Visión rápida de Castilla: iglesias, trigo y girasoles

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Me gusta viajar en tren regional. Pero a veces tengo que tomar un AVE, un Alvia, un Euromed o un Talgo. Acabo de cruzar muy rápido, lo más rápido que he podido la meseta, las dos mesetas. No es que yo tuviera demasiada prisa. El que tenía prisa era el conductor, que parecía estar harto de tanto paisaje plano y monótono y de tanto calor y sol cegador, y quería llegar lo más pronto posible al fresco norte, a las noches húmedas de Bilbao, y encima (dice una pasajera): «es que son las fiestas, la Semana Grande». Los demás pasajeros parecían encantados con las prisas del conductor, y fruncían el ceño a modo de queja cada vez que el tren se paraba en algún lugar desolado, en alguna estación perdida, incluso en un cruce de vías de entrada a alguna de las pocas grandes ciudades por las que pasamos. ¿Se puede ir de Madrid a Bilbao con solo cinco paradas? Sí, claro. Y si son cuatro pues mejor. Y si son tres pues mejor aún. Y si pasa como con el primer trayecto, de Valencia a Madrid de un tirón, sin parar ni una vez, entonces es maravilloso. El campo, el paisaje rural,  ha muerto. Es el pasado. El futuro es un espacio en blanco entre dos grandes ciudades que cada vez se reduce más… (No, no vamos a hablar de La España vacía, de Sergio del Molino; es un buen libro, pero ya hemos hablado en otros artículos).

El único que se ponía contento cuando el tren se detenía un momento —normalmente para esperar que pasara otro tren, nunca para recoger o dejar viajeros— en algún pueblo pequeño era yo. Y me ponía contento porque podía fotografiar las estaciones (sí, todos tenemos vicios raros y extravagantes, y el mío es muy perverso: me gustan las estaciones abandonadas, me gusta hacerles foto y pensar en su historia, en esa historia que no tienen a quien contar), e iba memorizando los nombres para luego buscarlos en el mapa (otro vicio raro y vergonzoso: me gusta mirar los mapas). Y mientras lo hacía pensaba en la terrible decepción de los capitalistas franceses que construyeron la primitiva línea Madrid-Bilbao, cuando en el viaje inaugural se dieron cuenta de que entre Madrid y Bilbao no había nada, pero nada de nada, solo pueblos míseros que no tenían ningún interés en el tren, ni nada que ofrecer al tren, ni mercancías ni pasajeros, pueblos que le daban la espalda al progreso por venganza, por rencor, porque el progreso nunca había llegado a ellos y el futuro era una palabra muy peligrosa que no podía traer nada bueno. Ellos, los empresarios franceses que habían construido la línea, venían, como su nombre indica, de Francia. Un país donde la diferencia entre el campo y la ciudad no era abismal, donde el campo es verde y está poblado, no donde es amarillo y está desierto, donde los pueblos tienen pequeñas industrias y talleres y, por consiguiente, mercancías, donde las gentes tienen dinero para irse de excursión en tren. ¿Excursión en tren? Eso no puede ser bueno para la salud, es evidente. Y además, ¿viajar por placer?, eso aquí no se hace, aquí uno se va porque no tiene más remedio, y muchas veces se va para no volver.

No. No nos pongamos pesimistas. Pero es cierto. Ya desde el mismo viaje inaugural los mismos empresarios que la habían construido comprendieron que difícilmente la línea iba a ser rentable. Y que todos los muelles de carga y todas las estaciones que habían ido colocando como miguitas de pan en mitad de la meseta se iban a quedar demasiado grandes para el poco tráfico que iban a tener. Como de hecho así fue. Y fue así en prácticamente todos los ferrocarriles españoles. El negocio estaba en la construcción del ferrocarril, en la venta de acciones, en las ayudas de los gobiernos liberales (que eran los que más potenciaban el tren, con leyes muy favorables para las compañías ferroviarias). Pero una vez terminada la línea, una vez las humeantes máquinas se ponían en marcha… ¿Dónde estaba el negocio? ¿Dónde estaba si los trenes iban casi vacíos? ¿Si el milagro del tren no traía detrás, inmediatamente, el milagro de la industrialización? Por no traer no traía ni el milagro de la exportación de los productos agrícolas de la zona. Porque, por supuesto, se empezó a mandar el trigo castellano a todos lados, pero pese a todo el ferrocarril era deficitario, la mayoría de las líneas entraron en crisis a los pocos años de empezar a funcionar. Y el Estado tuvo que ir a rescatarlas. ¿Les suena la historia?

En otro artículo conté como el pleno del ayuntamiento de un pueblo castellano vetó la llegada del ferrocarril. Así como suena. Prohibieron que se trazara ninguna vía en su término municipal. Era evidente que estos buenos aldeanos no veían nada bueno en ese invento del demonio. En otras partes del país los caciques presionaban a los ingenieros justamente por lo contrario, para que desviaran el ferrocarril hasta la misma puerta de sus residencias de verano, o de sus haciendas, de sus molinos o de sus plantaciones. Querían el tren, sí, pero para ellos, no para el pueblo. Los habitantes del Burgo de Osma durante muchos años sintieron rencor por una de estas familias, que hicieron que la estación de la ciudad se colocara junto a su hacienda remolachera de La Rasa, a siete kilómetros del centro urbano. Lo cuenta Dionisio Ridruejo, que nació allí, en sus memorias. Pero yo he leído y oído otras historias, y algunas son peores, de esas que acaban con el ingeniero muerto en un extraño accidente. ¿Y qué pasaba mientras este país se iba modernizando, aunque fuera muy lentamente? Pues nada, en estos pueblos meseteños no pasaba nada. Nada que no fuera seguir el ritmo de las estaciones, y continuar con tradiciones y modos de vida cuyo origen se perdía en los tiempos. Pero esa manera de pensar y de vivir no era cosa propia de sus habitantes. O no únicamente. Estaban tutelados por la Iglesia. Y por los señores, muchos de ellos reciclados a políticos.

En un pequeño pueblo de Burgos un pastor fue el primer hombre que consiguió volar. Sí. Volar. No me he equivocado de verbo. Volar como los pájaros. Naturalmente, un hecho así fue muy celebrado y conocido en su época y al sencillo pastor las autoridades locales y nacionales lo premiaron con todo tipo de honores y recompensas, ¿verdad? Pues no. Era ironía, evidentemente. De hecho, lo extraño es que haya constancia de esta historia. Poca, muy poca. Pero la hay…

Estamos en 1793. En Francia ha rodado la cabeza de un rey y aquí hay mucho miedo al progreso. A todo lo que suene a progreso. El pobre pastor fabricó lo que se definió como una especie de «pájaro mecánico compuesto de una viga armada de madera, dotada de unas alas que podían ser batidas por un mecanismo especial construidas por varillas de hierro cruzadas de alambres entre las cuales se colocaron telas y plunas». ¿Conocía este hombre los planos de Leonardo Da Vinci? Se dice que había estudiado las aves de la zona y que era muy mañoso para todo. Lo cierto es que lo hizo él solito, y fue suficiente valiente o temerario como para probar su invento. Un buen día, ayudado por unos amigos, subió su máquina voladora a una peña y se lanzó al vacío. Increíblemente no se mató. Voló poco. No llegó, según parece, a unos cuatrocientos metros. Y tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia, muy brusco. Pero no se mató, ya digo, y casi fue lo peor. Porque, muy rápidamente, el cura tomó cartas en el asunto, y con otros vecinos del pueblo localizó el aparato y lo quemó sin demora. Tal como se queman los herejes en la plaza. El pastor murió de depresión. Y ese final es el que a mí me parece más terrible. No se premia al inventor, se le condena a una muerte silenciosa, a la incomprensión, al silencio, y si puede ser al olvido.

Conocí esta historia gracias a una película, que, como es lógico, tampoco es muy conocida. Es de 1996 y se llama La fabulosa historia de Diego Marín. En una escena de esta película un personaje le dice al pastor que se vaya a Francia, que allí le harán caso, y podrá inventar lo que quiera. Pero el pastor no quiere marcharse a Francia. Quiere quedarse en su tierra. Es una película doblemente triste. Porque es nuestra historia y porque los que controlaban nuestra historia no querían que nadie tuviera la osadía de pensar que los hombres podían volar. Porque si pensaban que podían volar, ¿qué vendría después?

Mientras recuerdo la historia de Diego Marín y de cómo fuimos los primeros en algo y casi nadie se enteró, porque no interesaba, pienso en lo mucho que se ha criticado por parte de los intelectuales urbanos a los paletos del campo. Y en ese momento el tren se detiene en una estación con un nombre que me suena: Torquemada. Y no me suena para bien, desde luego. Torquemada fue un inquisidor terrible. Pero no más terrible que cualquiera de los inquisidores de la época. Y no solo en España, que a veces nos olvidamos que si aquí perseguíamos con saña a los herejes, al otro lado de las fronteras también hacían lo mismo, con herejes, con brujas y con cualquiera que se atreviera a desafiar al poder de la iglesia local, como por ejemplo a Miguel Servet, condenado tanto por unos como por otros y al final quemado en Ginebra por orden de Calvino. Pero nosotros tenemos una leyenda negra muy bien montada, muy bien sostenida en el tiempo. Hemos hecho un trabajo de propaganda impecable. Cuando nos odiamos, nos odiamos bien. Y ahora cualquier historiador o estudiante de historia o aficionado a la historia conoce a Torquemada y posiblemente no conoce a Alonso de Salazar y Frías, que como Torquemada era inquisidor, pero al contrario que este no tenía tanto gusto por ir quemando a la gente. Y nos dejó frases que si hoy son valientes en su época eran temerarias:

Los inquisidores creo que no deberán juzgar a nadie a menos que los crímenes puedan ser documentados con pruebas concretas y objetivas, lo suficientemente evidentes como para convencer a los que las oyen.

Y por eso uno hizo carrera y el otro no, uno es recordado como «el martirio de los herejes, el relámpago de España, el protector de su país, el honor de su orden» (palabras del cronista Sebastián de Olmedo) y el otro ha quedado exiliado en los libros para académicos y estudiantes de oposición que se quieren salir del temario, es decir, para gentes raras, peligrosas y de mal vivir.

Pero el tren avanza. La historia avanza. La estación de Torquemada está abandonada, o si se usa es solo como triste apeadero. ¿Cuántos vecinos tiene hoy en día este pueblo? ¿Cómo llevarán el peso de su topónimo? En un pueblo no muy lejano a este hace unos años los vecinos votaron por cambiarle el nombre. El pueblo se llamaba Castrillo Matajudíos. Está muy bien eso de cambiar el nombre al pueblo, pero tal vez lo mejor sería explicar bien quién mataba a los judíos castellanos y por qué se los mataba. Curiosamente hace muy poco pasé por ahí. Lo primero que destaca del pueblo es su gran iglesia. Y ahora que voy en el tren por Castilla me doy cuenta de que hay un montón de iglesias. Siempre en el centro en el pueblo. Siempre elevándose sobre las casas. Tanto que muchas veces es lo único que se ve a lo lejos. Campos y campos y al fondo la torre de una iglesia, como un faro en la distancia. Un faro que protege. O vigila.

Fotografías: Alfonso Vila Francés

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12 comentarios

  1. humonegro

    Castilla… Siempre cruzada, nunca conocida. Castilla vacía y olvidada…

  2. Santiago

    Y que tiene que ver Sahagún o cualquier población Leonesa con Castilla?

    • alfonso vila francés

      ¿Te contesto como contestaría un geógrafo, como contestaría un historiador o como contestaría un político?

      • Máximo

        Aunque me entrometa: me ha gustado la réplica…
        Podría dar la triple respuesta, por favor?

        • alfonso vila francés

          Es es muy largo, pero intentaré resumir… Un geógrafo te hablará de la evidente unidad geográfica de Castilla (las dos Castillas, como parte de la meseta que es a su vez parte de un antiguo zócalo precámbrico y bla bla bla (aquí meterá la parte de geología…), te hablará de la continuidad del paisaje, fruto de un mismo clima (“Continental” o, según está más de moda ahora “mediterráneo continental”), y de unos mismos usos agrícolas, que tienen que ver a su vez estrecha relación con el clima y los factores que lo condicionan, como la aridez por la falta de precipitaciones. Y así seguirá un rato más (también puede meter datos de geografía humana, como la baja densidad de población, común a todo el centro peninsular, excepto Madrid, claro está, y otros datos parecidos, como el envejecimiento de población y la escasa natalidad y todo eso). La conclusión será que no hay diferencia, geográficamente hablando, o esta diferencia no es significativa (eso de “significativo” o “no significativo” les encanta) entre León y Castilla, ni siquiera casi hay entre las dos Castillas, ni casi entre unas comarcas y otras, tal vez la morfología del suelo, con suelos más arcillosos o más graníticos (o silíceos) o más calcáreos (rocas calizas) y poco más, tal vez, también algún relieve particular y residual, como los Montes Torozos, en Valladolid.

          Por otro lado el historiador, sobre todo si es medievalista, te contará las historia difenciada del reino de León y del reino de Castilla, como se separan, se juntan, se vuelven a separar, se vuelven a juntar y así hasta la llegada a la época moderna. Te contará toda la genealogía real, que para eso se ha tirado años estudiando quién se casó con quién, quién traicionó a quién y quién se quedó la herencia de quién. Pero al final lo cierto es que los dos reinos se unen y pasan a ser simplemente Castilla, y ahí también se mete Galicia, Navarra, Murcia y Andalucía, entidades que en cierto momento gozaron de independencia política en mayor o menor grado, sobre todo Navarra que no se incorpora hasta los reyes Católicos y aún así tiene un intento de volver a la independencia (siempre con la ayuda francesa, de manera que es una independencia hipotecada) con Carlos I. Las fechas no te las digo porque te lo estoy diciendo de memoria, pero coincide con las Germanías y la rebelión de los Comuneros. Desde ahí en adelante, incluido el susto terrible de 1640 cuando a Felipe IV se le subleva casi todo el mundo, Castilla actúa en bloque, como un mismo pueblo con más mismas leyes, costumbres, modos de vida y sentimiento de permanencia a una comunidad superior. Un castellano no se considera aragonés y un aragonés tampoco castellano. Pero un castellano de Toledo se considera exactamente igual a un castellano de Burgos o de León. Al menos yo no he visto, y he mirado documentos y llevo muchos años estudiando Historia y enseñando Historia, ningún sentimiento de nacionalismo regionalista leonés hasta mitad del siglo XIX. Luego sí que lo hay, aunque no demasiado importante, si lo comparamos con otros nacionalismos regionalistas.

          Y ahí ya llegamos al político. Según el partido y el momento te contestará lo que le interese. Si hay elecciones dirá lo que quieres oír (aunque no tenga ninguna base histórica, porque claro, eso es un detalle sin importancia, ¿verdad?), o lo que él piensa que quiere oír su posible electorado. Si no hay elecciones a la vista, pues lo mismo ni se pronuncia sobre el asunto y se escuda en las leyes actuales y el ordenamiento administrativo actual, es decir, el nombre de la comunidad autónoma es Castilla y Leon. Y punto. No quiero más líos.

          Bueno, básicamente esto es lo que contestaría si tuviera que contestar, así de vote pronto (y que conste que es una opinión subjetiva) a esta pregunta. Luego ya empezaríamos a matizar…

          • Por respuestas así merece la pena JotDown

            • alfonso vila francés

              ¡Gracias!

              (Por la parte que me toca…)

            • Si, una respuesta bien argumentaba.
              Habría estado bien argumentar de igual manera el artículo e investigar de qué va Castilla, “La Vieja”, un poco más antes de escribir un artículo teñido de girasoles y ventanillas de tren…
              Si bien estoy de acuerdo con muchas de las tesis del articulista, pienso que no hubiese estado de más parar y visitar territorios Castellanoleoneses y entonces hablar con algo más de conocimiento que las estampas que da la ventanilla.
              Gracias en cualquier caso por el artículo y sus respuestas.

              • Alfonso Vila Francés

                Sí, por supuesto, esta es una visión en cierto modo superficial, que es la visión superficial que tiene cualquier viajero de un tren de alta velocidad español. Pero te remito a otros artículos míos en esta revista, como “Días de verano en el páramo: castillos del Duero”, o “Nuevo viaje al corazón del frío”. Ahí entro más en el tema. Y también te remito a otros artículos míos de otras revistas, como el del “tren burra” (que tienes un enlace en este artículo (donde pone “En otro artículo conté como en el pleno del ayuntamiento de un pueblo castellano…). Y también puedes ver este blog mío, donde pongo fotos de mis viajes en coche por el país, incluyendo León, Palencia, Soria, Burgos… https://papelesnegrosdos.blogspot.com/

                De todas maneras siempre quedará algo por decir, por supuesto.

                Gracias por leerme, como digo siempre.

          • Estupenda la respuesta.

            Hace unos días colgué su artículo en un grupo de Facebook sobre Sahagún. Salvo alguna puntualización que alguien hizo sobre que el apeadero o estación de Torquemada no está en absoluto abandonado (personalmente ni lo conozco, así que entre lo que usted comenta y lo que el señor puntualizó, supongo que media una importante visión subjetiva del asunto) nadie más dijo nada, hasta que un tal Santiago, el cual más arriba le hace la pregunta, despotrica (en el grupo de Sahagún de Facebook) contra el artículo, porque utiliza una fotografía de un tren a su paso por Sahagún para ilustrar un texto que lleva por título entre otras consideraciones, la palabra “Castilla”.

            Y para esta, y las otras dos personas que luego se sumaron a la discusión, era el único punto de interés. Nada acerca de la despoblación, del duro pasado, del caciquismo, de la iglesia, del incierto futuro, de su localización geográfica, enclavada en la meseta y en el corazón de la tierra de campos, más cercana a la palentina Paredes de Nava y a la vallisoletana Villalón de Campos que a la leonesa Ponferrada.

            Nada. Lo único importante era la ofensa de ilustrar un artículo cuyo título lleva la palabra Castilla con una foto de una localidad leonesa.
            El hilo acabó (y empezó) siendo un diálogo para besugos que por insustancial, reiterativo, y al final descalificador (el llamarme ignorante ya empezaba a ser cansino) acabé por borrar.

            Lo curioso de todo, es que ninguna de esas personas pertenecía a Sahagún, el tal Santiago ni siquiera conocía el gentilicio, y mirando un poco sus perfiles aparecen en muchas fotos rodeados de banderas leonesas, por lo que coligo deben pertenecer a algún grupo en defensa de la autonomía leonesa o algo similar.

            Reconozco haber sido revelador en un aspecto, y es que guardando de siempre simpatía por quien defiende lo leonés, (pues aunque en el sur y cercanos a Castilla, los habitantes de Sahagún es cierto que siempre miramos a León por cuestiones obvias) me he llevado un chasco al comprobar con la vehemencia y poco argumento con que defienden la idea. Incluso insinuó Santiago como debía sentirme como leonés y la vergüenza que le producía que no pensara como ellos. Un deja vú…

            Ser leonés se puede defender desde muchos puntos de vista, su cultura y tradición, que es muy rica, por empezar con algo… Pero no por una mera línea que delimita términos o regiones administrativas. Les dije que no contaran conmigo para esos arrestos. Esa vehemencia sin argumentos la vemos en estos días reflejada en otros comportamientos y en otras regiones e incluso países.
            Yo contra el mundo.

            • Pues tienes toda la razón. Por cierto, desconozco lo que se dijo en facebook. No he tenido tiempo de mirar ni el Facebook de la revista ni de hacer ninguna búsqueda sobre el artículo. Sólo una matización, aunque no sea lo importante del artículo. Hay muchas estaciones abandonadas que no se usan nada, y otra que se usan como apeadero, pero no como estación, es decir, no tiene jefe de estación ni se pueden comprar billetes allí ni tienen vestíbulo abierto a los viajeros. Y la de Torquemada, por lo que vi desde el tren (no sé ,supongo que el regional parará en ella, o puede que no, tampoco sé si en esa línea pasan cercanías, que no creo…), me pareció que era una de ellas, y por eso dije “Si se usa, se usará como triste apeadero”. Por lo demás, como esas fotos y esa breve parada me inspiraron el artículo (además de las iglesias que vi, no sólo la de Sahagun, hice más fotos, pero luego en el artículo no se pueden poner todas), pues he puesto dos fotos de la estación en uno de mis blogs… Por si alguien tiene curiosidad…

              https://inviernoensiberia.blogspot.com/

              Y por lo demás, tienes toda la razón, hay que ir al fondo del asunto. Mira, por ejemplo, hace poco me compré una reedición de un libro de Delibes llamado “Viejas historias de Castilla la Vieja”. El libro está ilustrado con fotografías. Personalmente me haría mucha gracia que los lectores empezaran a criticar el libro porque hay una foto de un pueblo de Valladolid, otra de un pueblo de Zamora, otra de un pueblo de Palencia,etc…. Para mí, y esto es una opinión totalmente subjetiva, todas las fotos son válidas, porque todas son fotos de la zona, y no me molesto en mirar más allá. Pero claro, también tengo que decir que yo soy de Valencia y por tanto sobre León yo sé lo que he leído y lo he visto cuando viajo (que he estado unas cuantas veces, y tengo un amigo leones, aunque, eso sí, de Ponferrada, y él lo recalca bastante…), y el sentimiento de pertenencia a un lugar o una cultura, que está en la base de todo tipo de nacionalismo, es algo difícil de comprender si no eres de esa zona. Por tanto yo lo respeto, aunque no lo comparta. Eso sí, no sé lo que se ha dicho en facebook, repito, y una cosa es tener unas ideas y otra cosa es como se defienden estas ideas. Pero eso ya es otro tema.

              Gracias por leerme, como digo siempre.

    • Downjot

      Sahagún de Campos.

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