Cómo comerse un perro atropellado

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Fotografía: Terry Ross (CC BY-SA 2.0).

Engancharse a un buen libro es algo que está al alcance de cualquiera. Tiene más mérito rebuscar en el estiércol, disfrutar de calamidades encuadernadas, de panfletillos mal editados que cogen moho en las tiendas de segunda mano y en las estanterías de los albergues baratos. Manual del aventurero, de Rüdiger Nehberg, cumple los requisitos.

Publicado en los años ochenta, está descatalogado y quizá debería estar también prohibido porque ofrece una serie de consejos que llevan casi indefectiblemente a la muerte. El hilo argumental pasa por sobrevivir en situaciones extremas que, a veces, requieren de habilidades extremas. Habla de técnicas de tortura como si fueran recetas de cocina, intenta persuadir al lector de la conveniencia de portar y usar armas, así como de la necesidad de tener a mano todo tipo de documentos falsos.

Nehberg, un activista alemán que en la portada se da un aire a Chuck Norris y cuya autobiografía incluye episodios totalmente inverosímiles, habla en serio cuando explica cómo defenderse de un tiburón y de una cobra (no necesariamente al mismo tiempo), cómo sobrevivir a un ataque nuclear o cómo conseguir irritar a tus captores para que pierdan la paciencia y te ejecuten (se supone que para dejar de sufrir o para llevarte algún tipo de secreto a la tumba). Es un libro maravilloso para dejar volar la imaginación mientras esperas el metro; quizá algo menos para aplicar sus enseñanzas en una selva o un desierto.

Para sobrevivir, dice Nehberg, hay que alimentarse aprendiendo a interpretar y dominar el asco. Y lo argumenta: existen ascos infundados, como el que provoca masticar un nutritivo gusano; y ascos fundados, véase la arcada derivada de masticar carne putrefacta. Aunque él no lo dice, el aforismo se podría hacer extensible a casi todo. Léanlo en voz alta: sobrevivir pasa por interpretar y dominar el asco. 

Nehberg, tranquilos, frena en seco cualquier desviación hacia el lirismo ñoño y la pedantería. Sabe, porque ha tragado muchos gusanos y muchos sables, que resulta más urgente aprender a extraer el veneno de una serpiente del cuerpo de un hombre adulto o enterarse de cómo transportar, despellejar y cocinar un perro atropellado en la carretera.

Con mi ejemplar de Manual del aventurero pasó precisamente eso, pero al revés: lo masticó el perro de mis padres y no hubo más remedio que abandonarlo en la carretera. De no haber sido así, el libro de Nehberg estaría ahora en la misma estantería que Confesiones de un detective privado en Bangkok, otra joya del trash literario. 

Si lo buscan en Google, verán que en la portada sale un tipo con sobrepeso vestido como los Blues Brothers y con una chica tailandesa en cada brazo. Los tres sobre un fondo naranja chillón, enmarcado por una tipografía que quedaría cutre en el trabajo escolar de una escuela primaria de Samoa. A partir de la primera página cuenta la historia Warren Olson, un neozelandés que ve el mundo como si hubiese sido educado en la Edad Media y a quien un periodista llamado Steve Leather convenció para hacer un libro basado en sus experiencias.

Se suceden situaciones desquiciadas salpicadas de moralejas. Y, seguro que sin buscarlo, consiguen un efecto desconcertante. Es como un libro infantil en el que Blancanieves, de pronto, se empieza a meter rayas en el espejo de la madrastra, el príncipe se desmaya con la boca llena de atún sobre una hamaca de Leroy Merlin y los siete enanitos hacen calvos a los autobuses desde el viaducto de la autopista. Olson, cuya historia hay que enmarcar dentro de un género (los libros para y/o sobre turistas sexuales en Tailandia), dice detallar casos reales a los que se enfrentó como detective privado en Bangkok, casi siempre para verificar la identidad de alguna mujer.

Sus clientes, convertidos en protagonistas del relato, son casi siempre occidentales atrapados en historias turbias con chicas tailandesas, generalmente tres veces más jóvenes que ellos y a quienes a menudo conocieron en bares de chiringuitos playeros. Son seres humillados, depredadores retratados como víctimas patéticas, que consiguen incluso enternecernos cuando se echan a llorar mientras explican cómo han perdido los ahorros de una vida por pasar un par de noches con una camisa de flores paseando por la playa con una veinteañera. Describe timos magistrales de decenas de miles de euros, novias que se transforman en auténticos psicópatas de la noche a la mañana y también amenazas de muerte.

Bajo nombre falso, esconde la identidad de un escocés de cincuenta años que recurrió a los servicios de Olson para verificar el pasado de su prometida, con quien llevaba ya algún tiempo viviendo. El detective viajó al noreste del país, al pueblo natal de la muchacha, y sobornó a un policía para recopilar detalles sobre su vida. Descubrió que solo había mentido en tres cosas: no tenía veintidós años, no era virgen y no era una mujer. El cliente, cuenta Olson, pagó lo que debía y se marchó todo lo dignamente que pudo. 

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