
La cineasta polaca Marta Prus fue gimnasta de los cinco a los once años. Después hizo ballet y más tarde estudió danza contemporánea. Intentó entrar en una escuela de danza, pero no lo consiguió. Hizo tres pruebas y falló en las tres. Se dedicó entonces al cine y sus primeros trabajos ya estuvieron dedicados a su gran pasión, la gimnasia rítmica. Tras dos cortometrajes se decidió a abordar un largo con el que pretendía mostrar la realidad política rusa a través de su gimnasia. Pronto desistió de sus ambiciones políticas y vio que era mejor centrarse en las protagonistas del deporte por el bien de ambas, de la película y de las gimnastas. El resultado ha sido uno de los mejores documentales de 2018: Over the Limit (disponible en Filmin).
El proyecto se inició a las bravas. En 2013, ella y su cámara Adam Suzin se fueron a Moscú a ver si lograban conocer a alguna gimnasta para sus propósitos. No tenían ni entradas ni pases de prensa, pero se colaron en un pabellón deportivo por la puerta de atrás y pudieron asistir a unas pruebas. Según explicó en Culture, un medio polaco, aquello parecía un cuartel: «Cuando vi a Irina Viner con un abrigo de piel y un sombrero, inmediatamente pensé que era un personaje de película. Todas a su alrededor estaban de pie prestándole atención. Caminaba entre ellas como un general del ejército».
Irina Viner, natural de Uzbekistán, ha sido la responsable de los éxitos de la gimnasia rusa del siglo XXI, la mejor del mundo. El secreto de su escuela es la humildad. El trabajo colectivo y no permitir que a ninguna integrante del equipo se le suba el éxito a la cabeza. En sus declaraciones a la prensa ha explicado que si una atleta se encierra en su grandeza eso es malo para todas las demás, incluida ella misma.
Es una filosofía que tiene su origen en el deporte soviético. En el periodo revolucionario y los primeros años de la URSS los bolcheviques rechazaban el deporte burgués. Despreciaban el chovinismo de competir por tu país, odiaban los récords y entendían que el ejercicio físico tenía que estar más orientado a la salud. Estas corrientes, que llegaron a desarrollar algunos proyectos, desaparecieron cuando Stalin decidió competir con los países burgueses en todos los ámbitos posibles, deporte incluido. Desde entonces, pese a que hubo deportistas asombrosos, la prensa y los órganos de propaganda describían sus triunfos como éxitos de todo el pueblo soviético y rechazaban de algún modo la gloria individual.
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