
Apuesto que, como el común de los mortales de este siglo, vive usted en el corazón de una urbe abarrotada. Seguro que le pisan en el autobús, que hace cola en el supermercado, que comparte un piso donde no cabe un alfiler. Bien. Pues le voy a proponer un viaje. Pero no un viaje físico, sino un trip mental, espiritual, astral si prefiere llamarlo así. A lo largo y ancho de los siguientes párrafos visitaremos un lugar donde la humanidad brilla por su ausencia. Le ofrezco un billete de ida y vuelta a un desolado paraíso, un recorrido virtual por una isla perdida, llena de edificios vacíos carcomidos por el tiempo y la humedad. Podrá respirar el yodo, contemplar el mar, pasear entre unas ruinas apocalípticas, aperitivo insular de lo que tarde o temprano será el mundo entero. Se sentirá, en fin, la última persona sobre la faz de la tierra. Suena bien, ¿eh? Pues no lo piense más y véngase conmigo a Hashima, también llamada Gunkanjima, es decir, ‘la isla acorazada’, donde ya da todo igual y el tiempo no pasa en balde… Perfecto, aplaudo su decisión. Agarre ahora mi mano y no tema, que no le dejaré caer. Sentirá un poco de vértigo al principio, pero es normal. ¿Va usted a gusto? Me alegro.
Ahora sobrevolamos Europa, no nos interesa, es un continente sumido en un horrísono caos. Demasiada gente. Pasamos por Ucrania y a vista de pájaro contemplamos la bellísima ciudad fantasma de Prípiat, un lugar encantador, pero hoy no podemos detenernos en él: llevamos prisa. Un rato después, llegamos a Rusia, que nos gusta porque hay grandes extensiones de territorios vacíos, pero también aburridos: demasiada nieve. Luego aparece China, que sigue teniendo un grave problema de superpoblación y sobreproducción. Demasiado dinero. ¿Se cansa usted? No se preocupe, que ya llegamos. Eso de ahí abajo son aguas japonesas, y allí… ¡Hashima! ¿La ve? No, no es aquel pedrusco vacío. Verá, en la prefectura de Nagasaki hay quinientas cinco islas deshabitadas, la mayoría vulgares e insignificantes. Hashima es otra cosa. Ahí, más a la derecha. ¡Sí, esa! ¿A que mola? ¿Se la había imaginado más grande, dice? Pues es lo que hay. Cuatrocientos ochenta metros de largo por ciento cincuenta de ancho. No mucho más extensa que un campo de fútbol. Ahora agárrese fuerte, que iniciamos el descenso.
Mitsubishi mon amour
¿Cómo? ¿Que le suena este lugar? No es descabellado. Tal vez lo haya visto en la tele, en el cine, en internet. Aquí se rodó en 2012 parte de la película Skyfall. Sí, la de 007. ¿No recuerda? Es la isla en la que vive Raoul Silva, el personaje interpretado por Javier Bardem que organiza atentados para desacreditar a los servicios secretos británicos. También se usó como escenario de distintos filmes japoneses, como Air Gear o Battle Royale II: Réquiem. Y de la maravillosa serie documental La Tierra sin humanos (Life after people), una fantasía científica que proyecta un futuro en el que nuestra especie ha desaparecido de la faz del planeta. ¿No la ha visto? Pues si es usted tan misántropo, debería; es una serie que siempre me trae a la cabeza aquel escolio de Nicolás Gómez Dávila. ¿Cómo era? Ah, sí: «Ninguna ciudad revela su belleza mientras su torrente diurno la recorre. La ausencia del hombre es la condición última de la perfección de toda cosa».
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Hacía mucho que no experimentaba tanto desasosiego como al leer este relato; incluso creo haber notado picores y conatos de asfixia mientras pensaba que si hay un infierno, debe de ser muy parecido a «esto». A esto pero con cinco mil personas dentro, claro, porque si vacío da grima, no queramos ni pensar lo que fue lleno a rebosar. Y yo me pregunto, si se hubiese descubierto carbón en el siglo 19, por ejemplo en las islas Medas en Gerona, ¿se habría hecho lo mismo por parte del gobierno o hay que ser japonés para llevar a cabo estas cosas?