La radio que mi abuela escuchó antes que nadie

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Evolución de la radio: 1. Años 30 · 2. Años 40 · 3. Años 50 · 4. Años 60 · 5 Años 70 · 6. Años 80. Ilustración: relajaelcoco.

Cuando era un crío mi abuela Montse me regaló en Navidad un pequeño transistor de radio. Era gris, con una larga antena plateada, su ruedita blanca para sintonizar y dos pilas «de las normales». Fue un disgusto, la verdad. A mi hermana le habían regalado un juguete lleno de ruidos y colores y yo me vi ahí, desamparado, con mi radio gris.

Las Navidades siguientes se repitió la escena: esta vez mi abuela me regaló un bolígrafo. Era precioso, pero yo todavía era un chaval y ver el maletín lleno de pinturas, rotuladores y acuarelas de mi hermana me volvió a afligir. Ni se me ocurría exteriorizar ese disgusto, claro. Yo perfilaba sonrisa y miraba con envidia los regalos de mi hermana tragándome el lamento.

Se ve que mi abuela se lo olía. Sin ser yo todavía capaz de comprenderlo, ella ya tenía más o menos claro hacia dónde se dirigía mi vida. Creo que fue la primera persona, mucho antes que yo mismo, en darse cuenta de que lo mío eran las historias. Apostaba ella, sobre todo, por la radio. Y por la radio empezó todo.

Tenía mi viejo una negra de enorme antena que se pegaba a la oreja cuando había jornada de Liga. Escuchaba al Butano y al resto de comentaristas de la COPE con el patrocinio de El Corte Inglés, con «Terry, tú y a por todas» y con «Seguros Finisterre y no dejes cabos sueltos». De José María García aprendí que era posible que un tipo ganase el Tour de Francia y al instante le estuviese escuchando el mismísimo rey de España: «Miguel, campeón, te escucha el rey»; descubrí que se puede intentar resolver una huelga de controladores para que el Madrid pueda jugar un partido de Copa de Europa y hasta comprobé que se puede despedir a un tipo en directo o llamar nueve veces, nueve, «tonto» a Perico Delgado por salir tarde en una crono. «No quiero hacer leña del árbol caído, pero…», empezó aquella diatriba.

Ah, sí, también tomé nota de cómo se arranca una entrevista: «Hoy vamos a hablar de unos de los peores árbitros de Primera División, un árbitro malo de solemnidad. Don Japón Sevilla, buenas noches». «Buenas noches, José María».  

Vino después un transistor con forma de coche, otro más serio, que era también despertador (el ruido que hacía por las mañanas era terrible, una mezcla de alarma soviética y grito de cuervo con anginas), y varias radios más por las que desfilaron Hablar por hablar, La rosa de los vientos, Gomaespuma, los Protagonistas de Del Olmo y su «Jardín de los Bonsáis» (cómo me reía con Tip en mi pubertad sin entender nada), Hora 25, la coruñesa Cuac FM, El larguero, La brújula, Radioestadio, La parroquia, Galicia en goles

No podía ser de otro modo: mi primer trabajo relacionado con el periodismo fue en la radio. En concreto en Radio Coruña Cadena SER, donde hice prácticas allá por el año 2002. Antes incluso, y todavía como estudiante, hacíamos un programa semanal en Radio Fene, municipio colindante con Ferrol y en cuyas ondas perpetrábamos programas sin sentido capaces de hundir la vida a quienes los llevábamos a cabo si hoy viesen la luz. Bendita paciencia la del dueño de aquella emisora.

Ya en Radio Coruña recuerdo una de mis primeras reuniones matinales de redacción. Tras haber bajado a por unos cafés (lejos de indignarme, a mí subirles café a los redactores veteranos era algo que me encantaba, me hacía sentir que ya estaba en camino, me veía en el futuro recordando en vete tú a saber qué revista mi imagen cargado de cafés, como uno de mis primeros pasos en el periodismo). Tras haber bajado a por unos cafés, decía, la redactora jefa comenzó a contar los temas del día. Uno de ellos tenía como protagonista a un bebé del poblado chabolista de Penamoa, a las afueras de la ciudad (hoy desmantelado). Al pequeño le habían mordido las ratas durante la noche y tocaba subir a aquel marginal escenario a ver qué había pasado. Todos giraron la cabeza hacia el chaval de los cafés. «Voy yo, claro. Sin problema». Qué decir si no.  

«Tú entra con el micro por delante, que vean que eres periodista», fue el último y torero consejo antes de subirme al taxi. «Ahí yo no te llevo, chaval» fue la primera frase que escuché tras salir de la emisora.

Caminé los quinientos metros que se negó a recorrer el taxista rumbo a las chabolas. Eran las 12 de la mañana, día de calor, y, tras cruzarme con tres o cuatro yonquis, llegué al poblado. «Piriodistas aquí no», me dio la bienvenida una señora vestida de negro. Gran comienzo. Menos mal que salió a mi encuentro Maikel. Maikel venía conmigo a la autoescuela por aquella época y lo recordaba bien porque llegaba a las clases teóricas en furgoneta. Aparcaba, asistía a la clase de conducir y se volvía a ir en la furgo.

Le conté a Maikel mi tesitura y me ayudó. Con amabilidad, familiares y vecinos del poblado me narraron lo que había sucedido, el abandono que padecían por parte del Ayuntamiento y me acompañaron todos a la salida del lugar, donde ningún taxi quería venir a recogerme. Otros quinientos metros caminando y mi primera crónica hecha.

La segunda por poco no sale. Tuve que acudir a un hospital a entrevistar a una doctora (no recuerdo el asunto) y, cuando regresaba a la emisora, descubrí con estupor que no se había grabado nada. El corazón a mil, las sienes me palpitaban. Mi segundo día y esta cagada. Ni siquiera Maikel podría solucionarlo. Lloré un momento, di la vuelta y volví a subir al despacho de aquella doctora. «No me grabó nada». Su comprensión fue mi salvación aquel día.

En Radio Coruña aprendí mucho de lo que sé hoy sobre periodismo. Cada mes allí equivalía a un año de carrera. También fue mi trampolín a mi primer contrato laboral en el mundo del periodismo. Radio, cómo no. Fue Radio Nacional de España la que confió en mí y me permitió, durante dos años, trabajar en la sección de deportes de la delegación de Galicia. Fueron los meses en los que el Dépor, jugando Champions y ganando títulos, daba de comer a cientos de periodistas. El declive de aquel equipo fue también el fin de la burbuja y mi salida de la radio.

Nunca llegué a desconectar de ella. Pese a que mi camino giró hacia lo escrito, me mantuve cerca de las tertulias locales en la COPE Coruña o en Radio Marca. Me encantaba participar en ellas. También colaborar con Susana Pedreira y su programa en Onda Cero y con Marcos San Luis en La ventana de A Coruña. Hasta que cerré el círculo regresando hace unos meses a la Cadena SER, esta vez a nivel nacional en el programa Hoy por Hoy de Toni Garrido.

Comenzó con aquel pequeño transistor y sigue tanto tiempo después. Una vez en la onda, no es fácil salirse. Lo vio mi abuela antes que nadie.    

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