Monstruos

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Pulpo, detalle de un mosaico romano procedente de Pompeya. Fotografía: Marie-Lan Nguyen / Naples National Archaeological Museum (CC0).

En 20 000 leguas, el profesor Aronnax y su sirviente, un arponero canadiense llamado Ned Land, se embarcan en una expedición «científica» cuyo propósito es capturar un monstruo marino (algunos dicen un narval) capaz de volcar un transatlántico. Durante su único pulso contra el cetáceo, los protagonistas salen despedidos y acaban en la grupa del fantástico animal, que no es cartilaginoso sino «liso, bruñido, sin imbricaciones» y «parecía estar hecho, qué digo, estaba hecho con planchas atornilladas». El barco desaparece en la bruma y el cachalote se los traga como a Jonás, revelando una batcueva victoriana y al atractivo ingeniero y capitán Nemo. Tras una serie de aventuras exóticas que incluyen una visita a la Atlántida, la falsa ballena se encuentra a su verdadera némesis en las costas noruegas: el kraken.

De todas las imágenes que dejaron los ilustradores de Verne, ninguna es tan impactante y pegajosa como la de un octópodo gigante abrazando un submarino. Muchas criaturas sobrenaturales han representado la tensión entre la tecnología y la naturaleza que aspira a dominar: la esfinge guarda las pirámides y solo puede ser derrotada resolviendo un acertijo; el minotauro está atrapado en el laberinto de Dédalo, una construcción intelectual que solo el ingenio humano —o la astucia femenina— es capaz de superar. Pero estas son criaturas paradójicas que solo producen fascinación estética, mientras que el kraken de Verne —como el negro King Kong abrazado al Empire State Building— está bañado con la melancolía de la aristocracia última de un reino mágico que solo sabemos destruir. La luz de la razón es cegadora.

Cristal oscuro

El Palacio de Cristal, la bellísima catedral de vidrio y acero que se construyó para la Gran Exposición Universal de Londres (1851), mostró los grandes inventos, motores y autómatas de la época junto a esculturas de animales, reales y fantásticos, y un millar de flores exóticas jamás vistas en el continente, tanto plantas carnívoras como aborígenes «importadas» de las nuevas colonias, todo en nombre de la cultura, la ciencia y la educación. Fue un éxito sin precedentes —seis millones de personas vinieron a verla— y representa la cumbre y el final de la Era de la Razón. Cuatro años antes, la burbuja ferroviaria les había estallado en la nariz y la bolsa había colapsado bajo la especulación de los bancos. La ley limitó las jornadas de trabajo a diez horas diarias, pero solo para mujeres y niños de trece a dieciocho, y la población se moría de hambre, agotamiento y disentería. Como las exquisitas flores de El jardín de las torturas, las maravillas del Palacio funcionaban gracias al sufrimiento de los obreros en casa y al expolio de las poblaciones indígenas en una cuarta parte del planeta.

Nemo es el típico antihéroe romántico con temperamento byroniano. No es Ahab, cuya «grandeza heroica de nuestro largo esfuerzo por conocer el sentido de la existencia» le impide darse cuenta de que la ballena no le persigue a él, dominada por un impulso diabólico, sino más bien al revés. Nemo es hijo de un príncipe indio con el corazón lleno de odio contra la opresión del imperio, al que culpa de la muerte de su hijo y su mujer. Esto no le impide colonizar los mares con una versión sumergible del Palacio de Cristal. Curiosamente, su nombre es el sinónimo latino del griego Outis (‘Nadie’), el otro nombre de Ulises.

En la Odisea, Circe le explica a Ulises que, para volver a Ítaca, debía elegir entre dos rutas. La primera está salpicada de arrecifes mortales (los Planktai) pero, para superar la otra, debe pasar entre dos rocas, cada una de ellas custodiada por un monstruo: Escila y Caribdis. El primer monstruo vive en una gruta que atraviesa la roca de parte a parte y posee «doce patas su cuerpo y las doce deformes, y seis cuellos larguísimos con sus horribles cabezas, y sus bocas poseen tres hileras de múltiples dientes apretados y firmes y llenos de muerte muy negra».

Cada una de esas cabezas, le advierte Circe, se lleva «sendos hombres de cada navío de proa azulada». En la segunda roca, «la divina Caribdis, al pie, bebe el agua sombría, la vomita tres veces al día y la traga tres veces con un ruido espantoso». Las rocas están tan pegadas que, para alejarse de un peligro, hay que enfrentarse al otro. Caribdis es un torbellino y Escila, como descubrió Eusebio Salverte a principios del XIX, es un pulpo.

Un mal que morir no podía

Los monstruos se caracterizan por su deformidad (errores de la naturaleza) o por un exceso (de fuerza, de tamaño, de pies) que representa la energía desatada de una voluntad cósmica, demoniaca o divina. Ulises elige a Escila y sacrifica a seis hombres (uno por cabeza) para cruzar el canal, pero no la mata. Al preguntar a Circe cómo acabar con ella, esta le recrimina que solo piensa en la guerra. «¿Es que no has de ceder ni aun delante de dioses eternos? / Ella no tiene muerte; es un mal que morir no podría, / espantable y terrible, es un monstruo al que nadie domina». Nemo se defiende del abrazo cegador cortando tentáculos a hachazos y mata al monstruo, que «lanzó una columna de un líquido negruzco, secretado por una bolsa alojada en su abdomen, y nos cegó». Y ya sabemos lo que pasa cuando se mata al que no puede morir.

Antes de llegar a la costa noruega, alguien comenta en el Nautilus:

¿Sabéis lo que ha ocurrido desde que los hombres han aniquilado casi enteramente a estos útiles animales? Pues que las hierbas se han podrido y han envenenado el aire. Y ese aire envenenado ha hecho reinar la fiebre amarilla en estas magníficas comarcas. Las vegetaciones venenosas se han multiplicado bajo estos mares tórridos y el mal se ha desarrollado irresistiblemente desde la desembocadura del Río de la Plata hasta la Florida.

De ser verdad, observa el protagonista,

… este azote no es nada en comparación con el que golpeará a nuestros descendientes cuando los mares estén despoblados de focas y de ballenas. Entonces, llenos de pulpos, de medusas, de calamares, se tornarán en grandes focos de infección al haber perdido esos vastos estómagos a los que Dios había dado la misión de limpiar los mares.

El viejo marinero de Coleridge —que ha matado a un albatros sin motivo aparente— consigue romper su maldición errante cuando bendice a las criaturas viscosas («slimy things did crawl with legs / upon the slimy sea») que maldijo en un verso anterior, y hasta Ulises vuelve a casa con su mujer. Pero, como es byroniano, Nemo se va al encuentro del Moskenstraumen, el gran torbellino noruego que se lo lleva al fondo del mar.

Pocos años más tarde, un extraño joven de Providence decide «alterar su antiguo sueño sin sueños» para ver lo que pasa y, pese al resultado de sus investigaciones, la gente sigue comiendo pulpo. «Los hombres de ciencia sospechan algo sobre ese mundo, pero lo ignoran casi todo».

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2 comentarios

  1. Pravda

    Ni Ned Land era sirviente de Annorax (éste era su fiel mayordomo Conseil) ni el encuentro con el kraken (varios de hecho) fue en Noruega (allí, el Nautilus es engullido por el Mäelstrom, el remolino, mientras el professor, Land y el obviado Conseil logran escapar).

  2. Pingback: Monstruos | Jot Down Cultural Magazine – La moviola

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