La orgullosa mano de hierro de Irina Víner

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Over the Limit (2017). Imagen: Parallel 40 – Planeta Med.

La cineasta polaca Marta Prus fue gimnasta de los cinco a los once años. Después hizo ballet y más tarde estudió danza contemporánea. Intentó entrar en una escuela de danza, pero no lo consiguió. Hizo tres pruebas y falló en las tres. Se dedicó entonces al cine y sus primeros trabajos ya estuvieron dedicados a su gran pasión, la gimnasia rítmica. Tras dos cortometrajes se decidió a abordar un largo con el que pretendía mostrar la realidad política rusa a través de su gimnasia. Pronto desistió de sus ambiciones políticas y vio que era mejor centrarse en las protagonistas del deporte por el bien de ambas, de la película y de las gimnastas. El  resultado ha sido uno de los mejores documentales de 2018: Over the Limit (disponible en Filmin).

El proyecto se inició a las bravas. En 2013, ella y su cámara Adam Suzin se fueron a Moscú a ver si lograban conocer a alguna gimnasta para sus propósitos. No tenían ni entradas ni pases de prensa, pero se colaron en un pabellón deportivo por la puerta de atrás y pudieron asistir a unas pruebas. Según explicó en Culture, un medio polaco, aquello parecía un cuartel: «Cuando vi a Irina Viner con un abrigo de piel y un sombrero, inmediatamente pensé que era un personaje de película. Todas a su alrededor estaban de pie prestándole atención. Caminaba entre ellas como un general del ejército».

Irina Viner, natural de Uzbekistán, ha sido la responsable de los éxitos de la gimnasia rusa del siglo XXI, la mejor del mundo. El secreto de su escuela es la humildad. El trabajo colectivo y no permitir que a ninguna integrante del equipo se le suba el éxito a la cabeza. En sus declaraciones a la prensa ha explicado que si una atleta se encierra en su grandeza eso es malo para todas las demás, incluida ella misma.

Es una filosofía que tiene su origen en el deporte soviético. En el periodo revolucionario y los primeros años de la URSS los bolcheviques rechazaban el deporte burgués. Despreciaban el chovinismo de competir por tu país, odiaban los récords y entendían que el ejercicio físico tenía que estar más orientado a la salud. Estas corrientes, que llegaron a desarrollar algunos proyectos, desaparecieron cuando Stalin decidió competir con los países burgueses en todos los ámbitos posibles, deporte incluido. Desde entonces, pese a que hubo deportistas asombrosos, la prensa y los órganos de propaganda describían sus triunfos como éxitos de todo el pueblo soviético y rechazaban de algún modo la gloria individual.

En esa línea sigue esta mujer presumiendo incluso de su poder y su mano dura. Su lema es famoso: «Mi relación con las chicas jóvenes es de amo-esclavo hasta los catorce, luego se parece a general-soldado a partir de los dieciséis, después de eso somos una asociación». En un sentido más positivo, es una de las grandes defensoras de que los hombres puedan competir en gimnasia, lo mismo que hay mujeres que boxean, al menos eso opinó en 2015.

Pero al margen de esta parafernalia, Viner también es famosa por ser la mujer de Alisher Usmanov, uno de los magnates rusos más poderosos. Un musulmán uzbeco que se casó con ella aunque fuese de origen judío. Este hombre, según Forbes, atesora casi veinte billones de dólares. Hizo su fortuna con la venta de materias primas e invirtiendo en telecomunicaciones y entre sus aficiones se encuentra ser presidente de la Federación Internacional de Esgrima. De hecho la pareja se conoció en un pabellón deportivo en Tashkent mientras él practicaba este deporte. Hasta este verano también fue uno de los mayores accionistas del Arsenal.

La vocación de Viner era el ballet, pero se tuvo que conformar con la gimnasia. Logró ser campeona de Uzbekistán y tras su retiro se convirtió en entrenadora. Tras conseguir que Venera Zaripova fuese campeona soviética, fue nombrada entrenadora nacional rusa en 1992 y presidenta de la federación en 2008.

Actualmente lo controla todo. Además es amiga íntima de Putin. Ella fue quien le presentó a su actual novia (se divorció en 2013 de Lyudmila, con la que llevaba casado desde 1981) la exgimnasta Alina Kabaeva, nacida también en Uzbekistán, campeona olímpica, nueve veces campeona del mundo, quince de Europa y diputada nacional entre 2007 y 2014.

Viner es una leyenda por los logros deportivos de sus pupilas, también por las broncas que les ha echado en público y han podido captar las cámaras, pero sobre todo por sus looks. Viste joyas y sombreros extravagantes. Es todo un personaje. Si el documental de Marta Prus ha logrado algo impresionante es mostrarla en la distancia corta mientras trabaja. Una personalidad tan exuberante que en una película de ficción habría resultado inverosímil.

Hasta entonces, la responsable de uno de los deportes estrella rusos, con los réditos en propaganda y prestigio que aporta a la nación, no era precisamente accesible. Prus, cuando logró colarse en el pabellón, se acercó a ella a ver si rascaba algo, pero Viner se negó a hablar nada ni ser filmada. Sin embargo la excusa que puso, que se tenían que ir de concentración, Prus se la tomó como una invitación. Un mes después se presentó en el centro alto rendimiento de Novogorsk. Al llegar se encontró con la instalación custodiada por fuerzas de seguridad. La cineasta le dijo a los soldados que tenía una cita con Irina Viner, aunque fuese mentira. Fue la última vez en la que logró entrar en un recinto sin acreditación.

En el lugar había decenas de atletas entrenando, con todo rodeado de cámaras, e Irina Viner estaba situada en el centro del lugar, controlándolo todo, dando órdenes e instrucciones con un micrófono. Solo había cambiado con respecto a los tiempos soviéticos, recuerda Prus, que estos atletas ya no estaban ahí por la patria, vestían Gucci y tenían cochazos aparcados fuera. En Rusia son celebrities absolutas.

Allí intentó convencer de nuevo a Viner de que tenía que rodar un documental sobre cómo gestionaba todo aquello, pero la volvieron a mandar a paseo. Una encargada de seguridad, llorando porque se le había colado e Irina se había enfadado con ella, le imploró que saliera de allí. Tuvo que marcharse otra vez con las manos vacías.

Así siguió durante toda la temporada, yendo a los campeonatos y grabando ejercicios. Se limitaba a acercarse a Irina y saludarla para que no se olvidara de ella. Finalmente, cuando consiguió coproductores de varios países, la entrenadora, seducida por la envergadura internacional del proyecto, aceptó a condición de poder expulsarla si algún día le estorbaba. Iba a empezar a rodar un documental que podía suspenderse en cualquier momento. El siguiente esfuerzo fue convencer a Rita Mamun para que fuera la protagonista. Tras dudarlo unos días, finalmente le envió un mensaje accediendo.

El documental, estrenado a finales del año pasado, no defraudó. La prensa destacó las mismas frases de Irina. «Hay que entrenarla como a un perro». «Lo has hecho de pena, te han dado los puntos por tener los ojos bonitos». «Si no puede competir, a la mierda, que se vaya». No obstante, la que dio más titulares no fue la supervillana, sino la buena de la película, Amina Zaripova, la segunda entrenadora que ejercía de poli buena, la que lleva su día a día. Las imágenes más graciosas del documental son cuando Amina besa a Rita y Vider se lo reprocha, le dice que con un beso basta, que le ha dado varios, que ya la besuqueará más después de los juegos. Puro bilardismo, del que tanto se quejaban los futbolistas, pero en gimnasia rítmica. Un deporte de niñas.

Zaripova también empezó con el ballet hasta que fue reclutada por Vider y pronto se puso a la cabeza del equipo ruso. En 1993, la gimnasta Oksana Kóstina falleció en un accidente de coche tras colisionar su novio, el también atleta Eduard Zenovka, el vehículo en el que viajaban ambos contra un camión mientras conducía en estado de embriaguez. Su muerte convirtió a Zaripova en la líder del equipo ruso. Logró medallas en campeonatos del mundo, pero no en los juegos de Atlanta. Fue operada a finales de 1996 de un desgarro en el tendón de Aquiles, lo que le permitió competir con éxito hasta 1998, año en el que pasó a ser entrenadora.

De todas sus pupilas, su relación con Mamun ha sido destacada por los medios especializados. Pasaban más tiempo juntas que con sus familias, parejas e hijos. Mamun se refería a ella como «mamá», Zaripova no lo veía exagerado: «Viví su infancia, su pubertad, su primer amor y sus primeros sufrimientos, fuimos y somos un equipo porque todo lo que atravesamos juntas solo nosotras, nadie absolutamente, nadie más lo sabe». 

Pero suya es la frase más brutal en Over the Lmit, decíamos. Cuando Mamun se queja del dolor de una lesión, Zaripova le pregunta si está enfadada. La gimnasta responde que sí porque es un ser humano. Y su entrenadora contesta: «No eres un ser humano, eres una atleta». Sobre las lesiones, sigue más adelante: «No hay ningún deportista de elite que esté sano».

Sus broncas no desmerecen a las de Vider. Le echa la culpa del fracaso colectivo: «Nos pones en una situación difícil, la culpa recae sobre todos». La llaman tonta, le dice que se vaya a la mierda: «Has fallado por estar pensando en otra cosa, no eres capaz de admitirlo y luego te burlas de todos poniendo esos ojitos de niña buena».

Hay una escena muy curiosa, es una conversación de Mamun con su compatriota Yana Kudryavtseva, la medallista más joven de la historia. Kudryavtseva se queja de que cuando las cosas van bien todo está genial con ella, cuando van mal, la llaman fracasada; si todo va bien, está delgada, si se equivoca, la llaman gorda.

Aunque la parte más dramática es la del padre de Mamun. El hombre se está muriendo de cáncer mientras su hija se entrena para los Juegos Olímpicos. No puede verle, pero Vider no duda en utilizar esa situación para motivarla. Le dice que al final del ejercicio se acuerde de él, que haga como que reza por él. Sin escrúpulos.

En Río, Kudryavtserva cometió un error con las mazas y el oro fue para su compañera. Mamun se convierte al final del documental, después de tanto sufrimiento, en  campeona olímpica. Sin alegría. Su padre murió dos días después y ella decidió dejar la gimnasia unas semanas más tarde.

Cuando Vider vio la película por primera vez, en su casa de Tel Aviv, se enfadó. Interrumpió la proyección, pero no le molestó el retrato de sargento de hierro que se hacía de ella en el día a día, sino que aparecía diciendo la palabra «mierda». Se lo decía a una gimnasta. Abroncó a la cineasta, sospechó que su intención era provocar un escándalo. Exigió que se censuraran todas las palabrotas que salían de su boca. Sin embargo, no apagó la tele. Siguió viendo la cinta y poco a poco empezó a gustarle. Al final, se emocionó. Ya le daban igual hasta los tacos. El proceso de gestación de una campeona, la muestra de su sufrimiento diario, la lucha agónica destrozándose el cuerpo hasta el oro, le encantó. Pidió que se proyectara en el Festival de Cine de Moscú.

El prestigio de esa mano dura es un asunto viejo. En países como Rumanía los excesos de los entrenadores de gimnasia han acabado en polémica nacional. Las revelaciones de Iulia Moldovan, por ejemplo, son la prueba. Así como la muerte de Adriana Giurca a manos de su entrenador, Florin Gheorghe, que le dio una patada mortal en la cabeza por cometer una fallo en un ejercicio. Incluso en Estados Unidos han surgido escándalos gravísimos como cuando al infausto entrenador Al Fong se le murió Christy Henrich después de un fallo multiorgánico derivado de la anorexia que padecía por las estrictas dietas a las que fue sometida.

Marta Prus no estaba pensando en Aronofsky cuando desarrolló su idea. Tan solo se acordó del profesor de batería de Whiplash cuando acabó de montar toda la película. Pero no hay duda de que sentirse como uno más de los protagonistas de estas películas es lo que fascinó a Vider. «Un maestro cruel pero efectivo», dijo la propia Prus, para después despedirse de su creación para siempre. Considera que una vez acabada una cinta, el autor ya no pinta nada: «Para mí el estreno de una película es un funeral, cuando se estrena, la película se marcha dejándome atrás, tendrá una vida separada de la mía, como directora he hecho todo lo que podía hacer y ahora tengo que seguir adelante».

Mientras la película iba de estreno en estreno, Prus hizo notar que la protagonista de Over the Limit, aunque era una celebrity, tenía un casoplón y conducía un BMW que le había regalado Putin, nunca mostraba felicidad por lo que estaba consiguiendo. Eso es lo que quiso captar, su mundo íntimo, reflejado a base de silencios y miradas entre broncas y caricias mientras se le resquebrajan las extremidades por la patria.

 

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