Arte y Letras

Meigas

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Fotografía: talo urcera (CC).

Tiene noventa y cinco años y en realidad lleva toda la vida lanzándome pistas. Hasta ahora no me había dado cuenta, pero mi tía abuela Lola es meiga. Efectivamente, haberlas, haylas.   

El primer recuerdo que tengo con ella es la escena de un crimen. Seleccionó a la víctima en la feria de Carballo, después de pasear por la plaza con ojo profesional y conmigo de la mano, para disimular. La inmovilizó con gran destreza y nos la llevamos a casa. Mientras yo iba pensando qué nombre ponerle, ella la sacó de la bolsa, se sentó en la silla de la cocina donde hasta ese día yo la había visto hacer cosas de persona corriente, como pelar patatas, y con el pulgar desnucó a la gallina, chis-chas, delante de mis narices. Fue un golpe limpio, rapidísimo, y el animal, que quedó sin bautizar, no sufrió —no daba tiempo—. Yo me quedé tan impactada que creo que ni lloré. «La comida» era una de las «cosas por las que no se llora», como tampoco estaba permitido llorar «por irse a la cama», «juguetes que hay que compartir», «helados que se caen» o «globos que se escapan». Sí debí entender que los demás no podían saberlo: la policía podría venir a detenerla, la meterían en la cárcel y yo no comería las filloas de Lola nunca más. O peor: mis padres podrían enfadarse y echarle una bronca de esas de «piensa en lo que has hecho» (para mi gusto, las peores; prefiero un castigo mil veces). Así que callé. Callé hasta hoy, que entiendo que el delito ha prescrito y que con noventa y cinco años nada pueden hacerle ya ni la familia ni los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado.

Cuando esta semana fui a verla, le pregunté, en un momento en el que nadie más nos oía, sentadas las dos en un banco frente a las hipnóticas olas de la playa de Razo, si recordaba la escena y en qué campamento militar había aprendido la técnica del pulgar asesino. No quiso darme detalles, probablemente, por mi propia seguridad, pero me sonrió y yo supe que se acordaba perfectamente, aunque hubiera pasado una vida entera.  

Probablemente haya solo diez personas o así en el mundo capaces de desnucar gallinas con el pulgar, y mi tía abuela es una de ellas. Pienso que quizá por eso también era tan buena haciendo cosquillas.

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7 comentarios

  1. Qué delicia de relato, señora! Y qué personaje! En no más de dos páginas un mundo de emociones a través de los ojos y recuerdos de una niña. Ella, como se debe a una buena meiga, ha sabido transmitirle sus dotes mágicas, no para desnucar pollos, pero si para escribir. Para completar mi admiración me atrevo a pedirle el significado de esa frase que no entiendo: «… donde nunca me dejó entrar noventa ycincopor el polvo..» Muchísimas gracias por la lectura.

    • Fysti Fysti

      Por el polvo. Porque había mucho polvo de estar tanto tiempo cerrado. Y no era por eso.
      Totalmente de acuerdo relato precioso. Describe a la tía abuela Lola y también a la sobrina nieta. Estupendas las dos.

  2. Fysti Fysti

    Precioso. Explica como son la tía abuela Lola y la sobrina nieta, estupendas.

  3. ¡Cuántas veces te habré oído hablar de tu tía Lola y de esas copiosas comidas en su casa!!!Una maravilla de mujer y una maravilla la impronta que ha dejado en ti desde que eras niña!

  4. Gracias por el artículo, por un momento he viajado miles de kilómetros hasta Galicia. Un abrazo.

  5. Moi Bo.
    Haberlas hailas.

  6. Jesús Viñas

    Preciosa historia. Gracias Natalia ???

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