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Joe Arlauckas: «Jugando en Grecia casi me ponía cachondo»

Fotografía: Lupe de la Vallina

Joe Arlauckas para JD 6

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista trimestral número 6

Fue el mejor de Europa en su puesto. Un rol que consistía en meter canastas. Su genuina mentalidad estadounidense no admitía complicaciones: solo quería meter canastas. Por eso, cuando alguien trató de alejarlo de ese objetivo, por ese afán táctico del baloncesto europeo, tuvo problemas. Ahora, Joe Arlauckas (Rochester, Estados Unidos, 1965) admite que en ese papel de superanotador muchas veces le pudo el ego, que, en sus palabras, fue muy hijo de puta. Pero también revela que cuando empezó a llevarse bien con sus rivales y a conocerlos personalmente bajaron sus números. Queremos repasar con él su trayectoria, que le llevó de la NBA a ser campeón de Europa con el Real Madrid tras pasar por Italia, el Caja de Ronda en Málaga y el Tau Vitoria.

¿Es cierto que estás tratando de convertirte en agente para traer jugadores estadounidenses como tú a Europa?

No, no. El mundo de los agentes no me gusta nada. Tengo muchos amigos metidos en ese negocio, pero a mí no me mola. Por ejemplo, están los runners, que se dedican a levantarles jugadores a los representantes. Trabajan para algún agente y se dedican a desestabilizar. Les pagan para llegar, sacar al jugador a cenar, a tomar algo, irse de putas y convencerle de que estará mejor con otro representante. Yo no valgo para eso. Porque el mundo de los agentes es así. Se gana mucho dinero, tú calcula lo que puedes sacar si pillas un 10 % de cada millón que se mueve. Y piensa lo que supone para un representante que ha cogido a un chaval desde joven, ha hablado con sus padres y cuando empieza a triunfar se lo quita esta gente. Yo quiero dormir. A mí por la noche cuando cierro los ojos lo que me mola es quedarme dormido, tío.

De todas formas, el sistema en Europa está jodido. Los niños tienen que estudiar. No puedes coger a un tío de dieciséis años y llevarlo a jugar al baloncesto. No tiene asegurado que va a ser profesional. Si lo llevas a la universidad tiene un 95 % de posibilidades de acabar una carrera, en el baloncesto solo un 5 % llegan arriba. En Estados Unidos tienes trescientas universidades, de ahí dos de cada equipo pueden llegar a la NBA, pero los otros diez se sacan su carrera. El porcentaje de los que llegan no sé si es del 2 %. Aquí igual la proporción es más alta, pero a qué precio…

Tus padres eran emigrantes lituanos en Estados Unidos.

Sí, pero no conozco su historia. Solo sé que los padres de mi madre eran napolitanos. La verdad es que me da rabia, pero es lo que hay. Mi padre con cuarenta y un años tuvo a mi hermana. Me imagino que para él ya tuvo que ser un fallo, aunque mi madre tenía treinta y tres y todavía estaba bien. Pero cuando llegué yo mi madre tenía cuarenta y mi padre cuarenta y ocho. Creo que fue la última vez que mi padre folló en su vida. Por lo menos a mi madre. Tener en el año 65 un niño con cuarenta años no era normal. Pero como eran católicos no usaban protección, así que seguro que dijo ¡ahí no entro más!

Mi padre era todo un currante, un tío impresionante. No ganaba un duro. Se levantaba a las tres o las cuatro de la mañana cada día. Era repartidor de leche. Llegaba a casa sobre las diez, dormía un rato y se iba a hacer pizzas al restaurante de un amigo. Y mi madre trabajaba limpiando. Eran lo que en inglés se llama blue collar. Su vida era trabajar, trabajar y trabajar. Mientas tanto, yo estaba todo el día jugando con mis amigos. Y si no estaban ellos, me iba yo solo a la calle, pintaba un recuadro en la pared y me ponía a tirar como pitcher.

¿En la high school, como en las películas, los deportistas os llevabais a todas las chicas?

No sé cómo sonará lo que voy a decir, pero los deportistas suelen ser gente muy insegura. No somos muy inteligentes. A esas edades te encuentras incómodo, no encuentras tu sitio, y el deporte se presenta como una manera de coger autoconfianza, ver que eres importante. A partir de ahí empiezan a llegar las chicas, pero si has crecido con inseguridad, después de alcanzar la cima, las inseguridades no se van, siguen ahí. Las compensas con la atención que te presta la prensa, con los partidos, con otra chica… Esto se ve mucho en el mundo del deporte. Matrimonios que van fatal, infidelidades, gente poniendo los cuernos a todo el mundo, y no es por otra cosa que porque todavía llevan al niño inseguro dentro. Porque todo el mundo tiene su vicio. El mío, por cierto, era salir por la noche y tomar copas.

Tus años en Niagara, en la universidad, fueron de locura total.

Nada más llegar me ligué a una chica que tenía cuatro años más que yo. Me enamoré, era un fresh man con una senior, iba por ahí pensando que era la hostia. Pero de un día para otro ella dejó de hablarme porque tenía novio. No me lo podía creer y a partir de ahí fue la locura. Empecé a irme cada día de marcha y a sacar unas notas fatales. Aunque no me iba mal ese ritmo de vida. Fuimos a Florida en un torneo de Navidad, salí todas las noches, con las cheerleaders del South Portland, emborrachándome, y me metí en el cinco titular del torneo. Pero por supuesto, no tardé en liarla. Me cogió un grupo de seniors que no eran jugadores, solo fiesteros, y me llevaron al spring break en Fort Lauderdale. Cogí todo el dinero que me habían dado mis padres para pasar el año, unos mil quinientos dólares, y les seguí el ritmo. Era el más pequeñito, el rookie, pero bebía el que más de todos. El spring break es una locura generalizada de mucho cuidado. Hay películas sobre esto. Se hacen competiciones de gilipolleces a punta pala. Tipo a ver quién es la chica que bebe más rápido y chorradas de ese tipo, y luego tienes el Wet Willie, que es un concurso de bailes en tanga. Yo tenía fama de quitarme la ropa en lugares públicos. De hecho, el día que conocí a mi exmujer me estaba quitando la ropa en un bar. Y aquel día subí a bailar. Borracho, por supuesto. Me acuerdo de que había un backstage en el que te explicaban cuáles eran las normas, que se reducían básicamente a que no te podías sacar el rabo. Salí con tres o cuatro tíos más. Uno, con unos músculos que alucinas. Pues estamos bailando en tanga como gilipollas y oigo: ¡Diez!, ¡once!, ¡doce! Resulta que el cachas se había puesto a hacer flexiones en el suelo. Cogí, le di una patada en un brazo, se dio una hostia contra el suelo con toda la cara y en ese momento me colgué del techo. Gané.

Al volver a Niagara los entrenadores se enteraron de la juerga. Para que veas cuál era mi estado mental, me estaban echando la bronca y aquí en Estados Unidos tenemos dos siglas. Una AA, que es Alcohólicos Anónimos, y otra AAA, que es de asistencia en carretera [American Automobile Association; N. d. R.]. Pues me estaban gritando y me dicen «¡Te vamos a llevar a AA!». Y yo todo serio, extrañado: «¿Pero sois gilipollas, si no tengo coche?».

El segundo año pagué muy caro este ritmo de vida. El entrenador estaba contando mucho conmigo y era el cuarto anotador del país en Navidades, hasta que nos fuimos a Florida. Salía todas las noches, pero aquella vez fue muy loca. Un amigo se había ligado a una tía, se la llevó a la habitación y se animaron dos o tres más a ir con ellos. Estaban todos y me llamaron a mí. Esto pasó en una época chunga porque en Minnesota un grupo de deportistas había violado en grupo a una niña. Bajé, estaba la tía con los tres tíos, y cuando me vio dijo: «¿Quién cojones más está aquí?». Se montó un pollo y yo me fui corriendo. Se conoce que tres, bien, pero cuatro ya era mal rollo. «¡Os estáis pasando!», gritó.

Bueno, fue una noche de locuras así. Y al día siguiente en el avión me empezó a doler la tripa, sudores fríos. Fatal. Vomitando. Me pasé diez días tumbado. Me ingresaron en el hospital. Fue algo gástrico jodido. El caso es que perdí casi quince kilos. De ciento y pico pasé a ochenta y nueve. Entonces me hicieron unas pruebas los médicos del equipo y me encontraron una arritmia, que mi padre también tiene. Me dijeron que no podía jugar más. Me largué, les mandé a la mierda. Les dije que me la sudaba e iba a seguir jugando. Y en ese estado me fui a Boston, todavía convaleciente del estómago. ¿Y qué hice la primera noche? Beber como un idiota. ¿Sabes lo que es un Long Island Iced Tea? Un cóctel que lleva cinco licores: ron, vodka, tequila… todo en uno. Pues me tomé cuatro. Un amigo me tuvo que llevar al hotel. Al subir, las cámaras me grabaron meando en el ascensor. Me tuvieron que dar una ducha fría. En ese momento, temblando debajo del agua, me di cuenta de que había tocado fondo, que tenía que cambiar.

Y lo más duro fue volver a casa con unas notas malísimas. Esperaba que mi padre se pusiera a hostia limpia conmigo, pero no me pegó. Fue peor. Me dijo: «¿Tú ves que cuando juegas un partido vamos toda la familia a verte, da igual el tiempo que haga, llueva, nieve o hiele, que siempre estamos ahí? Te voy a decir una cosa: cuando jodas todo esto y te vayas a trabajar a un McDonalds, no te va a ir a ver nadie, porque eres una mierda, chaval». Y yo: «¿Pero no me vas a dar de hostias?». Estas frases se me quedaron para siempre en la cabeza, porque sí era verdad que yo era el primero de la familia que pisaba una universidad.

Joe Arlauckas para JD 1

¿Viste a muchos buenos que podían haber llegado y se quedaron?

Varios, pero también hay mucha gente que termina hasta los huevos, ¿eh?, que no quiere volver a oír hablar de baloncesto en su puta vida, que lo aborrecen. Esto no es un mundo de color de rosa. Yo me levantaba a las cinco de la mañana para entrenar, dos horas. Luego clase de ocho a diez. A las once entrenamiento hasta la una. Comes. Clase de cuatro a cinco o a seis. A las siete entrenas. Cenas y luego al study-room con un profesor hasta las once de la noche. Yo hacía todo eso y luego encima me iba de marcha por la noche. Era horrible.

Además, los entrenadores cuando te fichan te dicen que eres muy bueno, que vas a llegar a ser titular, pero al cabo de unas semanas, cuando te están entrenando, la cosa es: «¡Tu madre es una puta!». Y joder, piensas: «Pero si has firmado el contrato con ella hace dos meses». Los entrenadores de baloncesto universitario son unos hijos de puta que no te lo puedes ni imaginar. Luego en tu vida te puedes topar con alguien como Obradovic, que es difícil, pero estás ganando pasta. En el campeonato es muy difícil soportar todo eso. Los entrenamientos universitarios son de llegar —yo lo he vivido—, tirar los balones a la mierda, poner cuatro cubos de basura en cada esquina del campo y decir: «Vamos a correr hasta que vomitemos todos». Y venga, todos a potar. Flexiones, escaleras, fondos y todo dios vomitando por todas partes.

Y si en el partido habíamos jugado mal, teníamos que volver a entrenar esa noche. De diez a una de la mañana. Gritándote: «Eres una mierda, no tienes ni puta idea, tu madre es una puta, haz cien flexiones, ¿solo eres capaz de ochenta y cinco? Pues otras cien, ¡ya!». Por eso muchos no querían volver a jugar. Hay hasta casos de suicidios. Lo que pasa es que si llegas a aguantar eso luego lo aguantas todo. En mi caso, tengo que decir que esta etapa la recuerdo como los mejores cuatro años de mi vida.

Debutaste en la NBA, en Sacramento Kings, con Bill Russell.

Bill Russell era un tío que no tenía ni puta idea de entrenar. Era toda una leyenda, pero macho… La suerte fue que el segundo era Willis Reed. A Bill Russell lo terminaron mandando a los despachos porque no tenía ni idea. El primer día llegó a entrenar, se sentó en las gradas y se puso a dormir. A las dos horas se despertó y le dijo a Willis: «Oye, que son las once y media, acaba rápido que he quedado para jugar al golf». Muy fuerte.

Cuando me cogieron a mí despidieron a Johnny Rogers. Fue jodido. Me hice amigo suyo jugando en el Rookie Camp. El último día me llamaron, me dijeron que felicidades, que era parte de Sacramento Kings. Yo no me lo creía, iba a jugar en la NBA, aunque jamás había sido mi sueño. Y también me contaron que iban a echar a Johnny, porque jugábamos los dos en el mismo puesto. Cuando estaba en la habitación, Johnny me llamó a la puerta. Creí que venía a darme una hostia, hasta pensé en no abrir, pero lo hice y me dijo: «Solo quiero felicitarte, te mereces entrar en el equipo». Qué detalle. Fue un tío con clase, todavía es muy amigo mío. Aprendí mucho de ese gesto que tuvo.  

Allí en Sacramento coincidí con Otis Thorpe, que para mí es el tío que me enseñó a jugar. Me cogió y me puso con él en todos los entrenamientos. Y Harold Pressley, que era el tío más gracioso que he visto en mi vida. También estaba Reggie Theus, al que le gustaban las mujeres yo diría que bastante. Era el tío más escandaloso que he visto en mi vida. Cada viaje que hacíamos follaba. Y eran cuarenta y un viajes al año. Era un reto para él follar en cada salida. Recuerdo un partido en Denver, que llegamos el día antes y al siguiente nos íbamos, pues le dio tiempo a follarse a ocho tías diferentes. Y metió veinticinco puntos, ojo. Me quedé diciendo: tú eres mi puto ídolo. La verdad es que era superguapo y elegante, ya antes había sido modelo. Una vez en un aeropuerto en Dallas, llamaron por el teléfono de servicio de la sala donde estábamos para embarcar, lo cogió una empleada, preguntó por él: «¿Dónde está Reggie?». Resulta que estábamos en la puerta 55 y era una tía de la puerta 51 que llamó a ver si se lo podía tirar. Y ahí se la folló en el aeropuerto, impresionante.

Sacramento Kings éramos un equipazo… pero por las noches [risas]. En la NBA no te controlan. Se supone que eres un profesional. No es como aquí. Puedes hacer lo que quieras mientras rindas. Casinos, putas. Como veas. Eso sí, en el momento que baja tu rendimiento pues te echan. Ya está. Aquí están todo el día encima de ti, a ver adónde vas, qué comes. También, en los equipos de la NBA, los jugadores fuera del campo van más a su rollo. Eso de que somos un equipo… no tan equipo. Si yo tengo ganas de jugar y tú estás jugando bien y se te jode el tobillo, tampoco me importa mucho porque al que le toca salir es a mí. Sabonis me contó que en Portland los primeros cinco meses se los pasó solo en la habitación. Hay mucha gente esperando a que pierdas el sitio.

Jugaste contra Los Angeles Lakers míticos.

Aquel día estaba en el banquillo buscando a tres tías que estaban en la cuarta fila. Les estábamos mandando mensajes a través de un chaval para que nos dieran el teléfono. También en casa se puede follar, no solo en los viajes. Y de repente me dicen que salga. ¿Sabes los pantalones esos largos que llevamos que se quitan con botones? Pues yo no sabía ni si llevaba los cortos debajo. Antes, solo había jugado en Denver, en el viaje en el que Reggie se folló a ocho tías, que perdimos de veinte y en el descanso Russell sacó a todos los rookies, cambió a todo el equipo. Pero yo normalmente chupaba banquillo. Así que iba a salir y me dijeron: «Tienes que defender a Magic Johnson. Tienes seis faltas y tienes que gastar las seis». Pasé de meter cuarenta puntos en Niagara en un partido a tener que hacer las seis faltas. Pero joder, era lo que tocaba.

En esos Lakers jugaba un tío que era amigo mío, Mike Smrek, que ponía bloqueos arriba para Magic. Medía 2,13 o 2,14 m, era como una casa. El caso es que salí, me puse a defender a Magic. Hizo un movimiento, pasó el bloqueo, se fue a canasta y dije, bueno, pues la primera hostia. Salté y le di una… nos caímos los dos al suelo, yo encima de él. Pitó el árbitro y dijo: «¡Vale la canasta!». Y yo: «¿Perdona? No puede ser que la haya metido con la hostia que le he dado». Estábamos en el suelo y me dice Magic: «Rookie, qué pasa, que te han sacado para hacer las seis faltas, ¿eh?». Le contesté: «Pues algo parecido». Y salta: «Pues vas a tener que darme más duro». Metió el tiro libre adicional, subimos, bajamos y otra vez atacaban. Volvió a ir a canasta, volví a darle otra hostia. Y el árbitro: «¡Vale la canasta!». Yo: «¡Me cago en su puta madre! ¿Cómo está metiendo las canastas?». «¡Me tienes que dar más fuerte!», me volvió a decir Magic, «pero no te preocupes que te van a cambiar ahora». Miré a la banda y pitaron cambio. «¡Joe, fuera!». Magic hasta me dijo adiós: «Venga chaval, buen trabajo ¡al puto banquillo!». Y ahí el entrenador me echó la bronca: «¿Qué te he dicho que hagas?». Yo estaba desesperado: «¡Pero es que no puedo matarlo!», gritaba.

Karl Malone.

Malone me mataba. Tuve que hacer con él como con Magic, salir para gastar las seis faltas y fue peor. Malone, cuando entraba, él primero te daba una hostia, luego saltaba a canasta, la metía y después te pitaban personal a ti. Magic solo iba a canasta, pero Malone saltaba con los codos. No tenías ni tiempo de darle. Y yo, con la mandíbula que tengo, es difícil fallar. Aprendí mucho de él, de cómo meter el codo [risas].

Y contra Dominique Wilkins en Atlanta.

Ahí es donde me cambiaron, ficharon a Mike McGee y me echaron esa misma noche. Fue muy gracioso cómo sucedió todo. Los jugadores teníamos cuatro entradas por partido y las vendíamos por un dineral, igual sacábamos dos mil quinientos dólares, según quién viniera, si Dominique, Larry Bird o los Lakers. Pues contra Atlanta vendí las cuatro y se me olvidó guardar una para mi novia, que se enfadó de la hostia. Pasamos el día discutiendo y encima yo luego perdí el partido. Estaba en el baño de casa, macho, cagando, y sonó el teléfono. Me puse y era Bill Russell, que me habían echado. A los cinco minutos le estaba diciendo a mi novia: «Ay cariño, cómo te quiero, te quiero mucho». Tenía el ego por las nubes. Era muy hijo de puta, iba muy a la mía. La verdad es que me gustaría volver a vivir todo para poder hacerlo mejor. Con más respeto a la gente, soy muy consciente de eso.

Joe Arlauckas para JD 2

En el draft saliste con tíos como David Robinson, Scottie Pippen…

… Joe Arlauckas [risas]. Antes de salir estuve a punto de ir en primera ronda por unos torneos que hice pre-NBA, pero me jodí el tobillo y bajé bastante en el draft.

¿Cuándo te dicen que Estados Unidos te queda grande, pero que puedes ganarte la vida con el baloncesto en Europa?

Conocí a mi agente, Joe Glass, después de un partido en Virginia. Tenía setenta y cinco años y parecía que tenía ciento cincuenta. Después de una buena actuación me invitaron a otro torneo en Hawai, donde metí treinta y cinco puntos en el primer encuentro y nadie me conocía. Tenía a veinticinco agentes llamándome: ¡Eres la polla, ficha conmigo! Pero me reuní con Joe Glass, con el puro en la boca, sin fumar, solo lo chupaba, y me dijo: «Siéntate. No tengo mucho tiempo, me están esperando. ¿Estás contento? Has jugado bien, pero no te olvides de que esto es solo un partido, igual no estás hecho para la NBA, quizá valgas para Europa, tienes que pensar en tus opciones». Le dije: «Me está diciendo todo el mundo que soy muy bueno». Y él: «Te están diciendo lo que tú quieras, pero aquí vas a escuchar la verdad: puedes ser jugador NBA, pero tienen que pasar muchas cosas para que llegues, yo quiero que juegues y tienes que pensar en el futuro si quieres hacerlo bien». Pasé de él, pero era porque decía cosas que no quería escuchar. Él se reía: «Coge esta tarjeta que seguro que me vas a llamar». Y luego me lesioné, bajé en el draft, los agentes dejaron de llamarme, ni siquiera me cogían el teléfono. Busqué la tarjeta de Joe desesperado y cuando le llamé se reía. Firmamos y estuve toda la vida con él, murió hace cinco años.

Italia era el primer destino de todos los jugadores americanos.

Para los americanos Italia era el país. Bob McAdoo marcó el camino. Es que Europa para nosotros era Italia. Tuve un compañero en Niagara que en Irlanda estaba ganando cien mil dólares al año. Calculé y en diez años era un millón de dólares. Ahí decidí dar el salto. La pena es que no valorábamos lo más importante, que es la experiencia de vivir en Europa. Yo entonces era un americano idiota al cien por cien.

Fliparías al llegar a Caserna entonces.

Era un niño. Rompí con mi novia, llegué y vi que no había nadie que hablase inglés, así que corriendo la llamé: «Por favor, ven, por favor, me caso, lo que tú quieras» [risas].

Eras compañero del brasileño Oscar Schmidt.

Un día jugando íbamos perdiendo de diecisiete y Oscar lo había fallado todo. Empecé yo a anotar y anotar y nos metimos en el partido. Llegué a colar un triple y nos pusimos a dos con posesión para empatar, aunque al final perdimos. En el vestuario, Oscar estaba llorando como un puto niño. Porque este cuando las cosas no le iban bien lloraba, y lloraba de hacer pucheros, dar grititos, y no le caían solo tres lágrimas, lloraba como un niño. Entonces el entrenador, Franco Marcelletti, me llevó aparte, me enseñó las puntuaciones del equipo y me dijo que eso no podía ser. «Cómo que no, casi ganamos», le respondí. «Lo sé, lo entiendo», explicó, «pero si metes más puntos que Oscar va a ser un problema para mí y un problema para ti también». Y yo: «¡A mí no me toques los cojones, yo estoy aquí para ganar partidos». Me echaron.

En Málaga, cuando llegas al Caja de Ronda, sería también otro contraste cultural importante.

No sé cómo llegué a España. No tengo ni idea. Entrené en Milwaukee, tenía buen trato con Del Harris, pero vi que no tenía sitio y me llamó mi agente con la oferta de Málaga: «Hay playa y hace sol», me dijo. Pues ya está. Suficiente. Y al llegar es verdad, ves la playa en agosto, las ferias, y mola. Pero lo pasé fatal en Málaga por culpa de Pesquera. En cuanto al choque cultural, joder. Un día me fui a las procesiones de Semana Santa con mi mujer y Ricky Brown, que era un negrazo. Estábamos tomando unas birras y a lo lejos empezaron a llegar los tíos con los gorros estos, que son como los del Ku Klux Klan. No te puedes imaginar cómo nos quedamos. Ricky al principio estaba de espaldas. Yo miré un poco por encima de su hombro de repente y aluciné. Empecé a intentar que Ricky no se girase, pensando: «¡Hay que sacar al negro de aquí ya!». Y le dije: «Ricky, no te gires». Y ni caso, se dio la vuelta y se quedó blanco como un folio. Porque encima él era de Mississippi. Puso una carita… de: «Pero, hostias, ¿esto qué cojones es?». Y ya llegó Manolo Rubia a explicarnos que no, que tranquilos, que era otra historia. Pero joder, son iguales que el Ku Klux Klan. Fue muy fuerte. Nos quedamos… madre mía.

Rafa Vecina y estos, Pepe Palacios, Luis Blanco, eran gente impresionante. En el vestuario éramos un equipazo. Me enseñaron a hablar español, mal, pero me enseñaron. Sin embargo, mi estancia en el Caja de Ronda fue muy dura, tío. Pesquera lo controlaba todo. Pero todo. No me dejaba tomar sal, ni pimienta, ni tabasco, ni Coca-Cola. ¡Esto qué cojones es!, decía yo al principio. Estoy ganando pasta para llegar al campo y jugar, nada más. ¿Correr por campos de golf, por las montañas, como hacíamos? A mí ponme en un campo para meter canasta. Así al menos me lo explicó mi agente: «Tú metes canastas, todo lo demás me lo dejas a mí». En estos equipos gente como Jordi Grau estaba todavía creciendo, pero a un profesional que está ganando pasta no puedes tratarlo como a un niño de dieciséis. Entrenadores como él o Aíto eran muy difíciles. La gente no entiende cuánto cuesta adaptarse a jugar en Europa.

Pesquera me intentó echar cinco veces. Siempre por gilipolleces, como no dejarme tirar. Quería posesiones largas, si fallabas era porque siempre había un pase más. Yo, que venía con mentalidad americana, no conocía otra manera de jugar y de repente, ¿con qué me encuentro? ¿Con que tirar está mal? ¿Cómo te adaptas a eso? Encima en Sacramento tenía un adosado cojonudo y en Málaga me pusieron en un séptimo piso, sin lavadora ni secadora. «¿Pero esto qué cojones es? —pensaba— ¡Y encima habláis raro!». Y Ricky no, él era la puta estrella, llegó aquí ganando trescientos mil dólares. Tenía una casa en el campo de flipar.

Te ficha Querejeta para Vitoria.

Me llevo bastante bien con él. Es un hombre de negocios y esto es un negocio. Muestra de que es así es que al tercer año me engañó en la cara. Me dijo que iba a seguir y me puso a la venta como a una puta. No me lo creía cuando me lo dijo mi agente, tuve que llamar a Pablo Laso —su padre estaba en el club— para que me dijera si era verdad. Y sí, lo era. Me imagino que hay mucha gente en esta vida que tiene éxito en los negocios que no son buena gente. Es difícil en este mundo tener éxito sin pisar a los demás. A mí me lo decían de cuando jugaba, que era muy hijo de puta. Y es cierto. He hecho de todo. Fíjate en un dato, mis números bajaron bastante cuando empecé a conocer a todo el mundo en la ACB. Pero antes me decían, oye, que vienen tal y cual y vamos a salir a cenar. Y yo: «¿Del otro equipo? ¿Vais a salir con los rivales a cenar? Yo no quiero verlos, tío. Mañana en el campo les voy a decir cosas de su madre y de su padre y les voy a dar hostias». No sabía jugar de otra manera. Si metía diez puntos seguidos iba al entrenador rival y, como Charles Barkley, le decía «oye, cambia a este, que le estoy matando». En los tiempos muertos me echaba agua en las muñecas diciendo «me queman, me queman». Una de gilipolleces, tío… y cuando empecé a hablar español, cuidado.

Pero peor que yo era Ramón Rivas. Un día salimos a jugar contra Estudiantes y se acercó a Orenga, se puso a correr con él, a su altura, y le dice: «Estás en mi casa, aquí me llamas papá». Y Orenga: «¿Qué?». Mientras, yo mirando y pensando qué manía le tenía que tener para decirle eso. «Aquí me llamas papi, aquí soy tu puto padre». El tío calentando y Ramón corriendo detrás de él. «Que no me voy hasta que me llames papi». Creo que ahí me cogí yo el enganche con Orenga. Decidí matarlo en todos los partidos. Le metía treinta puntos hablándole y hablándole: «A ver si defiendes, hijo de puta», «Eres más feo que mis cojones, cabrón». Siempre así. Como entrenador ahora no lo conozco, pero como persona no me gusta. Ramón en cambio era la hostia. Uno de los primeros días en Vitoria fui a su casa y estuvimos viendo la tele. Al irme, al ir a salir, vi un cartel al lado de la puerta lleno de nombres. Veo que son nombres de jugadores de la ACB, le pregunto qué era eso y me dice: «Son la gente de mi lista». «¿De tu lista?». «Sí, de mi lista de pegar una hostia». Tenía como quince o dieciséis nombres. Encima veo que el noveno por ahí era yo. «Pero si estoy yo aquí», le digo. «Sí, mmm… bueno, te voy a quitar ahora que jugamos en el mismo equipo». Le pregunté qué hice, y dice: «Porque me metiste un mate y me hiciste el pistolero con las manos en la cara». «¿Y por eso me ibas a dar una hostia?». «Sí, sí, una hostia limpia». Todos los de la lista recibieron. Juanan, Morales, Jordi Soler. Todos. Llegaba el partido y raca, pum, nariz fuera, sangre por todas partes.

Y Pablo Laso.

En todos los equipos en los que he estado me llevaba al base a cenar y de copas para que luego me pasara el balón. Pero Pablo, si fallabas dos, no te la daba. Le decía que quién era él con el tiro que tenía para reprocharme a mí que hubiera fallado, y contestaba: «Yo no tengo que tirar, ese es tu negocio». Pero al final Pablo y yo terminamos muy compenetrados, sabiendo qué estaba pensando cada uno en cada momento. ¿Alley oop? Alley oop. ¿Pase atrás? Pase atrás. Nunca me ha pasado algo así con nadie. La pena fue que Pablo, aunque le echaba huevos en todos los partidos y entrenamientos, se cruzó con Herb Brown, que tenía un carácter asqueroso, sobre todo con los bases. Le metía tanta caña que un día estuvieron a punto de pegarse. Pablo estaba tirando de espaldas para que los niños se rieran y Herb le dijo: «Deja de hacer el gilipollas y ponte a entrenar». Se encararon y salieron los dos fuera. En la calle Herb tuvo un gesto como de militar cuando se quitan los galones, tiró la pizarra al suelo y le gritó: «Ya no soy tu entrenador, pégame, pégame».

Y otro día nos dijo a todo el equipo que éramos tontos por no ir al rebote cada vez que fuese a tirar Pablo Laso, porque la iba a fallar seguro. Ahí mismo, en perfecto inglés, le dije «Herb, serás hijo de puta». Herb puteaba incluso al delegado del equipo hasta hacerle llorar por chorradas.

Joe Arlauckas para JD 3

¿Es verdad que en el Tau le fuiste cogiendo asco al Madrid?

Le cogí asco. Puedes decirlo: asco. Yo llegué con una mentalidad clara. ¿El Madrid el mejor equipo? Vete a la mierda. ¿El Barça el mejor equipo? Vete a la mierda. Al principio es que no sabía ni qué clubes eran, solo sentía mis colores, eso a los americanos nos lo inculcan en la high school. Y con los jugadores igual. ¿Sabonis el mejor jugador? Yo te decía: vete a la mierda.

Cuando fichaste por el Madrid tuviste problemas con Sabonis al principio.

No. Fue un periodo de adaptación. Sabas es corto en palabras. Aunque es un buenazo, al principio es muy frío. Los primeros días le hacía preguntas: «¿Qué pasa, Sabas, que jugáis a las cartas en las concentraciones?». Y él: «Sí». Y ya está, no decía más. Además, a mí me gustaba jugar dentro, a cuatro cinco metros de la canasta. Sabas entre lo que medía y su envergadura, te quitaba dos metros de campo. Cuando él cruzaba, te quitaba todo el espacio, no podías penetrar y tampoco podías dársela porque estaba al lado y al final lo que te salía era un mal tiro. Pero yo era un profesional, así que fui buscando el punto de compatibilidad.

Qué pena que no coincidieras con George Karl.

Quería ficharme, nos llamamos mucho. Trajo aquí un juego sencillo, ni correr por el campo ni por la montaña ni hostias. No se complicaba la vida. Este deporte es muy fácil. Si tienes dos, se la pasas al que está libre. Aunque para mí el mejor estratega era Obradovic. Hacíamos cosas en los entrenamientos que luego el cabrón, en los tiempos muertos de los partidos, sacaba la pizarra y nos salían siempre.

Obradovic la tomó con Cargol.

Željko tiene un trato con la gente chungo. A Cargol lo tuvo apartado porque no tenía mala leche. No era un tío que fuera a por ti si le tocabas los cojones, y se metía con Pep para que eso resultase ejemplarizante para el resto del equipo. A mí me echó un día de un entrenamiento cuando quedaban veinte minutos. Como vi en el reloj que era tarde, le repliqué: «La próxima vez que me eches que sean las seis y veinte y no las ocho, no te pases todo el entrenamiento tocándome los cojones para echarme al final». Me dijo que fuera a su despacho y ahí sacó una botella de Chivas, dos vasos y hielo. Me sirvió y me explicó que su trabajo era jodido: «A Sabonis no le puedo echar porque es especial, pero a ti te voy a tener que echar de vez en cuando, entiéndelo». Luego me metí en el coche y vi que nos habíamos bajado la botella de Chivas entera. Sin cenar ni nada. Llegué a casa a las nueve y media ciego. Mi mujer se puso a gritar. Y yo: «Joder qué día, el entrenador, ahora tú, por favor dejadme en paz».

¿Es verdad lo que nos dijo Biriukov de que Sabonis se enfadaba con Antúnez?

José [Antúnez] es un buenazo, tío. Leí lo de Chechu y fue muy fuerte con él, aunque algo de razón tenía. Yo tuve problemas con Laso, Lasa y por supuesto también con Antúnez. Porque son mis bases y si no toco balón es culpa suya. A Sabas le pasó lo mismo con él. Con José el tema es que si hubiera medido un poco más y hubiera jugado de dos habría llegado a la NBA seguro. Porque él no tenía mentalidad de base, era un anotador, se adelantó a ese momento en el que se puso de moda que los bases metieran puntos. Antes el base era solo para manejar el partido. Por eso la gente se mosqueaba mucho con él en el campo. Y yo también me pillaba mosqueos. Lo que era clásico de él era hacer una falta tonta al final del partido, cosas así. Pero es un tío de puta madre.

¿Era un vestuario unido?

Sí, y todo esto a mí me vino muy mal en la vida, en mis relaciones con mi mujer, con mi familia y mis amigos, porque yo era de vestuario. Nadie me quitaba el sitio. ¿Entiendes? Por ejemplo, yo tenía claro que Antonio Martín no me quitaba el puesto. Bueno, a Antonio le daba muy igual el baloncesto. Pasaba. Era muy inteligente, le mandaron al despacho y él encantado. Aunque tenía mucho orgullo porque estuvo un poco a la sombra de su hermano y eso le afectaba. Pero me encantaba entrenar todos los días con él, me hizo mucho mejor jugador. Cuando se fue del equipo yo lo pasé fatal, me forzaba a currar todos los días. Además, con él te descojonabas, Antonio era de tal manera que… Mira, un día en el Palacio íbamos ganando de tres y quedaban cuarenta segundos. Había montones de cosas que teníamos que pensar, si hacer falta, tirar, ya sabes. Y me viene Antonio y me dice «¿Cómo vamos?». Digo: «¿Cómo?». «¡Que cómo vamos, gilipollas!». Yo no entendía: «¿Cómo vamos de qué?». E insistía: «Cómo vamos en el partido». Ya le dije: «Ah, vamos ganando de tres… Pero ¿cómo no sabes cómo vamos, Antonio?». Y me dice: «Es que los putos marcadores están a tomar por culo y no veo nada». Era miope. Pero, fíjate, le grité: «Serás cabrón que estás jugando y no sabes cómo vamos». Y él: «Déjame en paz, sabía cómo íbamos, pero más o menos». [Risas]

¿Qué tal el partido con la Cibona, la bestia negra del Madrid, antes de la Final Four?

Cuando viajamos a Croacia, antes del partido, Obradovic nos dijo: «No os preocupéis de lo que pase conmigo, que aquí se va a liar». Le cantaban: «Mata, mata, mata al serbio». No salía hasta el último minuto. Yo flipaba con todo aquello. Luego jugamos otro partido, no sé dónde estuvimos, igual fue Bosnia o también Croacia, pero nos llevaron con los cascos azules de la ONU, todos armados, el autobús con agujeros de bala. Y yo: «Me cago en mi puta madre, ¿qué hago yo, un niño de Rochester, aquí? Se lo digo a mi madre y flipa».

Dijiste que esa Final Four se ganó gracias al trabajo de los españoles.

Que yo metiera veinte puntos y Sabas metiera otros veinte era muy fácil, estaba todo el mundo jugando para nosotros. Pero hay que hacer el trabajo sucio. Hay que defender. Había gente como Isma Santos, Javi Coll, Lasa, José Silva; gente que iba todos los días a entrenar y meternos hostias. ¿Por qué metí sesenta puntos en un partido? [Le metió sesenta y tres puntos en un partido al Buckler de Bolonia; N. d. R.] Por un animal como Martín Ferrer, que en todos los entrenamientos, todos los días, me daba hostias. Se lo dijo Obradovic: «Todos los días pégale hostias a Joe, me da igual lo que le pase con su hijo, con su familia, tú dale». Ahora cada vez que veo a Martín Ferrer le meto una hostia. Me hizo pasar un año de puta mierda.

Tú defendías poco.

Yo no defendía a nadie. A ver, algo defendí, pero no era bueno, nunca fui bueno defendiendo en mi vida. Hombre, en zona, si me metes en ayudas, sí que entendí muy bien estos conceptos. De hecho, estoy en los récords de la ACB de tapones y es difícil meter tapones si no defiendes.

Joe Arlauckas para JD 4

¿Qué nos cuentas de Rimas Kurtinaitis?

«Three is better than two, baby», siempre decía eso, «No entiendo por qué tiráis de dos». Fue a Houston ya en los ochenta al concurso de triples. Es de las mejores personas que he conocido en mi vida. Cuando ganamos la liga el tío se puso ciego cuatro o cinco días seguidos. Fuimos a casa de Sabonis, o de Chechu, no recuerdo de quién era, y se tiró a la piscina y no había agua. Solo un palmo de nivel, lo que se deja en invierno. Se pegó una hostia, vamos. Fuimos luego a una historia del Marca y él con toda la cara llena de sangre. Después, en mi casa, llegaron Sabonis y él y quitaron toda la comida del niño del frigorífico y metieron quince botellas de vodka. Me dijeron: tú tranquilo. Trajeron unas cajas de Coronitas y estuvimos todo el día bebiendo cerveza. Y a las seis dijeron: venga, todos a la cocina. Cogían copas de cava y metían zumo de tomate con pimienta y luego el vodka encima con una cuchara para que se quedase flotando. Y nada: chupito, chupito, chupito. Quince botellas. Porque ellos bebían, pero sus mujeres… yo creo que casi más. Después salimos a un japonés a cenar. Y en un paso de cebra, paró un coche y le dijeron algo a Kurtinaitis, de campeón, no sé qué. El tío saltó en plancha y se metió dentro del coche por la ventanilla de atrás. Volando. Y se fue de copas con ellos, que eran tres tíos. Se lo llevaron. Y claro, luego no sabía ni dónde estaba.

Del resto de americanos que había en la ACB, ¿qué opinas?

De Norris, por ejemplo, que es amigo mío, tengo que decir que era sucio de cojones. Te cogía de los huevos, te metía la mano en el culo. Luego Harold Pressley era un tío cojonudo. Mi mujer decía de él que era «The nicest asshole I have ever met». Otro de mis mejores amigos aquí fue Pinone. También muy listo, muy sucio. Defendía de una manera muy rara, pero defendía muy bien porque no tenía mucho talento. Pinone era el verdadero entrenador de Estudiantes, como un entrenador en la sombra, y eso fue el origen de mis problemas en el Madrid con el entrenador Miguel Ángel Martín. Porque cuando él estaba en Estudiantes, en los partidos cada vez que me pasaba por el banquillo, yo le decía: «Oye, vais fatal, dile a Pinone que pida un tiempo muerto». Y Pinone tenía que llevar al equipo porque Martín no tenía ni puta idea. Llevaba hasta a los juniors que, de hecho, le querían como a un padre. Pinone era un tío diferente, no suele haber gente como él. Pero luego Martín vino al Madrid y…

Llega al Madrid, es tu entrenador, y noticia en El País del 1 de febrero de 1998: «Arlauckas siempre está de guasa, independientemente del resultado de un partido. No le importa tirarse un pedo cuando el entrenador está en el uso de la palabra».

Eso lo filtraba Martín y era todo mentira. Lo que ocurrió un día concretamente fue que estábamos en el vestuario y la cosa iba tan mal que Martín, que iba mal por culpa suya, dijo que íbamos a tener una reunión con los directivos. En el Palacio había un doble pasillo en el vestuario y a veces no se veía quién entraba. Estábamos de risas, qué coño pasa, este tío es un cabrón, lo típico. Y no sabíamos que los directivos estaban ahí. Yo al menos no le vi, pero él estaba entrando con la plana mayor y en ese momento me tiré un pedo y…  pues sí, estaban todos ahí delante. Y esa chorrada va y sale en la prensa. En El País. Todo era por los que venían de Estudiantes, el Orenga y tal, eran todos muy amigos. Algo así del vestuario no puede salir en la prensa. Cuando estaba Antonio Martín, Cargol, la gente con carácter, estas cosas no salían. Qué importancia tiene que yo me tire un pedo o no. Fue una campaña para echarme de España y no pagarme el contrato.

Te debían mucha pasta.

Sí. Y me pagaron porque les puse una demanda. Pero no veas qué movidas mientras tanto. Un día me apartaron del equipo porque habían dicho que estaba fuera de forma, cuando en Tel Aviv había metido treinta y cinco puntos. Me llamó mi agente y me dijo «¿Estás con tu mujer?». «Sí». «Cuando estés solo me llamas». Me aparto, llamo, y dice: «Me acaban de llamar un periodista del AS y otro del Marca diciendo que tienen fotos tuyas follando con una negra en tu coche, que si no dejas el equipo las publican el martes». ¿Qué te parece? Le dije que les dijera que publicasen lo que les saliese de los cojones, a ver si tenían huevos. «¿Y tu mujer?», me pregunta. «Es que no tienen fotos». ¿Sabes qué pasó? Cuando Miguel Ángel Martín llegó lo primero que hizo fue quitarme de compañero de habitación a Isma Santos. Me puso con Orenga, que era su espía. Y Orenga se enteró de alguna historia, alguna gilipollez, oyó campanas y fue a contárselo corriendo a este. No había ni fotos ni pollas.

¿Y lo de sacarte sangre para pillarte algo?

Llegamos a entrenar un día y dicen que a la mañana siguiente había prueba de sangre, de doping. Dije, van por mí, porque otro rumor que estaban metiendo es que yo era drogadicto. Mi agente me recomendó que fuera una hora antes a hacerme yo unos análisis a la clínica que tuviera más cerca de casa. Del Corral se enteró y le dije que a mí no me iban a conseguir echar, que no había hecho nada mal. Pero no era el Madrid. Era el entrenador. Lorenzo Sanz y su hijo no creo que promovieran estas cosas, aunque igual me equivoco, que eran ellos los que me pagaban, pero creo que no. Teníamos buena relación.

Fue todo muy feo y muy cutre. Y al final ganaron ellos, me echaron por una cosa de Mike Smith, ¿te lo puedes creer? Yo estaba ya a punto de firmar para irme a Turquía. Tenía un contrato de cuatrocientos cincuenta mil para acabar el año. Y me pidieron en el Madrid que hiciera un partido más. Fui y Miguel Ángel Martín le pidió a Mike que saliera por Dejan Bodiroga, pero le contestó que no quería, que le dolía la tripa. Y todo el mundo en el banquillo, al oír la excusa, se partió el culo; todos menos yo. Al día siguiente voy a firmar para irme y me dicen que no, que me han echado por descojonarme en el banquillo. Está en el vídeo del partido. Se ve cómo habla él con Mike, se daba la vuelta y se descojonaba todo el banquillo. Hasta el hijo de Lorenzo Sanz se rio de él. Pero yo estaba callado, mirando al frente, que sabía que me iba. Y nos echaron a Mike y a mí por indisciplina, pero dos días después, al entrenador. Estaba tan loco que llamé para que me ficharan otra vez, que quería quedarme aquí. Pero nada. No era una cuestión de cifras. En serio. Dos años antes Bolonia me daba tres millones de dólares en un banco en Nueva York con mi nombre, y me quedé aquí por muchísimo menos.

Joe Arlauckas para JD 5

¿Qué te gustaba o qué odiabas más del Barça?

Los dos partidos que nos ganó el Barça, el de la liga en Madrid y el de la Final Four en París, me duelen hasta hoy. Fueron dos derrotas muy duras. Esto me deja más marcado que los sesenta puntos que metí. Cuando pienso en mi carrera recuerdo más esos dos partidos. Pero lo bueno del Barça es que siempre te saca lo mejor, vas con unas ganas… Lo siento, decirlo tan claro, pero no es lo mismo el Barça que ir a Manresa, con dos mil personas y un frío de cojones. No es lo mismo que ir al Palau a jugar contra el mejor equipo de la liga. Si no te emocionas contra ellos es que no te gusta esto.

También Grecia, ¿no?

Eran los partidos más intensos que había. Recuerdo contra el Olympiacos, dieciocho mil tíos cantando la canción de Queen, «We Will Rock You». Pero sin música, todo el campo haciendo el ritmo. Y yo: «Hostia, qué bonito». Se me subía la presión de la sangre. Y de repente empiezan todos: «We will, we will fuck you». Ahí me paré: «Qué cosa más bonita, hijos de puta, os voy a meter treinta en la puta cara». La verdad es que jugando en Grecia me ponía casi cachondo. Nunca olvidaré eso en mi vida. Luego te vas a Huesca con mil ochocientas personas y no es lo mismo.

Cuando fuiste a Grecia después del Madrid, fichado por el AEK, también te costó adaptarte.

Siempre digo lo mismo. Si hubiese ido a Grecia diez años y luego a España, en lugar de al revés, sería España la que me parecería una mierda. La griega es una liga diferente, ahí mandaban los jugadores, hacían lo que querían. Lo mejor que me pasó fue mi compañero Dimos Dikoudis, que jugó en Valencia. Lo cogí como hizo Otis Thorpe conmigo en Sacramento. En los entrenamientos le decía: «Ven que te voy a enseñar a jugar este puto deporte». Pasó un año pegado a mí, y ahora una de mis mayores alegrías en baloncesto es ver que jugó como internacional, también mucho en España, y ganó mucha pasta con un deporte que le gustaba. Siempre me da las gracias cada vez que puede y eso me llena.

En Grecia diste un positivazo por testosterona.

Lo que pasó es que después del AEK, donde no me fue bien, fiché por el Aris y llevaba un año sin jugar. Me tuve que poner en forma, así que me junté con Torgeir Bryn, que había jugado en el Estudiantes y era un animal. Estábamos todos los días con las pesas y a mí me dio un dolor en el esternón que alucinas. No podía ni respirar. Entonces me pincharon un par de veces cortisona en el pecho y, bueno, valía para jugar. Iba mejorando poquito a poco. Como nos iba bien, me siguieron pinchando para jugar los partidos. Íbamos penúltimos y llegamos al play-off. Lo cual para mí fue una putada, porque yo quería acabar e irme a casa y tenía más partidos por delante [risas]. Era el referente del equipo, estaba jugando cuarenta minutos por partido, pero tenía treinta y cuatro años y ya no estaba como antes. De modo que siguieron pinchándome hasta que un día me noté algo raro en la pierna. Digo: «¿Qué pasa?». Pensé que me habían tocado el nervio o algo. Pero me dijeron que no me preocupara. Bueno, pues caímos en el cruce y luego teníamos otro play-off por delante, pero con diez días de descanso. Después del partido, me toca mear. Yo ya lo había hecho tres veces en Grecia, conocía a todos los del antidoping. Pero antes me llegó corriendo el fisio y me dijo: «Oye, si quieres ponemos a mear a otro». Me daban el pis de un compañero en un frasquito de meter pastillas. Lo que pasaba es que en ese equipo todos fumaban marihuana, y pasé. Yo no había tomado nada en la vida. Solo proteínas. Eso lo tomaba como loco, pero siempre le pasaba al club qué era cada cosa para que lo mirasen por si al ser productos americanos tenían algo prohibido aquí. Y nada, fui, meé, me tomé dos Heineken, cogí y me fui a Estados Unidos. Yo con ellos ni cogía el autobús del equipo, porque no me pagaban. Me debían ciento cincuenta mil dólares, que al final me terminaron pagando en cash, en una bolsa. En fin…

El caso es que estaba ya descansando en Estados Unidos, me llaman y me dicen que había dado positivo con dos veces y media más de lo que se había metido Ben Johnson en los Juegos Olímpicos de Seúl. Flipé. Pensaba que era una llamada de broma. Luego rápidamente dije que cambiaran las cerraduras de mi casa de Grecia para que no entrasen y pusieran por ahí algo. Yo con la droga tenía mucho miedo, después de Len Bias, que se murió metiéndose una raya de coca, yo no me fiaba de nada. La primera vez que fumé marihuana fue con treinta y tantos años, con mi hermana, mi cuñado y mi mujer, y me fui a casa, me comí una bolsa entera de patatas y me quedé dormido. Me dije: «¿Y esto para qué? Menuda chorrada». Al principio pensamos en luchar contra la movida del positivo, porque me hacía gracia pero estaba afectando a mi prestigio. Sin embargo, a la hora de abordarlo en serio decidí que era mejor retirarme, no jugar más. Así no le daba más prensa al asunto. Y se acabó mi carrera, por eso esta noticia no sale. Es que esta noticia no la conoce mucha gente, solo los del mundillo.  

¿Te dio mucho bajón adaptarte a la vida normal fuera del deporte?

Tenía en la cabeza la tontería o gilipollez de que tenía que sacar el baloncesto de mi sangre. Intentar algo nuevo. La cosa más tonta que he hecho jamás. Toda la vida de deportista y de pronto querer ser un hombre de negocios… Suena de puta madre, pero es jodido. El primer año le dejé a mi mujer que hiciera lo que quisiera. Estudió para masajista. Yo estaba con los niños todo el día, en plan padrazo. Y luego abrí una empresa de trabajo temporal, una franquicia. La empresa iba, no sacaba beneficios, pero no iba mal. Y de repente llegó el 11S y todas las empresas bajaron sus presupuestos. De treinta y cinco chicos trabajando pasé a cuatro o cinco. Como no tengo mentalidad de empresario lo dejé, luego mi matrimonio se hundió y lo pasé fatal. Horrible. Fueron demasiados cambios de golpe en mi vida. Me retiré. Cambié mi casa de Rochester a Carolina del Sur. Había adoptado a un niño etíope y era un reto irnos al sur con un niño negro, que allí en Carolina nadie me conocía. Me fui buscando la vida un poco. Pero cambiar toda la vida, todo a la vez, fue muy jodido. Lo pasé mal, mal. Había dejado el baloncesto muy pronto, con treinta y cuatro, me quedaban tres años más todavía tranquilamente. Pero para eso tienes que aceptar el rol de jugar quince minutos por partido y yo no era capaz. Yo cuando me querían cambiar me hacía el loco, ni les escuchaba. También eché de menos el vestuario, el equipo, todo. Y el divorcio fue un golpe duro. Siempre tenía ganas de volver a España. Cuando mis hijos tuvieron una edad, el pequeñito quince, hablé con ellos. Para el menor fue un poco jodido, pero lo entendieron y me vine. Al final me costó tres años aceptar que ya no era jugador de baloncesto. Cuando vas a dejarlo, te tienes que mentalizar cinco años antes de colgar las botas. Buscándote un plan. Si quieres ser fisio o abogado, no esperes a que acabe el baloncesto para empezar. Hazlo antes. Ese es mi consejo.

Joe Arlauckas para JD 7

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31 Comentarios

  1. Uno de los mejores americanos que han pasado nunca por la ACB. Hubo una época en que era prácticamente imparable, una máquina de anotar

  2. Madre mía, pedazo entrevista! Pocas veces se ve tantísima sinceridad, enhorabuena

  3. Magnífica entrevista pero no sé por qué la ponéis en portada si la publicasteis hace años.

  4. Tomo nota del último consejo. Me parece muy bueno.

  5. Espectacular entrevistador y entrevistado. Me ha encantado. He vuelto a rememorar el baloncesto de aquella época. Pasote!

  6. Joe Bazooka!!, genio y figura hasta la sepultura. Podías escribir un libro con tus vivencias porque seguro que tienes miles más, sería best seller. Gracias por haber jugado en este país y que te vaya bien.

  7. La mejor entrevista que he leido en muchos años y ya llevo unos pocos mamando el puto baloncesto

  8. impresionante entrevista, me la he leído varias veces y joe uno de los mejores jugadores de basktet que he visto

  9. Para sacar un libro de memorias!, me lo compro sin dudar!!!

  10. Se me ha salido la mandíbula con las carcajadas que me he pegado con esta entrevista….
    ¡¡¡¡ Joe, jugooooón ¡¡¡¡
    He visto cientos de películas con menos argumento que el que tiene esta entrevista en medio párrafo. Lo de la lista de Ramón Rivas … con Joe en la lista, pa´mearse de risa¡¡¡¡

  11. Una entrevista como la copa de un pino, pero hecha y publicada hace 5 años en vuestra revista en papel.

    Por lo visto hoy tocaban croquetas en el menú ;-)

  12. Grande Joe, sin pelos en la lengua. Así da gusto leer una entrevista.

  13. yanki-lituano

    Para sacarle tanto jugo a una entrevista es necesario que el entrevistado sea una persona con vivencias, desenvuelto y con personalidad……, todo lo que no hay hoy día en el deporte (ni en otras muchas áreas), con lo que es 100 % disfrutable, los que vivimos esa época sabemos lo bueno y jugón que era Joe (en todos los sentidos), pero te puedes encontrar muchas figuras rebosantes de personalidad de aquella época que también dan mucho juego…., hoy día es un erial global. Nóstalgia de Joe’s y coetáneos.

  14. la sintesis que saco yo de la entrevista aparte de partirme la caja con algunos de sus pasajes evidentemente ..es que arlauckas debio de ser muy buen compañero y aparte de tener autocritica de errores de su pasado ..

  15. Era increíble como jugador, uno de los que más me impresionó como aficionado. Pero conocer este lado humano y sus recuerdos de jugador, ha sido increíble, me ha hecho reír a carcajadas varias veces.

  16. Jaime Vázquez

    De ascendencia lituana, como Hannibal Lecter. Era de esperar, tienen gustos parecidos. Qué gran baloncesto, el de aquellos jugadores tan carismáticos.

  17. Arcimboldo

    Aquel baloncesto es insuperable.

  18. Pingback: Arlauckas: "Cuando jugaba en Vitoria le cogí asco al Madrid" - BLes Noticias

  19. Le Bon Vivant

    A ver, al bueno de Joe le falla la memoria: el partido de Denver es este (su primer desplazamiento en la NBA):

    https://www.basketball-reference.com/boxscores/198711140DEN.html

    Y Theus metio 12 puntos con un pésimo 4/14 en tiros de campo, así que la noche de juerga tan bien no le fue.

  20. A pesar de ser un grandísimo jugador, Arlauckas da una imagen en la entrevista de ser un paleto, un fanfarrón y un inmaduro. Los comentarios sobre Oscar Schdmit y sobre Orenga me han dado vergüenza ajena.

  21. Pingback: «Al principio, le cogí asco al Real Madrid» – Pelota TV

  22. Qué gran artículo! Enhorabuena!

  23. Jose Luis

    Te pueden haber dado vergüenza ajena. Pero no dejan de sacar a la luz, la parte que como espectador nunca vemos del deporte. Solo un tipo con la personalidad de Joe se atreve a contarlo. El resto nos cuenta solo el: » que bien lo pasamos, que buenos éramos bla bla bla». Que grande Joe, como me divertía viéndote jugar tío. Y ahora con tus entrevista de la Euroleague. Joe a la TV yaaa please. Wish ya all the best dude.

  24. la mejor entrevista a un jugador que yo haya leido nunca, es que me imagino lo de we will fuck u con los dragmas volando junto con los mecheros, absolutamente epico,

  25. Brutal la entrevista y brutal Arlaukas! Genio y figura!! Solo me han faltado las palomitas!!

  26. Un cachondo Joe Arlaukas. Lo unico que no le habria pegado leyendo ahora cómo es, es el haber ido al Madris, donde todos son tan tristes, tan aburridos, tan tocapelotas. A los dementes nos caia de p.m.

  27. Dice que no era lo mismo jugar contra el Barcelona que contra el Manresa…y resulta que era el Manresa el que se los comía a todos, jajaja!!!!

  28. Pingback: Rafa Vecina: "No he visto a ningún jugador como Sabonis, le tengo mucho aprecio a Pau y tal, pero es que Sabonis era la releche" - Jot Down Sport

  29. Pingback: Sitios de citas

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