Días felices en coros y danzas

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La chinoise, 1967. Fotografía: Anouchka Films / Les Productions de la Guéville / Athos Films / Parc Films / Simar Films.

Este texto forma parte de Cada mesa, un Vietnam, un volumen sobre el oficio del periodismo editado por Enric González para Jot Down Books. 

Por delante los errores, tantos. De hecho, a partir de aquí ya puede no leerse este texto y pasarse al siguiente: ¿quién se va a fiar de las opiniones de alguien que ha metido tan grandiosamente la pata, que ha valorado tan mal? Advertidos quedan.

«Tengo una escritora novel en la editorial, por si quieres venirte y comemos». La que llamaba era la editora de, entonces, Emecé, luego Salamandra, Sigrid Kraus. «Te gustará, ha escrito unas novelas muy bonitas sobre un niño que acude a un colegio de magos». Pues no tengo trabajo yo para perder el tiempo con un ama de casa inglesa que escribe cuentos de magia infantiles como manera de pasar el rato. Ella era, claro, J. K. Rowling. Hoy en día una entrevista con la autora de Harry Potter, que no las concede, es un sueño para cualquier medio. Otra llamada, unos años después. El dramaturgo José Sanchis Sinisterra: «Está conmigo en Barcelona Harold Pinter, ¿te vienes a tomar un café con él? La buena conversación está garantizada». Me viene mal, Pepe, otra vez será.

Pinter ganaba ese mismo año el Nobel, y luego moría. ¡Qué artículo habría yo hecho!: «Último café con el Nobel», o así. Una vez Fellini y Giulietta Masina me propusieron ir a tomar una copa con ellos tras una rueda de prensa en la que yo me había mostrado insólitamente perspicaz (señalando la influencia de Jung en las películas del maestro): no fui, ¡tenía que cerrar el diario! También tuve la oportunidad, aunque esto en parte entra ya en la crónica de lo personal, de salir de paseo por Barcelona con la actriz Valérie Kaprisky, en su momento de mayor sazón, no solo artística; pero me corté.

Quizá de todo es lo que más lamento.

Podría seguir indefinidamente, y no sería una mala pieza la suma de las equivocaciones garrafales y fallos de juicio a lo largo de más de treinta años de carrera. Tiene mucho de ejemplar. Cómo no se debe proceder. Entrevistas e historias no hechas o desaprovechadas, malogradas (y ya no hablo de los malos titulares, los textos inanes o manidos). La vez que estuve a solas con Richard Gere, el mano a mano con Karl Popper, la ocasión de susurrarle en la oreja a Raquel Welch (y luego contarlo). ¡Debí hacerlo mejor! Y arropar a Sylvia Kristel, madura Emmanuelle, en aquella rueda de prensa lamentable cuando otros medios la desnudaron literalmente.

Pero voy a intentar ser positivo. También he hecho algunas cosas bien.

Aproveché mucho, por ejemplo, la entrevista, en su castillo, con el hombre que ayudó a ponerle una bomba a Hitler: lo mejor no fue lo del atentado, sino la forma en que me explicó cómo Hitler comía, sus malos modales de mesa. Ese asco instintivo, de clase, del viejo oficial aristócrata por el advenedizo cabo proletario. Otras veces me ha favorecido la fortuna: a ver si no es eso pasarte por El Alamein y coincidir por casualidad con una jornada de reconstrucción histórica y encontrarte el lugar lleno de figurantes disfrazados de combatientes del Afrika Korps, italianos o aliados. O estar tan presente durante la exhumación del piloto estrellado en el Prat en un Messerschmitt BF-109 que yo mismo desenterré el calcetín con el pie dentro. O llegar a Luxor para una cosa y que descubran una tumba casi a tus pies.

Volviendo al hombre de la banda de la bomba (es fácil ver aquí la influencia que he tenido del nuevo periodismo) o a ese matarife de periodistas poco preparados que era Popper: he conocido personalmente —y les he entrevistado— a gente que no debería haber perdido ni un minuto en compañía de alguien como yo. Es una de las ventajas del periodismo. Te da acceso a gente realmente grande. Luego hay que sacarles partido, jugo, claro. E incluso sobrevivir: la grandeza de algunos individuos de la cultura y su falta de caridad cristiana con la estulticia pueden ser terribles. Pina Bausch me abroncó una vez por buscarle las cosquillas, y lo hizo también el enorme Peter Brook. Un día quiso la suerte en cambio que me tocara entrevistar con apenas horas de diferencia a dos de mis escritores favoritos, J. G. Ballard y Michel Tournier: una verdadera sobredosis de felicidad, porque ambos resultaron magistrales como creadores y como personas; y luego tuve que escribirlo. ¿Por cuál empezaba?

¿Quién me ha impresionado más? ¿Wilfred Thesiger, el explorador que cruzó el peor desierto de Arabia en camello y vestido de beduino? ¿Paddy Leigh Fermor, ese escritor tan conmovedor de libros de viajes que durante la II Guerra Mundial secuestró a punta de pistola y disfrazado de soldado alemán al comandante nazi de Creta? ¿El superviviente del avión de los Andes frente al que me comí un filete? ¿Angelina Jolie?

Posiblemente Jan Morris, también escritora de viajes como Thesiger y Paddy pero que, con sus arrolladoras personalidad e inteligencia, acabó con muchos de mis prejuicios un día en su casa de Gales. Morris es transexual, lo que de manera políticamente correcta se denomina una persona con reasignación de género. Fue oficial de lanceros de la Reina, miembro, como periodista oficial, de la expedición que conquistó por primera vez el Everest, corresponsal e historiador de mérito; pero no se encontraba a gusto en su cuerpo de hombre y cortó por lo sano (¡!) en uno de los primeros viajes quirúrgicos a Casablanca. Sin embargo, continuó viviendo con su mujer (sigue haciéndolo). Una historia maravillosa de humanidad y amor. Sintetizada por la imagen de dos camisones sobre la cama de matrimonio, una novela romántica y un libro de guerra encima de las almohadas. A veces tiemblas cuando tienes historias así. Que parecen contarse solas.

Afrontar una buena historia es de los grandes retos de esta profesión. El terreno donde las posibilidades de meter la pata y no estar a la altura se multiplican. Lo primero que tienes que vencer en esas circunstancias es tu propia insignificancia.

El periodismo cultural ha sido considerado mucho tiempo como un género menor. La maría —así llamábamos a las asignaturas blandas— de las secciones de los diarios y los demás medios. Es célebre el aserto de que más vale media columna en Internacional que una página en Cultura. Qué cosa. En la redacción de El País en Barcelona compartíamos espacio en una planta subterránea (ofertas) con Deportes. Ramon Besa, jefe de esa sección, decía que éramos «coros y danzas». En Cultura, por cierto, con el añorado Agustí Fancelli, solíamos empezar el día al grito al unísono de «¡Good morning, Vietnam!» —y valga la cita visto el título de este libro—. A menudo cuando en las reuniones llega el turno de explicar los temas de cultura, los presentes miran conspicuamente sus relojes y móviles. Solemos servir de relleno en las portadas o de anécdota. Como si el diario quisiera proclamar por un día: mirad qué sensibles somos.

Pero, antes de reflexionar sobre cómo se hace esto del periodismo cultural, ahí va una profesión de fe: no quisiera estar en ninguna otra sección —de hecho, lo he evitado cuidadosamente durante treinta años—. No debería decirlo tan abiertamente —siempre es peligroso en este mundo del periodismo declararse satisfecho y, sí, feliz—, pero pienso que me ha tocado la lotería. Es como disfrutar de una beca. Cualquier tema cultural te enriquece como persona, indiscutiblemente. A veces me pregunto qué han sacado como bagaje personal compañeros de otras secciones —i. e. política—, qué les ha enriquecido de sus vidas profesionales. En cultura aumentas exponencialmente tus conocimientos y creces intelectualmente cada día (por poco que no seas un inútil o un vago, que también los hay). Son conocimientos objetivamente contables, aunque habrá quien me diga que lo son asimismo el índice Nikkei, los nombres de los asesores de Trump o la alineación del Borussia. Es cierto, es una tautología (y una tontería) pensar que el periodismo cultural te hace más culto. Como aquello de Woody Allen de que el ajedrez es un juego que desarrolla extraordinariamente la inteligencia, para jugar al ajedrez.  

Pero ¿no es un goce que te paguen por aprender de historia, literatura, arte, por leer, por ir al cine, al teatro o a ver exposiciones, o por conversar con gente tan interesante? Lo dicho, a bien que se piense, una bicoca. Y además no has de llevar corbata y puedes vestir la mayor parte del tiempo como un miembro de La Fura dels Baus.

Pero, bueno, ese goce del que hablo hay que ordenarlo, darle una forma de manera que pueda ser comunicado a otros y resulte inteligible. Hay que contar la cosa. No basta con disfrutar —aunque es una condición yo diría sine qua non en el periodismo cultural, probablemente como en el deportivo—: hay que currárselo luego, a veces con una inmediatez que corta el goce como cortan la digestión las prisas.

Un primer asunto es cómo conseguir la información cultural. Recuerdo que cuando empecé a trabajar en El País, que fue mi primer empleo periodístico (y hasta el momento el único), me atormentaba no saber cómo llegaban las noticias. Era como desconocer de dónde venían los niños. Así de verde estaba yo después de cinco años de estudiar Periodismo en la Universidad Autónoma de Barcelona —con un receso de un año a cuenta del Ministerio de Defensa, un tiempo que me cuesta calificar de bien aprovechado dado que me obligaron a dar un golpe de Estado—. Aquí he de brindar una buena noticia: no que fracasara el golpe de Tejero, que es cosa sabida (y que yo sobreviviera), sino que el material de cultura, a diferencia de en otras secciones, llega solo. Por supuesto, hay excepciones: la cultura también tiene sus líos, sus secretos y sus scoops. Y hay que salir a buscar. Pero existe un torrente de información principal en la que lo único que tienes que hacer es sentarte a pescar.

Y es que en el mundo de la cultura todo el mundo quiere que le hagas algo. Es como si ofrecieras sexo gratis. El autor quiere que leas su libro, el bailarín, que hables de su coreografía, el artista, que anuncies su exposición, el director de cine y el de teatro, y los actores, que les hagas caso. En esa tesitura en la que todo quisque te persigue, resulta fundamental escoger. Y ahí es donde a menudo vas y te equivocas.

¿Por qué hablas de un espectáculo, un libro, una exposición, y no de otro? En parte es un ejercicio lógico: eliges lo que parece más importante, relevante, popular. Se puede seguir la tendencia general: si todo el mundo habla de ello será importante, digo yo. Pero el olfato, un pelín de ganas de llevar la contraria y cultivar un gusto son fundamentales para no acabar haciendo una información cultural estandarizada.

Y, ¿dónde está el secreto para hacer eso? La formación continuada. El periodista cultural es un tipo que no libra nunca, no está jamás de vacaciones —es la otra cara de estar siempre disfrutando—. Cualquier cosa que hagas en tu ocio forma parte de tu trabajo. En estos tiempos en que la gastronomía y la moda han entrado en nuestras páginas, todavía más. Es que trabajas hasta cuando te comes un bistec. Si ves una serie o una película (aunque sea porno), lees un libro, visitas una exposición, asistes a una representación o concierto, incluso si llevas a tus hijos o a un sobrinito a los títeres o los payasos, estás trabajando. Y debes estarlo: no puedes perder comba.

No existen los periodistas culturales sin libros. Leer —y cuanto más, mejor— es una de las felices obligaciones del asunto. Sin los libros no hay nada. Añádanse las películas, las obras de teatro, los conciertos. Pero sobre todo los libros. La lectura marca la diferencia.

Hay que tener una cultura generalista lo más amplia posible —y que no pare de crecer—, pero dentro de eso es esencial cultivar gustos propios. Un consejo al aspirante a periodista cultural: aférrate a lo que amas, a lo que te apasiona. Saca petróleo de ahí. Sea lo que sea; el cómic, la música clásica, la historia medieval, Egipto, los clásicos, la novela policiaca, los videojuegos, el mimo o la ciencia ficción.

Saber todo lo posible y ambicionar saber más. La curiosidad es indispensable. Lo es en toda clase de periodismo, por supuesto, y en la vida en general, pero en el cultural adquiere dimensiones que rozan la extravagancia. Tu campo es todo el conjunto del saber humano y su arte. Es difícil, si no imposible, separar el periodismo cultural del científico: ¿dónde está el corte en terrenos y materias como la arqueología, la antropología, la paleontología? ¿Se puede ignorar la historia de la ciencia en el ámbito de la cultura?

Y llegamos al meollo. ¿Cómo trasladar toda esa suma de conocimiento desde su producción hasta el lector al que nos dirigimos? Hacer periodismo es tomar decisiones. Adoptar una perspectiva. Seleccionar el material. Escoger las palabras. No creo en la objetividad en el periodismo cultural. En la mayoría de los casos no solo no es necesaria, sino que resulta perjudicial. La transmisión de contenidos culturales solo puede hacerse bien desde el entusiasmo, la pasión. ¿Cómo se es objetivo con un libro?, ¿diciendo cuántas páginas tiene? En el momento en que explicas de qué trata ya estás aportando indefectiblemente una carga de subjetividad (incluso aunque copies la contraportada, porque ese proceso ya lo ha hecho el que la escribió). Es lo mismo en una exposición o espectáculo. No hay que tener miedo a dar opiniones en el periodismo de cultura. Estás buscando comunicar algo cuya esencia es la emotividad. Pues a la piscina.

Hay que ser claros, claro. Escribes —si lo haces en un medio generalista— tanto para el especialista como para el profano. ¿Cómo se sale de eso en dos folios y medio?

Deglutiendo bien, procesando, siendo generoso con el tema o el sujeto y a la vez con el lector. Investigando lo que no sabes, contextualizando, aprendiendo a la vez que explicas. Ordenando el material de forma que el lector no escape. Me gusta emplear la metáfora del pajarillo que utiliza el maestro de esgrima de Scaramouche sobre la forma de empuñar la espada: sujétalo de forma que no vuele y escape pero que tampoco lo estrangules. Ofrécele a tu lector las cosas bien sintetizadas, facilítaselas, pero nunca lo subestimes. Es un pecado que tiende a no perdonar.

Dos elementos me parecen indispensables, cuando se puede. El sentido del humor, bien dosificado y siempre fino. Tiende puentes maravillosos con el lector. Se agradece mucho la autoironía. Esa manera de ponerte en tu sitio que impide que lo tenga que hacer el otro. También tengo comprobado que se aprecia la paradoja. Y guiar al lector por los mismos caminos de curiosidad que has recorrido tú.

Ya he dicho antes que la emoción es indispensable en la cultura. Y en el periodismo cultural. Hay que aprovechar los elementos emotivos que ofrece el material, pero también podemos añadirlos nosotros. Basta con tener el sentido de la sensibilidad (¡y válgame Jane Austen!) abierto. Si algo te provoca una sensación profunda, aprovéchalo. Pero cuidado con lo fácil, el lector también odia la sensiblería. Dale en cambio en tu texto un par de momentos capaces de erizarle el vello, de emocionarle, y considerará que leerte ha valido la pena. Persigue la belleza y el asombro en todo lo que escribas, aunque sea menor, y aunque sea solo un poquito.  

Y llegamos a la escritura. Nada de eso puede hacerse sin escribir bien, que no es un don sino un aprendizaje. Algo que, de nuevo, radica esencialmente en la lectura. No hay atajos. Cada día debes tratar de hacerlo mejor. Dominar lo que es —con la curiosidad— la base de tu oficio. No hay atajos, digo, pero sí un par de secretos, o consejos. Lee mucha poesía. Ayuda, además de a cultivar la sensibilidad, a descubrir nuevos valores de las palabras, a aventurarte en caminos de expresión distintos, que sorprenderán al lector como te sorprendieron a ti. Y no dejes nunca de aumentar tu conocimiento de la lengua. Ten el diccionario de la RAE a mano y no ceses jamás de recorrerlo, de arriba abajo, como un explorador en busca de regiones nuevas.

Luego está la práctica del oficio. Por supuesto, cuida la repetición de palabras. Nada estropea tanto un texto, salvo las faltas de ortografía. Busca la excelencia cada vez, en todas las formas y distancias que cultives. Como dijo ese maestro que es Andreu Missé, «lo bueno es enemigo de lo mejor». Vigila los titulares que son la vía de acceso a tu texto: no los retuerzas para conseguir un efecto, pero no los sueltes hasta que te cautiven a ti mismo. Recuerda no marcharte de una entrevista jamás sin saber qué frase vas a poner de titular. Ni entregar o poner en página un reportaje sin estar convencido del suyo.

El periodismo cultural permite ser muy creativo con los titulares. Para mí fue definitiva la lección de libertad que me enseñó Santiago Segurola el tiempo que se ocupó de Cultura, cuando un reportaje sobre la historia del Cutty Sark podía titularse «La bruja de los vientos exóticos». He puesto algunos de los que no me arrepiento, aunque no mis favoritos: «Las inundaciones arrastran cocodrilos devoradores de hombres a las calles de Sidney», «Marine recibe medalla por arrojarse sobre una granada» y «El hombre de hielo murió de frío».

Pero quedan infinitas historias que contar y ya daremos con alguna que valga mucho la pena.

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2 comentarios

  1. Antonio

    Sr. Antón, enhorabuena por escribir un texto tan nítido, enhorabuena por hacernos con él partícipes a los lectores de su experiencia en el «mundillo» a lo largo de 30 años. Del contenido del artículo poco se puede añadir (es una joya), pero la forma en que lo ha escrito me parece sublime. Su prosa logra dejar en un segundo plano al autor, su manera de escribir consigue realzar el asunto tratado de un modo lúcido. Además, tiene Vd. razón al señalar el desprecio que la sociedad muestra para con la gente sensible, pero quedan algunos reductos, como por ejemplo esta revista, donde los lectores podemos disfrutar sentencias tan elegantemente escritas como algunas de las suyas en Días felices en coros y danzas: «Pero el olfato, un pelín de ganas de llevar la contraria y cultivar un gusto son fundamentales para no acabar haciendo una información cultural estandarizada.» Por una serie de razones que ahora no vienen a cuento, yo no compré el libro «Cada mesa un Vietnam», sin embargo, al leer lo que ha escrito Vd. no tardaré en tenerlo en mi pequeña biblioteca.

  2. Atticus

    Jacinto Antón está fascinado por los aventureros, militares y exploradores, preferiblemente británicos. Denota pasión cuando escribe, aunque abusa de las referencias personales y de los interludios presuntamente graciosos. Resulta muy ameno leerle. Les aconsejo que lo hagan.

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