Sociedad

El tigre de Tarzán (II): La función 32

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El compromiso (1969). Imagen: Athena Productions.

(Viene de la primera parte)

Donde terminan los cuentos

La inmensa mayoría de las películas del cine comercial anterior a los años setenta terminaban con un beso. Los protagonistas, coloquialmente denominados «el chico» y «la chica», se encontraban por azar, él la cortejaba de manera más o menos explícita, superaba algún tipo de prueba o peligro y acababa «conquistándola». Y la rendición se sellaba con un beso, que inevitablemente daba paso a la palabra FIN, puesto que después de aquel ósculo definitivo —y definitorio— no quedaba nada por contar: se daba por supuesto que los protagonistas serían felices comiendo perdices, y la felicidad ajena no interesa a nadie. Beso y final.

Es evidente el paralelismo de las historias del tipo «chico encuentra chica» —que hasta hace poco eran casi todas y siguen siendo mayoría— con los cuentos maravillosos tradicionales. Y el beso final se corresponde claramente con la función 31 de Propp: el héroe se casa y asciende al trono. Dicho en términos más coloquiales y modernos, el chico triunfa y se liga a la chica.

Incluso algunas películas clásicas que parecen sustraerse al tópico del beso final, en realidad restituyen su mensaje en forma de perífrasis. En la última escena de El mundo en sus manos (1952), de Raoul Walsh, Gregory Peck maneja el timón de su nave con una arrobada Ann Blyth entre los brazos, mientras Anthony Quinn —por si la imagen y el propio título del filme no fueran lo suficientemente explícitos— nos anuncia que el protagonista «tiene el mundo en sus manos».

Inciso: como detalle curioso y seguramente interpretable, aunque no es el momento, el título original de la película es The World in His Arms, lo que significa que para los angloparlantes el mundo es principalmente la chica (o sea, el amor), que es lo que está entre los brazos del héroe, mientras que para los hispanoparlantes el mundo es el timón (o sea, el poder), que es lo que está en sus manos. Fin del inciso.

Tanto los cuentos maravillosos tradicionales como las innumerables películas que repiten su esquema básico terminan donde empieza la vida adulta: son —aunque no solo eso— ritos de iniciación, y por ello se alude coloquialmente a los protagonistas de los filmes como «el chico» y «la chica», aunque hayan dejado muy atrás la adolescencia.

¿Y en qué consiste la vida adulta? Hasta hace muy poco solo había una opción «respetable»: casarse y tener hijos, crear una familia, y la única alternativa socialmente admitida era el sacerdocio o el monacato. Alguien que permaneciera célibe más allá de los cuarenta se convertía en un «solterón» o una «solterona», un tipo raro —cuando no sospechoso— en el primer caso y una pobre infeliz que no había sido elegida en el segundo. La familia era «la célula de la sociedad», en palabras de José Antonio Primo de Rivera, y familia no había más que una: la nuclear patriarcal, la que todas las dictaduras han utilizado y potenciado —por no decir impuesto— como forma de control social, empezando por la Iglesia.

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4 comentarios

  1. Tengo curiosidad por saber qué quiere demostrar el autor con estas entregas. Por ahora ando bastante desorientado. No se ofenda, pero parece que he ido al cine y entendí poco. Continuaré a leerlo con atención. Gracias por la lectura.

    • No pretendo demostrar nada, en el sentido fuerte del término, sino más bien mostrar. Pero si hay algún punto concreto que te haya parecido confuso o impreciso y me lo indicas, intentaré aclararlo. Gracias por el interés.

  2. Sorprendido

    Cada vez que alguien escribe «muchos, muchisimos casos» para defender una teoria, muere un gatito. Se tardan unos 10 segundos en buscar porcentaje de matrimonios que acaban en divorcio en España.

    Otra perla, «familia no había más que una: la nuclear patriarcal, la que todas las dictaduras han utilizado y potenciado —por no decir impuesto— como forma de control social, empezando por la Iglesia.»
    Vaya!! o sea que segun el autor, antes de Cristo (y su Iglesia) la familia no existia!
    Cuantas cosas se aprenden por aqui, gracias por «iluminarnos»

    • Hasta hace bien poco, familia -admitida- no había más que una. La Iglesia no la inventó, efectivamente, ni inventó el patriarcado, ni el dogmatismo, ni la persecución de las ideas, ni la misoginia, ni la homofobia, ni el infierno, ni la criminalización del aborto… La Iglesia, ella sí, se limita a «iluminarnos».

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