Coque Malla: «En este país la palabra divo se utiliza peyorativamente, pero es muy hermosa»

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Fotografía: Begoña Rivas

No somos conscientes hoy de la magnitud que tiene que un grupo con frontman de dieciséis años fuera capaz de triunfar en el Agapo, el legendario garito malasañero guardián de la ortodoxia y esencias rockeras. Así fue la aparición de Los Ronaldos, el grupo de Coque Malla (Madrid, 1969) en los ochenta, como un disparo. En los LP de madurez del grupo hubo incursiones en todos los géneros, del funk a la psicodelia, que pueden considerarse precursores de la posterior escena indie que conquistó el mercado en los noventa. Coque pudo también alternar la música con el cine y, cuando comenzó la debacle de la industria musical, iniciar una carrera en solitario que ha resultado ser más exitosa que su trayectoria con el grupo con el que se dio a conocer. Supervivencia, sí, y con triple mortal en estos tiempos que corren.

¿Cómo recuerdas tu infancia en los alrededores de Las Ventas, en Madrid?

Mis padres eran Gerardo Malla, director de escena, y Amparo Valle, actriz. Se dedicaban al teatro y tenían una compañía. Como luego nosotros nos dedicamos a la música, que es una actividad que también te lleva por los escenarios, supongo que éramos como una familia de titiriteros.

Me metieron en un colegio muy especial, fundado en pleno franquismo, pero muy liberal y de izquierdas. A mis padres les preocupaba que fuésemos a un centro progresista, donde le diesen importancia al arte. Ahora es algo que está muy de moda en todas partes, ya sucedía en la España de los setenta. Ahí iban los hijos de pintores, de escritores. Nunca me sentí especial o distinto por la profesión de mis padres. El director del colegio era como un segundo padre, solía venir a casa a comer y a cenar.

Recuerdo el día que murió Franco, mi mayor alegría fue que no tenía que ir al colegio. Cuando nos estaba despertando mi madre sonó el teléfono, lo cogió y nos dijo que nos volviéramos a acostar. Yo tenía un subidón porque podía seguir durmiendo, pero recuerdo a mi madre triste. No triste, preocupada más bien por lo que les pudiese pasar a sus amigos que estaban presos, lo que viniese después…

Pero por lo general mi vida era jugar al pañuelo, a polis y cacos, a la pelota. Siempre con unos amigos colombianos que tenía. Supongo que serían de los primeros inmigrantes que llegaron, porque en los setenta no había muchos.

Un recuerdo muy bonito que tengo es que mi padre me llevara de gira por Galicia. En aquella época era como un lugar misterioso. De hecho, creo que aún hoy lo sigue siendo. Con esas montañas, sus brumas, era como un lugar lejano fantástico y misterioso. Fuimos con el Ford Taunus por los teatros, yo me iba al cine solo mientras mi padre se echaba la siesta. Recuerdo pasármelo como un enano.

¿Qué música escuchabas?

No era nada exquisito con la música. Los Payasos de la Tele como mucho. Luego me gustó Wham! Eso escuchaba [risas]. Después me aficioné más al rollo rocker. Nos apasionaba la estética teddy boy. La primera vez que salí fue una vez con catorce o quince años, de repente mis padres dijeron que nos dejaban llegar a la hora que quisiéramos y Alberto San Juan y yo, que éramos muy amigos, inseparables, nos disfrazamos con gorras y nos fuimos a La Vía Láctea. Nos pusimos en la barra aparentando ser muy mayores, aquello prometía ser una noche de orgías y drogas, pero luego no pasó nada. Acabamos yéndonos a casa a las tres o a las cuatro. Está claro que las mejores noches son las que vienen después de decir «una más y me voy», porque cuando sales y crees que vas a acabar en la mansión Playboy, mal.

El grupo empezó muy pronto.

Había un concurso, Don Domingo, que creo que hacía Ordovás en Radio 3. Alberto San Juan se enteró y resulta que daban diez mil pesetas solo por presentarte. Yo en aquella época tenía una fantasía, quería dar la vuelta al mundo en ochenta días, como en la novela de Julio Verne. Mi idea era plantearle la apuesta a alguien y que, con las diez mil pelas que íbamos a sacar solo por presentarnos al concurso, empezáramos el viaje.

Así, nos pusimos a grabar una maqueta. La idea del grupo me importaba un carajo, mi idea era presentarla, coger la pasta y tirar la cinta. Pero cuando lo hicimos nos dimos cuenta de que tenía más gracia el grupo que intentar dar la vuelta al mundo con diez mil pelas. Creo que Alberto, que era más listo que yo, vio que lo de la vuelta al mundo era absurdo, pero desde el principio se hizo el loco para engatusarme en lo de montar un grupo, le hacía más gracia.

Y eso ya fueron Los Ronaldos.

Fuimos al Villa de Madrid, ya cuando estaba en decadencia, con dos canciones. Una de ellas «El verano», mía, que Los Ronaldos llegamos a grabar y que llegó a ser uno de nuestros clásicos de la primera etapa. Recuerdo una primera formación de Ronaldos con Beatriz San Juan, la hermana de Alberto, que ahora es escenógrafa, y Carlos Menéndez, que ahora es road manager. Nos fuimos a un concierto en Roquetas de Mar con Las Ruedas, pero éramos niños.

Los de Las Ruedas, mi hermano y sus amigos, sí que habían vivido la movida. El Rock-Ola a muerte, «la edad de oro» y todo eso, pero yo estaba en casa viendo la tele mientras ellos se lo pasaban pipa por ahí. No viví más de todo eso que sus relatos cuando llegaba a casa medio pedo y nos contaba sus aventuras por la movida madrileña. Aunque creo que era todo bastante naíf. Lo más sonado es que pasaron del Rock-Ola al Havana Moon, donde se pillaban pedos maravillosos y tenían encuentros maravillosos, en plan que flipaban si aparecía por ahí Jaime Urrutia o alguien así.

Empezasteis como grupo punk.

Éramos rockeros. Sí que pudimos tener al principio un poco de sonido punk, pero porque era lo que estaba ahí flotando. Ricardo venía de eso y el bajista tocaba con púa, que eso le daba un carácter muy punk. También yo aportaba algo en ese aspecto, aprendí a tocar la guitarra con Claudio, el de Las Ruedas, que tenía mucha influencia punk y me la pasó a mí. Pero yo era más, en realidad, de los Stones y los Beatles, y traté de introducir ese sonido en Los Ronaldos. Claro que en aquella época te encontrabas por todas partes a los Vibrators, Clash, Siouxie and the Banshees, Buzzcocks. Esa era la música que le flipaba a Ricardo y a Luis García. Luego Luis Martín tenía más influencia del jazz. Los cuatro éramos una mezcla extraña y supongo que eso fue muy bueno para el sonido de Los Ronaldos.

Al menos surgisteis del Agapo, que era el templo garajero de la ciudad.

Era el garito por excelencia para dar conciertos. Si tenías un grupo de garage o un poco punk tenías que ir ahí a tocar. Ricardo lo sabía bien, que ya tenía experiencia y había salido por la noche. En mi caso, conocía el Agapo porque antes había pertenecido a un amigo de mis padres. Era un local de teatro, se llamaba El Ángel Exterminador. Estuve una vez viendo en un montaje que había dirigido mi madre a un travesti que se llamaba Fama. No sé si se era solo transformista o también transexual, pero era un encanto. A mí me quería mucho. Recuerdo estar sentado ahí con doce años con mi madre viendo ese espectáculo de cabaret. Luego el local se convirtió en el Agapo, que era el lugar al que había que ir.

Os fichó EMI y lo petasteis enseguida.

Paco Trinidad había hecho exitazos brutales con Hombres G y Duncan Dhu y EMI le fichó como cazatalentos. Hombres G recuerdo que cuando estaba en el colegio habían desatado la locura, eran muy famosos. Paco nos vio en el segundo concierto que dimos; el primero fue en el Agapo, el segundo, en El Templo del Gato. Nos produjo los dos primeros discos que fueron los de más éxito. En cuanto mandamos a Paco a tomar por culo empezó la cuesta abajo [risas]. Los dos discos que más vendieron con mucha diferencia fueron los que hizo él. Tenía un sello personal, un sonido que les gustaba a las radios. Sabía el truco para que fueras carne de 40 Principales.

Salías fumando en la contraportada y eras un crío.

Tenía dieciséis años.

Como un teen-idol.

No, mi grupo era de verdad. Un teen-idol es un chaval al que lo llevan sus padres a una compañía de discos, le pagan un productor, le buscan canciones y diseñan un artista. Pero Los Ronaldos era un grupo. Componíamos nosotros, teníamos claro lo que queríamos hacer. Diseñábamos nuestros conciertos y portadas, éramos un grupo de barrio. Por eso lo viví como algo muy divertido, no como un curro. Pero nuestro éxito se ha mitificado con el paso del tiempo. No fue tan salvaje. Del primero vendimos cincuenta mil copias y del segundo, Saca la lengua, ciento cincuenta mil, que fue nuestro pico de más éxito. Ahora serían cifras mareantes, pero entonces no lo eran tanto. Alejandro Sanz, por ejemplo, vendió un millón desde el primero y siguió así. Eso es éxito. Nosotros no vivimos un desparrame tan grande.

Tampoco era España en esa época un lugar en el que se viviese el estrellato como para que se te fuese la olla. Solo hubo una vez un momento heavy, de escena de los Beatles, en Sevilla, que fuimos a una tele local, no sé si ya sería Canal Sur, cuando acababa de pegar el pelotazo «Adiós papá». En un magazín entrevistaban a una famosa, le lavaban el pelo y luego decían «¡Los Ronaldos!», y salíamos. Se enteraron los fans y —esto era un chalé en un barrio de Sevilla— rodearon el edificio cientos de personas. Nos tuvieron que meter en un coche y sacarnos de ahí. Pero de estas escenas hemos vivido muy poquito.

Lo que fue realmente interesante fue conocer a los grandes grupos del momento, que igual lo siguen siendo, como Jaime Urrutia, Auserón, Olvido, Loquillo… Pasar de ser un chaval que los admiraba, escuchaba y me compraba sus discos, igual de Alaska menos, pero de los otros tenía todo, a codearme con ellos como uno más. Yo era muy fan de Gabinete Caligari y pasé de ser fan a ser compañero. Eso era impresionante. Enseguida sentí que ese era mi sitio.

Me acuerdo de ver a Los Rebeldes tocar en La edad de oro, que eran como los Stray Cats españoles, y querer ser como Carlos Segarra. Y de repente me encontré en la misma oficina de management que ellos. Además, en esos años el negocio era más pequeño y éramos más compañeros. No había tanto en juego, ni tanta competitividad. Había trabajo y mucho para todos. Estaban los Ayuntamientos haciendo bolos y dando cachés a mansalva. Era una fiesta, no éramos rivales. Al menos yo no lo viví así, que igual fue porque era muy pequeño y no me daba cuenta. Pero no olvidaré una noche en Studio 54 en Barcelona, un local mítico, en la fiesta de Diario Pop, con premios y conciertos, juntarnos El Último de la Fila, Rebeldes, Loquillo y nosotros en los camerinos. Todos juntos, pasándolo bien. Con mucho cariño y respeto entre nosotros.

Pronto afrontasteis un escándalo, cuando unas feministas os denunciaron por la letra de una canción.

Fue un despropósito, pero que luego, si lo miras en perspectiva, nos terminó ayudando en toda esa tormenta perfecta que tiene que producirse para que tengas éxito. Porque no vale con estar en el sitio adecuado en el momento adecuado. También necesitas un buen mánager y una serie de elementos que se junten y, con todo, que el barril explote. Para nosotros, la chispa fue este escándalo. Ya estábamos ahí, pero esto nos subió; esto y que salimos en el programa de Miguel Ríos, que se te cae la lagrimilla cuando piensas que se ponía un programa de música en directo en TVE1 en prime time los viernes y tenía ocho millones de espectadores. Cuando se acabó la serie de programas, que contaban la historia de la música española, se hizo una despedida con un gran concierto que era como una representación de lo que iba a ser el futuro. Nos metieron ahí y tuvimos la audiencia que tiene ahora un Madrid-Barça.

El problema con las feministas fue un error de ellas, creo. Para empezar, transcribieron mal la letra. Y, luego, lo veo como que dispararon contra un enemigo que no tenían. La denuncia que pusieron no llegó a ningún sitio. Luego Sardá en su programa de radio organizó un debate entre las feministas vascas que habían denunciado y nosotros. Me acuerdo de que decía Sardá que por favor no le dijéramos a nadie que el Señor Casamajor era él mismo [risas].

En la entrevista, ellas en Bilbao en un estadio de Radio Nacional y nosotros en Madrid, quedó claro que todo era un poco absurdo. Habían transcrito «míramelo joder esto, niña» como si fuera «mírame la polla, niña», cuando la letra en realidad decía «mírame el ojo derecho, niña, y dime lo que ves». La letra de la canción contaba el juego entre dos chavales que están enamorados y dice «tendría que cogerte, besarte, desnudarte y violarte, porque no me haces caso».

Bueno, lo de «violarte», como le pasa a Loquillo con lo de «La mataré», ya sé que es ficción, pero creo que hoy día no sería posible.

Me asusta un poco eso. ¿Tú crees que no?

Ni de coña.

Pues eso es triste, porque es autocensura. Es algo que ocurre con las redes, no digas cualquier cosa que tal porque inmediatamente hay millones de personas juzgando eso, ya que además se juzga todo. Lo que dices, pero también lo que no dices. Creo que vivimos un momento bastante jodido. Esta supuesta libertad de expresión es exactamente al revés. Estamos maniatados y por nosotros mismos, además.

Un grupo español que os influenció fue Pata Negra.

Claudio, de Las Ruedas, trajo un disco que se llamaba Guitarras callejeras y me dejó… No solo a mí, creo que a mucha gente. Ese disco convirtió en una estrellaza a Raimundo. Estaba atento a por dónde podían ir los tiros, ya conocía a Veneno, el grupo de cuando Raimundo estaba con Kiko, pero esa mezcla de flamenco tocando blues nunca la había oído. No era fusión, era una cosa muy macarra, honda y de verdad. Dos gitanos que tocaban la guitarra flamenca que te cagas, pero que les gustaba el blues. No era un inventito de unos modernos de «vamos a fusionar corrientes de los pueblos» [risas]. Ese disco tuvo una influencia brutal en los primeros Ronaldos, le debemos mucho. A todos ellos, a Camarón y su Leyenda del tiempo también.

Dijisteis entonces que Los Ronaldos les gustaban tanto a los punks como a los pijos.

Teníamos un sonido auténtico, habíamos nacido de forma auténtica, teníamos cierta seriedad, pero al mismo tiempo éramos jóvenes, con estribillos. Esa mezcla de autenticidad y frescura nos iba bien. Gustábamos por el estribillo, pero también a un chaval de barrio con esas guitarras que metíamos. En nuestros conciertos podías ver fans adolescentes, pero también tíos con chupas de cuero.

Fuisteis teloneros de James Brown.

Éramos muy fans de él, para nosotros era como los Stones, y también Prince, el alumno aventajado de James Brown, y no sé cómo surgió, pero nos llamaron en plan: «¿A que no sabéis qué bolo ha salido? ¡James Brown!». Cuando probamos sonido se vino a vernos y se apoyó en primera fila mirándonos con sus gafas de sol. A mí me temblaban las piernas. En cuanto acabamos la prueba fuimos a pedirle autógrafos. Estuvo correcto, nos miraba de arriba abajo. A Ricardo, el batería, le dijo [imita la pronunciación del inglés americano], y no entendió nada. Su novia reaccionó y respondió en su lugar: «Quince años lleva tocando». Y James Brown le dijo: «You are very good». Y él, que era el más fan, se quedó de piedra, emocionado. Y luego hubo un asunto de intercambio de drogas con los músicos de James Brown [risas].

A raíz de este concierto metisteis sección de viento.

Viene de nuestra afición al funk en general. Metimos tres saxos en lugar de saxo, trompeta y trombón. Y nos pusimos trajes de pez, una idea que vino de mi afán por dar espectáculo. Hice unos trajes de lentejuelas, pero eran muy feos. Fue lo primero que se me ocurrió. Yo creía que parecíamos James Brown, pero en realidad tenemos más pinta de orquesta de pueblo. Aunque lo que llevaba James Brown era exactamente eso [risas].

Ronaldos tuvo su bar en Madrid.

Gabinete Caligari habían abierto el Cuatro Rosas con Ely Agramunt. Luego Ely nos propuso lo mismo a Los Ronaldos y dos de nosotros se metieron con él a abrir el Ambigú, en la calle Leganitos. Ely era un personaje también… Un pájaro. Un tío muy elegante, marsellés, con acento, tupé, dueño de un bar. Nos engatusó a todos un poco. Bueno, les engatusó a ellos, a mí no. Llevaba unas camisas superelegantes, medía dos metros, era muy delgado, tenía un sentido del humor muy fijo. Yo le tenía cariño y él a mí, creo. Pero parece ser que tanto a Gabinete como a los Luises de Ronaldos les birló un poco la cartera. Nada de esto quita que el Ambigú fuese un garito acojonante. Todo dios pasaba por ahí. Creo que a su alrededor sucedió como una especie de segunda movida madrileña.

¿Estabas el día que tocó Chris Isaak?

No, no estuve.

En la puerta del Ambigú estaba Shangai Lily, escribió en unas memorias que antes de Chueca estos locales eran «mixtos» en cuanto a permisividad con el rollo gay.

Bueno, en el Cuatro Rosas ya estaba la Estrella, que tocaba en Peor Imposible, el grupo de Rossy de Palma, que molaban un huevo. La Estrella vivía allí su transformismo y homosexualidad de forma muy libre. Supongo que en el Rock-Ola también pasaría lo mismo. En el Ambigú también hubo mucha sensación de libertad. Era muy tocho, lleno de habitaciones, con pasillos, pasadizos y se petaba cada fin de semana. Era un intento de repetir la jugada del Cuatro Rosas y lo consiguió.

Tocasteis en el concierto que celebraba la llegada de la democracia a Chile.

Era de Amnistía Internacional. Springsteen, Sting y Tracy Chapman habían organizado una gira por los derechos humanos en Latinoamérica y no sé qué les pasó en Chile, si no les dejaron entrar o decidieron que no iban hasta que no se fuese Pinochet. Pasado un año hicieron aquel apaño, en el que ganó el «no» a Pinochet o el «sí» a la democracia y él se quedó de senador, pero, vamos, cambiaron las cosas. Y se montó el concierto. Springsteen ya no podía, pero fueron Sting, Peter Gabriel, Rubén Blades y grupos locales. Pidieron a Televisión Española que lo retransmitiera y aceptó el encargo a condición de que se metiera a dos artistas españoles en el cartel. Por eso fuimos Luz Casal y Los Ronaldos.

Luz en el avión fue en business y nosotros en turista. El avión iba medio vacío, cosa que hoy en día ya no pasa. Y en la parte de atrás montamos una fiestecilla. Íbamos fumando, bebiendo. Raimundo, que iba con Luz, creo que llegó a hacerse algún peta. Imagínate, hacerte un peta en un avión. Fue muy divertido y muy especial, sobre todo porque estábamos emocionados por ir a un acontecimiento único desde el punto de vista político y musical.

Tocamos una canción con Peter Gabriel y Sting, que iba un poco de estrella, apartado de todos y rodeado de sus guardaespaldas. Pero Peter era muy majo. Tocamos todos juntos «Get Up, Stand Up» de Bob Marley al empezar y al terminar.

Estábamos en el Estadio Nacional de Chile, era muy emotivo, porque era donde creíamos que habían matado a Víctor Jara. Al llegar allí nos dijeron que no, que era un mito, que lo habían matado en otro lado. Pero ibas por los pasillos del estadio y te impresionaba. Hay una película de Costa-Gavras, Missing, donde aparecen todos llenos de cadáveres. Yo la había visto y pensaba que eso había sucedido ahí mismo solo quince años antes.

Tuvimos un éxito brutal, pero fue una pena no aprovecharlo. Salimos y no nos conocía nadie, estaba todo el mundo parado, pero acabó todo el estadio enloquecido. Al día siguiente, en el hotel, me llegó el desayuno a la habitación con unos periódicos y fue como en una película. Decían los titulares: «Éxito absoluto de Los Ronaldos». Pensé que tendríamos que volver, pero no lo hicimos. Otra gente más lista que nosotros sí lo hizo, se fue a sembrar a Latinoamérica y ahora está recogiendo. Me refiero a Bunbury, Duncan Dhu, Hombres G… Ahora siguen teniendo éxito por allí. Porque allí no te olvidan.

Participaste en un vídeo contra la droga, ¿cómo viviste la epidemia de heroína de los ochenta?

Quizá era joven para darme cuenta del dramatismo, porque no se me murió gente cercana. Alguno ha caído después, pero pocos. Yo no sé si era más prudente, pero no tuve esa sensación de verlo como les pasó a otros que lo tuvieron tan cerca. No lo recuerdo como algo traumático, como una gran tragedia.

Es curioso, porque en la entrevista que le hemos hecho a Josele Santiago decía lo contrario, que a él le impresionó mucho ver que se muriera tanta gente de repente y con unas agonías tan espantosas.

Claro, es que él sí que lo vivió. Nosotros nos metíamos nuestras rayas, pero no llegamos a esos niveles.

Se habla mucho de la movida madrileña ahora en el revival, pero tal vez se olvide que lo que pasó en Madrid pasó en todas partes, que fue algo en toda España.

A mí el revival me parece un coñazo. Se está insistiendo en los ochenta de manera peñazo y aburrida. Hubo cosas estupendas, pero no fue la edad de oro de la música. Por otro lado, tan coñazo me parece el revival como quitarle valor, porque sí que pasaron muchas cosas; hubo pintores, escritores… Tuvo que ser fascinante vivir en Madrid esos años. Con todo el respeto al resto de las provincias, no creo que fuese lo mismo una noche en Madrid en el 81 que en otra ciudad, aunque fuese Barcelona. Algo tuvo que pasar en Madrid especial, aunque todo se sobredimensiona con el paso del tiempo y el revival está durando demasiado.

Ganaste tu primer millón con diecinueve años.

Si fuese de dólares… pero era de pelas.

Pero era el sueldo de un año para mucha gente. Paco de Lucía sale en el documental que ha grabado su hijo sobre él diciendo que cuando ganó los dos primeros millones dejó de decir que era de izquierdas, ¿te pasó algo parecido?

Lo diría porque era muy gracioso, pero yo no pensé eso. Se puede ser millonario y de izquierdas y pobre y facha. Aparte, yo era muy joven.

Por lo leído, llegabas a casa borracho con los bolsillos llenos de billetes.

Eso es una vez que me pagaron por un bolo con el dinero de la caja del bar. Teníamos ya cierto éxito y cobramos una cantidad importante, no sé si serían sesenta mil pelas, pero en billetes de mil. Entonces salí de marcha, iba pagando las cervezas con lo que tenía y al final llegué a casa con unos gurruños de billetes en los bolsillos que, según los fui sacando, hice una montaña enorme y al verla me dio un ataque de risa histérica.

¿En qué condiciones tocabais en aquella época cuando salíais de gira?

Era todo muy cutre. Las salas, los promotores. Ahora hay una industria profesional y estamos al nivel de cualquier ciudad europea. En los ochenta, los grupos intermedios iban a Berlín a tocar y todo bien, pero luego bajaban a España y flipaban en colores en plan: «Pero ¿esto qué es?». En los ochenta éramos muy bestias, muy paletos y muy cutres. Cuando nos decían que íbamos a Donostia o a Barcelona era la hostia, era como ir al guiri a tocar, pero fuera de esas dos ciudades… Los promotores eran tíos con cara de gañán del quince que venían solo a cobrar, se llevaban su diez por ciento y se iban. Ni había camerinos, ni catering ni nada. Hasta mediados de los noventa aquí no empezó a haber productores profesionales.

El tercer disco se graba con John Cale, exmiembro de Velvet Underground, como productor.

Salimos de un disco de éxito y se puso a nuestra disposición un presupuesto razonable e hicimos lo que todos los grupos, irnos al guiri a por una producción de la hostia. Queríamos a Keith Richards, pero nos tuvimos que conformar con alguien que tenía más que ver con nuestro sonido, por la Velvet, Lou Reed y Jonathan Richman. Teníamos ese tipo de guitarras deslavazadas. Grabamos en Bath, a una hora de Londres.

A mí esa producción me suena peor que lo anterior y peor que lo siguiente.

Buscamos un sonido raro, cutrón. Teníamos el empeño de que todo fuera en directo. Lo anterior lo habíamos grabado con claqueta y aquí quisimos irnos a lo contrario, a que todo fuera grabado en directo. Eso nos encorsetó. Y luego a John Cale le pasó una cosa, llevábamos dos meses ensayando como bestias para tenerlo todo al milímetro, él quiso desarmar un poco eso y nos poníamos locos «¡No!, ¡no!». Le pegamos algunos bufidos y dijo: «Pues vale, vosotros veréis». Es la interpretación que hago ahora, tiempo después. Creo que pensó: «Yo habría hecho un trabajo, pero si no queréis, si no me dejáis, no me voy a pelear con unos chavales de España, que ya he vivido mucho y estoy de vuelta». Llevaba ya dos años o así sin beber.

Te quejaste bastante en su día del concejal Matanzo, que se hizo famoso por su afán de cerrar bares y salas de conciertos.

Era un personaje horrible, un gendarme. Todavía continuaba la estela de Tierno, pero con él cambió. Yo fui de niño al entierro de Tierno, recuerdo estar subido a una farola en Cibeles intentando ver el féretro. De todas formas, no sé si la ciudad cambió por política, porque si hay un espíritu creativo imparable la política no lo cambia. Los artistas pasan a la clandestinidad. Creo que igual fuimos un poco todos, artistas y ciudadanos, que nos acomodamos. Algo así no te lo hacen si tú no te dejas. Lo veo así ahora en perspectiva. Entonces le echaríamos la culpa a Matanzo, pero igual fueron otros factores. Aunque a mí, ahora que vivo en el campo, Madrid no me parece aburrida precisamente, cada vez que voy me siento como en Nueva York [risas]. Sí es verdad que no existe ese garito donde sabes que vas a ir y pasan cosas. Hay sitios que molan, pero no ese centro neurálgico del que van a salir encuentros o proyectos. Tengo esa sensación. Y no hay excusa, porque gobierna Carmena y no veo esa ciudad efervescente que se supone que tendría que ser.

El hit «Adiós, papá» se ha dicho que era un canto generacional.

Es una canción surrealista. No hablaba de manera directa de lo que la gente se cree que hablaba, no era generacional. Era una cosa marciana. Si analizas la letra habla de cualquier cosa. Mencionaba pedirle dinero al padre, pero si apareció lo del dinero es porque esa palabra encajaba. Era una letra más romántica que otra cosa, sobre una huida. Te puede hablar de ruptura generacional como de extraterrestres que invaden el planeta. Se entendió así, pero yo no la escribí pensando en eso.

El disco Cero pasó desapercibido, pero para mi gusto es el más interesante y mejor producido.

No estoy de acuerdo, me parece más frío Cero que Sabor salado. En Cero entramos en una paranoia. Nos pasó lo mismo que antes, cuando veníamos de la claqueta y queríamos frescura, pero al revés. Quisimos lo contrario y nos volvimos a ir al extremo. Como Sabor salado no tuvo el éxito que esperábamos, vendió treinta mil y veníamos de ciento cincuenta mil, aunque ahora sería un superventas, nos entró la paranoia y quisimos hacer un disco muy bien hecho. Perfeccionismo absoluto. Llegamos a grabar un disco como los que se hacen ahora con Pro Tools pero sin tener el Pro Tools entonces. Está todo perfectamente colocado en el disco. Siete meses estuvimos grabando.

Es un poco… suicidio comercial. Tiene psicodelia, canciones de seis minutos y pico… Pero «Árboles cruzados», por ejemplo, es realmente buena, original, distinta.

Investigamos, experimentamos. Estuvimos tanto tiempo en el estudio que se convirtió en una especie de laboratorio. Se nos fue la olla. Creíamos que teníamos el presupuesto de los Beatles, pero veníamos de un disco sin éxito. Pero sí que salieron cosas interesantes y arriesgadas. Los Ronaldos han quedado para la historia como un grupo fresco y juvenil, pero no solo éramos eso, los fans lo saben, teníamos también momentos psicodélicos y marcianos. Está esa canción, «La fábrica del amor», en la que metemos el llanto de un bebé, que trata de un niño que nace después de haber pasado por los extraterrestres… No funcionó. Y coincidió con un momento de crisis económica. El enésimo. Todo el mundo tocó muy poco ese año, nuestro disco no sonó en la radio, no tenía ningún single claro.

En la enciclopedia de la música española, La Fonoteca, dicen: «Es casi de injusticia que unos Ronaldos tan inspirados y creativos sin perder una clara orientación comercial no contasen con mayor respaldo del público solo por una cuestión de fachada». Era un producto para un público indie, pero Ronaldos estaba manchado por la fama ochentera.

Puede ser, pero creo que todavía el movimiento indie no había empezado. Creo que llegó después con Dover y todo eso. Cuando sacamos Cero no existía. Pero muchos años después muchos indies ilustres me han dicho que les gusta mucho. Había canciones incluso existenciales.

¿Qué es eso de que estuviste en un ascensor con Dylan y Keith Richards?

Para la EXPO 92 nombraron a Miguel Bosé comisario musical. Hubo unos actos antes de la exposición, para ir calentando motores y probar los recintos supongo, y uno de ellos fue el Festival de la Guitarra de La Cartuja. Fueron guitarristas ilustres de blues, rock, jazz y un día no había nada concreto, era una sorpresa que se iba a anunciar poco antes. Pues fueron Bob Dylan, Joe Cocker, Keith Richards y Jack Bruce. Cuando me enteré llamé corriendo a Miguel, compartíamos mánager, pidiéndole que me dejara estar en el backstage, que lo sentía mucho pero que realmente era muy importante para mí. Como es un encanto, me dijo que vale.

Había mogollón de músicos, también estaba por ahí Phil Manzanera. Vi el concierto de Keith desde el foso de los fotógrafos. Al terminar, tocaron una todos juntos, Bosé incluido. Cuando se retiraban se metieron todos en un ascensor y Miguel me dijo: ¡Ven! Ahí estaban todos. Steve Cropper, el de los Blues Brothers también. Me puse al lado de Dylan, estábamos todos apretados, y entonces entró Keith el último y se me puso al lado. Pegado. Yo tenía veintipocos años, estaba flipando. Se abrieron las puertas del primer piso y se bajaron todos menos Keith, que le dijo a Dylan: «No, Bob, este no es nuestro piso». Dylan volvió todo despistado y nos quedamos en el ascensor él, Bosé, Richards y yo. Ellos con sus respectivos guardaespaldas.

Al abrirse la puerta de nuevo, me atreví y le toqué el hombro a Keith. Pensé que me iba a dar un puñetazo y no, estuvo encantador. Me cogió la mano con sus dos manos, con mucho cariño me miró a los ojos y solo pude decirle: «Great, great, great, you are great». Y se quedó esperando a que siguiera, se le veía como pensando: «Este imbécil dirá algo más». Pero no. Solo pude decir «great, great». Desistió, me soltó y me quedé mirándoles a los dos. Ahí reparé: «Coño, que es que está aquí Dylan también». Entonces se pusieron a hablar entre ellos y fue como… ¿recuerdas la escena del sueño de Bienvenido, Mr. Marshall? Cuando Pepe Isbert sueña que está en el Oeste y habla un inglés inventado. Pues así me pareció el inglés que hablaban entre ellos. Hablaron, se rieron, se fue cada uno por su lado a su camerino y nada, eso es todo. Nunca se lo agradeceré bastante a Miguel Bosé.

Felipe González te invitó a cenar por el apoyo que le diste en la campaña del 93.

Eso fue trampa, porque yo no le había apoyado. Pero son muy listos los políticos y se les da muy bien tejer redes. Utilizan los resortes astutamente. Y yo caí, aunque podía no haber caído. Resulta que el PSOE estaba en plena campaña. Eran las primeras elecciones en las que todos tuvimos miedo de que ganase la derecha, porque los socialistas iban mal en las encuestas. Nos daba terror a la gente de izquierdas que llegase el PP. Ahora mi idea sobre qué es el PSOE y qué es Felipe González, qué es la izquierda y qué es la derecha, ha cambiado mucho. Entonces creía que éramos los buenos y venían los malos.

En la campaña, el PSOE organizó un encuentro con la gente de la cultura en el Círculo de Bellas Artes, un cóctel. Fue muchísima gente. Mil y pico personas. Llegó Felipe, dio las manos, se subió a la tribuna y dio un mitin. Yo solo era uno de los miles. Llegaron las elecciones y el PSOE, afortunadamente, ganó. Felipe seguía en La Moncloa. Entonces, un mes más tarde, me llegó una carta invitándome a cenar con Felipe en la Moncloa en agradecimiento por haberle apoyado en la campaña. ¿Apoyo? Pero si solo fui a un acto. Sin embargo, no pude evitar la tentación. Fui allí con mi mánager, pero luego resultó que la cena no fue tan privada. Pensaba que íbamos a cenar Felipe, su mujer y yo, y al final era una cena más concurrida. Unas veinte personas. Serrat, Concha Velasco, Loquillo… y se me quedó el sello de felipista y del PSOE. Pero no lo era, de hecho, no sé si voté a IU en esas elecciones. Claro que, si con veintitantos te invita Felipe a su casa, ¿qué vas a hacer?

Y allí me encontré con el Felipe que conocemos, astuto, inteligente, culto y atractivo. Recuerdo el bonsái y tal. Y una cosa se me quedó grabada. Era la guerra de Bosnia por esas fechas y Felipe en un momento de la cena dijo que le daba miedo que la reacción de la derecha en España ante el nacionalismo catalán o vasco pudiese desembocar en algo parecido a lo que estaba pasando en los Balcanes. Intervine y dije: «¿De verdad?». Y dijo: «Sí que puede ocurrir». Me acojonó que Felipe en privado dijese que según cómo se gestionasen los nacionalismos se podría llegar a algo así… Los días siguientes estuve preocupado, incluso. Me despertaba por las mañanas pensando en esto. Es que, coño, lo decía Felipe González. Era alguien con acceso a la información. Pues eso, ¿qué te parece? ¡Secretos de Estado! [Risas].

Hay un libro de El Pirata de anécdotas del rock (La Esfera de los Libros, 2014) en el que dice que lloraste cuando Chuck Berry no te dejó tocar con él en la inauguración del Hard Rock Cafe en Madrid.

No sé si lloré, pero sí que fue un gran disgusto, pero luego al final tuvo el detalle de dejarme subir. Al principio le ofrecieron a Los Rodríguez ser el grupo de acompañamiento de Chuck Berry en ese concierto, buscaron a la banda más puntera del palo, pero ellos dijeron que no. Ahora entiendo por qué, Andrés y Ariel son más divos que Chuck Berry [risas]. Divos en el mejor de los sentidos; en este país la palabra divo se utiliza peyorativamente, pero es muy hermosa. Creo que Ariel Rot y Calamaro lo son, pero en el mejor de los sentidos. Y, además, son divos astutos. Se debieron oler el marrón y pasaron. Nosotros dijimos que sí.

Suponía tocar con el padre de todo lo que hacemos. Quizá no es el inventor total, también estuvo Johnnie Johnson al piano, pero todo se basa en lo que inventó él. Era, además, nuestra historia y lo que nos gusta. Nos pasamos dos meses preparándolo. Vimos Hail! Hail! Rock and Roll, la película sobre el concierto que le organizan en Saint Louis con Keith Richards como director musical y un montón de invitados. Es un documental maravilloso, con Chuck Berry como hilo conductor, se cuenta la historia del rock and roll. Nos la vimos sobre todo porque ahí se cuenta lo cabrón que es.

Al llegar el día del concierto nos esperaba en la terraza del Hard Rock tomándose un café. La taza era grande, pero parecía diminuta en sus manos, qué pedazo de dedos tenía. Nos saludó, con mucha educación pero marcando distancias, preguntó por el bajista, el batería y el teclado. Estos levantaron cada uno el dedo cuando les tocaba, temblorosos. Y dijo: «Pues ya está, bajo, batería y teclado». Y yo estaba fuera. Le dije: «¿Guitarras no, Mr. Berry?». Me clavó una mirada que me atravesó, no se me olvidará en la vida, y repitió: «Bajo, batería y teclado».

Me quedé hecho polvo. Se esfumaba mi sueño de tocar con él. Les explicó lo que tenían que hacer: «Vamos a tocar en si bemol, estad atentos a mi pierna porque yo improviso mucho». Viendo la peli me di cuenta de que tuvo una deferencia que te cagas, porque ahí no explicaba nada ni hostias. Springsteen contaba que a ellos los puteaba que no veas. Se acabó la conversación, pero yo, aunque me fuera a pegar, insistí: «¿Puedo tocar un poco?». Se apiadó y me dijo que al final, si había buen rollo, que subiera.

No sé si lloré, pero me quedé con un bajón importante. Vi el concierto abajo y al final, afortunadamente, invitó al resto del grupo. Ahí sí que cometí un error. Al subir, le toqué. Quería darle las gracias y le hice como cosquillas en el costado. Cuando me estaba colgando la guitarra sentí como un rayo láser se me clavaba, me estaba mirando como diciendo: «Te mataría aquí mismo». Es que a Chuck Berry no se le toca. Tocamos un par, nos invitó a Luis y a mí a hacer un solo con él, nos dejó tocando, se echó para atrás y se escapó del escenario. Cogió un coche que le habían puesto, un Mercedes, que conducía él, y se largó. Ahí nos quedamos.

¡Idiota! sonó por todas partes.

Fue bastante éxito, pero tampoco fue un disco megavendedor. Subimos, al menos. En este disco ya aprendimos un poco de esto y no nos fuimos ni a un extremo ni a otro. Fue algo razonable. Si lo escuchas ahora suena bien, tal vez no es el que tenga mejores canciones, pero sí es el que mejor suena. Podría estar grabado ahora, no te sonaría raro.

Calamaro aparecía por vuestros directos.

Cuando llegó a España nos encantó a todos. Un tío cantando en castellano que sonaba como un guiri. Apareció en los discos de todo el mundo porque todo el mundo quería cantar con él. Conmigo no era muy personaje; nos íbamos al cine, comíamos palomitas. No hacía nada raro. Era peculiar, pero no un personaje. Y hace poco lo vi y lo encontré muy bien, me recordó al de aquellos años.

Pablo Milanés os llevó a Cuba.

Era un intercambio cultural. Fue también Sabina y a nosotros nos llevaron como grupo de rock and roll. Pasó algo curioso. Los cubanos querían rock fuerte, porque allí solo había trova cubana, Silvio Rodríguez o Pablo Milanés, y los que querían rock se iban a lo más duro. Una especie de forma de posicionarse a la contra. Por eso, en los conciertos que dimos allí, nosotros anunciados como grupo de rock les parecíamos blandos. En uno se oyó perfectamente a un tío del público gritar nada más empezar: «Denle duro, parecen los Maná». A mí eso me hundió. Compararnos con Maná era una humillación.

En el último concierto, en el teatro Carlos Marx —los otros fueron en hoteles y los cubanos no siempre podían entrar—, fueron dos mil personas. Hubo entradas baratas y se montó. Tocamos nuestro repertorio más salvaje, porque ya vimos que allí a los Stones les llamaban blandos.

En el vídeo de esa gira se ve al público cubano tirándose y saltando desde el escenario haciendo mosh, como si Ronaldos fuese un grupo de death metal o hardcore.

Claro, eso es lo que querían. Había venido a vernos peña con cresta. Salimos nosotros y se quedaron…

¿Qué impresión se os quedó de la Revolución cubana?

Teníamos una imagen muy romántica que seguramente nos empezó a cambiar estando allí. Ahora ya ha cambiado mucho lo que pienso, pero entonces era joven y lo que vi fue muy relativo, porque estuvimos en una burbuja, en plan estrellas del rock. Todo nos pareció maravilloso, nos creímos el rollo de la igualdad y tal, pero de repente nos sorprendía encontrar a gente que estaba hasta los huevos. Asfixiada. Pero insisto, vengo de una familia de izquierdas, fui emocionado y no quise pinchar el globito. Entonces tampoco era lo que es ahora, los veías con sanidad, educación, no parecía tan duro. Falta de libertad por supuesto que sí que había, pero…

Con el corto El columpio iniciaste una carrera cinematográfica que nunca ha cesado.

Ese corto fue un fenómeno social. Le iba a poner la música y me dijo Álvaro Fernández Armero que hiciera el personaje. Llamamos a Ariadna Gil, que aceptó. Ya había hecho Amo tu cama rica y Belle Époque. Todo el mundo se enamoró de ese corto. Fue una locura, como el Titanic de los cortos. En Valencia las colas daban la vuelta al cine. Se llevó el Goya y creo que todos los premios de España. Álvaro ganó mucho dinero tirándose todo el año presentando ese corto de festival en festival. Decía que él era, de profesión, ir a festivales [risas].

Luego el primer largo que hice fue Madregilda, una película muy personal sobre Franco. Yo aparecía con Sacristán, que estaba en un boom que tuvo porque empezaba a hacer cosas serias, que ya había hecho, pero alcanzó ahí su cumbre. Para mí ese día fue uno de los más impresionantes de mi vida. Hijo de cinéfilos, encontrarme en el cine. Mi escena se rodó a las seis de la mañana, hacía un frío increíble, pero yo estaba encantado. Además, allí no era el de Los Ronaldos, sino el hijo de los Malla. Todo el mundo conocía a mis padres. Era el hijo de Amparo y Gerardo, no un cantante famoso.

En Dispara de Saura buscaban a un violador y te cogieron a ti por la cara de niño.

Al tener cara de inocente, de crío, ese contraste era muy inquietante. Se consiguió, creo. Aunque casi me revientan el tímpano en la escena en la que Francesca Neri, a la que violábamos, me pegaba un tiro. El primer disparo me tenía que dar en el brazo y el petardo que pusieron casi me revienta el tímpano. Daba igual, al final me lo reventé yo solo con la música y me lo han tenido que operar hace poco.

En 2002 coincidiste en el reparto de Schubert con el gran Ben Gazzara, ¿le conociste?

Ben es íntimo del director de esa peli, Jorge Castillo, que es un pintor que tiene casi ochenta años. No sé cómo se conocieron, pero lo lio. No recuerdo mucho, tuvimos una comida muy agradable y contaba sus anécdotas con Cassavetes.

En Bite, de 2005, estaba Vinnie Jones, el futbolista que le hizo la torsión testicular a Paul Gascoigne, ahora actor.

No, no le vi. Ahí solo aporté una canción, «My Beautiful Monster», pero para hacer la gracia me metieron en el reparto. El director, Alberto Sciamma, había sido director de un clip de Ronaldos. El que andaba por ahí era el protagonista de Saw, Costas Mandylor, con el que me comí unas pizzas en Italia como no he vuelto a hacer nunca.

¿Por qué se acabaron Los Ronaldos?

Como cuando eres joven y te tienes que ir de casa de tus padres, con los grupos es igual. Te haces mayor, tienes una vida, te haces persona y el propio instinto te saca del grupo. Llega un momento en que ya tienes una edad y quieres estar solo, digamos que te apetece llegar al salón, que no haya nadie y quitarte los zapatos, para que me entiendas. Además, me puse a componer Soy un astronauta más haciéndome preguntas existenciales y no le vi sentido a obligar al resto del grupo a seguirme con mi paranoia cuando ellos eran un grupo de rock callejero y urbano. La ruptura no se la tomaron bien y fue un día muy triste. Hubo unos meses raros, pero luego todo volvió a su cauce y ahora somos familia.

En tu carrera en solitario destaca tu eclecticismo.

No tengo ni idea de cómo ocurre eso. Uno no se levanta por la mañana y dice «Me voy a volver un tipo de artista que sea ecléctico». Supongo que siempre lo he sido. Los Ronaldos ya lo eran, hacían un poco de todo. Yo al hacer discos en solitario amplío mi biblioteca musical y eso se nota en mis canciones, pero no es algo que me plantee, es algo que ocurre.

Has logrado sobrevivir y salir adelante con tu propio proyecto en una época de fuerte crisis en la industria musical.

Mi primer disco en solitario lo saqué formando parte de la industria y no funcionó. Entonces fui a mi bola, al margen de todo, a hacer canciones con Álex Olmedo, que nos llamábamos Las Mentiras, y recorríamos garitos de Madrid, las carreteras secundarias. Todo el hundimiento de la industria lo viví desde lejos, porque ni ellos me tenían en cuenta ni yo a ellos. Saqué, de hecho, Sueños, que fue muy al margen de la industria y ahora, sin embargo, con La hora de los gigantes he vuelto un poco, pero ya grabo sin pensar en la industria. Con las redes y tal lo importante es dar tu trabajo a conocer, porque ahora discos los compran muy pocos. El que más vende actualmente es absolutamente ridículo comparado con lo que se vendía antes. Sin embargo, componer siempre será una cosa íntima.

El día que fuiste a grabar las voces de Sueños fueron los atentados del 11M.

Lo viví con un mal rollo terrorífico porque, además, mi pareja tenía que coger esos trenes. Lo que nunca se me olvidará es el silencio que había en la calle. Era sobrecogedor. Las noticias eran todo gritos, sirenas, pero en la calle no se oía un alma, era todo silencio. Con ese estado de ánimo grabé las voces de ese disco.

En la canción «El cambio interior» del disco El último hombre en la Tierra haces una especie de reflexión política o filosófica.

Tiene un poco de ironía y de distancia, reflexiono sobre esa costumbre que tenemos de proyectar lo que nos ocurre en los demás y culparles. Pensamos que tienen que cambiar cosas externas, cuando el cambio solo ocurre cuando cambiamos nosotros. Tanto en el amor como en la política.

Ronaldos volvieron con un EP en Subterfuge y lo petó con «No puedo vivir sin ti».

No fue un pepinazo. Cuando salió pasó desapercibida. Petó cuando la grabé en solitario en acústico. Cuando la hicimos Los Ronaldos estábamos convencidos de que era un hit de libro, pero las circunstancias habían cambiado. Si hubiese salido en el tercer o el cuarto disco habríamos vendido un millón de copias, pero salió en un momento en el que no había ni radios ni televisiones. Sonar en la radio cuesta muchísimo dinero.

Una pena que cada vez queden menos radios con un criterio independiente. Que solo suene lo que se paga, que todo dependa del músculo económico que esté detrás del artista.

No me lo parece. La forma de llegar al público no es la radiofórmula, ellos cumplen un servicio que no me parece mal que cueste dinero. Luego si tú quieres escuchar música que no suene en la radiofórmula, mueves el culo y te vas a buscarlo. Si quieres escuchar algo como Divine Comedy tienes que ir a buscarlo.

A ti lo que te funcionó fue la publicidad, que pusieran canciones tuyas en anuncios.

Funciona, la campaña de Ikea de «No puedo vivir sin ti» fue muy especial, por eso accedí a hacerla. Pero no descubrí ese vehículo para hacer llegar mi música al público, ofertas de publicidad he recibido durante toda mi vida y millonarias, pero esta estaba hecha por un gran fan y se notaba. Toni Segarra, el creativo, es un tío con buen gusto. Entonces me llegó algo apetecible y, sí, en un momento en el que no había manera de sonar masivamente. Pero ofertas de este tipo he tenido muchas y todas rechazadas.

También rechazaste el reality A mi manera.

No me parecía un programa musical. Me parecía un programa con una ligera vestimenta musical. Y, además, me parecía una pesadilla encerrarme con gente, no por ellos, que les tengo cariño y respeto, al margen de lo bueno o malo que fuera el programa, el rollo físico de estar ahí no hay quien lo pague. Meterte en un estudio con un docu que analice el proceso de producción de un disco, vale, pero estar en una casa con vinitos caros… no me veía.

Lo que sí es verdad es que me ha pasado algo raro. En un momento de mucha crisis y despidos, mi trabajo ha empezado a tener éxito. Me ha llegado el éxito cuando a todo el país le iba mal. Supongo que también le habrá pasado a otra gente.

¿Por qué Mujeres lo concebiste como obra coral con solistas femeninas?

Como hablaba de mujeres lo pensé como una pequeña historia. Cogí canciones de mi discografía en solitario que hablasen de relaciones entre hombres y mujeres, y como todas las que aparecieron, mi madre incluida, tenían mucha personalidad, fue maravilloso. Fue muy emocionante, de verdad. Dejaron absolutas joyas. Quise en un principio que fuera un disco de colaboraciones, pero luego se convirtió en algo más personal. Primero un concierto con invitados, luego fue a más, y ya me pregunté: «¿Y si lo hago solo con mujeres?». Es que el 90 % de las canciones de mis discos hablan de mujeres.

En solitario has tocado habitualmente «Heroes» de Bowie. ¿Qué sentiste cuando se murió?

Fue terrible, sorprendentemente triste. Fue impresionante lo que me dolió. No era un ser querido, alguien cercano, no quiero poner ejemplos, pero fue muy triste. Me pasé el día aquí escuchando Blackstar, que no me lo había puesto mucho. Bebí vino, escribí… Hay gente que conecta de una forma tan profunda… También impresiona el cambio, antes los grandes del rock se habían muerto en condiciones rockeras, pero ahora se mueren de viejos y es extraño. Toda la vida han sido para nosotros indestructibles, glamurosos.

Has dicho que la literatura de Dylan es muy superior a la de Vargas Llosa.

Me sorprendió que la gente se preguntara si Dylan merecía un Nobel. Le daban más categoría a la figura del Nobel que a la de Dylan. Para mí tiene más importancia, ha dejado más huella en el inconsciente colectivo, Dylan que unos premios. Al fin y al cabo, dentro de mil años nos acordaremos de Dylan, no de los premios.

¿Crees que tu generación lo ha tenido más fácil que las actuales?

Haberme dedicado a esto desde pequeño me cambia la perspectiva. Hay un montón de cosas que ha vivido la gente de mi generación que yo no, yo estaba subido a un escenario, metido en un estudio, o en una furgo yendo a un bolo. Pero creo que hay mucho mito en torno a estos debates generacionales. En cuanto a la música, nosotros llegamos a ser orquestas de pueblo, es donde tocábamos. Luego, después de que nos viera gratis toda España durante todo el verano y en todas las fiestas de los barrios de Madrid, vender una entrada era muy complicado. Ahora Love of Lesbian no salen en la tele, porque no hay programas de música, pero luego te llenan la Riviera cinco días a veinte pavos la entrada. Eso Los Ronaldos ni en sueños lo hacíamos. Nosotros íbamos a las fiestas del pueblo, que era algo tirando a cutre, y ahora van a festivales con un nivel técnico internacional, donde la gente paga entrada. En los ochenta habría más exposición en TV y radio, pero la industria era una cutrez tremebunda, especialmente la de las giras. Nosotros, que éramos primera línea total, llevábamos cuatro focos.

Y en todo lo demás, desde que tengo uso de razón ha habido crisis en España. ¿Fascismo? Le Pen siempre ha estado ahí amenazando con ganar unas elecciones. Nos escandaliza Trump, pero ¿qué era Reagan? Era tan facha o más que Trump. No era tan diferente. El mundo no era maravilloso en los ochenta ni mucho menos.

Estuviste hace poco viendo en directo a Jerry Lee Lewis, ¿te gustaría tener una carrera tan larga como la suya?

Creo que voy a palmar antes. Pero si no muero es lo que haré, porque no sé hacer otra cosa. Aunque el futuro, la posteridad, me importa un carajo. No me interesa dejar huella. Ni me interesa ni me preocupa. Soy muy egoísta. Como no voy a estar después de muerto, me interesa el yo, aquí, ahora, mañana y el vino.

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6 comentarios

  1. Agustín

    Lo siento, Coque, pero tengo que decirlo. “Me voy a Cuencaaaa!!!!

  2. kambing laut

    Me lo encontre en la embajada de EEUU a principios de los noventa, el ya era muy famoso. En un momento dado su novia se quiso saltar la cola para hacerse el visado, y el le paro los pies a viva voz pero educadamente. Me tiene ganado desde ese dia, y veo que no ha cambiado demasiado, me alegro.

  3. Plavi

    https://www.youtube.com/watch?v=-v3O06k3lts&t=4s Minuto 2:20 Ahí si que me gano

  4. Silber

    Completamente de acuerdo Plavi. Eso que dice es elegancia y saber estar. Lo del otro es pura pose. A mí me ganó hace tiempo.

  5. Me da buen rollo este hombre. Es todo lo que puedo decir.

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