundos entre sin vueltas y al galope una camilla. Si es o no es necesaria lo decidirá el ofendido. Y si tiene que morir, que Dios no quiera, que lo haga fuera del campo y que el juego continue. Aplausos

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