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Estuve en el Pentágono y me acordé de ti

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El Pentágono en noviembre de 2001, poco después de los atentados del 11S. Fotografía: Getty.

El Pentágono se hizo para caminar. Como si la paz o la guerra se decidieran dando un paso menos o un paso más. El Pentágono es un edificio peripatético. Casi infinito. El Aleph de la seguridad. Más de veintiocho kilómetros de laberinto trazado por la mente de un estratega de la construcción. El milagro de su arquitectura parece inspirado por el de la ubicuidad. Dicen que basta con diez minutos para llegar desde cualquier punto a otro a pesar de sus seiscientos mil metros cuadrados. Y los pentagonitas lo recorren como hormigas bien entrenadas. Andan sin pausa por sus cinco pasillos concéntricos. Por los corredores que comunican un anillo con el siguiente. Por un espacio minuciosamente definido con un sistema de letras y números que forman un código con el que se puede localizar cualquiera de los cientos de cubículos.

El Pentágono es el sueño de un diseñador de puzles para niños superdotados. Poliédrico. Perfecto. Estratificado en su propia concepción. Cinco plantas en superficie y dos en el subsuelo. Un doble sótano sin mapas en el que se presuponen enterrados los pensamientos impuros de los tenientes generales. Y, en el corazón del edificio, un inocente patio central con árboles y caminitos simétricos. Solo allí la gente se para. Buscan la cobertura negada por el armazón de cemento del resto de la estructura y se detienen con sus teléfonos para hablar.

Los cinco anillos concéntricos que definen la colmena son un microcosmos de lo que puede ofrecer la vida civil. Cafeterías. Floristerías. El inevitable Starbucks. Un tinte. Una tienda de ropa con los maniquíes corriendo como si fueran versiones congeladas de Jason Bourne. Huyen con impersonales camisas azules de agente encubierto. Tienen las telas cierta reminiscencia de la guerra fría, de poliéster resignado y pobretón. Faldas de hechuras acorazadas por debajo de la rodilla. Camisetas con la silueta del edificio y el lema «estuve en el Pentágono y me acordé de ti». A la vuelta, una tienda de caramelos. Allá, una de revistas. Y cada pocos metros, un baño. Más de los necesarios porque cuando se levantó el edificio regían las leyes de segregación. Llegaría Roosevelt para poner fin a las divisiones. Cuando visitó por primera vez el Pentágono le llamó la atención tanto lavabo. Ordenó acabar con el «Whites only» y la fortaleza se convirtió en el único lugar de Virginia donde los blancos y los negros podían bajarse juntos la bragueta y compartir humanidad.

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Un comentario

  1. Tiene una planta arquitectónica hermosa, especialmente por el detalle de la vegetación en el centro. Si la humanidad se extinguiese y miles de años después llegaran alienígenos para investigar una civilización perdida, no acertarían jamás a relacionarlo con lo peor de los hombres: la pasión por las guerras, evidente en su antiquísima conformación castrense: una primera muralla (oficinas), luego una fosa (los pasillos), una segunda muralla, otra fosa, etc. etc. Gracias por la divulgación.

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