La locura del editor

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Hubert Nyssenm 1992, Foto Cordon.

La bisabuela de Hubert Nyssen (Bélgica, 1925), el editor que tuvo que fracasar dos veces en su propósito de convertirse en uno, tenía como apellido de soltera Proust. Nyssen siempre pensó, en su juventud, que por esa razón «tal vez había conocido al autor de En busca del tiempo perdido». Se engañó. Al menos su abuelo, y con esto Nyssen se conformaba, «le había dado la mano a Anatole France en la Casa del Pueblo de Bruselas». Estos eran sus únicos antecedentes literarios cuando Nyssen decidió probar suerte en el mundo editorial. Fue en la época universitaria. La guerra había encontrado su final con los «monstruosos fuegos artificiales de Hiroshima tras los de Nagasaki y la Universidad de Bruselas había reabierto sus puertas», cuenta en La sabiduría del editor (editorial Trama). Se hizo a la idea de que «el hilo de la escritura permitiría volver a coser los trozos del mundo», y fundó una editorial que publicó un único libro «con el que el proyecto se malogró a causa de la nula experiencia, una autofinanciación imposible, un puñado de lectores y de ayudas… inexistentes».

Algunos años más tarde, la segunda tentativa editorial llegó gracias a un pequeño teatro que abrió en Bruselas. Se le ocurrió editar las obras que montaba, porque «se me había metido en la cabeza la idea de que en el momento en que el telón cae sobre la última representación no quedan más que cenizas del texto, si no está publicado». Fue otro proyecto sin recorrido. Entre esta tentativa y la siguiente ocurrió un acontecimiento inesperado: sus propios libros, los que él había escrito, empezaron a publicarse. En el Mercure de France un ensayo, Les voies d l’ecriture, y en Grasset una novela, Le nom de l’arbre. Eso le dio la oportunidad de ver o entrever lo que él deseaba de los editores, preparándose para cuando fuese uno de ellos. ¿Y qué deseaba? «No simplemente la publicación, sino también una complicidad a la par que una atención analítica que permite al autor descubrir y medir la distancia entre lo que cree haber escrito y lo que en realidad escribió, entre sus ambiciones y sus realizaciones».

A finales de los setenta, un geógrafo que lo asistía en la preparación de un libro sobre Argelia le sugirió crear una pequeña empresa de cartografía reflexiva. «Yo era un apasionado de la semiología, y me dejé convencer», cuenta Nyssen. Fue así que tomó la decisión de crear un taller sobre la materia y llamarle Actes. Unos años más tarde, la Universidad de Marsella le confió la confección de un atlas regional, y cuando estuvo terminado, comprendió que acababa de editar un libro. Ese fue el punto de partida a su tercera y definitiva locura editorial. Era 1978. «A mi geógrafo le dejé la gestión del taller de cartografía y, por mi parte, llevé los primeros libros de Actes de Sud a las fuentes bautismales». Empezaba ahí la historia de una editorial, con sede en París y Arles, que hasta hoy ha editado más de once mil títulos y que en 2005 consiguió su primer Goncourt, con El sol de los Scorta, de Laurent Gaudé, del que vendió cuatrocientos mil ejemplares, y que en 2009 superó el millón con la traducción al francés de Millenium, de Stieg Larsson. Pero hasta llegar ahí, debió hacer muchas apuestas arriesgadas.

Tres años después de la fundación, Actes Sud vivió la amenaza del «tijeratazo». O encontraba dinero o cerraba el negocio. Cuando superó ese trance, Hubert Nyssen vivió un momento luminoso, cuando una noche de 1985, leyó un viejo opúsculo titulado La acompañante, de Nina Berberova, una escritora para entonces ya olvidada. «No tardé mucho en comprender que había encontrado una joya». Consiguió su teléfono, y concertaron una cita en París. Nyssen le aseguró que estaba dispuesto a publicar la traducción al francés de su pequeña novela, y a publicarlo todo si, como sospechaba, había escrito más cosas después de La acompañante. Berberova le tendió una lista larga y apretada con su bibliografía. Los amigos de Nyssen le dijeron que estaba loco cuando encargó traducir un par de libros cortos de la escritora rusa. Si tenía varios, le decían, lo mejor era reunirlos y publicarlos en un solo volumen. Pero él se negó, y con La acompañante debidamente traducida, como mascarón de proa, todos los libros alcanzaron un gran éxito. Con la reputación de Berberova, arrancada del olvido, vino la de Actes Sud, que pasó de «la pequeña a la gran industria».

El siguiente gran hito editorial de Nyssen le llegó cuando, de paso por Nueva York, creyó en su suerte al oír hablar de un joven escritor que no encontraba en su país el reconocimiento que la lectura de Ciudad de cristal o La invención de la soledad habría debido proporcionarle. Un reconocimiento que esos libros, junto a otros que les siguieron, sí obtuvieron Francia, cuando los tradujo Actes Sud. Y desde ahí «la epidemia por Paul Auster se extendió al resto de Europa antes de atravesar el Atlántico y, como lo llaman allí, un feed-back permitió dar por fin a este escritor, en su propio país, el lugar que era suyo por derecho».

Nyssen se encontró con Paul Auster por primera vez en junio de 1987, en el restaurante La Gauloise, en Nueva York, junto con Christine Le Boeuf, que se iba convertir en su traductora. Auster entró en La Gauloise en compañía de Siri Hustvedt. Ese día Nyssen descubrió que ella también escribía, y con el tiempo, la convirtió en una autora relevante de Actes Sud. «Y como la locura lleva a la audacia, ella me inspira aquella noche la idea de preguntar a Paul por los escritores americanos de los que le gustaría estar rodando en nuestro catálogo. “¡Don DeLillo y Russell Banks!”, fue su respuesta, y era categórica. Don y Russell hacen hoy compañía a Paul» en Actes Sud.

En una carrera plagada de locuras, faltaba quizá la más grande. Se fraguó en 1990. Mientras esperaba la llegada de un metro averiado en un andén de París, el traductor André Markowicz le lanzó un serio desafío: reeditar la obra completa de Dostoievski en una nueva traducción. Cuando el tren por fin entró en la estación, traductor y editor habían alcanzado un acuerdo. «Mañana me pongo, diez mil páginas, diez años de trabajo», le dijo Markowicz. Comenzó por El jugador, y a la vuelta de diez años, estaba publicada la obra competa en Actes Sud.

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