Jesús de Nazaret (II): La profecía de los mil años

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La pasión de Cristo (2004). Imagen: Icon Productions.

(Viene de la primera parte)

¡Cuán solitaria yace Jerusalén, antaño tan repleta de gente! Ella, que fue grande entre las naciones, es ahora como una viuda. (…) Recuerda, ¡Oh, Señor!, lo que nos ha sucedido. ¡Míranos y contempla nuestra desgracia! Nuestras herencias han sido entregadas a extraños, nuestras casas a los extranjeros. (…) Debemos comprar el agua que bebemos; hasta la madera tiene un precio. (…) Nos marchamos a Egipto y Asiria para tener algo que comer. (…) Tú, ¡Oh, Señor!, que reinas por siempre, ¿por qué nos has olvidado? ¿Por qué nos has abandonado durante tanto tiempo? Vuelve a nosotros, ¡Oh, Señor! Para que podamos retornar a casa. Devuélvenos a los buenos tiempos. Salvo que tu rechazo sea definitivo y que permanezcas enojado con nosotros más allá de toda medida. (Libro de las Lamentaciones, Antiguo Testamento)

Y en mis visiones nocturnas vi a uno como el Hijo del Hombre, que vino de entre las nubes del cielo. Se acercó al venerable anciano y fue llevado ante él. Y se le dio autoridad, gloria y un reino. Todas las gentes de todas las naciones y todas las lenguas deberán servirle: su autoridad es eterna, porque no tendrá fin, y su reino nunca será destruido. (Libro de Daniel, Antiguo Testamento)

Jesús decía ser el Mesías. En el cristianismo actual se traduce esta afirmación según lo que dictan casi dos mil años de tradición y elaboraciones teológicas. El Mesías cristiano es un intermediario que se entregó al martirio para que el género humano pueda acceder a la salvación espiritual después de la muerte: «Mi reino no es de este mundo».

En términos de fe, esto puede tener sentido para un creyente actual. En términos históricos, sin embargo, el concepto de Mesías que se manejaba en tiempo de Jesús era muy distinto. No existía tal cosa como una tradición cristiana, sino unos mil quinientos años de tradición israelita-judía. Jesús era un devoto judío y lo que pretendía decir cuando se presentaba como el Mesías era lo mismo que interpretaban sus contemporáneos: un rey cuyo reino sí iba a estar en este mundo. El hombre destinado a vencer a los enemigos de Israel para ocupar el trono donde se habían sentado Saúl, David y Salomón.

Para entender quién era ese «Rey Mesías» y de dónde había emergido su figura tenemos que narrar esa tradición judía anterior a Jesús. Cuando Jesús nació, el Israel unido, fuerte e independiente del que se hablaba en la Biblia era poco más que el recuerdo de un remoto pasado. Habían transcurrido novecientos años desde su caída. Los libros de la Biblia hebrea habían sido escritos y recopilados en épocas y circunstancias muy diversas (entre los siglos X y II a.C.); su mera lectura demuestra que el judaísmo no fue uniforme a lo largo del tiempo. No contienen una definición única de «Mesías», ni mucho menos una definición concreta que encaje con la mentalidad judía del siglo de Jesús. Pensemos que transcurrieron doscientos años entre la redacción del último texto del Antiguo Testamento (~160 a.C.) y el ministerio público de Jesús (~30 d.C.). En esos dos siglos habían seguido produciéndose cambios políticos y sociales. Y, por lo tanto, también cambios religiosos.

Pero el Mesías del que hablaba Jesús no hubiese existido sin aquellos mil años de nostalgia.

La milenaria religión de los israelitas

En las postrimerías de la Edad de Bronce la tierra de Canaán era el patio trasero de dos imperios, que dominaban sus dos mitades. Los hititas habían subyugado el norte de Canaán; los egipcios, el sur. La región había caído en decadencia. Permanecían muy activas las ciudades-Estado cercanas a la costa que vivían del comercio, pero el interior había sufrido un desplome demográfico. Los cananeos habían perdido parte de su identidad, absorbiendo la enorme influencia cultural y económica de los egipcios.

Otros grupos étnicos subsistían en la región, como los filisteos y los israelitas, que usaban el término «Israel» para referirse a su propio pueblo, pero que carecían de un territorio propio. Los israelitas habían sido esclavos de los egipcios hasta no mucho tiempo atrás. Según la tradición, Moisés los había liberado y conducido hacia la «tierra prometida», Canaán. Allí ya no eran esclavos, pero tampoco disponían de un Estado propio. Se preocupaban mucho, eso sí, por mantener su propia identidad. Cuidaban la genealogía, evitaban el mestizaje en lo posible, y hacían de sus mecanismos de transmisión cultural un elemento central de la vida cotidiana.

El statu quo de todo el Mediterráneo cambió de golpe en torno al año 1200 a.C. Fue un repentino caos conocido como «Colapso de la Edad del Bronce Final», provocado por sequías, epidemias y las invasiones de los hoy ignotos «Pueblos del Mar» que arrasaron las ciudades litorales en el Mediterráneo oriental. Es muy posible que el colapso fuese provocado por un cambio climático que, después de arruinar varias cosechas seguidas, provocase el desplazamiento violento de poblaciones enteras y agitase a los pueblos navegantes del avispero mediterráneo, empujándolos a la invasión y el saqueo. Las consecuencias del colapso fueron dramáticas para casi todas las grandes potencias. Babilonia y Micenas quedaron sumidas en un periodo de retroceso económico, social y cultural. Lo mismo les sucedió a egipcios e hititas, que perdieron la capacidad de seguir controlando Canaán. Las ciudades-Estado cananeas sucumbieron a la crisis generalizada, mientras filisteos e israelitas tomaban el relevo por separado. Hacia mediados del siglo XI a.C., los israelitas tuvieron por fin vía libre para crear su propio Estado en Canaán, el Reino de Israel. Por situarnos, por entonces apenas había en las colinas de la futura ciudad de Roma un puñado de villorrios sin nombre habitados por pastores.

El rey Saúl fue el fundador del reino. Le siguió David, el más grande los monarcas israelitas. Después reinó Salomón, el constructor del primer Templo de Jerusalén, donde la casta sacerdotal custodiaba objetos de gran importancia religiosa como el Arca de la Alianza y la antigua Menorá, un candelabro de siete brazos (el candelabro de la Janucá, creado siglos más tarde, tendría nueve brazos). El Arca simbolizaba el pacto entre el pueblo de Israel y su dios. Contenía las tablas de la ley que, según la tradición, el propio Dios había entregado a Moisés. El pueblo israelita debía cumplir esas leyes a cambio de gozar de los bienes de su «tierra prometida», ya convertida en su propio reino, y la protección divina frente a los enemigos exteriores.

Es posible que posteriores generaciones de israelitas exagerasen en el recuerdo el esplendor de aquel reino, pero debió de alcanzar ciertas cotas, a juzgar por el efecto que tuvo en el desarrollo de su religión. La tradición recordaría este reino como una estructura política y religiosa monolítica, algo así como un único reino para un único pueblo bajo la tutela de un único dios al que se adoraba en un único templo. La realidad era distinta. En aquel reino, ni la religión israelita era un monoteísmo ni se adoraba a Dios en un único santuario. La cohesión política y social entre el norte y el sur era frágil. Pero algo hizo que los israelitas adoptaran una nueva cosmovisión, hasta entonces inédita, que daría forma a un milenio de evolución en su religión y mentalidad.

La Alianza, cuyas promesas habían sido todas satisfechas, formaba parte de un nuevo modelo de religión que iba a probarse revolucionario. En principio, la religión de los israelitas había sido muy parecida a las de pueblos vecinos, como demuestra el hecho de que incluso en el Antiguo Testamento, redactado más adelante, encontramos relatos que están inspirados por mitos foráneos. ¿Cuándo dejó de ser la religión israelita igual a las de su entorno? Se suele decir que el punto de corte fue la adopción del modelo monoteísta. Existen, sin embargo, muchos indicios de que la religión israelita mantuvo durante mucho tiempo un modelo de henoteísmo o monolatría, en el que, sí, había un dios supremo, pero se reconocía la existencia de muchas divinidades inferiores.

El verdadero cambio revolucionario llegó con una nueva concepción del universo.

Los diez mandamientos (1956). Imagen: Paramount Pictures.

El bien y el mal

El celo que los israelitas habían demostrado a la hora de conservar su identidad en mitad de periodos de esclavitud, servidumbre o desarraigo, así como el empeño en la conservación de sus valores, habían sido premiados con la ansiada consecución de un reino propio.

Aquello demostraba que al dios supremo le agradaba la fidelidad y el cumplimiento de unas normas morales. En la Antigüedad se juzgaba a los dioses por lo que hacían. El dios de los israelitas, que aún no era único pero sí superior, había demostrado ser muy poderoso. Había cuidado de sus fieles. Los había liberado de la esclavitud. Les había dado una patria. Era un dios bueno. Era un dios omnipotente. Y era un dios fiable, cosa extraña en los vodevilescos sistemas politeístas.

Autores como el estudioso israelí Yehezkel Kaufmann han desarrollado una explicación profunda acerca de dónde radicó la diferencia entre el monoteísmo/henoteísmo israelita y el politeísmo de los demás pueblos de la época. Una diferencia que no estribó en el número de dioses, sino en la naturaleza de los mismos.

En las antiguas religiones politeístas los dioses no eran la esencia primordial del universo. La verdadera esencia primordial del universo era el ámbito de lo metadivino, algo, una sustancia o concepto, que estaba más allá de los propios dioses. La esencia primordial podía cambiar su presentación de una cultura a otra: podía estar hecha de agua, luz, oscuridad, éter, o de conceptos más abstractos como destino y tiempo. Pero, en todas ellas, era la materia prima de la existencia. Lo metadivino era el bosón de Higgs del politeísmo, la partícula elemental: todo lo que existe ha nacido de la esencia primordial metadivina.

Esa esencia no es buena ni mala, es moralmente neutra. Por ello, las religiones politeístas describen un universo amoral donde el bien y el mal combaten desde el principio de los tiempos, ya que la esencia primordial no se encarga de propiciar un equilibrio. Así, en el politeísmo, el ser humano es el testigo indefenso y la víctima sufridora de la eterna lucha que protagonizan dioses, demonios y otras criaturas que viven en esferas superiores, pero cuyas acciones tienen demoledores efectos sobre el ámbito terrenal habitado por los humanos. ¿Cómo puede el hombre protegerse de estas guerras que están más allá de su alcance? Por un lado, puede intentar deducir qué dioses (o demonios) están en auge, quiénes están «ganando la guerra» en cada momento, para ofrecerles un sacrificio y rogar por su favor. La otra alternativa es intentar acceder a la esencia primordial mediante procedimientos rituales, por lo general envueltos en el secretismo; cuando un ser humano ha accedido a la esencia primordial y ha obtenido algún tipo de poder de ella, puede imponer su voluntad sobre la naturaleza sorteando la necesidad de hacer la pelota a los dioses para que sean ellos quienes actúen en su favor. En tal caso, el ser humano está usando la magia. La magia es el mecanismo que permite, aunque sea de manera limitada y momentánea, que un humano tenga poderes propios de un dios, recurriendo a la única sustancia superior a los propios dioses, la esencia primordial del ámbito metadivino.

Si la esencia primordial no parece tener voluntad propia ni preferir el mal o el bien, ¿por qué crea, por qué de ella surgen cosas? La respuesta politeísta es que toda creación es un acto de reproducción sexual. La única manera conocida de crear vida es la unión de elementos masculinos y femeninos: hombre y mujer, agua y tierra, etc. En la esencia primordial, de alguna manera, siempre están presentes ambos elementos, que pueden llegar a interaccionar de manera automática como en la reacción de dos elementos químicos. De la unión espontánea (o, más adelante, dirigida) entre ambos principios, masculino y femenino, emergía el universo y todo lo contenido en él. Los dioses, nacidos de la esencia primordial, habían obtenido sus poderes de ella. Los humanos, creados por los dioses, tendrían solo aquellas capacidades que los dioses hubieran querido darles, salvo que consiguieran recurrir a la magia.

La revolución de la religión de los antiguos israelitas consistió en sustituir esa esencia primordial neutra por una nueva esencia primordial que ya no era neutra, sino consciente, dotada de voluntad propia. Tampoco era moralmente neutra, sino equivalente al bien absoluto. Esta nueva esencia primordial era el dios יהוה, «YHWH». Un nombre, el tetagrámaton, compuesto de cuatro consonantes; como el hebreo arcaico se escribía sin vocales, nadie sabe con exactitud cómo debe pronunciarse (por eso lo decimos de varias maneras: Yahvé, Jehová, Yah). El dios de los israelitas no había sido creado, puesto que no había un ámbito metadivino superior a Yahvé y del que Yahvé pudiese haber surgido. La religión israelita carecía por tanto de teogonía, de un relato biográfico de su dios.

Si Dios representa el bien absoluto y él es el origen de todo, existe una moral absoluta. La moral ya no es el producto de una guerra caprichosa entre fuerzas del bien y del mal. Contradecir o sortear la voluntad de la divinidad deja de ser un mecanismo de defensa legítimo y se convierte en un acto perverso, una desobediencia hacia el bien absoluto. El ser humano ya no puede, ni debe, recurrir a la magia. No hay forma de obtener poder legítimo que no provenga de Dios. Tampoco se debe rendir culto a deidades inferiores, las cuales también deberían evitar contradecir a Dios. Lo que el ser humano debe hacer es respetar la naturaleza moral del universo cumpliendo las leyes que su creador ha dictado.

Una idea derivada de este nuevo modelo de esencia primordial divina era que la creación del universo había sido un acto puro de la voluntad de Dios sin la necesidad de unir principios contrapuestos. En otras palabras: un verbo. Dios actúa mediante el verbo decir: «Y dijo Dios, hágase la luz, y la luz se hizo». Cuando Dios dice algo, esto se hace realidad, no necesita más. Como Dios carece de género y no hay en él componentes masculinos ni femeninos, la contraposición de principios es innecesaria. En religiones anteriores, como la egipcia, existían antecedentes del verbo como acto creador, pero siempre estaban complementados por la sexualidad. La cosmogonía israelita eliminó casi por completo la conjunción de lo masculino y lo femenino como complemento al verbo (no del todo, pues quedaron rastros mitológicos de la creación sexual en la mitología). Tomemos por ejemplo el caso de Adán y Eva: cuando el Dios de la Biblia crea a la primera mujer, lo hace extrayendo una costilla del primer hombre. En ese acto no hay oposición entre lo masculino y lo femenino; tampoco subordinación, como indica el que Dios tome una muestra del costado del cuerpo del hombre y no de la parte inferior. Adán y Eva han sido creados horizontalmente porque lo masculino y lo femenino son, en el universo ideal de la cosmogonía israelita, dos muestras de la misma sustancia, no dos sustancias complementarias. Esto refuerza la idea de unión, de unidad y de mismidad a la que, al menos sobre el papel, aspiraba aquella religión.

Como sucede en todas las religiones cuyo esqueleto mitológico contiene gran elaboración intelectual o complejidad esquemática, estos principios cosmogónicos eran distorsionados en las creencias populares cotidianas. Yahvé no tenía rostro ni género, pues no era humano. En la tradición, sin embargo, podía aparecer con forma humana. Podía crear solo con el verbo, pero a veces lo hacía uniendo principios masculino y femenino (como en el acto de crear mediante el modelado del barro). Y aunque no debía haber otras deidades dignas de adoración, la religión israelita aún tardaría en ser monoteísta. La Biblia hebrea también carecía de opuestos significativos a Dios y la figura de Satán, tan importante en el cristianismo, no cumple el mismo papel en el Antiguo Testamento (la serpiente del Edén descrito en el Libro del Génesis no es una representación satánica, por ejemplo). Aun así, en los textos aparecen demonios y los israelitas podían seguir creyendo en viejas ideas como las posesiones diabólicas y las luchas eternas entre el bien y el mal.

Los israelitas, pues, tardaron en adoptar de lleno todas las novedades revolucionarias de su nueva cosmogonía. ¿Qué sentido tenía a la aparición de este nuevo concepto de un Dios omnipotente y bondadoso, cuando los caóticos sistemas bélicos de los revoltosos dioses de los politeísmos parecen encajar mejor con las turbulencias del mundo antiguo y las inseguridades de sus habitantes? Parece que los israelitas se sentían recompensados, que el Reino Unido de Israel debió de ser un periodo de gran bonanza, al menos en comparación con el resto de un mundo mediterráneo que trataba de reponerse del caos reciente. Los israelitas, que habían vagado sin tierra durante siglos, se sintieron lo bastante privilegiados como para imaginar que habían sido elegidos por un dios más poderoso que los dioses de sus esclavizadores. Un dios que había decidido que los israelitas tuviesen su propio reino y que ese reino perdurase en el tiempo como demostración empírica de su propio poder superior. Siempre, claro, que sus creyentes se hiciesen merecedores de su protección.

Caída y helenización del reino de Israel (siglos X-IV a.C.)

Mapa mostrando los reinos de Israel (azul) y de Judá (naranja), antiguas fronteras levantinas y ciudades como Damasco y Gerasa en torno al siglo IX a. C. Imagen: Richardprins  / Kordas  (CC).

El Reino Unido duró apenas ciento veinte años. Como decía más arriba, su cohesión era frágil. En el año 931 a.C. murió Salomón y las tribus del norte del país se negaron a aceptar a su hijo Roboam como nuevo monarca. Israel quedó dividido en dos nuevos reinos: Samaria en el norte y Judá en el sur.

Samaria fue independiente durante otros doscientos años, hasta que fue anexionada por el imperio asirio en el 720 a.C. Muchos de sus habitantes fueron deportados y esclavizados mientras llegaban colonos asirios ansiosos por establecerse. Los samaritanos originales quedaron diluidos en una mezcla étnica y cultural entre israelitas y asirios. No queda mucho rastro de lo que había sido Samaria antes de aquellas invasiones y repoblaciones, aunque se cree que algunos de sus textos sagrados llegaron a Judá junto con los refugiados que huían de las invasiones; algunos de aquellos textos de Samaria pudieron entrar, aunque de manera indirecta, en la Biblia hebrea.

En cuanto al reino de Judá, fue más longevo y duró cuatrocientos años. En él empezó a tomar forma el judaísmo de los siguientes siglos cuando, en el año 622 a.C., el rey Josías decidió centralizar la religión israelita, prohibiendo realizar sacrificios a Dios en santuarios locales o itinerantes, así como la exposición de ídolos (cualquier deidad extranjera) en el Templo de Salomón. Bajo Josías, Israel empezaba por fin a parecerse al reino de una sola fe, un solo dios y un solo templo que generaciones posteriores confundirían, erróneamente, con el Reino Unido de David y Salomón.

El sueño del Judá unificado de Josías también fue breve. Terminó un siglo después de sus reformas, por causa de otra invasión extranjera. El rey babilonio Nabucodonosor II conquistó Judá, asaltó Jerusalén y destruyó el Templo de Salomón en el año 589. Como había ocurrido en Samaria dos siglos antes, muchos israelitas fueron objeto de cautiverio, forzados a abandonar su tierra como exiliados o esclavos. Todas estas deportaciones fueron el inicio de la «diáspora», la diseminación de israelitas hacia otros territorios del Mediterráneo. Todo resto político del antiguo reino de Israel había desaparecido. Por entonces se empezó a conocer a los nativos del extinto Judá como Yehudim, «judíos». La brutal llegada de Nabucodonosor fue incluso peor para los filisteos, que habían mantenido su propia federación independiente con éxito, pero que ya no sobrevivieron al asalto babilonio. Los filisteos vieron su identidad diluida entre los invasores, como les había sucedido a cananeos y samaritanos antes que ellos. Su más visible legado sería darle a la antigua región de Canaán un nuevo nombre: Palestina, la «tierra de los filisteos».

La destrucción del Templo constituyó un cataclismo para la religión de los antiguos israelitas, quienes sintieron que su Alianza con Dios se había roto. Puesto que Dios no podía incumplir su palabra de manera caprichosa, dedujeron que la ruptura era un castigo provocado por sus propias transgresiones de la ley mosaica. En concreto, los israelitas se acusaron de haber cometido tres pecados capitales: adulterio, paganismo y asesinato. El adulterio se refería al relajamiento de la moral sexual, aunque era el menos grave de los tres y no justificaba tan grande castigo por sí solo. El pecado de paganismo era peor, pues implicaba la falta de sometimiento a la autoridad del único Dios, siendo uno de sus síntomas la idolatría, el culto a otras deidades (por extensión, se terminaría llamando «pagano» a todo aquel que no profesara la religión monoteísta judeocristiana). El pecado de asesinato era el más imperdonable. Se refería a los actos de violencia y demostraba la falta de aprecio por la vida humana. Según la tradición religiosa israelita, la vida humana era sagrada porque era la creación cumbre de Dios. La historia bíblica de Caín y Abel contenía la enseñanza de que, en la práctica, todo asesinato era un fratricidio. Incluso el que se producía entre extraños.

El castigo divino en forma de invasiones y esclavitud reforzó entre los judíos la idea de que necesitaban cumplir con mayor celo la ley de Moisés. Podían y debían mejorarse a sí mismos para volver a ser dignos de la confianza de Dios. El Templo, que ya no existía como edificio, adquirió un carácter espiritual: los santuarios locales no reaparecieron, pero no era necesario. Cada individuo o cada comunidad podía convertirse en un templo metafórico en el que demostrar fidelidad a Dios. Esto impulsó la aparición de congregaciones en las que se estudiaba y se discutía la ley para ayudar a que los creyentes se convirtiesen en mejores personas. Estas congregaciones terminarían siendo conocidas como «sinagogas», del griego συναγωγή, «asambleas» o «lugares de reunión». Serían la base del judaísmo rabínico en el que se formó Jesús medio milenio más tarde.

En el siglo IV, Alejando Magno conquistó la cuenca oriental del Mediterráneo, emprendiendo un proceso de helenización que convertiría el griego en la lengua franca de las ciudades conquistadas. En Palestina, como en muchas otras partes, el griego se convirtió en la lengua en que estudiaban los ricos. Incluso en Jerusalén apareció un establecimiento formativo típico de la cultura griega, el γυμνάσιον, «gimnasio». La helenización de las clases altas continuaría hasta la época del Imperio romano, aunque la mayor parte de los judíos de a pie seguirían sin hablar griego porque siendo pobres no tenían acceso a una educación formal. Aun así, esa helenización fue un factor importante en el desarrollo de la religión judía debido a la infiltración de nuevos elementos paganos, como la influencia de los filósofos griegos. Esto era motivo de debates entre los judíos conservadores, opuestos a la helenización, y los reformistas partidarios de modernizar Palestina, que eran progriegos. Los reformistas, por lo general, se salieron con la suya. Baste decir que en el siglo II a.C. llegaría a haber sumos sacerdotes de nombre griego, como Jasón o Menelao. Pero esa misma influencia griega estaba a destinada a producir los primeros conatos de cisma en la religión judía y una profunda línea divisoria entre el judaísmo de las clases altas urbanas y el de las clases bajas rurales.

El judaísmo del Segundo Templo (siglos IV a.C.-I d.C.)

El empeño de Alejandro por conquistar el mundo quedó truncado por su temprana muerte a los treinta y dos años, pero los efectos de sus conquistas serían ya imperecederos.

Su imperio fue dividido en cuatro partes. Palestina quedó en la línea divisoria entre dos de aquellas nuevas potencias helenizadas, por lo que quedó transformada en escenario de disputas y dominios extranjeros. Entre los siglos VI y IV Judá se convirtió en Yehud, reino satélite del imperio persa aqueménida fundado por Ciro el Grande. Esto, se convirtió una bendición. A diferencia del brutal Nabucodonosor, Ciro era muy tolerante en lo religioso y gracias a él se impulsó la construcción del Segundo Templo de Jerusalén, lo devolvió a los judíos su lugar sagrado y permitió a los sacerdotes recobrar su antigua importancia. Por todo esto, Ciro se convirtió en un caso excepcional de extranjero a quien el Antiguo Testamento reconoce como «Mesías». El título, como veremos, no tenía las connotaciones proféticas que siglos después se atribuirían a Jesús, sino que era más bien una forma de reconocimiento regio para personajes dignos de particular reverencia.

La helenización de las clases altas, entre las que se incluían los saduceos que conformaban la cúpula sacerdotal de Jerusalén, generaba crecientes roces con los conservadores rabínicos de las regiones rurales. Apareció una facción religiosa disidente cuyos miembros eran conocidos como fariseos, «los que se han separado». Se oponían con fiereza a la helenización del judaísmo. Las tensiones religiosas se unieron a las tensiones políticas y nacionalistas, hasta que en el siglo II a.C. se produjo una revuelta contra la dominación helenística. La revuelta, liderada por Judas Macabeo y hoy recordada en la celebración de la Janucá, triunfó, consiguiendo el autogobierno de Judea frente a los griegos seléucidas que habían estado dominando el país. La nueva monarquía de los Macabeos, conocida como dinastía asmonea, impuso una visión del judaísmo oficial que encajaba mejor con las ideas de los fariseos.

Roma estaba llamando ya a las puertas de Palestina. En el año 63 a.C., el general Pompeyo conquistó Jerusalén, aunque permitió que la dinastía asmonea continuara gobernando con distintos títulos administrativos y bajo la estrecha supervisión de Roma. Julio César y Marco Antonio miraban de reojo a las cenizas de la rebelión macabea, pero a los romanos les inquietaba poco el problema religioso de aquel territorio; querían orden y, mientras lo obtuvieran, su pragmatismo los guiaba también a la tolerancia. El respeto legal por el judaísmo, recordemos, era una política oficial de Roma desde finales de la República.

En el año 37 a.C., toda Palestina entró de facto a formar parte del imperio. El senado romano sancionó el nombramiento de Herodes el Grande como rey vasallo de Palestina. Herodes murió en el año 4 d.C. (hacia la época en que nació Jesús) y Palestina quedó dividida de nuevo. Su hijo Herodes Antipas se convirtió en rey de Galilea todavía como vasallo de Roma, mientras que Judea fue convertida en una provincia imperial bajo el gobierno directo de un prefecto romano (como sabemos, Poncio Pilato ocupó ese cargo entre los años 26 y 36 d.C.). Todo esto permitió que las élites locales helenizadas recobraran el poder institucional religioso, dada su afinidad cultural con los romanos, cuyas élites también se educaban en griego y con temarios muy parecidos a los que estudiaban los hijos de los palestinos ricos.

Nueve siglos de ocupaciones extranjeras, incluidos periodos de esclavitud y exilio, provocaron en los judíos palestinos una profunda añoranza de los tiempos dorados del Reino Unido de Israel. Ese sentimiento, unido al relativo éxito de la revuelta macabea, tuvo una enorme influencia en el desarrollo de su mitología religiosa. El Mesías, que en la Biblia hebrea era un título honorífico de uso variable, fue tomando forma como un nuevo personaje que respondía a aquellos anhelos nostálgicos. El enviado de Dios que llegaría en un futuro indeterminado para restaurar el trono dinástico de David y devolver a Israel, después de casi mil años, su antiguo esplendor perdido.

(Continua aquí)

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24 comentarios

  1. alvalar

    Buenos días.
    Estaria bien darle un repaso cronológico al artículo, ya que Ciro el Grande deberia aparecer antes que Alejandro Magno (quien conquistó el imperio persa fundado por Ciro).

    • Isaías

      No veo por qué. En el texto queda claro que es Ciro el Grande quien gobierna ese territorio en el siglo VI y que Alejandro Magno llega un par de siglos más tarde. Otra cosa es que, quizás, habría sido mejor situar la referencia a Ciro antes en el texto y así evitar posibles confusiones.

  2. No era un dios bueno como dices.Salomon murio en 1030 apro.Y el pueblo de las demas tribus se absorbio 700 años a.c.Salmanasar lll lo destruyo en 720a.c.y la profecia de los mil años nada tiene que ver aqui.Pero gracias por tu esfuerzo.

  3. Tampoco la promesa de alianza fue cumplida.ellos no creyeron a un nuevo pacto.pacto que aun no es real o cumplido.y el trono de David no es de Cristo.David servia a Yawve o Jehova,un dios de doctrina militar.Cristo es Medico al igual q el Padre.

  4. Lord Enzolicus

    @alvalar
    Es más un fallo narrativo que histórico. A mí también me sonó raro, pero las fechas están correctas, aunque se mencione al más tardío primero en el texto.

  5. Espinete con Soplete

    Herodes el grande murio en el 4a.c y no 4 d.c como dice el articulo

  6. Viva Jesús de Nazareth, Señor de la historia y Redentor de la Humanidad!!!!

  7. Manuel

    “Interesa a los arqueólogos por su relación bíblica con la creencia de que los padres de la Virgen María, Ana y Joaquín fueron nativos de Séforis​ cuando la ciudad estaba en el período helénico.” (Wikipedia)
    Hablarían griego, el Imperio Romano desarrollaría su rutinaria vida diaria en Palestina en latín, el arameo era la lengua de los que vivían en la zona. Jesús era carpintero ¿sólo trabajaba para los judíos o galileos o tendría que entenderse con sus clientes de otras lenguas? Si existió como personaje histórico, aparte de analfabeto como creo haber leído en la primera entrega, en cuestión de entendimiento básico debería poder comunicarse en todas esa lenguas por su profesión.
    No recuerdo cuan extenso podría ser el territorio de Judea pero entre localidad y localidad se podría ir andando sin cansarse mucho. No se si me explico…

  8. Eratosthenes

    Me gustó muchísimo el artículo anterior. Este no es menos interesante pero, una pequeña observación: los israelitas nunca fueron esclavos en Egipto. Básicamente nada de lo que se cuenta en el Éxodo representa hechos reales. Para no extenderme, recomiendo este artículo que explica muy bien este asunto http://despuesnohaynada.blogspot.com/2014/12/exodus-ii-creative-commons-las-bases.html

    Es increíble cuan profundas están algunas ideas en el imaginario colectivo. Pese a la labor de miles de historiadores y arqueólogos.

  9. Josele

    Este segundo artículo muy bueno. Los comentarios para pegarse un tiro.

  10. Rober

    Un fantástico esfuerzo del ser humano por explicar “lo inexplicable”. Conjeturas y narrativa. Un vodevil más. El autor no llegará a la santidad, queda en la más mísera humanidad. Bueno, al menos les quedan a los niños los Reyes “Magos “.

  11. Carlos

    yo creo que Jesus es un Ser sumamente evolucionado que encarnó en la Tierra para advertirnos de la trampa en que se encuentra la humanidad. En consecuencia todo su mensaje fue borrado o tergiversado para que no nos llegara. Sabiendo que otros seres como por ejemplo los arcontes se alimentan de el sufrimiento y las bajas vibraciones de los humanos, dudo mucho de su pasión y muerte que tanto alimentaría a los enemigos de la humanidad.

    • Cierto, el judio historico que conocemos es una invencion romana contra las revueltas judias del siglo I, los Judios creian que vendria un salvador guerrero que los libraria del Imperio, Roma entonces creo el Jesus del Amor “Dale al Cesar lo que es del Cesar”. Luego el verdadero jesus fue gnostico y sus parabolas son anteriores al supuesto nacimiento, los demonios serian los arcontes. Roma con la ayuda de Judios-Romanos como Pablo de Tarso, escribieron y rescribieron la historia. En los primeros 300 años los romanos crearon el nuevo testamento y con ello el “cristianismo”, la religion mas poderosa del mundo.

  12. ¡¡¡Qué bueno y útil sería que vez en cuando surgiera otros Jesuscristos.—-!!!!

  13. Anus Maximus

    La profecía de los mil anos.

    Es de lejos el link más gracioso de esta página.

  14. No se puede contar mejor un tema tan complicado.

  15. Nowayout

    La verdad es que la serie de artículos es de lo más interesante. Felicitaciones

  16. rodolfo salgado

    No dudo para nada de Jesús mi salvador,me parece muy bien los documentos el primero y el segundo escrito muy bien documentados, lo que venga después de estos artículos espero poder tenerlos o leerlos.

  17. Excelente artìculo, E. J. Rodrìguez para quitarse el sombrero.

  18. Pingback: Jesús de Nazaret (III): El Mesías – El Sol Revista de Prensa

  19. Según las investigaciones arqueológicas israelitas, la esclavitud en egipto probablemente nunca tuvo lugar. Los judíos eran cananeos, más concretamente pastores, que vivían en las colinas y en las zonas más pobres y que se vieron beneficiados por la implosión de las ciudades durante una profunda crisis. El exilio y el reino unificado parecen ser reinvenciones de relatos conocidos durante el reino de Josias, quien pretendía arrogarse el carácter del Mesías. Pero Jerusalén no era más wue un villorrio durante la época de David y el número de habitantes de Judea escaso.

  20. Javier

    Buen artículo para hacerse una idea de la historia de esta región, pero contiene lamentablemente conceptos políticos modernos que introducen gran confusión. La palabra “Estado” es absolutamente inapropiada. Cuestiones como “independencia”o “identidad” están extraídas del vocabulario político moderno y carecen de sentido en esa época (o al menos su sentido es diferente). Y discúlpenme, pero “Reino Unido de Israel” es sencillamente alucinante.

  21. Helena

    Qué buen relato histórico del judaísmo en su origen y del complicado asunto del paso del politeísmo al dios de los israelitas. Muchas gracias. Ayuda a ver el modo en que unas sociedades de pastores (las más antiguas y primarias de las sociedades humanas detrás de las de cazadores y recolectores) vinieron a conformarse como vinculadas a un territorio merced a la alianza con Dios (único, omnipotente y creador de los tiempos, con su principio y su fin, que son el principio y el fin de los sucesos de los israelitas). Cuánto nos enseña la mitología sobre nosotros mismos.

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