Un culé al que le gustaba el Madrid

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El problema de no hacer nada es que nunca sabes cuándo has terminado. (Groucho Marx citado por Rafa Cabeleira para explicar el zidanismo)

Ante la llegada del Mundial de Rusia, me partía de risa hablando con Pepe Lobo, autor de Yonkis y gitanos sobre un detalle que apuntó Paul Preston en su biografía de Franco. Decía así: «El 9 de julio el caudillo ingresó en el Hospital Francisco Franco por consejo de Vicente Gil, para tratar una flebitis en la pierna derecha. Gil atribuyó el problema a la repetida presión ejercida por la caña de pescar que apoyaba en su pierna y a que durante la Copa Mundial de fútbol de 1974 hubiera permanecido sentado ante el televisor mirando todos y cada uno de los partidos que se habían transmitido». Todos y cada uno, como nosotros si pudiéramos. Hasta los partidos de Haití se tragó el caudillo. Y eso que España no se había clasificado. Se dice que los dictadores utilizaron el fútbol para prolongar sus regímenes y el nuestro, de algún modo, se acortó gracias a él.

Es curioso, porque si uno lee las revistas de fútbol entre 1975 y 1982, no es extraño encontrarse artículos que se quejaban de que se estaba perdiendo la afición, que no había relevo, que a los jóvenes les gustaba más el rock and roll. Testigos de la época lo achacan, sin embargo, a la efervescencia política. Sea como fuere, el fútbol fue viejuno a principios de los ochenta y, como me comenta un superviviente de la época: «Actualmente tiene mucha más relevancia el fútbol que cuando Franco lo utilizaba como opio del pueblo».  

Y, efectivamente, así es. E incluso podríamos añadir que, como aficionados, somos peores personas ahora que antes. Al menos la prensa en los ochenta era menos parcial, no era tan forofa por no decir ultra de sus respectivos equipos. Por este motiv, es toda una experiencia leer Alienación indebida de Rafa Cabeleira (Círculo de Tiza, 2018) prologado nada menos que por Pep Guardiola, de quien el autor tenía un póster en su habitación justo al lado de uno de Estefanía de Mónaco.

Esta obra está escrita por alguien a quien antiguamente habrían calificado de «señor», pero que ahora no es más que un «blandengue». ¿Por qué? Al autor, culé, no le duelen prendas a la hora de reconocer méritos e incluso admirar al rival que no es un rival, ni un oponente: el Real Madrid para los barcelonistas significa sepsis, leucocoria y protusión de los glóbulos oculares. Y viceversa.

Quizá fuese vacunado de niño. Como él cuenta en estas páginas, de crío era madridista por una experiencia traumática. Un tío suyo colocó un escudo del FC Barcelona en el bar de su abuelo. El abuelo pidió que se retirara y, como no se le hizo caso, al cabo de unas horas lo cogió y lo estampó contra la ventanilla del Seat Ritmo 65 CL de su tío. Mientras su abuelo siguió vivo, Cabeleira fue blanco. Luego, liberado, optó por el azul y el grana. Quizá ese pequeño periodo dio una inmunidad que le sirvió para que de mayor no le explotasen las venas de la sien al reconocerle méritos al rival. Aunque en estas páginas llega tan lejos como para exclamar ¡Hala Madrid! antes de la final de Lisboa que este disputó frente al Atlético.

No es la única herejía del libro. Hay también una confesión de que, cuando bebe, se imagina a Arbeloa vestido de azulgrana y la imagen le deleita como ninguna. Pero sin duda las frases que se agitarán ante él si un día la época va a peor y nos encontramos ante tribunales populares son las del artículo «El dulce más dulce», donde se califica de pamplina la teoría que resta mérito a las seis primeras copas de Europa del Madrid por ayudas del franquismo y las seis últimas (cuando solo tenía doce) por deberse al Partido Popular. Miren cómo delira: «A veces me pregunto qué satisfacción encontramos en devaluar los triunfos del rival, qué necesidad vital mueve estas discusiones en las que uno trata de demostrar qué dulce es más dulce». Parece una persona cargada de sentido común el muy asqueroso.

En «Entre tú y yo: son el Madrid» encontramos intentos de buscar teorías alternativas a Franco y Rajoy como artífices de los éxitos del club de Concha Espina. Recurre a imágenes más contemporáneas, como los caminantes blancos de Juego de tronos, pero no lo logra. La responsabilidad la escala a la providencia: «Ayer metió un gol sin tirar a portería, otro de tantos milagros perpetrados por este equipo a lo largo de los años sin que nadie sepa todavía cómo lo hace».

Eso no quita que su guardiolismo sea extremo. Dice que solo hay dos tipos de entrenadores, Guardiola y los otros. Y en el famoso 5-0 a Mourinho subraya las palabras del míster catalán: que solo eran tres puntos, pero que cómo se habían logrado quedará para siempre. Por si no lo recuerdan porque son jóvenes, fue como para exigir a la retransmisión que se pixelase la cara de los jugadores. Un ejemplo del no aceptar la superioridad del enemigo y parapetarse tras paparruchas como las mencionadas fue que en Madrid tras aquella masacre hubo gente que le quitó mérito diciendo que en realidad lo bonito es el fútbol inglés, «fútbol directo», decían muy serios, del que habían sido seguidores de toda la vida, y no el «parabrisas» que les acababa de destrozar. Un servidor fue testigo de alguna de estas exhibiciones subconscientes de pánico, terror y desorientación.

Cabeleira rechaza esas actitudes entre los suyos: «Aunque resulte duro decirlo, el de hoy se me antoja un barcelonismo obsceno e inmaduro que se asemeja demasiado al madridismo interesado que algunos rechazamos durante la infancia por una simple cuestión de principios: no solo importa ganar, nunca importó». Y luego desarrolla la idea marcándose estos barroquismos: «El aficionado blaugrana de pura raza, el culé de verdad, el old school, se preocupa tanto o más por la imagen del conjunto blanco que los propios aficionados merengues, no digamos por la de su propio club, lo que no deja de ser una prueba evidente y maravillosa de hasta qué punto un buen barcelonista no es otra cosa que un madridista evolucionado, un madridista consciente y decente, un madridista mejor».

Pero no todo es la eterna dicotomía en esta recopilación de artículos, hay recuerdos a Andrés Escobar, malogrado futbolista colombiano. O a Garrincha, que se malogró a sí mismo. Y entre todos, uno destaca especialmente. Es el debido homenaje a Luis Aragonés. Una figura que, durante su etapa como seleccionador nacional, vio cómo constantemente se acompañaba su mote de «el sabio de Hortaleza» de la pregunta «pues cómo será el tonto» a convertirse en leyenda eterna de nuestro fútbol porque lo hizo muy bien, sí, y también porque le ganó una tanda de penaltis a Italia. Antes de eso, era carne de toda clase de vilipendios y del humor más cruel y con menos fundamento que hay hoy día, el guionizado sobre actualidad para televisión. Y así hubiera seguido de no meter la pata en dos penales De Rossi y Di Natale.

En el libro se le recuerda en «La parte de los ángeles». Entiende el autor que Luis estaba categorizado como «de equipos pequeños» y que se le consideraba «incompatible con las grandes estrellas, los divos del área y los periodistas de cámara de los grandes clubes». Era de los entrenadores que rechazaban las teorías de que «el mundo gira alrededor del balón», pero supo bajarse del barco, «abandonar el lado oscuro de la Fuerza». Para Cabeleira, hay que valorar su «capacidad para rectificar» y decidir jugar al toque y esas cosas que tanto gustan ahora a todo el que se viste una camiseta roja con el escudo de España.  

Una visión discutible, porque el legado de Luis en el Valencia, Sevilla, Betis, Mallorca y Oviedo, la etapa en la que brilló por una profesionalidad sin mácula, que se lo digan a Romario, si por algo destacaron sus equipos no fue por rechazar el balón, sino por el imperio del orden. No obstante, lo emocionante es cómo se lamenta de su pérdida. Tras haber conocido el fútbol siempre con la presencia de Luis, cuenta que el padre de su mejor amigo solo presumía de una cosa, de beber el mismo coñac que Luis Aragonés, y por eso ahora guarda una botella de la que espera ver cómo cada año desaparece un pequeño sorbo: la parte de los ángeles.

Es por esos detalles por lo que merece la pena a veces esta, tan creciente, literatura balompédica, cuando la humilde vida de los mortales trasciende en sus páginas a través del dichoso balón. En este sentido, hay un artículo que me ha parecido de una calidad extraordinaria. Se titula escuetamente «Messi», pero el ínclito solo está presente en espíritu. Habla de un mariscador jubilado de Lourido al que sus compañeros le llamaban Messi en la Cofradía San Telmo de Pontevedra. Su conocimiento de la ría y perseverancia le daban unos números inalcanzables para el resto de los pescadores. Cuando descargaba sus capturas, los demás se amontonaban en el muelle para verlo. Le gritaban cosas y no era para menos, pero a él no le gusta que le llamasen Messi. Porque es ahí, en Campelo (Pontevedra), el único lugar del mundo donde Messi es del Real Madrid.

3 comentarios

  1. Larga vida al fútbol de cualquier bandería, escuela de vida democrática, donde, según el flaco Menotti, se penaliza hasta la intención, cuya cabellerosidad formal aun se observa en ese deporte hecho a patadas. Me contaban mis mayores que allá por el ochocientos, cuando los ingleses llevaron el ferrocarril (el Chaco se quedó casin sin árboles de quebracho necesarios para los durmientes) la gente de los pueblos iban a mirar ese extraño juego con órdenes y términos en inglés, y había uno, el más importante, un rito casi sagrado, el del inicio, cuando uno de los capitanes preguntaba al otro muy serio: Are you ready? y se comenzaba. Esa frase, después, entre los nativos se continuó a usar, pero no por mucho tiempo, ya que nadie sabía qué quería decir y era un aproximativo aiurid? Recuerdo aún los bacs, el jalf, el forguar, los uin, los orsay, los corners, (defensa, medio, delantero, ala, fuera de línea, corner) Qué tiempos señores! Gracias por la lectura y los recuerdos.

  2. Tergiversador de Enredos

    José Lobo es un tío muy grande. Tengo la suerte de haber disfrutado de sus textos, posicionado en la misma trinchera que él, habiéndome criado prácticamente en la misma Sevilla que él. Su talento sólo me provoca envidia. Se lo perdono porque es palangana como yo.
    Lo que no le perdono es que no escriba más.

  3. Pingback: Strambotic » Alemania 74: el Mundial que precipitó la agonía de Franco

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